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Noticeu Mons. Heriberto Bodeant: “La esperanza cristiana que nos trae el Adviento es esta: todo acabará bien, en las manos de Dios”

 

Al inicio del Adviento, el Obispo de Melo, Mons. Heriberto Bodeant, invita a estar “prevenidos” y a esperar la segunda venida de Cristo en la confianza de que “Dios, por Jesucristo, consumará la historia como solo Él sabe hacerlo y no como los poderosos de este mundo, que navegan en el tiempo que no vuelve más”. “La esperanza cristiana que nos trae el Adviento es esta: todo acabará bien, en las manos de Dios”, asegura.

En este sentido, Mons. Bodeant resalta que “la espera no es pasiva” y que “tampoco se trata de ocuparse de algo como para entretenerse o ‘matar el tiempo’” sino que “el Señor ‘asigna a cada uno su tarea’”. “Recordemos la parábola de los talentos…todo lo que somos y tenemos lo debemos a Dios y a Él debemos rendir cuentas”, dijo. “Estar prevenido es tener esa conciencia. En cambio, está dormido el que vive ajeno a Dios, en una falsa autosuficiencia, como si todo dependiera únicamente de él mismo”, señala.

En su reflexión dominical, el obispo invita a colaborar con las canastas que se están preparando para ser entregadas en Navidad a algunas familias en situación de vulnerabilidad de la diócesis.

El obispo recordó que Adviento significa “venida”. Y aclaró al respecto que “a veces, de manera un poco rápida, se define el Adviento como el tiempo de preparación a la Navidad, celebración de la primera venida de Cristo. No es exactamente así. El Adviento tiene dos partes bien definidas. La primera nos invita a poner la mirada en la segunda venida de Cristo. La otra parte, desde el día 17 de diciembre, nos encamina hacia la Navidad”.

También comentó que “este domingo iniciamos un nuevo año litúrgico. El año litúrgico, en la Iglesia Católica, es el ciclo anual en el que celebramos el misterio de Cristo, es decir la obra salvadora del Hijo de Dios. Está dividido en cinco tiempos, que abarcan varias semanas cada uno: Adviento y Navidad, Cuaresma y Pascua. El tiempo ordinario o tiempo durante el año se distribuye en el resto del calendario. Cada tiempo tiene sus acentos, su fuerza. Como decíamos hace poco los obispos uruguayos, “siempre es tiempo de Dios”, pero en cada tiempo el llamado de Dios se presenta en forma distinta, tocando las diferentes circunstancias de nuestra vida”.

 

¡Estén prevenidos! (Marcos 13,33-37). Primer domingo de Adviento.

“El tiempo que va pasando”

“El tiempo que va pasando / como la vida no vuelve más…”

Tal vez los más jóvenes no reconozcan esos versos, pero la gente de mi generación recordará haberlos cantado, porque hacen parte de “Zamba de mi esperanza”, pieza obligada para quienes se iban iniciando en el canto y acompañamiento con guitarra.

Esa experiencia del tiempo que pasa, inevitablemente, corresponde a lo que los griegos expresaban con la palabra “chronos”, que era, además, el nombre del dios que personificaba el tiempo. La compañera de Chronos era Ananké, a su vez, personificación de lo inevitable.

Del griego cronos nos vienen palabras como cronológico, crónica y cronista, que hacen referencia al orden de los acontecimientos en el tiempo, el relato de eventos históricos o de actualidad y a la persona que reúne y narra esos sucesos.

Los griegos, sin embargo, tenían otra palabra con la que se nombraba el tiempo, pero con un sentido distinto. Esa palabra era “kairós” y designaba un momento especialmente oportuno y favorable, un regalo de los dioses que el hombre debía aprovechar.

Kairós: tiempo de salvación

Para el pueblo israelita, el pueblo de la primera Alianza y para la fe cristiana, el tiempo tiene un significado distinto. No es solo una sucesión de eventos, sino que está pautado por el encuentro entre Dios que se revela y el hombre que peregrina en la historia. El tiempo bíblico es tiempo de Dios, es historia de salvación.

Cuando el libro de la primera alianza o antiguo testamento fue traducido al griego, los traductores encontraron interesante la palabra kairós y su significado y la emplearon repetidamente para expresar el tiempo de salvación. En los escritos del nuevo testamento, “kairós” se volvió recurrente.

Una gran parte de los libros de la Biblia son históricos. Hay, inclusive, un libro que se llama “Crónicas”. Pero ninguno de esos libros es propiamente una crónica, aunque nos relaten una sucesión de eventos, porque siempre está detrás la fe de una comunidad que interpreta los acontecimientos con la luz del Espíritu Santo, descubriendo en ellos la manifestación de Dios, Señor del tiempo:

Porque mil años delante de tus ojos

Son como el día de ayer, que pasó,

Y como una de las vigilias de la noche. (Salmo 90,4)

A veces se piensa en el profeta como alguien que predice el futuro. No es así. El profeta contempla los acontecimientos pasados y presentes, así como los que anuncia para el futuro, interpretándolos a la luz de Dios. El profeta señala el kairós, el tiempo favorable, el tiempo en el que Dios ofrece al hombre, de un modo especial, su amor y su misericordia.

La plenitud de los tiempos

Con el recuerdo siempre renovado de las distintas intervenciones de Dios en la historia de la salvación, se fue formando la expectativa de una intervención grandiosa de Dios en la historia de los hombres. El Pueblo de Dios esperaba la llegada del Mesías, que se impondría sobre las fuerzas del mal e instauraría el Reino de Dios. Esa era la gran expectativa en tiempos de Jesús, expresada en los últimos escritos del Antiguo Testamento y en las creencias de diferentes movimientos religiosos dentro del judaísmo que se preparaban para ese acontecimiento final.

El cristianismo trae una gran novedad: finalmente, el tiempo se ha cumplido y el gran acontecimiento es la encarnación del Hijo de Dios:

al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer (Gálatas 4,4)

Ese acontecimiento inicia un nuevo kairós, el kairós definitivo. El misterio pascual de Cristo es la hora decisiva de ese tiempo.

En efecto, cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos (Romanos 5,6)

Desde su encarnación hasta su resurrección, toda la vida de Jesús es acontecimiento de salvación. Todo eso hace parte de su primera venida, de su venida “en la carne”, como recuerda el primer prefacio de este tiempo de adviento:

Él vino por primera vez en la humildad de nuestra carne,

para realizar el plan de redención trazado desde antiguo,

y nos abrió el camino de la salvación;

La primera venida nos pone en tensión hacia la segunda, tal como continúa diciendo el mismo prefacio:

para que, cuando venga por segunda vez

en el esplendor de su grandeza,

podamos recibir los bienes prometidos

que ahora aguardamos en vigilante espera.

Tiempo de Adviento

Este domingo iniciamos un nuevo año litúrgico. El año litúrgico, en la Iglesia Católica, es el ciclo anual en el que celebramos el misterio de Cristo, es decir la obra salvadora del Hijo de Dios. Está dividido en cinco tiempos, que abarcan varias semanas cada uno: Adviento y Navidad, Cuaresma y Pascua. El tiempo ordinario o tiempo durante el año se distribuye en el resto del calendario. Cada tiempo tiene sus acentos, su fuerza. Como decíamos hace poco los obispos uruguayos, “siempre es tiempo de Dios”, pero en cada tiempo el llamado de Dios se presenta en forma distinta, tocando las diferentes circunstancias de nuestra vida.

En el año litúrgico el domingo tiene un lugar principal. Es el día de la resurrección, el primer día de la semana (aunque se viva como el último, con la expresión “fin de semana”). Cada domingo leemos la Palabra de Dios organizada en tres ciclos: el A, con el evangelio de Mateo, el B, con el de Marcos y el C, con el de Lucas. El evangelio según san Juan se distribuye dentro de los tres ciclos. Con el Adviento de este año comenzamos el ciclo B, de modo que Marcos será nuestro guía para la celebración del Misterio de Cristo.

Adviento significa “venida”. ¿A qué venida se refiere? A veces, de manera un poco rápida, se define el Adviento como el tiempo de preparación a la Navidad, celebración de la primera venida de Cristo. No es exactamente así. El Adviento tiene dos partes bien definidas. La primera nos invita a poner la mirada en la segunda venida de Cristo. La otra parte, desde el día 17 de diciembre, nos encamina hacia la Navidad.

Vayamos ahora a este primer domingo de Adviento, donde aparece claramente la orientación hacia la segunda venida de Cristo.

Marcos 13: discurso escatológico

El evangelio que escuchamos este domingo es el final del capítulo 13 de san Marcos. Antes de entrar en nuestra lectura de hoy, veamos de qué trata este capítulo. Marcos 13 es conocido como el “discurso escatológico”. Escatológico viene del griego ἔσχᾰτος (éschatos) que significa último y λόγος (logos): ‘estudio’. La escatología es el tratado sobre las cosas últimas, tanto las que se refieren al destino final del universo y de la totalidad de la humanidad, como al estado de cada persona humana después de la muerte.

El discurso está puesto en boca de Jesús, aunque no es seguro que allí esté recogida directamente una enseñanza del maestro, sino, más bien, la reflexión de la comunidad a la que está vinculado Marcos. Tiene muchos parecidos con la literatura del judaísmo de la época, muy marcada por la espera del Mesías y del juicio de las naciones. Sin embargo, forma parte del Evangelio y, por lo tanto, se reconoce en el discurso la inspiración del Espíritu Santo, en respuesta a nuevas situaciones y a momentos críticos de la comunidad, al parecer en tiempos del emperador Calígula (años 37-41). Los judíos habían derribado un altar pagano en Yamnia, y el emperador mandó hacer en el templo de Jerusalén un altar a Zeus, lo que constituye una terrible profanación del lugar sagrado. Había todavía comunidades cristianas que permanecían vinculadas al judaísmo y al templo, por lo que estos hechos las afectaban también.

El capítulo 13 comienza con el comentario lleno de admiración por el templo de parte de uno de los discípulos. A ese comentario Jesús responde drásticamente:

No quedará piedra sobre piedra (13,2)

Pedro y Andrés, Santiago y Juan, es decir, los primeros cuatro discípulos, interrogan a Jesús aparte de los demás:

«Dinos cuándo sucederá eso, y cuál será la señal de que todas estas cosas están para cumplirse». (13,4)

Jesús da una serie de advertencias sobre falsas presencias suyas y de señales que no serán definitivas, tales como guerras, terremotos y hambre…

Las situaciones críticas -como la pandemia que estamos atravesando- se prestan a interpretaciones religiosas extremas de parte de grupos sectarios o dan origen a la formación de esas sectas. El discurso busca alejar el interés por los aspectos llamativos y centrar la atención de los discípulos sobre lo más importante.

Les anuncia que sufrirán persecuciones, pero también que es preciso que antes sea proclamada la Buena Nueva a todas las naciones (13,10)

Anuncia otros signos, más inminentes, pero, nuevamente, advierte sobre la presencia de falsos cristos y falsos profetas y, entonces, finalmente:

verán al Hijo del hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria (13,26)

Ése es, propiamente, el anuncio de la segunda venida de Jesús. Pero…

de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre. (13,32)

Al negarse a dar a conocer el día y la hora, el discurso escatológico previene la acción de quienes buscan atemorizar a la gente y manipularla.

El miedo no es lo que debe ocupar el corazón de los discípulos, sino la actitud de vigilancia, la preparación. Precisamente, porque nadie conoce el día y la hora, viene al caso la parábola con la que Jesús nos invita a estar atentos, en vigilia, prevenidos.

“¡Estén prevenidos!”

“¡Estén prevenidos!”: tres veces repite Jesús esa advertencia, en relación con su segunda venida. Lo hace por medio de una parábola que dirige a los cuatro discípulos, pero que, al final, extiende como mandato a todos:

«Tengan cuidado y estén prevenidos, porque no saben cuándo llegará el momento. Será como un hombre que se va de viaje, deja su casa al cuidado de sus servidores, asigna a cada uno su tarea, y recomienda al portero que permanezca en vela.

Estén prevenidos, entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana. No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos.

Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: ¡Estén prevenidos!». (Marcos 13,33-37)

La espera no es pasiva. Tampoco se trata de ocuparse de algo como para entretenerse o “matar el tiempo”. El Señor “asigna a cada uno su tarea”. Recordemos la parábola de los talentos, que comentamos hace poco. Todo lo que somos y tenemos lo debemos a Dios y a Él debemos rendir cuentas. Estar prevenido es tener esa conciencia. En cambio, está dormido el que vive ajeno a Dios, en una falsa autosuficiencia, como si todo dependiera únicamente de él mismo.

“Recuerde el alma dormida / avive el seso y despierte…”,

escribía el caballero Jorge Manrique a la muerte de su padre, a fines del siglo XV. Son palabras que Manrique dirige a sus lectores, pero, ante todo, se dirige a sí mismo, porque la muerte de su padre lo ha despertado de su inconsciencia y lo ha sacado de su vida superficial. Sus coplas pueden ser un buen manual para el adviento.

En tiempos de Jesús, la noche estaba dividida en tramos de tres horas cada uno, tal como los menciona la parábola: el atardecer, la media noche, el canto del gallo y el inicio de la mañana. Así se establecían los turnos de guardia. Hacer una guardia supone despertarse y disponerse a estar en vela hasta que llegue el relevo. Jesús pide a sus discípulos tener esa misma actitud con su vida, vigilar su propio corazón para que se mantenga fiel al Señor, en su puesto y en su tarea.

Tenemos que esperar la segunda venida de Cristo en su doble dimensión: la que nos toca directamente a cada uno, en el encuentro personal al término de nuestra vida y la que vivirá la humanidad al final de los tiempos. Esperar en la confianza de que este mundo creado y redimido por Dios no se quedará en el vacío ni prisionero de un tiempo interminable, pero sin alcanzar la plenitud de la eternidad. Dios, por Jesucristo, consumará la historia como solo Él sabe hacerlo y no como los poderosos de este mundo, que navegan en el tiempo que no vuelve más.

La esperanza cristiana que nos trae el Adviento es esta: todo acabará bien, en las manos de Dios.

Gracias, amigas y amigos, por su atención. Nuevamente les invito a colaborar en las canastas que estamos preparando para entregar en Navidad a algunas familias de nuestra diócesis. Pueden ver los detalles al pie de este vídeo. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana, si Dios quiere.

Fuente: https://dar-y-comunicar.blogspot.com/2020/11/esten-prevenidos-marcos-1333-37-primer.html