Iglesia al día

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Noticeu “¡Esta la vamos a ganar!” : Reflexión de Mons. Pablo Galimberti

 

MonsGalimberti

Mientras me dirigía por calle Uruguay en dirección al este, me detiene una voz y un saludo. Miro y descubro a un maestro que conocí hace dos años. Jubilado como maestro y director de la escuela del barrio Nuevo Uruguay, sigue colaborando y aporta su sabiduría y experiencia.

¿Sabés que es esto? Traía en su mano izquierda una ramita de unos 30 centímetros de largo, del grosor del dedo meñique de una mujer. Lo más llamativo y doloroso eran dos pequeños tallos y tres o cuatro brotes que apenas despuntaban.

Sí. Me imagino, dije apenado. Adiviné que era una ramita arrancada salvajemente al arbolito Ibirapitá que él, yo y un grupo de soñadores habíamos plantado hace dos años. Quisimos marcar el inicio del proyecto Ibirapitá que empezaba a caminar en el predio de la capilla Virgen de los Treinta y Tres, barrio Nuevo Uruguay.

Confieso que esperaba escuchar algún lamento, reproche o consabidos clichés “esos gurises nunca van a cambiar”, “son unos salvajes”. O frases intimidantes sobre los jóvenes. Pero nada de eso. En el curtido maestro seguía ardiendo como el primer día la llama vocacional que lo impulsó a elegir este oficio. No era el burócrata que el día que se jubila guarda sus herramientas y cuelga diplomas.

Este hombre guarda con frescura las enseñanzas que le ha dejado su vocación de educador. Y rescata lo mejor de la experiencia de tantos años metido hasta el barro en ese lugar. Su paciente mirada sabe adivinar el significado de tantas rebeldías. Lo que expresan tantos silencios, la razón de muchas ausencias y los pequeños esfuerzos de gurises, que no siempre cuentan con todo el apoyo familiar.

Se me cruzó como relámpago un enojo. Pero la mirada de este hombre bueno me contuvo. El sabe que en el oficio de educador se lucha cada día, ganando, perdiendo o empatando.

La calma me vino al mirar los pequeños brotes asomando en la punta de dos ramitas huérfanas, separadas del árbol que les daba soporte, savia y futuro. Hacia allá apuntan nuestros sueños, esperanzas y proyectos. No estaba todo perdido. También después del diluvio despuntó la esperanza de una tierra reconciliada. Noé soltó una paloma y ella volvió al atardecer con una hoja de olivo, arrancada, en el pico.

Aparté las ganas de gastar tiempo mirando hacia atrás. Valía más la pena soñar en cómo multiplicar árboles que crezcan, se expandan, den sombra y permitan albergar bajo sus ramas a chicos y grandes, adolescentes trabajadores o vagos. Pero todos con ganas de cosas nuevas.

Analizando la violencia en el comportamiento humano, Eric Fromm señala que una de las causas es cuando una persona no puede crear o dar forma a algo de adentro. Entonces, una forma negativa de expresarse es hacer lo contrario: el pataleo, romper y destrozar. Yo no puedo, pero tampoco permito que los demás lo hagan. Basta recordar nuestras rabietas familiares.

Esos adolescentes esperan nuestra confianza y paciencia. Bochín, este es el nombre del viejo y querido maestro que encontré en la calle, conoce este arte de primera mano, no lo leyó en libros.

Tendremos que recodar con más frecuencia la lección de este hombre, que no despreció lo que algún niño destrozó. Con su silencio, su gesto y paciencia me enseñó mucho. Hay que saber tomar en las propias manos lo roto y despreciado. Algo puede rescatarse para que vuelva a rebrotar. El supo tomarlo en su mano y el sueño volvió a despertar: ¡Esta la vamos a ganar!

Columna publicada en el Diario “Cambio” del viernes 3 de noviembre de 2017