Iglesia al día

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I Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe

Mons. Pablo Galimberti “Los buenos educadores…El perro de Ramón”, Reflexión del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

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Los buenos educadores marcan el camino y dejan una huella imborrable para toda la vida. Los llevamos en el alma, en los momentos de crisis, en las noches de la vida o a la hora de decisiones importantes.

Pero es probable que también encontremos en nuestra historia los educadores mediocres, que abusaron de la función que cumplían y que dejaron huellas torcidas difíciles de olvidar. Sus conductas no estuvieron muchas veces a la altura de sus palabras. Y con paciencia y ayuda de personas idóneas se deberá aprender a cicatrizar esas heridas.

Pero quisiera expresar mi aprecio por los buenos maestros. Esos que trabajan en un colegio parroquial como en una escuelita de barrio o en un paraje aislado, donde las maestras tienen que pasar toda la semana.

Me contaba un viejo maestro, de esos que amaban la tarea que cumplían y recuerdan muchas historias acumuladas en su vida, que ve a muchos colegas jóvenes que una vez terminada la jornada, dejan tirada la túnica en un rincón del aula. Qué diferencia con mi tiempo, me decía. Con orgullo salíamos de la escuela con la túnica, distintivo de la tarea diaria bien realizada.

En mi época, me contaba, cuando un niño faltaba tres días seguidos, yo iba a la casa para averiguar lo que estaba ocurriendo. El motivo podía ser una enfermedad, problemas en la familia o simplemente rabonas que había que solucionar de otra forma.

La maestra o el maestro muchas veces son los que están habituados para detectar dificultades en el hablar o en la expresión oral de sus alumnos y pueden intentar buscar formas para solucionarlas.

Me contaba este maestro que no era raro tener en la clase alumnos con rotacismo, es decir, con dificultad para pronunciar la “r”. Con paciencia y constancia el maestro les hacía repetir la frase: “El perro de Ramón no tiene rabo”. Y cuando se cruzaba en el recreo con uno de estos niños le espetaba la frase “el perro de……” para verificar si el alumno había practicado en su casa y poco a poco superaba ese escollo. O en caso contrario era cuestión de recomendar a los padres llevarlo al médico que con una sencilla intervención cortara el frenillo, causa de esa dificultad.

Estas tareas educativas requieren atención, paciencia y amor a lo que uno hace diariamente. A veces lo primero que se piensa es derivar a otro el problema: es cuestión del médico, del psicólogo o de tal o cual especialista. Obvio que estos son un complemento muy oportuno, pero antes de ellos no hay como la intervención oportuna de un buen educador, maestro, padre o madre.

Es cierto que hoy toca a las maestras y maestros asumir roles que son primariamente de quienes conviven a diario en el espacio del propio hogar. Y cuando estos roles, por motivos de trabajo o distanciamientos, no se cumplen, quien sufre es el niño o niña, que no encuentra un estímulo o complementación entre hogar y escuela.

Hoy escuchamos muchos reclamos de los gremios de profesores. Salario justo, aulas adecuadas, espacios seguros para el mejor desempeño y relacionamiento. Sabemos que esa tarea no es sencilla. Y como iglesia católica queremos contribuir a educar.

En nuestra diócesis, gracias al empuje de un grupo de personas de Paysandú, especialmente valientes mujeres, hemos podido concretar el sueño de un liceo para servir a jóvenes de zonas más distantes del centro. El Liceo Francisco es una realidad, un servicio a las familias, un aporte al país que soñamos, un estímulo a los alumnos.

Quizás algunos jóvenes dirán que se los vigila demasiado y eso puede darles la sensación que pierden libertad. Para nosotros la libertad es un don muy grande que necesita estímulo, contención y valores. Como los límites en la cancha de fútbol. De lo contrario la libertad es como entregarle a un joven un arco y una flecha pero no saben dónde está el blanco hacia deben apuntar.

Los viejos maestros tienen mucho para transmitir. En otros tiempos, sin “ceibalitas” ni internet podían estar atentos a todas las peripecias de sus alumnos. Hasta el detalle del frenillo en el paladar que impide pronunciar correctamente “el perro de Ramón no tiene freno”.

Columna publicada en el Diario “Cambio” del viernes 17 de abril de 2015