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Noticeu “Seguir a Jesús es ir tras su amor”: Mons. Alberto Sanguinetti en la Misa Crismal

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“Seguir a Jesús es ir tras su amor, tomando su yugo suave y su carga liviana, aprendiendo de él que es manso y humilde de corazón, encontrando en él nuestro descanso”, destacó el Obispo de Canelones, Mons. Alberto Sanguinetti, en la Misa Crismal que presidió el Martes Santo, en la Catedral de Canelones.

Participaron también los sacerdotes, diáconos, religiosas, seminaristas y fieles llegados de distintas partes de la Diócesis.

En esta celebración el Obispo invitó a los sacerdotes a renovar las promesas que hicieron el día de su ordenación y acompañado por ellos bendijo los santos óleos que se utilizan a lo largo del año para la celebración de algunos sacramentos.

Al comienzo de su homilía, Sanguinetti, exhortó a los presentes a cantar “las misericordias del Señor que está actuando hoy, ahora, aquí entre nosotros”. Luego, como centro de su prédica propuso meditar sobre la efusión del Espíritu Santo. En la Misa Crismal el Espíritu es invocado sobre el óleo de los catecúmenos, el óleo de los enfermos y el santo Crisma, enfatizó el Obispo.

Más adelante recordó que “con la unción del Espíritu hizo de nosotros un Reino de sacerdotes”, tanto los fieles como los sacerdotes, pero de formas diversas. “La vida religiosa es una forma particular de ahondar la conversión del bautismo y la consagración de la confirmación. A su vez, despliega dones y carismas para que la Iglesia realice su misión, su servicio a Dios, en la entrega a los hombres. En ella, cada uno luego es una obra única de Cristo, una vocación única que el Espíritu Santo inspira, santifica y da la posibilidad de responder. Los jóvenes son llamados a escucharla. Cada uno a renovar la fidelidad en el Espíritu”, señaló. “Ofrezcamos nuestra mente, nuestra voluntad, nuestra vida”, le dijo el Pastor a los sacerdotes. .

Por último, el Obispo de Canelones pidió a Dios “que el mismo Espíritu nos atraiga con el olor del perfume del amor de Cristo, para que lo amemos con toda el alma y el cuerpo”.

 

Mons. Alberto Sanguinetti Montero

Homilía de la Misa Crismal – 27 de marzo de 2018

Iglesia Catedral Nuestra Señora de Guadalupe

Alabado sea Jesucristo r./. sea por siempre bendito y alabado

El testigo fiel, el primogénito de entre los muertos,

El que nos amó y nos ha lavado de nuestros pecados con su sangre.

A Él, Hijo eterno de Dios, lo envió Dios su Padre, en carne que tomó de María la Virgen, para que fuera su siervo, su elegido. A Él lo ungió no con aceite exterior, sino con el mismo Espíritu Santo, él óleo de la alegría. Así el Ungido de Dios, el Cristo consagrado como sacerdote eterno, el Mesías, Rey de Israel y salvador de las naciones, él vino a anunciar el Evangelio del Reinado de Dios a los pobres, a los oprimidos, a los cautivos, sujetos por las cadenas del pecado y de la muerte y todas sus consecuencias.

A Cristo elevado en la cruz, lo reconocemos como sacerdote y cordero, que resucitado entra en el cielo y entrega el Espíritu. De su costado nace su Esposa y cuerpo, la Santa Iglesia.

Así, contemplando la santa cruz somos conducidos por el Espíritu a apropiarnos de lo que hemos cantado: Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré su fidelidad por todas las edades.

Cantemos, hermanos, las misericordias del Señor que está actuando hoy, ahora, aquí entre nosotros, en la Iglesia que el Señor amó y por la que se entregó a sí mismo para presentarla ante sí sin mancha ni arruga ni nada parecido, sino santa e inmaculada.

Anunciemos su fidelidad por todas las edades, porque lo que aconteció en la Iglesia Apostólica, ha acontecido a lo largo de los siglos y acontece hoy entre nosotros. Jesús, el Señor resucitado obra con el poder del Espíritu en esta su Iglesia. Él nos proclama el Evangelio y nos saca de las tinieblas y nos hace pasar a su luz admirable, para que entremos en su reino de Hijo muy querido del Padre.

Para meditar misericordia y fidelidad concentremos en la efusión del Espíritu Santo por obra de la cruz vivificante y gloriosa.

Por cierto el Espíritu Santo existe desde siempre, él que procede eternamente del Padre y del Hijo, que es Dios que recibe la misma adoración y gloria con el Padre y el Hijo. Señor y Dador de vida, está presente en la creación y desde el comienzo aleteaba sobre las aguas. Ya gracias a la cruz, el Espíritu inspiró a Abel para que ofreciera su ofrenda pura. Estaba en Abrahán cuando lo movió a la fe que le fue tenida en justicia y alcanzó su medida perfecta al sacrificar a Isaac. Estaba presente como columna de fuego y de nube cuando el pueblo de Israel salió  de Egipto.

El Espíritu guiaba a Moisés como servidor, juez y guía, del pueblo de Dios. Vino como unción sobre Aarón el supremo sacerdote y sobre David, como rey. Habló por los profetas. Fue dado a los israelitas para que fueran pueblo de Dios, de reyes y sacerdotes.

Todo aquello fue parcial, preparación y, en parte, figura de lo que había de venir.

En la nueva alianza, nuestro Pontífice, Jesús, Hijo de Dios y hermano nuestro, sacerdote eterno, por su sacrificio eterno, habiendo entrado en el santuario del cielo, derrama permanentemente el Espíritu Santo, sobre su Iglesia, una, santa, católica y apostólica.

En esta celebración pediremos la acción del Espíritu en el óleo de los catecúmenos. Es la obra del Espíritu para que venzan toda tentación y lleguen a la gracia del nuevo nacimiento. Es también la presencia continua del Espíritu para el combate de la fe, para que andemos en vida nueva, en la humildad y la obediencia. Para que la victoria de Cristo en sus tentaciones, en su agonía y en la cruz, se haga nuestra victoria sobre el pecado, sobre la soberbia y la lujuria, la vanidad y la división, para que no vivamos según el mundo, sino según Dios en la Santa Iglesia.

El Espíritu es invocado sobre el óleo de los enfermos. Nuestro Señor tuvo un amor especial para con los enfermos, él que tomó sobre sí nuestra enfermedades y dolencias. Por ello, instituyó un sacramento especial para la enfermedad, que es comienzo y participación de la muerte. La unción con este óleo santo hace que el auxilio del Espíritu Santo libre al enfermo de los pecados propios de la enfermedad, en particular la desesperanza y el centrarse en sí mismo; para que confortado por el consuelo divino, puesta toda la confianza en la providencia, pueda entregarse con Cristo al Padre.

La novedad de la alianza de Cristo, la sobreabundancia de la misericordia, el perfeccionamiento de la nueva creatura, hecha hija de Dios, se realiza en el misterio del santo Crisma. Es confeccionado como óleo lleno de perfumes, se le insufla el aliento del Espíritu, y, sobre todo, es Cristo mismo que, por la oración del obispo, con los colaboradores del orden episcopal, y todo el pueblo de Dios, consagra el santo crisma. No pensemos que luego de la oración es un aceite común, porque es portador y dador del Espíritu Santo.

Así, los nacidos a vida nueva del agua y del Espíritu Santo, son consagrados, sellados, confirmados por Dios, con la unción del Santo Crisma, para ser propiedad del Espíritu de Dios, para que participemos de Jesús, el Ungido, el Cristo, el Mesías.

Hermanos, Él por su cruz y resurrección con la unción del Espíritu hizo de nosotros un Reino de sacerdotes para Dios, su Padre.

En la Iglesia, hay un sacerdocio instrumento de Cristo, cabeza y sumo sacerdote, al servicio del misterio del pueblo de Dios: el sacerdocio del obispo heredado de los apóstoles y del que participan los presbíteros, al que se suma el ministerio de los diáconos.

Pero ese sacerdocio lo instituyó Cristo para hacer que todos juntos seamos una raza elegida por Dios, una nación consagrada, pueblo de su propiedad, pueblo de reyes y sacerdotes, capaces de ofrecer el sacrificio de Cristo y de ofrecernos con él, como ofrenda viva, santa, agradable a Dios.

El Espíritu Santo que nos ha consagrado en plenitud al sellar el bautismo por la unción de la confirmación obra en la Iglesia, para que en el santo sacrificio de la Misa y, por él, en toda nuestra vida, nuestra propia persona, sea una ofrenda con Cristo al Padre.

Esta vocación de reyes, sacerdotes, profetas y mártires, es, mis hermanos, común a todos los fieles de Cristo. Pero también se despliega en estados de vida y en vocaciones particulares. El sacramento del matrimonio hace que el matrimonio de los cristianos participe de la ofrenda mutua de Cristo y de la Iglesia y que la familia fundada sobre el sacramento sea una  verdadera iglesia doméstica.

La vida religiosa es una forma particular de ahondar la conversión del bautismo y la consagración de la confirmación. A su vez, despliega dones y carismas para que la Iglesia realice su misión, su servicio a Dios, en la entrega a los hombres. En ella, cada uno luego es una obra única de Cristo, una vocación única que el Espíritu Santo inspira, santifica y da la posibilidad de responder. Los jóvenes son llamados a escucharla. Cada uno a renovar la fidelidad en el Espíritu.

Cristo ha hecho de nosotros reyes y sacerdotes para Dios su Padre. Vivamos esa vocación en el Sacrificio de Cristo en el altar. Ofrezcamos nuestra mente, nuestra voluntad, nuestra vida.

Pero no lo hagamos como esclavos sino como como hombres libres. Dice La esposa del Cantar de los Cantares: correremos tras el olor de tus perfumes (Cant. 1,2). Cristo, el esposo amado, tiene el buen olor del amor del Padre derramado en él por el Espíritu Santo. Y lo realizó amándonos hasta el extremo.  Corramos tras el olor de su perfume de amor al Padre y a los siervos que él constituyó como sus hermanos.

Que el mismo Espíritu nos atraiga con el olor del perfume del amor de Cristo, para que lo amemos con toda el alma y el cuerpo. Que nos atraiga el buen olor de Cristo, para que nos una en un solo corazón y una sola alma en la caridad común, en la humildad y obediencia, en una única entrega.

Seguir a Jesús es ir tras su amor, tomando su yugo suave y su carga liviana, aprendiendo de él que es manso y humilde de corazón, encontrando en él nuestro descanso.

¡A él sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos! Amén.