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Noticeu Mons. Sanguinetti invita a dar el “combate de la fe, no buscando el propio interés sino el de Cristo”

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En compañía de todos los sacerdotes de la Diócesis, el Obispo de Canelones, Mons. Alberto Sanguinetti, presidió el Miércoles Santo, 1º de abril, la Misa Crismal, en la Iglesia Catedral Nuestra Señora de Guadalupe.

En su homilía, Mons. Sanguinetti hizo un repaso de los diferentes gestos que tienen lugar en esta celebración, se bendicen los óleos de los enfermos, de los catecúmenos y el santo Crisma. Además los sacerdotes renuevan sus promesas que hicieron el día de su ordenación. Al comienzo de su prédica, el Obispo recordó la “unción plena de Jesús con el Espíritu Santo al surgir del Bautismo en el Jordán. Él, el Ungido de Dios con el Santo Espíritu, el Mesías, el Cristo”.

Más adelante, el Obispo invitó a todos los fieles, en particular a los sacerdotes, a mirar a Jesús y contemplarlo e indicó que “la oración de consagración del crisma indica como efecto de la unción del Espíritu, el formar un pueblo de reyes, sacerdotes y profetas (…) y mártires”. “El testimonio hasta la sangre es parte del fruto de la sagrada unción”, afirmó el Pastor, al tiempo que hizo alusión a los cristianos que hoy son perseguidos a causa de su fe. “Recordemos a los millones de cristianos que hoy en día sufren persecución, y persecución violenta, por ser miembros de Cristo ungidos con el Espíritu. Tengámoslos presente en nuestra oración de hoy. Y creamos que ellos también nos recuerdan nuestra vocación martirial en comunión con la pasión de Jesús”, expresó Mons. Sanguinetti.

El Obispo pidió a los sacerdotes su “colaboración y disponibilidad” para conferir el sacramento de la Confirmación a los recién bautizados y seguir el orden de los sacramentos .”Que la unción del Espíritu en el sacramento de la Confirmación sea conferida a todos los bautizados y, en lo posible, en su orden sacramental: bautismo, confirmación, Eucaristía”, invitó.

Expuso, en este sentido, que la Confirmación se “ha convertido en el sacramento de unos pocos, porque prohibimos recibirlo por la fijación arbitraria de una edad”. “Y, además, se ha oscurecido el sentido de los sacramentos de la iniciación cristiana, su orden y su sentido: el bautismo, al que sella la unción crismal y que culmina – como no puede ser de otra manera – en la Eucaristía”, puntualizó.

Al culminar la homilía, Mons. Sanguinetti, llamó a que “todos juntos, como esta Santa Iglesia de Canelones, y cada uno en su lugar y su puesto, luchemos el combate de la fe, no buscando nuestro propio interés sino el de Cristo”. “Llevemos por todas partes su luz y su verdad, inundando el mundo con la fragancia del buen olor de Cristo, el perfume del Espíritu y sus obras de fe, esperanza y caridad”, animó el Pastor.

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Homilía en la Misa Crismal
Santa Iglesia Catedral Nuestra Señora de Guadalupe
1 de abril de 2015

Sea alabado y bendito Jesucristo r./. sea por siempre bendito y alabado.

Él, el Ungido de Dios con el Santo Espíritu, el Mesías, el Cristo.

Jesús, concebido por obra del Espíritu Santo, recibió la unción plena del Espíritu al surgir del bautismo del Jordán. Llevado por el Espíritu fue tentado, proclamó el acercamiento definitivo del Reinado de Dios, lo manifestó con los sanando y curando, con los milagros y el perdón de los pecados. En todo ello fue revelando a Dios, como su Padre, que por el Hijo quiso adoptar a la multitud de hijos en el Espíritu y hacerlos partícipes de la vida eterna.

La palabra profética anunciaba: me mirarán a mí, al que traspasaron, como fruto de que el Señor derramaría el Espíritu de gracia y oración (Zac. 12,10). El Viernes Santo escucharemos su cumplimiento cuando el Señor haya sido crucificado (Jn.19, 17), unido a la graciassssssefusión del agua y la sangre. Y acabamos de oír en  el Apocalipsis que él vendrá como Dios acompañado de las nubes del cielo, a él lo mirarán los que lo atravesaron (cf. Apoc. 1, 6-7).
Mirémoslo, contemplémoslo, resucitado, entronizado, el Testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra.

Mirémoslo al crucificado glorificado, porque elevado en la cruz sabemos que Él es, que es Dios, que hace lo que ve hacer al Padre, y eso habla. El que levantado sobre la tierra atrae a todos hacia sí (Jn.12, 32).

Miramos y contemplamos el corazón traspasado de Cristo en la cruz, reconociendo su amor, recibiendo el perdón de los pecados, y la vida nueva de hijos de Dios: él es el  que murió por nosotros, el que nos ama y nos ha lavado de nuestros pecados con su sangre (Apoc. 1,4).

Miremos a Cristo que nos da vida con el agua y la sangre que brotan de su costado abierto. Cristo que desde lo alto de la cruz nos entrega el Espíritu, nos bautiza en el Espíritu para que nazcamos de nuevo del agua y el Espíritu y continuamente nos vivifica con el Espíritu en los misterios de su cuerpo y de su sangre.

Es el Espíritu el que nos lleva a la verdad plena, el Espíritu que procede del Padre, el Espíritu que da testimonio y nos hace testigos.

Esta Misa Crismal es ejercicio del Sacerdocio Eterno de Cristo en el cielo, que por medio de su Iglesia, su Esposa y su Cuerpo, por el ministerio del Obispo, con la oración del presbiterio, el servicio de los diáconos y todo el pueblo sacerdotal, pide y otorga la efusión del Espíritu Santo.

Esta Misa Crismal de un modo particularísimo nos hace renovar nuestra fe, nuestra mirada al don pascual por excelencia, en quien están todos los dones: el Espíritu Santo que el Padre derrama por Cristo muerto, resucitado y glorificado.

Esta Misa Crismal nos enfoca a vivir que la Iglesia es el ámbito del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo nos conduce en el combate contra el mundo de la negación de Jesús, es el Espíritu que se nos da por el óleo de los catecúmenos. La vida cristiana es un combate y la carta a los Hebreos  nos recuerda: ustedes todavía no han llegado a la sangre en su combate contra el pecado (cf. Hebr.12,4). Y nos exhorta: “sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone,  fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe, el cual, en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia y está sentado a la diestra del trono de Dios (Hebr.12,1-2).

El Espíritu Santo, en el óleo de los enfermos, con su suave unción da fortaleza a los miembros enfermos del cuerpo de Cristo, los cura y sana, los fortalece frente a la desesperanza, los unge para la unión con Jesús sufriente, paciente, entregado en manos del Padre.

De una manera sobreabundante es derramado el Espíritu con la unción del Santo Crisma, para que seamos plenamente miembros de Cristo. Por esta crismación un pueblo consagrado, puesto que Cristo ha hecho de nosotros un Reino de Sacerdotes para su Dios y Padre cf. (Apoc. 1, 5)

La consagración del santo crisma nos recuerda una y otra vez que los que han recibido el perdón de los pecados y renacido en el bautismo son consagrados con el perfume del crisma, reciben el óleo de la alegría y la  perfección espiritual.

Es, pues, la misa crismal la misa del pueblo santo, consagrado, pueblo de reyes, sacerdotes y profetas, la Iglesia, el germen vivísimo del Reino de Dios, su instrumento en medio de todas las naciones.

Por la misma oración de consagración del crisma, pedimos que se renueve en nosotros la vivencia de nuestra realeza, participación de la de Cristo. Esto significa que nuestra dignidad real está en la obediencia y en el servicio de Dios, a quien servir es reinar.

Nuestro sacerdocio que tiene su culminación sacramental en la unión por la carne de Cristo y la efusión del Espíritu, para que seamos uno en la caridad, y esa misma unión sea la ofrenda de nosotros mismos entregada al Padre por Jesucristo. Despojémonos de nosotros mismos para que reine el amor y la  unidad y así nuestra oblación  sea agradable a Dios y el mundo crea en el enviado de Dios.

La unción del Espíritu nos hace pueblo profético que ha de anunciar la gloria de la cruz de Cristo, que ha de testimoniar en su vida  y proclamar con los actos y las palabras, que Él es el camino, la verdad y la vida. La libertad del Espíritu nos lleva a la libertad apostólica para que en todas partes y en todo momento seamos testigos del Evangelio de la gracia de Dios.

La oración de consagración del crisma indica como efecto de la unción del Espíritu, el formar un pueblo de reyes, sacerdotes y profetas, y agrega: y mártires. El testimonio hasta la sangre es parte del fruto de la sagrada unción.

Es bueno que recordemos hoy a los millones de cristianos que hoy en día sufren persecución, y persecución violenta, por ser miembros de Cristo ungidos con el Espíritu. Tengámoslos presente en nuestra oración de hoy. Y creamos que ellos también nos recuerdan nuestra vocación martirial en comunión con la pasión de Jesús.

Aunque no pueda desarrollar mi pensamiento en este momento, quiero sí invitarlos a que me ayuden a que la unción del Espíritu en el sacramento de la Confirmación sea conferida a todos los bautizados y, en lo posible, en su orden sacramental: bautismo, confirmación, Eucaristía.

Se ha convertido en el sacramento de unos pocos, porque prohibimos recibirlo por la fijación arbitraria de una edad. Y, además, se ha oscurecido el sentido de los sacramentos de la iniciación cristiana, su orden y su sentido: el bautismo, al que sella la unción crismal y que culmina – como no puede ser de otra manera – en la Eucaristía.

Por ello, les pido su colaboración y disponibilidad, para realizar la plena verdad de los sacramentos y para responder al derecho de los bautizados a recibir la Confirmación, como el sello del Espíritu que ha de ser conferido a todos los bautizados, para culminar la iniciación y para que así, perfeccionados, participar en el comunión con el Sacrificio de Cristo nuestro sacerdote y cordero.

En la misa de hoy, en esta mirada al pueblo consagrado, me dirijo a los hombres y mujeres que han sido llamados la consagración del bautismo y la confirmación en la vida religiosa u otras formas de consagración.

 Los distintos carismas y dones los distribuye el Espíritu según él quiere. Todo el pueblo católico, el pueblo consagrado, se goza con la multiplicidad de dones de la  vida consagrada. Como obispo y en nombre de la Iglesia elevo la acción de gracias a Dios que ha suscitado y sostiene las distintas formas de pertenecerle, de servirlo, de testificarlo, de glorificarlo.

Que el mismo Espíritu, que según la promesa de Jesús nos recuerda sus palabras, les recuerde hoy el llamado gratuito  del amor del Padre, la particular configuración con Cristo, la especial consagración de la unción del mismo Espíritu. Que Él encienda en ustedes el amor a Dios y a su Iglesia, y los mueva a realizar según la propia vocación su forma de ser reyes, sacerdotes, profetas y mártires. Que la gloria del Corazón traspasado de Jesús los y las envuelva, los atraiga y los una con su propio amor y entrega.
Mis hermanos sacerdotes, en la consideración del pueblo consagrado, de reyes y sacerdotes, veamos la gracia común que nos a todos en la Iglesia. Y consideremos también nuestro especial servicio a Cristo Cabeza, Sacerdote y cordero, para ser sus instrumentos en la santificación del pueblo santo de Dios. No olvidemos que también nuestra vocación es la de morir con Cristo, para dar vida; que también hemos de considerar que todavía no llegamos a la sangre en nuestra lucha y entrega. Por eso confiémonos a la unción del Espíritu de nuestra ordenación sacerdotal, para que, imitando lo que tenemos entre manos, nos configuremos con la pasión del Señor.
También pedimos para los diáconos que la acción del Espíritu los modele más y más con Cristo Siervo, para que en su servicio encuentren todo su gozo y reaviven su entrega.

Todos juntos,  como esta Santa Iglesia de Canelones, y cada uno en su lugar y su puesto, luchemos el combate de la fe, no buscando nuestro propio interés sino el de Cristo. Llevemos por todas partes su luz y su verdad, inundando el mundo con la fragancia del buen olor de Cristo, el perfume del Espíritu y sus obras de fe, esperanza y caridad.

Por último mis hermanos,  dejémonos llevar por el Santo Espíritu que anima la Liturgia de la Iglesia, Esposa de Cristo. Con sus gestos y oraciones, seamos instrumentos dóciles en los que el Espíritu haga resonar la sintonía de la obediencia y el amor a Dios, del amor mutuo  y la unidad, de la esperanza en la obra del Padre. Y así, dirigidos por Cristo se eleve de todos nosotros la armonía del canto gozoso de alabanza y acción de gracias al Padre, de quien procede todo bien en el cielo y en la tierra.
Realicemos lo que hemos proclamado: Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré su fidelidad por todas las edades.

Miremos nuestro Salvador al que traspasamos y pidamos el Espíritu de gracia prometido. “A Jesucristo, el Testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra. Al que nos ama y nos ha lavado con su sangre de nuestros pecados  y ha hecho de nosotros un Reino de Sacerdotes para su Dios y Padre, a él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén”.