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Mons. Heriberto Bodeant, obispo de Canelones, ordenó sacerdote al diácono Sergio Genta. La celebración fue el 1 de diciembre de 2024 (I Domingo de Adviento) en la Parroquia Santa Rosa de Lima en la ciudad de Santa Rosa, Canelones.

Compartimos la homilía de Mons. Bodeant

Queridos hermanos y hermanas:

Comienza el Adviento, este tiempo que nos pone en actitud de espera, más aún, de esperanza, de esperanza cristiana, invitándonos, en primer lugar a poner nuestra mirada en los últimos tiempos, en el final de la historia, en la venida gloriosa de Jesucristo para juzgar a los vivos y a los muertos. En un segundo momento, nos prepara a la celebración de la venida de Jesús “en la carne”, es decir, a la celebración de su nacimiento. Al tiempo litúrgico, que tiene su tiempo, se suma el Año Jubilar que pronto iniciaremos, bajo el lema “Peregrinos de la esperanza”. Seguiremos así fortaleciendo nuestra esperanza con la oración y los gestos propios del Año Santo.

Comenzamos este tiempo nuevo, con una ceremonia poco frecuente: una ordenación sacerdotal. La ordenación sacerdotal de Sergio Genta, hijo de esta comunidad de Santa Rosa, quien ha pedido que fuera celebrada aquí, en su pueblo, donde vive su familia.

Es primero de diciembre, y en esta fecha, si no coincide como hoy, con un domingo, la Iglesia recuerda a San Carlos de Foucauld. Hoy también se cumplen 78 años de otra ordenación sacerdotal: nada menos que la de Monseñor Orestes Santiago Nuti, el primer obispo de Canelones. Dos referencias significativas que hacen parte del marco de esta celebración.

¿Qué nos dice hoy la Palabra de Dios, a qué nos llama? Las palabras de Jesús podrían resumirse en este consejo: “Estén prevenidos y oren incesantemente”.

Estar prevenidos es estar preparados, vigilantes, atentos… ¿Atentos a qué? Atentos al Señor que viene a nuestra vida y se presenta a través de los diferentes acontecimientos y personas con los que nos vamos encontrando. Atentos para reconocer a Jesús y no dejarlo pasar de largo sin que toque nuestra vida y nuestro corazón.

Y esta celebración es, precisamente, uno de los acontecimientos en los que Jesús se hace presente a nosotros.

Sergio llega a este día, como culminación de un largo proceso, que lo llevó inicialmente junto a los Pobres Siervos de la Divina Providencia y finalmente lo trajo de regreso a su Diócesis de Canelones.

Hacer un largo camino vocacional permite ir acumulando recuerdos en la memoria e integrar muchos aportes de diferentes personas y comunidades que fueron acompañando los diferentes pasos. Un largo camino ayuda también a distinguir lo esencial, lo fundamental, lo que permanece, de aquello que pudo ser atrayente pero que fue solo circunstancial. Lo permanente es el llamado de Jesús: “Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre” (Hebreos 13,8). Él es la roca firme sobre la que construir nuestra vida (cf. Mateo 7,21-27), el ancla que mantiene la estabilidad en las tormentas (cf. Hebreos 6,19). En el lema que eligió Sergio para su ordenación: “Busquen primero el reino de Dios y su justicia” (Mateo 6,33), está también expresada la búsqueda de lo central, sin entretenerse en lo accesorio. El Reino de Dios no es una idea o un conjunto de valores: el Reino se encuentra en la persona misma de Jesucristo: en Él se hace presente y Él hace presente el Reino de Dios.

Hablando de los sacerdotes, el documento final del reciente sínodo sobre la sinodalidad de la Iglesia, nos pide: “un discernimiento más valiente de lo que pertenece propiamente al ministerio ordenado y de lo que puede y debe delegarse en otros” (Nro. 74).

Hace muchos años, poco antes de mi propia ordenación sacerdotal, fui invitado a una parroquia a dar una charla sobre el sacerdocio, en preparación a la ordenación de uno de mis compañeros. Yo me esmeré en buscar referencias bíblicas y teológicas que fui presentando y explicando… pero al terminar mi intervención, el párroco (1), con muchos años de vida sacerdotal, dijo, a modo de conclusión: “el sacerdote es el hombre de la Eucaristía”. Una simple frase que dice mucho. Podríamos pensar que no dice todo, que el sacerdote es también el hombre de la Reconciliación, de la Unción de los enfermos… también es quien predica el evangelio, quien conduce la comunidad… pero sí, esa frase, dice todo, porque como enseña la Iglesia, la Eucaristía es fuente y culmen de la vida cristiana (cf. Sacrosanctum Concilium, 10). De alguna manera, todo está allí: todo sale de la Eucaristía y todo lleva a ella.

Pensemos desde esa perspectiva en esa canción que se canta en muchas de nuestras comunidades: “Quiero ser pan, para el hambre ser el pan de mi pueblo”.

“Quiero ser pan”… Hacernos pan, es hacernos con Jesús, Eucaristía. “Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras”, me escuchará decir Sergio cuando le entregue el cáliz y la patena. “Imita lo que conmemoras”: imita a Cristo, que se entrega hecho pan, como signo de su total entrega de amor en la cruz. «Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor», porque nuestra entrega pasa por la cruz. No es posible seguir al Señor sin cargar nuestra propia cruz.

El tiempo nuevo del Adviento nos invita a considerar también los nuevos tiempos de la Iglesia. La ordenación de Sergio es un alivio ante la disminución del número de sacerdotes. El año vocacional que hemos celebrado ha dado también la promesa de frutos que, con la ayuda de Dios, se concretarán.

Sin embargo, nada hace pensar que nuestra realidad actual pueda cambiar en un horizonte cercano. Por eso obispos, presbíteros y diáconos necesitamos, como dice el Sínodo, redescubrir la corresponsabilidad en el ejercicio del ministerio, que requiere también la colaboración con los otros miembros del Pueblo de Dios: personas consagradas; fieles laicos y una distribución más articulada de responsabilidades y tareas. Saber delegar, coordinar, articular, sin dejar de acompañar y formar a todos aquellos que nos son confiados como ministros ordenados (cf. Documento Final, 74).

El Señor nos dice hoy “oren incesantemente”. Sergio ha manifestado, y así lo recordé en su ordenación diaconal, la importancia grande que tiene la oración en su vida. San Carlos de Foucauld, a quien he mencionado al comienzo, compuso una oración conocida como “oración de abandono”. En realidad, no la pensó como una oración más que podamos rezar como tantas otras buenas oraciones que nos ayudan a levantar el corazón a Dios.

En esa oración el hermanito Carlos intentó recoger lo central de la oración de Jesús al Padre. Eso aparece desde la primera línea: “Padre, me pongo en tus manos: haz de mí lo que quieras”.

Te invito, Sergio, a que recojas esa oración para que, orando con los mismos sentimientos que encontramos en el Corazón de Jesús, puedas crecer cada día más en tu propia entrega, confiada, en las manos del Padre.

(1)    El sacerdote era el P. Hugo Artigas Caballero, doloreño, primer párroco de Sagrado Corazón, en Paysandú, desde 1954 hasta su muerte en 1993.