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Mons. Pablo Galimberti Mons. Galimberti afirma que la justicia es tarea de todos, no solo hay que reclamarla

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La justicia es tarea de todos, afirma el Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti, quien entiende que no hay que solamente reclamarla sino ser parte de la solución.

En su columna semanal del Diario “Cambio”, Mons. Galimberti indica que la justicia es “el modo justo de relacionarnos, ayudarnos, colaborar y solidarizarnos, en las buenas y en las malas.  Ahí se ven las personas justas, solidarias y bondadosas”.

El Obispo subraya que “entre todos debemos aspirar al desarrollo integral. En la familia o barrio. O como ciudadanía activa reclamando garantías, protección, seguridad en cada esquina de la ciudad, en el tráfico, en los lugares públicos, etc”, pero “reclamar es muy poco. Cada uno puede ser parte de la solución”, precisa.

Mons. Galimberti explica en su columna que “la justicia normalmente se actúa en el lugar donde compartimos tareas. Cada paso, gesto o palabra son una forma efectiva de fortalecer las redes sociales y nuestro estilo de convivencia”. “Cada día es una oportunidad, una página en blanco que Dios o la vida me regalan”, enfatiza.

Justicia. Tarea de todos

A veces se tiene la idea, equivocada por cierto, que la justicia está guardada en juzgados u oficinas públicas. Desde todos los rincones de la sociedad hay voces planteando reclamos por más justicia, entendiendo que esta consiste en “dar a cada uno lo que le corresponde”.

Estos planteos son normales. Los romanos decían: “ubi societas ibi ius”. O sea, donde hay gente que se socializa, surgen reglas de funcionamiento. Igual que los niños que inventan un juego.

La sociedad requiere un conjunto de respuestas. Educación para chicos y jóvenes. Alimentación para correr, saltar y atender en clase.

El adulto necesita salir de la vagancia para incorporarse a una actividad que le brinde autoestima. La mujer que va al supermercado necesita que no la asalten.

El enfermo requiere atención médica que lo sostenga, brinde apoyo y cuidados. El que quedó sin techo necesita un lugar para dormir.

El que está desorientado, con heridas en su memoria, requiere una oreja que lo escuche y le ayude a encontrar un Dios cercano y una comunidad amable que lo reciba.

Entre todos debemos aspirar al desarrollo integral. En la familia o barrio. O como ciudadanía activa reclamando garantías, protección, seguridad en cada esquina de la ciudad, en el tráfico, en los lugares públicos, etc.

Pero reclamar es muy poco. Cada uno puede ser parte de la solución. Desde mi familia, o la manera en que saco la basura a la calle o comparto algo para comer o en la forma que atiendo a un cliente.

La justicia es como me relaciono con los de mi casa, los vecinos del barrio o la forma de festejar un triunfo deportivo. Si prepoteo exigiendo que me atiendan, sin considerar la eventual situación que pueden estar atravesando los  que me deben atender.

La justicia es el modo justo de relacionarnos, ayudarnos, colaborar y solidarizarnos, en las buenas y en las malas.  Ahí se ven las personas justas, solidarias y bondadosas. Cuando se sabe que hay gente que vive con lo justo y que acude donde le dan un plato de comida. Y para eso acercan unas bandejas de comida colaborando o dando una mano. Es la justicia en acción. Silenciosa, sin palabras ni carteles.

La justicia normalmente se actúa en el lugar donde compartimos tareas. Cuando una madre se acerca a la escuela del barrio y se ofrece para dar una mano en una merienda solidaria. O alguien se interesa para ayudar a una familia que perdió todo en un incendio.

Donde hay justicia allí se tejen y fortalecen los vínculos de la sociedad.

Para esto hay que salir del anonimato que levanta barreras invisibles. Y de esto hay felizmente muchos ejemplos. Me contaban cómo los hijos de un matrimonio que falleció recientemente fueron contenidos y apoyados por vecinos, compañeros de trabajo de la madre y una abuela.

Y esta mano amiga no mira el color político, la iglesia donde concurre o si son hinchas de tal o cual club de fútbol.

En el amplio y variado escenario de una ciudad, todos podemos ofrecer brazos, manos, ideas, aliento. Desde donde estamos. Por ejemplo, para mejorar la rehabilitación de los que están detenidos en espera del ansiado día de su libertad. O para que los gurises que andan en la calle no se conviertan en adictos consumidores de marihuana.

Cada paso, gesto o palabra son una forma efectiva de fortalecer las redes sociales y nuestro estilo de convivencia. Cada día es una oportunidad, una página en blanco que Dios o la vida me regala.

Columna de Mons. Pablo Galimberti, publicada en el Diario “Cambio” del viernes 30 de setiembre de 2016