Iglesia al día

" Me alegra que el tema elegido por la familia ecuménica para la celebración del Tiempo de la Creación 2020 sea 'Jubileo de la Tierra', precisamente en el año en el que se cumple el cincuentenario del Día de la Tierra "
Papa Francisco

Noticeu La Pascua del Pbro. Miguel Brito

A los 80 años de edad, en la noche del miércoles 18, falleció el Pbro. Miguel Brito.. El velatorio se realizó en la Parroquia de la Aguada (Montevideo).  A las 15 hs. se celebró una Misa de cuerpo presente en la misma Parroquia. El sepelio se realizó en el Cementerio del Buceo.

El Padre Miguel Ángel Brito nació en San José el 6 de diciembre de 1932. Fue ordenado sacerdote por Mons. Luis Baccino (Primer Obispo de la Diócesis) el 22 de setiembre de 1956, en la Catedral de San José. La ordenación del Padre Miguel fue la primera ordenación sacerdotal de la nueva Diócesis erigida 1955 por el Papa Pío XII y que comenzó su vida pastoral a la llegada del primer Obispo al año siguiente. Prestó su servicio pastoral en Canelones cuando pertenecía a la Diócesis de San José, en Nueva Helvecia (Diócesis de Mercedes) y  en la Arquidiócesis de Montevideo.

Reproducimos la entrevista publicada en la Revista Umbrales en 2006, que retomó ante la Partida del P. Miguel el Obispo de Melo, Mons. Heriberto Bodeant, en su blog http://dar-y-comunicar.blogspot.com/
 

REVISTA UMBRALES, Nº 173,  Noviembre 2006

Pbro. Miguel Angel Brito: 50 años de entrega entusiasta

El 22 de setiembre en la Parroquia Ntra. Sra. Del Carmen (Aguada), el P. Miguel celebró sus 50 años de Ordenación Sacerdotal. fiesta que congregó a la mayoría de los sacerdotes de Montevideo y a las comunidades donde fue Pastor en Montevideo y Canelones con la presencia del Obispo Auxiliar de Montevideo Martín Pérez y del Obispo de Canelones Orlando Romero.

P. Miguel, en 1995 te hicimos un reportaje (UMBRALESn. 55) con motivo del Proyecto Antioquía; ahora, en tus bodas de oro sacerdotales pensamos que sería muy interesante conocer tu larga vida de Pastor. 

– El Señor tuvo la providencia de que yo naciera en San José en una familia humilde, trabajadora y pobre, como fue la familia de Nazaret. Mamé la fe junto con el alimento y el cariño de mis padres y hermanos. Recuerdo que mi madre me dijo que siendo niño, estando enfermo desahuciado por los médicos, ella como otra Ana, me consagró al Señor. A los 12 años entré al Pre-Seminario del p. Di Martino en San José. Allí permanecí durante dos años, hasta el momento de pasar al Seminario de Montevideo, que en esa época estaba en Avda. de las Instrucciones, hoy Cottolengo Don Orione. Significaba entrar en otra etapa de mi formación.

Lo que recuerdo de la primera etapa del Seminario fue el primer retiro. Me quedó muy grabada la voz del Señor que me decía: “Tú eres mío, tú me perteneces”, de alguna manera estas palabras fueron trabajando en mí aunque les di poca importancia. Mi fe era una fe popular, sencilla como la fe de mi madre, de mi familia y de la mayoría de la gente en esa época: una fe sincera y de corazón. Empecé Teología en el año 52, fue como una conversión para mí en el sentido de haber encontrado más cercano el rostro de Jesús.
La oración que hice por los 50 años de ordenación decía esto: “Me tomaste contigo Señor y me llevaste aparte, igual que al sordomudo del Evangelio, te concentraste en el barro de mi arcilla, introdujiste los dedos en mis oídos para vencer la resistencia a escucharte, con tu saliva humedeciste mi lengua para que con fluidez te alabara y me dijiste ábrete. Tu palabra siempre es cercana. Así te descubrí, o mejor dicho te me revelaste más personalmente”. Fui profundizando ese encuentro con Cristo a través de libros de espiritualidad. Recuerdo entre otros, algunos, como por ejemplo los de Marmión: “Jesucristo: el ideal del Sacerdote” y el “Cuerpo místico de Cristo”. También recuerdo un precioso libro de Sor Isabel de la Cruz. Por fin llegó el mes de ejercicios antes de la ordenación. Vinieron las dudas, comunes a la edad, sobre todo el entregarme del todo al Padre y a la Iglesia a través del celibato. Era consciente de las dificultades que encontraría, tenía 23 años. Sin embargo afloró en mí nuevamente aquella frase: “Tú eres mío, yo soy tuyo”. Confiado en Jesús me decidí, Él me dio fuerzas para dar ese paso. Me ordenó mons. Luis Baccino, en San José, mi ciudad natal. Fue la primera ordenación de la nueva diócesis de San José. Yo le preguntaba al Señor: “¿Por qué has obrado así conmigo?” Me respondía: “porque te amo”.

¿Dónde comenzaste tu vida sacerdotal? ¿Cómo fue tu experiencia en los primeros años?

– Al ordenarme era sacerdote de Montevideo, pero fui prestado por 5 años a la diócesis de San José por autorización del card. Antonio Ma. Barbieri. El obispo de San José, me envió a Canelones que en esa época pertenecía a la nueva diócesis de San José. Allí tuve mi primera parroquia. Para mí fue una muy rica experiencia. Hoy mirándolo a la distancia reconozco a Baccino como un obispo renovador de la pastoral: fui descubriendo en esa época el protagonismo del laico en la Iglesia y en el mundo. Fui viendo la importancia de un presbiterio unido, fraterno, corresponsable; ideal que yo había descubierto, en libros en el seminario, luego de mi conversión interior a Jesús allá por el año 52. Ya se estaba haciendo su camino en la renovación catequética con el p. Mario Hernández y Ricardo Rodríguez. En esa época nos llegaban noticias de la pastoral de Bélgica a través de revistas pastorales. Yo especialmente me interesé por el Diaconado Permanente, leí mucho sobre esta nueva realidad y me quedó prendido en el corazón y en la mente desde el año 1954.

En Canelones éramos varios sacerdotes. El párroco, el querido y recordado p. Quaglia, futuro Obispo de Minas, hizo distribución de tareas y a mí me tocó la campaña. Recorría las distintas rutas de la Parroquia, usando una moto NSU. En cada carretera, en sitos más o menos estratégicos buscaba casas de cristianos, y en ellas se reunían una vez por mes. Celebraba el sacramento de la reconciliación y la eucaristía. Todo era muy sencillo y fraterno. Los ómnibus de todas las localidades salían y llegaban a Canelones al lado de la parroquia. En los ómnibus colocábamos afiches con el anuncio de las actividades, día, hora y casa. La gente que viajaba en esos ómnibus retiraba estos avisos y así podían participar de estas reuniones. En esta tarea estuve cuatro años y luego fui enviado a Nueva Helvecia, que en esa época pertenecía a la diócesis de San José. Allí acompañé al p. Lorenzo Amengual, ya anciano en toda la labor pastoral de la parroquia. Tratamos de renovar la liturgia haciéndola más participada, consciente en la línea del Vaticano II. Hacíamos una vida muy unida con la gente, compartíamos desde el mate hasta una partida de truco. Llegué a ser el primer presidente de la Confederación de Basketball de Nueva Helvecia.

Por providencia de Dios, se crea una nueva diócesis, en diciembre de 1961: la de Mercedes. Entonces le pregunto a mons. Baccino que hacía ya que yo estaba prestado a San José y Nueva Helvecia pasaba a ser diócesis de Mercedes.

Me dijo que me quedara donde estaba y pasé a trabajar con mons. Enrique Cabrera, primer obispo de Mercedes. Fui nombrado Secretario de la nueva diócesis. Como tal, el tiempo me daba también para hacer visitas a las parroquias y prestar los servicios que me requerían. Pero Mons. Antonio Corso, Administrador de Montevideo, me pidió regresar a mi diócesis de origen.

En Montevideo tuviste una fructífera acción pastoral, ¿qué es lo que más recuerdas?

– Estuve designado a la Parroquia de Paso Molino donde permanecí 10 años, hasta abril de 1976. Ahí, me tocó vivir en el contexto eclesial la puesta en marcha del Concilio Vaticano II. Al llegar a Montevideo, mons. Carlos Parteli llamó a los laicos y al clero a trabajar activamente, a participar con celo y creatividad en la de la Pastoral de Conjunto. Trabajé en una de las 10 comisiones creadas para poner en marcha ese proyecto pastoral: en la que se refería a la división de la diócesis en zonas pastorales. En un principio fueron doce zonas que luego se reducirían a las diez actuales. Me sentía protagonista, cumpliendo la misión de sacerdote diocesano como “colaborador del Obispo”. Al comenzar el camino de la Pastoral de Conjunto, en el post concilio, se crearon pequeñas comunidades, buscando la renovación de la Iglesia en su dimensión comunitaria. En la parroquia se iban buscando casas en diversos barrios para hacer nuclear a los vecinos. Hacíamos reuniones: allí se leía y rezaba con la Palabra que iluminaba el quehacer personal, familiar, social y eclesial. En dichas casas celebrábamos la Eucaristía, en un ambiente más familiar y participativo.

En los diez años que estuve allí, viví también junto con la comunidad, dificultades por el cambio de opción de algunos sacerdotes. Esta situación dolorosa para todos me exigió vivir con más fidelidad al Señor. La comunidad confiaba en el Pastor.

El otro contexto fue la dictadura cívico-militar. En el Consejo Parroquial hicimos una reflexión y a consecuencia de ella se abrió la parroquia a todo lo que eran reuniones a favor de la defensa de los derechos conculcados. Por ejemplo se amparó a los padres y alumnos del liceo “Bauzá” que había cerrado en el mes de agosto de 1968 por decreto del Ejecutivo, como todos los liceos del país. En la Parroquia se abrió un “liceo popular”, controlado día a día, dada la violencia de la época, por un representante del Consejo Parroquial. Como era tiempo de mucha violencia pusimos algunas normas de convivencia: los alumnos y profesores no podían llevar ni armas ni panfletos. Nosotros también sufrimos la violencia: nos pusieron una bomba en la parroquia, además de soportar, como otras parroquias, allanamientos varios y diversas formas de controles, aún en las homilías y en las conversaciones de los pequeños grupos cuyos integrantes estaban todos “fichados”.

Las diversas celebraciones por las casas y las celebraciones dominicales, nos daban fuerza en la fe y vigor en el compromiso para testimoniar la verdad, la libertad y superar el natural miedo.

En 1976 fui trasladado a la Parroquia de los Sagrados Corazones de calle Possolo. Fue muy hermoso lo que viví allí. Una parroquia muy extensa con barrios muy diferenciados. Allí ya estaban desde hacia mucho tiempo las hnas. de Banneaux y las hnas. Vicentinas, en barrio de Aparicio Saravia.

En Chimborazo y Gral. Flores se construyeron viviendas de INVE y la parroquia tomó como misión invitar a las familias a reunirse. Todos los miércoles se reunía un grupo de personas en una casa de lata, para rezar el rosario a la Virgen de la Luz. Allí se comenzó a celebrar la Eucaristía. Mons. Parteli visitó la casa y al tiempo le pregunté a la Sra. Luz si quería venderla. Lo que así ocurrió. Hoy es la Capilla de la Luz de la Parroquia de Possolo.

No puedo olvidar el tiempo compartido con el p. Isidro Alonso, “el padre Cacho”, fue época de sueños, utopías, ricas experiencias con los vecinos de los barrios más caren-ciados.

En esa época deja la Arquidiócesis el obispo Parteli y la toma mons. José Gottardi quien me invita a ser Vicario Pastoral. Mientras fui Vicario pasé un tiempo por la Parroquia del Reducto (1986-1988) que estaba sin párroco, luego fui a la Parroquia de la calle Comercio con el p. Quique Passadore, en 1988 pasé a la Parroquia de la Aguada donde estuve hasta 1992. Lo que más resalto de este tiempo es: – la preparación y realización de la Asamblea Diocesana en julio de 1986 hacia el “nuevo Plan Pastoral”.

– La intervención del Ministro de Defensa cuestionando los borradores de dicha preparación porque se hablaba de “torturas y desaparecidos”.

– Un pequeño documento sobre la Impunidad y otro sobre “la verdad” y “la justicia”, redactados con la Pastoral Social.

– La organización de la tercera reunión de Párrocos sobre “La Pastoral de la Salud”.

– La animación previa a la Misa en Tres Cruces con la primera venida del papa Juan Pablo II, y la preparación y desarrollo de su segunda visita en el Estadio Centenario.

Terminado este período me enviaron a la Parroquia de la Virgen de losTreintay Tres, donde estuve 10 años. En esa época fui nombrado Vicario Episcopal de las zonas 8, 9 y 10. Visitaba los Consejos Zonales además de la atención pastoral de la parroquia. También tuve a mi cargo el Proyecto Antioquía. Formé un equipo para la formación de ministros laicos, como animadores de diversas comunidades.

Contigo comenzó la formación de hombres casados para el Diaconado Permanente, háblanos de esto.

Todo comenzó allá por el año 1952 leyendo revistas pastorales en las que algunos visionarios lanzaban esa idea. Luego, en una reunión del Presbiterio reflexionando sobre la vocaciones sacerdotales, expuse la idea del diaconado permanente. Al tiempo, por el año 1970, el obispo Parteli me propone para iniciar en Montevideo esa ” experiencia”.

Comencé con el llamado a los interesados, información a los mismos, discernimiento y la formación de los primeros 4 diáconos permanentes.

Estuve en esta misión durante 10 años. También fui llamado por los obispos de Canelones y Maldonado, Orestes Nuti y Rodolfo Wirz, respectivamente, para formar los diáconos de aquellas diócesis.

Actualmente comienzo a ayudar al obispo de Melo, Luis del Castillo, y al obispo de Canelones, Orlando Romero, para reunir a los diáconos ya formados, y cada 15 días a un pequeño grupo, en su etapa de discernimiento.

¿Cual es tu reflexión en estos 50 años de sacerdocio?

Quiero agradecer a Dios y renovar ante Él y ante la Iglesia mi compromiso jubilar: “Señor, como a Pedro me preguntas: ¿me amas con amor exclusivo, para siempre?

– Te quiero, desde mi pecado y mi debilidad, le responde Pedro, por tres veces. Señor tú sabes que te quiero.

Señor, hoy al celebrar los 50 años del ministerio que me regalaste toma te declaro mi amor desde mi debilidad y mi pecado. Señor mi vida, hazla de nuevo, yo quiero ser un vaso nuevo.