Iglesia al día

" En este tiempo de pandemia, que dejó sin efecto o en suspenso tantos proyectos personales y colectivos... damos, en primer lugar, gracias a Dios por todo lo bueno que hizo surgir en los corazones de hombres y mujeres de nuestra tierra. En todo ello encontramos motivos de esperanza. "
Mirando con Dios este tiempo

Noticeu Mons. Galimberti afirma que la solidaridad no se guía por manuales de procedimiento

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“Nuestras sociedades están enfermas de centralismo y muestran esta patología en la falta de iniciativa local, en la actitud de espera del `maná´ que vendrá del gobierno central, para satisfacer las necesidades más elementales”, diagnosticó el Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti, en el marco del Primer Seminario Internacional sobre Bienes Comunes y Bien Común realizado en la Facultad de Ciencias Económicas de la Ciudad de Buenos Aires, en noviembre de 2013.

Mons. Galimberti que participó del Seminario en su carácter de miembro por el Cono Sur del Departamento de Justicia y Solidaridad del CELAM, disertó sobre “`Bienes comunes’ y `Bien común’ construyendo una plataforma pública basada en los bienes comunes”.

En dicho evento, el Obispo afirmó que “la superación de las formas centralistas de organización social es el único camino para lograr una reconstrucción de la dimensión local y en esa medida, para lograr auténticos procesos de desarrollo local”. Acotó que “los procesos de descentralización deberán acentuar el potencial de las sociedades locales, sin descuidar las interrelaciones complejas que existen entre los diferentes niveles de gobierno”.

El Pastor abordó el tema de la polaridad “Bienes Comunes y Bien Común”, a partir de la Parábola del Buen Samaritano que presenta el Evangelio.

En su ponencia, Mons. Galimberti sugirió tres escenarios con respecto a las dinámicas de relacionamiento existentes en nuestras sociedades: la violencia, la indiferencia y las relaciones de proximidad o “projimidad”.

Respecto al escenario de la violencia, el Obispo de Salto reconoció que “tocar el tema de la violencia es abrir una ‘caja de Pandora’: cada día crece la conciencia de que ella está en todos los rincones de la vida: violencia de género, violencia religiosa (año 2011: más de 100.000 asesinatos de cristianos), y con diversa intensidad en las estructuras de convivencia: familia, barrios de nuestras ciudades, ‘asentamientos’ o ‘villas miserias’”.

En torno al segundo escenario el Obispo indicó que “’la aparente “indiferencia’; muchas veces esconde actitudes de ‘sospecha’: ¿qué andaría haciendo ese hombre por ese camino tan peligroso y solo? ¿En qué negocios andará? En mi país cuando pasan cosas como esta o a uno le va muy bien en los negocios en poco tiempo, se oye decir fácilmente, ‘debe andar en la droga’ o también `habría que investigar’. Y se alimentan fantasías o hipótesis de espionaje”.

Refiriéndose a las relaciones de proximidad o ‘projimidad’, Mons. Galimberti recordó que “quienes están caídos o postergados no son extraños. Ante ellos podemos elegir aproximarnos, hacernos ‘próximos’”. “Los gestos de ‘projimidad’ devuelven dignidad, esperanza y fuerzas vitales”, aseveró..

El Pastor enfatizó que con respecto a los prójimos “la ayuda es concreta, la solidaridad no se guía por manuales de procedimiento”.

“BIENES COMUNES” Y “BIEN COMÚN” CONSTRUYENDO UNA PLATAFORMA PÚBLICA BASADA EN LOS BIENES COMUNES

MONS. PABLO GALIMBERTI (OBISPO DE SALTO, URUGUAY)

En la pantalla que está a mi derecha, en la parte inferior, aparecen las instituciones que organizan o patrocinan este Seminario Internacional. El logo que ven en el extremo derecho de la pantalla dice CELAM junto al mapa simplificado de América Latina.

El CELAM es un organismo de apoyo a los obispos católicos de América Latina y el Caribe.

Verán también un gran “bastón” sobre el mapa; simboliza la tarea de los obispos, que es “pastorear” es decir, conducir. Dice el Papa Francisco en su reciente Encíclica que los obispos tienen que caminar, a veces, adelante, otras veces, en el medio; y otras veces, atrás, porque hay gente que en algunos aspectos sabe más que nosotros y hay que escucharlos. En esta mañana yo me encuentro que estoy “detrás” de ustedes, escuchando y aprendiendo.

Les traigo el saludo del Presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), Monseñor Carlos Aguiar Retes, Arzobispo de Tlaneplanta (México) y de Monseñor Pedro Barreto, Arzobispo de Huancayo, Perú, y Presidente del Departamento de Justicia y Solidaridad del CELAM. Este organismo episcopal ha dado gustosamente apoyo a este Seminario.

Uno de los objetivos de este Departamento es:

“fortalecer los aún débiles procesos democráticos que garantizan el reconocimiento de los derechos plenos y deberes de todos. Los Estados tienen el deber de asegurar el anhelo de la inclusión y la participación plena de todos los ciudadanos, sin prejuicios o discriminación de género, creencia religiosa, identidad social, cultural, racial o étnica. Hoy la tierra misma corre peligro, pues vivimos en un planeta herido por nuestra agresiva y depredadora relación con la naturaleza. Nos es difícil abandonar hábi­tos tan anidados en nuestra civilización, para buscar alternativas que cuiden y favorezcan “nuestra casa común”.

Paso ahora a un breve aporte en relación a la polaridad “Bienes Comunes y Bien Común”, tema de este Seminario Internacional, a partir de una página del Evangelio. Esbozaré una interpretación “alegórica’!

La conocida parábola del Buen Samaritano (San Lucas cap. X) sugiere tres escenarios con respecto a las dinámicas de relacionamiento existentes en nuestras sociedades (entre personas, grupos, regiones o países).

a. El primer escenario es la violencia

La parábola comienza así: “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto”.

La “inseguridad” (existencial, psicológica, religiosa, familiar, social, jurídica, laboral, política o econó­mico-financiera) es una experiencia cotidiana.

Jerusalén, capital religiosa y política, desde donde bajaba el hombre que fue asaltado, está a una altura de 750 metros sobre el nivel del mar (la metáfora de la “altura” podría sugerir la distancia entre los centros de poder y las periferias).

El Mar Muerto -(realidad y metáfora de un lugar donde no hay vida)-cerca del cual estaba Jericó (destino del viajero asaltado), está a 400 metros bajo el nivel del mar. Por lo tanto en poco más de treinta kilómetros, este camino bajaba 1.200 metros y corría entre desfiladeros rocosos con curvas imprevistas; lugar ideal para asaltantes.

Tocar el tema de la violencia es abrir una “caja de Pandora”: cada día crece la conciencia que ella está en todos los rincones de la vida: violencia de género, violencia religiosa (año 2011: más de 100.000 asesinatos de cristianos), y con diversa intensidad en las estructuras de convivencia: familia, barrios de nuestras ciudades, “asentamientos” o “villas miserias”.

b. El segundo escenario es la “indiferencia”.

El “otro” o “los otros” están allí, caídos, pero entre nosotros y ellos hay un muro invisible.

En la parábola, esta actitud está representada por el sacerdote de la Antigua Ley (que en una socie­dad teocrática, no es sólo el hombre del culto; también interviene en la vida social y política). Este personaje ve al hombre herido pero da un rodeo y sigue de largo.

Son personas para quienes los “valores ceremoniales o rituales” están por encima de la solidaridad con espesor cordial y corporal.

Pero la aparente “indiferencia’; muchas veces esconde actitudes de “sospecha”: ¿qué andaría haciendo ese hombre por ese camino tan peligroso y solo? ¿En qué negocios andará? En mi país cuando pasan cosas como esta o a uno le va muy bien en los negocios en poco tiempo, se oye decir fácilmente, “debe andar en la droga” o también “habría que investigar”. Y se alimentan fantasías o hipótesis de espionajes, que hoy incluso parecen estar de moda y hasta con algún fundamento.

c. El tercer escenario -donde está el mensaje de la parábola- es el de las relaciones de proximidad o “projimidad”.

Quienes están caídos o postergados no son extraños. Ante ellos podemos elegir aproximarnos, hacernos “próximos”.

Para el Antiguo Testamento el “prójimo” es el israelita. Jesús ofrece un nuevo sentido al término “próji­mo”. Es cualquier persona (podríamos añadir: región del propio país, continente o poblaciones del mun­do) a quienes podemos aproximarnos con actitud cordial y ayudar. Hacerse “prójimo” no es cuestión de distancia física (cuántos metros o kilómetros me separan). Es una opción lúcida y comprometida.

Los gestos de “projimidad” devuelven dignidad, esperanza y fuerzas vitales.

La ayuda es concreta, la solidaridad no se guía por manuales de procedimiento. Es “la imaginación de la caridad’, como decía San Vicente de Paúl.

El samaritano, según la parábola, “se acercó, vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue, se encargó de cuidarlo y sacó dos denarios: cuídalo, lo que gastes de mas te lo pagaré al volver”.

Esta sucesión de siete acciones concretas, que tejen una historia de “projimidad” invitan a imaginar las diversas formas de solidaridad entre familias, colaborando con centros educativos, en un barrio, una ciudad, país o región.

Este “salir” desde nuestros centros de poder (religioso, económico, político….) hacia las diferentes “situaciones de periferia’, es una exigencia subrayada por el Papa Francisco.

Hablando al mundo académico y cultural en su visita a Cerdeña, (22/09/13) el Papa Francisco expresó que la crisis actual “puede ser momento de purificación y de replanteamiento de nuestros modelos económico-sociales”. Destacaba asimismo el papel de la Universidad como lugar donde se elabora la cultura de la proximidad o de la cercanía. “La Universidad es el lugar privilegiado en el que se promueve, se enseña, se vive esta cultura del diálogo, que no nivela indiscriminadamente diferencias y pluralismos -uno de los riesgos de la globalización es éste-, ni tampoco los lleva al extremo haciéndoles ser motivo de enfrentamiento, sino que abre a la confrontación constructiva. Esto significa comprender y valorar las riquezas del otro, considerándolo no con indiferencia o con temor, sino como factor de crecimiento”. (L’Oss. Rom. ed. Española, 27 set 2013, pág. 15)

Para terminar, planteo una entre las muchas posibles aplicaciones del tema de este Seminario a las relaciones entre centro y periferia o entre lo local y lo global, en nuestras sociedades. (Son ideas desarrolladas por un docente de la Universidad Católica en Uruguay, el Dr. José Arocena)

En cada territorio y en cada época el equilibrio local-global está teñido por la forma como se ha ido construyendo la organización social. En el caso latinoamericano, ese equilibrio se ha visto desvirtuado por los procesos posteriores a la independencia, que han tendido a favorecer los “centros” sobre las “periferias”. El centralismo triunfante en esos procesos ha producido un debilitamiento y una desvalorización de lo “local”. Aun hoy, existen defensores de las virtudes del centralismo globalizante y uniformador, que temen la manifestación de las diferencias en la expresión organizada de las especificidades locales.

Se atribuye a los procesos centralizadores, el mérito de haber posibilitado la construcción de los Estados latinoamericanos y de haber asegurado, mediante políticas globales, los intereses del con­junto de la población por encima de los particularismos. Se teme que la descentralización produzca la explosión de múltiples intereses particulares y que esto haga retroceder los logros alcanzados a nivel del interés general.

Sin negar el rol de los procesos centralizadores en la construcción de las naciones, es necesario limitar el efecto paralizador de un sistema que monopoliza la iniciativa en su “centro”. Sin desconocer la importancia de las conquistas “globales” en una sociedad determinada, no hay que olvidar que esas conquistas no contemplan un sinnúmero de necesidades cuya expresión es solamente local. La superación de las formas centralistas de organización social es el único camino para lograr una reconstrucción de la dimensión local y en esa medida, para lograr auténticos procesos de desarrollo local. Nuestras sociedades están enfermas de centralismo y muestran esta patología en la falta de iniciativa local, en la actitud de espera del “maná” que vendrá del gobierno central, para satisfacer las necesidades más elementales.

Los procesos de descentralización deberán acentuar el potencial de las sociedades locales, sin descuidar las interrelaciones complejas que existen entre los diferentes niveles de gobierno.

¡Muchas gracias!