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Noticeu Pentecostés: El Espíritu Santo que une lo diverso

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Pentecostés: El Espíritu Santo que une lo diverso

por Eduardo Ojeda

Un mito bíblico a considerar

Hay en la Biblia una leyenda que es a la vez una sátira hecha por el pueblo de Israel a un viejo imperio que había querido esclavizarlo(cfr. Génesis 11,1-9). Se trata del antiguo imperio de Babilonia, cuyos hombres estaban muy unidos y quisieron hacer una torre que llegara al cielo, para hacerse famosos y dominar la tierra. Al principio ellos tenían un mismo idioma y todos se entendían. Así empezaron a construir la torre con ladrillos, porque en la llanura de Senaar (*) donde habitaban no había ninguna elevación.

Así construyeron una torre altísima. Se trataba de un zigurat. Eraen realidad un templo construido en honor de Marduk su Dios. Como éste habitaba en el Cielo, quisieron llegar allí o por lo menos acercarse lo más que pudieran. Formaron un imperio muy poderoso, llegaron a conquistar muchos pueblos. También a Israel. Es más, quisieron destruirlo como pueblo, y por eso deportaron a su gente alejándola de su Tierra para que se mezclaran con los demás pueblos del imperio. Imagínense que un habitante de un pueblito rural se fuera a vivir a New York, una ciudad que tiene como 10 millones de habitantes, y habitan en ella gente muy diversa, de distintos idiomas y culturas. Se sentiría pequeño y abrumado. Bueno, así habrá sido en el caso de los israelitas. Pero ellos se supieron mantener unidos.

En Babilonia (nombre que significa en arameo:“Puerta del Cielo”), la capital del imperio estaban uniéndose para ser grandes y dominarlo todo. A todos los pueblos y lograr que los muchos dioses en los cuales creían los bendijeran. Pero los hebreos sabían que Marduk y los dioses de Babilonia no eran reales, y no creyeron en ellos, ni se integraron a ese gran imperio. Ellos sabían que Dios quería la unidad del género humano, pero no estaban de acuerdo con esa forma de construir la unidad, que los babilonios buscaban.

El imperio estaba fragmentado en muchas naciones distintas, y esa unión no prosperó. Era demasiado artificial. Dios es enemigo de los imperios conquistadores que quieren usar la fuerza para imponer su estilo de vida. No es bueno tratar de suprimir con violencia las diferencias entre los hombres. Así fue que Babilonia terminaría destruyéndose, pues no se pudo sostener. Como la torre, la obra de dominación quedó inconclusa, como esa torre a medio terminar, que iba a llegar al Cielo, para glorificar el poderío del imperio. Los israelitas vieron en esta destrucción, la acción de Dios. Por eso, a esta torre construida con tanta soberbia, la terminaron llamando “Babel”, que en hebreo significa “confusión”.

Pentecostés: La anti – Babel

Varios siglos después, unos sencillos campesinos galileos (cfr. Hechos2,1-11), se proponían predicar un mensaje nuevo a los miles de peregrinos judíos que provenían de muchas naciones distintas, y que por motivo de la fiesta de Pentecostés-en la cual se conmemoraba la entrega de la Ley de Dios a Moisés en el Monte Horeb, y a través del profeta al Pueblo de Dios- se reunían todos los años en Jerusalén. Ellos querían hablarles de Jesús, de su entrega por todos los hombres, de su amor por todos, de su victoria sobre la muerte, y de su resurrección gloriosa. Eran acontecimientos que habían ocurrido hace cincuenta días, en la pasada fiesta de Pascua. Recordaban con mucha emoción cómo el Señor Jesús después de su resurrección, se les había aparecido y hablado con ellos. Cómo a pesar de sus pecados él los amaba y amaba a todos los hombres, cómo había pedido perdón al Padre para los que lo mataban. Cómo había abierto la puerta de la Misericordia y del perdón de Dios para todos. Pero tenían miedo, no encontraban las palabras, pero recibieron el fuego del Espíritu que les dio calor y fortaleza, que derribó sus miedos, y habló a través de ellos. Y fue algo maravilloso. No importó que todos los que estaban allí hablaran lenguas distintas. Ellos no habían ido a imponer su verdad a los otros, fueron a ofrecerla con todo amor y gratuitamente. Por eso el Espíritu de Dios les allanó el camino, y la diversidad de idiomas no fue obstáculo.

¿Y por casa cómo andamos?

Hay veces que en nuestra ciudad y en nuestras comunidades, aunque todos hablamos español, no logramos entendernos. No sabemos escuchar ni dialogar. Por el contrario, nos creemos dueños de la Verdad, y no sus servidores. Nuestros prejuicios nos dominan y no somos capaces de escuchar sin poner trabas a nuestros hermanos. A veces ¡¡nos cuesta tanto ser realmente humildes de corazón, como los primeros discípulos!!EAprendamos de ellos, sepamos que la verdad se descubre más fácilmente cuando intentamos buscarla junto a los otros. Recordemos que el Espíritu Santo nos llama a valorar al hermano, a descubrir en él lo más preciado y lo mejor. A comprenderlo, a confiar y creer en él. ¿Acaso Jesús no nos tiene paciencia y confía en nosotros?

¿Cuántas veces nos ha perdonado y comprendido?

Sería bueno que nuestras comunidades estuvieran abiertas a todos, también a los impresentables y pecadores. Si nuestras comunidades fueran sólo compuestas de gente “buena y pura”, ¿serían comunidades realmente cristianas? Escuchemos la Palabra del que comía con publicanos y pecadores, del que perdonó a la mujer adúltera. Él recibió entre los doce a un guerrillero que peleaba con las armas contra la ocupación romana (Simón el Zelote) ya un cobrador de impuestos (Mateo) que colaboraba con el Imperio Romano que esclavizaba al pueblo de Israel. Si estos hombres, antes de conocer a Jesús, se hubieran encontrado en alguna callejuela de Jerusalén, se hubieran atacado con armas. Muy probablemente sólo uno hubiera salido vivo. Los apóstoles eran también bastante impresentables. Pero el fuego del Espíritu destruyó muchos prejuicios y obstáculos, y terminaron aceptándose y queriéndose como hermanos. Es más fácil dividir e imponer por la fuerza, que dialogar y construirla unidad con respeto, y misericordia. Pero el amor de Dios nos conduce hacia el diálogo y el respeto.

El Espíritu, alma de la Iglesia 

El Espíritu nos hace descubrir los dones que hemos recibido de Dios, y nos enseña a ponerlos al servicio de nuestros hermanos. Pero a veces somos tan negativos que no sabemos valorar ni valorarnos. Valoremos al hermano, y amémonos a nosotros mismos para aceptar la luz del Espíritu y aprender a amar y comprender y aceptara los demás. A vivir la alegría que nace del saber que Dios nos ama incondicionalmente .Y es justamente el Espíritu Santo el que nos descubre estas verdades, y nos enseña a discernir los mejores caminos para construir la unidad. El Espíritu respeta profundamente nuestra realidad personal, no nos impone nada, ni trata de cambiarnos a la fuerza. Por el contrario, une lo que es diverso, y lo utiliza para construir la comunión. Por eso el apóstol Pablo no encuentra mejor ejemplo para mostrar a los cristianos la acción del Espíritu en la Iglesia, que el del Cuerpo Humano (Cfr. 1 Corintios 12, 1-31)En él todos los miembros son diversos, pero eso no es obstáculo para la unidad y el correcto funcionamiento del Cuerpo, sino por el contrario hacen vivir al Cuerpo y funcionar correctamente.

El Espíritu aparece en la Escritura simbolizado de diversas maneras

Como paloma (cfr. Gen 1,2 / Mc1, 10), símbolo de la paz (Gen.8, 10-11) y de la capacidad que tiene el Espíritu de trasmitir el mensaje de Dios. Recordemos que las palomas eran usadas en la antigüedad como mensajeras. Como fuego (Hechos 2,3), pues el fuego es un elemento purificador que quema lo que es basura y purifica. También el fuego es símbolo de iluminación, calor y luz. La familia al atardecer se reunía entorno al fuego (no había T.V.) y conversaba y compartía la comida y se mantenía la unidad. Es símbolo del amor y la ternura de Dios, que desea reunir a los hombres y mujeres de este mundo para hacer de ellos una familia reunida en torno a su amor. Como viento (Gen 2,7/ Juan20,22 / Juan 3,8), no es casualidad.

La palabra Espíritu es una traducción griega del hebreo Ruah, que significa aliento, respiración. Los antiguos hebreos, creían que la vida era el aliento o la respiración. Es el soplo vivificador y creador de Dios, la misma vida de Dios, que se derrama en nosotros. Como agua (Juan 7,37-39) elemento purificador, y símbolo de la vida. Jesús promete derramarlo en nosotros, para que podamos saciar nuestra sed de Dios y su amor. Como ven, Dios no ha sido mezquino con nosotros. ¡¡¡Nos ha dado su misma vida!!!Una vez Jesús afirmó cuando enseñaba a orar a sus discípulos: “Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos. ¡¡Cuánto más el Padre del Cielo, dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!!”(Lucas 11,13). Lamentablemente es más fácil que cuando oramos le pidamos a Dios ganar el cinco de oro que el Espíritu Santo. ¿No creen? Pidamos esta bendición que Dios nos da gratuitamente, y en abundancia. ¡¡¡¡Feliz Pentecostés para todos!!!!

(*) Región situada en la antigua Mesopotamia entre el río Tigris y el Éufrates, donde hoy está el país de Irak.

Artículo tomado de Quincenario “Entre Todos”, Nº 330