Iglesia al día

" En este tiempo de pandemia, que dejó sin efecto o en suspenso tantos proyectos personales y colectivos... damos, en primer lugar, gracias a Dios por todo lo bueno que hizo surgir en los corazones de hombres y mujeres de nuestra tierra. En todo ello encontramos motivos de esperanza. "
Mirando con Dios este tiempo

Mons. Pablo Galimberti Mons. Pablo Galimberti: “La fe, un camino”

Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

¿Por qué unos creen en Dios y otros no? ¿Depende de uno o es algo que te cae del cielo? Las historias de gente que encontró esta fe resultan sorprendentes. El poeta francés Paul Claudel cuenta que una tarde entró con ánimo curioso en la catedral de Notre Dame, en Paris y escuchó el canto de la oración vespertina. En ese instante una flecha golpeó su corazón y se le abrió la puerta de la fe. Una placa en la columna donde se encontraba este hombre, que entró ateo y salió creyente, puede verla cualquier visitante de esta joya del gótico.

Intentaré señalar algunas etapas del camino de la fe.

“Todo es la punta de un misterio”. Es la primera etapa, tomando prestadas unas palabras del escritor brasileño Joao Guimaraes Rosa. “Todo es la punta de un misterio; inclusive los hechos. O la ausencia de ellos. ¿Usted lo duda? Cuando nada acontece, hay un milagro que no estamos viendo.”(El Espejo, del libro “Primeras Historias”). En algunos casos esa puntita del iceberg poco a poco adquiere rasgos personales. Tal como describe el poeta Antonio Machado: “Converso con el hombre que siempre va conmigo; quien habla solo, espera hablar a Dios un día”.

Este paso no es fácil; andamos pegados a nuestros problemas cotidianos y no logramos romper el laberinto del propio “yo” para percibir sonidos, rumores o voces desde otra frecuencia. Sin embargo, hay artistas, pensadores y gente que busca pero no le llega la hora de creer. Pude comprobar que hay uruguayos que viajan al exterior y al sentirse libres de presiones ambientales se reencuentran con vivencias de fe del tiempo de la infancia o la juventud.

Desentrañar las intuiciones. Es un segundo paso. A veces se cruzan por el pensamiento o el corazón chispazos, imágenes o intuiciones. Y le sucede como al buscador de oro, que lo primero que encuentra es una piedra marrón oscura que se debe procesar y purificar. Era el trabajo que hacían los antiguos alquimistas, que expresaba el trabajo de cada uno para descubrir la perla preciosa en el barro del vivir cotidiano.

Cuando gritamos: Dios ¿dónde estás, si existes? O cuando buceamos en el agua turbia del corazón angustiado para extraer recuerdos, rostros o razones para vivir. O cuando escuchamos determinadas palabras, hay que sacarles el jugo. Aquí interviene la inteligencia, esa capacidad de “leer adentro” (“intus legere”). Eso que suele hacer el uruguayo cuando saborea su mate tempranero en un rincón de su hogar o a la sombra de un árbol contemplando un amanecer. Otros, con su cañita al hombro, acostumbran ir a la orilla del río, ese “cielo azul que viaja”, como cantaba don Aníbal Sampayo a nuestro río de los pájaros.

Creer y crear. Sería un tercer paso. Todo el que acepta algo interior que es apenas una semillita o una intuición, tendrá que hacer como el poeta que pone carne al chispazo y compone una poesía. O como el escultor que procura el material adecuado para plasmar una idea o inspiración. O como el investigador que va al laboratorio y pone los ingredientes apropiados para verificar una intuición. O quien cree en Dios que es Padre procurará descubrir en sí mismo y en los demás un rostro de hijo y de hermanos para alimentar con hechos la virtud de la solidaridad. Aquí muchos naufragan. Porque la fuerza de las mayorías silenciosas ahoga muchas veces la originalidad personal. Y adherimos o votamos no por lealtad a la propia conciencia sino por pactos, presiones o para evitar la temida exclusión social. No siempre alcanzamos la heroicidad de Tomás Moro, canciller del rey Enrique VIII que prefirió ser fiel a su conciencia, o a Dios en su conciencia, antes que plegarse a una decisión arbitraria del rey; y fue ejecutado en la horca.

Aventura. Es el cuarto paso. Lo ilustro con un cuento de Miguel de Unamuno. En un pueblo había un tonto que solía ir cada día a la plaza a cantar y hacer payasadas. La gente acudía para entretenerse y reírse de las ocurrencias del tonto del pueblo. La escena se repetía a lo largo de los meses. Y el tonto se decía para sus adentros: “esta gente piensa que estoy loco, ¡pero ignora la música que yo llevo adentro!” Así le ocurre a quien cree. Sigue un ritmo que otros quizás no comprendan.

Columna publicada en el Diario “Cambio”  del viernes 9 de noviembre de 2012