Iglesia al día

" “Todos somos discípulos misioneros en salida” "
I Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe

Noticeu En la Misa Crismal Mons. Tróccoli animó a su presbiterio a la formación permanente y a encaminarse al sínodo diocesano

 

El obispo de Maldonado-Punta del Este- Minas, Mons. Milton Tróccoli, en la Misa Crismal celebrada en la Co-Catedral de Minas el 26 de mayo, instó a su presbiterio a la formación permanente en todas las dimensiones de su persona y del ministerio, y a encaminarse al Sínodo diocesano suyo comienzo ha sido postergado a causa de la pandemia.

Con todas las medidas sanitarias correspondientes, los sacerdotes y diáconos de la referida Diócesis se reunieron en la Misa Crismal para “renovar el carisma recibido por la imposición de las manos”. “Hoy celebramos la particular ‘unción’ que en Cristo se hizo también nuestra. Cuando, durante el rito de nuestra ordenación, el obispo nos ungió las manos con el santo crisma, nos convertimos en ministros de los signos sagrados y eficaces de la redención, y llegamos a ser partícipes de la unción sacerdotal de Cristo. Desde ese momento, la fuerza del Espíritu Santo, derramada sobre nosotros, transformó para siempre nuestra vida. Esa fuerza divina perdura en nosotros y nos acompañará hasta el final”, les recordó Mons. Tróccoli.

Al referirse a la formación permanente, Mons. Tróccoli destacó que es “un tema que nos concierne a todos” y puntualizó que “no se trata de acumular cursos y conferencias, sino especialmente de saber aprender de todas las situaciones de nuestra vida ministerial; incorporar en nuestra vida la actitud de ‘aprender a aprender’”. “‘Sin formación permanente hay frustración permanente’, decía el P. Cencini”,recordó. Explicó que “el desafío de la formación permanente consiste en continuar creciendo con la Iglesia, bajo el impulso del Espíritu, que mueve a la Iglesia y la hace avanzar cada día hacia nuevos horizontes”. Su “significado profundo” reside en que  “ayuda al ministro ordenado para conservar y desarrollar en la fe la conciencia de la verdad entera y sorprendente de su propio ser ministerial, en orden a su presencia y acción en la Iglesia”, argumentó.

El obispo advirtió que sin formación permanente “corremos el riesgo de sufrir un peligroso cansancio interior, fruto de las dificultades y de los fracasos”. “La respuesta a esta situación la ofrece la formación permanente; la continua y equilibrada revisión de sí mismo y de la propia actividad; la búsqueda constante de motivaciones y medios para la propia misión”, aseveró el obispo. “De esta manera mantendremos el espíritu vigilante y dispuesto a las constantes y siempre nuevas peticiones de salvación que el ministro ordenado recibe como ‘hombre de Dios’”, agregó.

Mons. Tróccoli profundizó, luego, en el tipo de formación necesaria: “Se trata de crecer en todas las dimensiones de nuestra persona y de nuestro ministerio. La humana, para saber relacionarnos, amar y perdonar, según el corazón de Cristo, la intelectual, que nos hace buscar en la lectura y el estudio la necesaria claridad de mente para afrontar los desafíos del presente, la espiritual, que nos une a Cristo por la oración y el cultivo de la vida interior y la pastoral, que como decía S. Gregorio Magno es ‘el arte de las artes’”.

SINODO DIOCESANO

El obispo aludió luego al Sínodo Diocesano cuyo comienzo ha sido postergado por la pandemia. Señaló que supone “darnos como diócesis un tiempo de escucha y reflexión a la luz del Espíritu Santo, para buscar los mejores caminos para anunciar hoy el Evangelio de Cristo con libertad y parresía”.  “Muchos nos dicen hoy como a los discípulos: ‘queremos ver al Señor’. Que les podamos mostrar su rostro compasivo y misericordioso que viene a consolar y perdonar”. “Nunca podrá ser triste o neutro el Anuncio, porque es expresión de una alegría enteramente personal: La alegría del Buen Pastor que no quiere que se pierda ninguno de sus pequeñitos, que no da por perdida a ninguna oveja. La alegría de Jesús al ver que los pobres son evangelizados y que los pequeños salen a evangelizar. (Cfr. Evangelii gaudium, 237)”, resaltó.

Refiriéndose a la Misa Crismal que compartían por segundo año luego de su toma de posesión de la nueva Diócesis, el obispo manifestó: “Queremos renovar nuestra gratitud al Espíritu Santo por el inestimable don que nos hizo con el don del ministerio. ¡Cómo no sentirnos deudores con respecto a él, que quiso asociarnos a tan admirable dignidad!” “Ojalá que este sentimiento nos lleve a dar gracias al Señor por las maravillas que ha realizado en nuestra existencia y nos ayude a mirar con firme esperanza nuestro ministerio, pidiendo también perdón con humildad por nuestras infidelidades”, acotó.

Mons. Tróccoli les recordó a sacerdotes y diáconos, asimismo, que “en este año dedicado a S. José estamos llamados a reflejar su rostro paternal y solícito para con cada una de nuestras comunidades”. “Que él como padre providente nos impulse al servicio de nuestros hermanos, a soñar con los sueños de Dios para nuestra gente”, expresó.

 

Texto completo de la homilía de Mons. Milton Tróccoli

Homilía Misa Crismal 2021. 

Catedral de la Inmaculada Concepción. Minas

“Y ustedes serán llamados “Sacerdotes del Señor”, se les dirá “Ministros de nuestro Dios”. Les retribuiré con fidelidad y estableceré en favor de ellos una alianza eterna”.

Así nos hablaba el profeta Isaías en la primera lectura que escuchamos.

Somos pueblo sacerdotal, elegido y consagrado por la unción del Espíritu en el bautismo.

A la vez, como dice el prefacio de la misa de hoy: “El no sólo ha conferido el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino también, con amor de hermano, elige a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión.”

En Su nombre los sacerdotes renuevan el sacrificio, con el que Jesucristo redimió a los hombres, y preparan a tus hijos el banquete pascual.

Las palabras del libro del profeta Isaías «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió» (Lc 4, 18) referidas por el evangelista san Lucas, aparecen varias veces en la liturgia crismal de hoy y, en cierta medida, constituyen su hilo conductor. Aluden a un gesto ritual que en la antigua alianza tiene una larga tradición, porque en la historia del pueblo elegido se repite durante la consagración de sacerdotes, profetas y reyes. Con el signo de la unción, Dios mismo encomienda la misión sacerdotal, real y profética a los hombres que ama, y hace visible su bendición para el cumplimiento del encargo que les confía.

Vemos como Jesús se presenta en la sinagoga de Nazaret, su pueblo: allí vivió y trabajó muchos años en el humilde taller de José, el carpintero. Pero hoy está presente en la sinagoga de una manera nueva: en las riberas del Jordán, después del bautismo de Juan, recibió la unción solemne del Espíritu, que lo impulsó a comenzar su misión mesiánica en cumplimiento de la voluntad salvífica del Padre. Y ahora se presenta a sus paisanos con las palabras de Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió para evangelizar a los pobres; me envió a predicar a los cautivos la libertad, a los ciegos la recuperación de la vista; para poner en libertad a los oprimidos, para anunciar un año de gracia del Señor» (Lc 4, 18-19). Aquí concluye Jesús su lectura y, después de una pausa, pronuncia unas palabras que dejan asombrados a sus oyentes: «Hoy se cumple esta Escritura que acaban de oír» (Lc 4, 21). La declaración no deja lugar a dudas: él es el «ungido», el «consagrado», al que alude el profeta Isaías. En él se cumple la promesa del Padre.

Podemos esperar que todos aplaudan de alegría al escuchar estas palabras. Pero sabemos que el desenlace es muy distinto. El Cardenal Martini llama a esta página del evangelio “Jesús, el evangelizador fracasado”. Cuando todo tendría que comenzar bien, en un lugar conocido y sencillo, todo empieza mal. Es interesante que Lucas presente el comienzo de la evangelización de Jesús de esta manera. Pero aquí emerge la gran libertad de Jesús que, sin cuidar el éxito ni lo que podría suceder, habla libremente. Jesús aparece aquí como el evangelizador dotado de absoluta libertad de espíritu, de una libertad profunda que mira solo la voluntad de Dios. Esta libertad le da desde el inicio una estatura profética, la estatura de quien se lleva a sí mismo y su libertad por el mundo porque tiene delante los horizontes de Dios. Evangelizar es entrar en la riqueza de esta libertad extraordinaria.

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos: quiero expresarles a cada uno de ustedes mi gratitud por el trabajo pastoral y la entrega, en especial en estos tiempos complejos de la pandemia. La creatividad pastoral, la búsqueda de llegar a todos con los medios disponibles, el esfuerzo para sostener la ayuda a los más necesitados, no dejar solo al que sufre o al que vive el duelo de la pérdida de un ser querido, sino acompañarlo precisamente en esos momentos. ¡Gracias a todos por su generosa entrega y disponibilidad!

Un tema que nos concierne a todos es el de la formación permanente. No se trata de acumular cursos y conferencias, sino especialmente de saber aprender de todas las situaciones de nuestra vida ministerial; incorporar en nuestra vida la actitud de “aprender a aprender”. “Sin formación permanente hay frustración permanente”, decía el P. Cencini.

Corremos el riesgo de sufrir un peligroso cansancio interior, fruto de las dificultades y de los fracasos. La respuesta a esta situación la ofrece la formación permanente; la continua y equilibrada revisión de sí mismo y de la propia actividad; la búsqueda constante de motivaciones y medios para la propia misión. De esta manera mantendremos el espíritu vigilante y dispuesto a las constantes y siempre nuevas peticiones de salvación que el ministro ordenado recibe como “hombre de Dios”.

Se trata de crecer en todas las dimensiones de nuestra persona y de nuestro ministerio. La humana, para saber relacionarnos, amar y perdonar, según el corazón de Cristo, la intelectual, que nos hace buscar en la lectura y el estudio la necesaria claridad de mente para afrontar los desafíos del presente, la espiritual, que nos une a Cristo por la oración y el cultivo de la vida interior y la pastoral, que como decía S. Gregorio Magno es “el arte de las artes”.

El desafío de la formación permanente consiste en continuar creciendo con la Iglesia, bajo el impulso del Espíritu, que mueve a la Iglesia y la hace avanzar cada día hacia nuevos horizontes.

El significado profundo de la formación permanente debe ser acogido en el hecho de que ésta ayuda al ministro ordenado para conservar y desarrollar en la fe la conciencia de la verdad entera y sorprendente de su propio ser ministerial, en orden a su presencia y acción en la Iglesia.

Queremos caminar hacia el Sínodo diocesano, cuyo comienzo ha sido postergado por la pandemia. Darnos como diócesis un tiempo de escucha y reflexión a la luz del Espíritu Santo, para buscar los mejores caminos para anunciar hoy el Evangelio de Cristo con libertad y parresía.

Muchos nos dicen hoy como a los discípulos: “queremos ver al Señor”. Que les podamos mostrar su rostro compasivo y misericordioso que viene a consolar y perdonar. Nunca podrá ser triste o neutro el Anuncio, porque es expresión de una alegría enteramente personal: La alegría del Buen Pastor que no quiere que se pierda ninguno de sus pequeñitos, que no da por perdida a ninguna oveja. La alegría de Jesús al ver que los pobres son evangelizados y que los pequeños salen a evangelizar. (Cfr. Evangelii gaudium, 237)

En este año dedicado a S. José estamos llamados a reflejar su rostro paternal y solícito para con cada una de nuestras comunidades. Que él como padre providente nos impulse al servicio de nuestros hermanos, a soñar con los sueños de Dios para nuestra gente.

Hoy, también nosotros dirigimos nuestra mirada a Aquel que el libro del Apocalipsis llama «el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos» (Ap 1, 5). Contemplamos al que fue traspasado (cf. Jn 19, 37). Al dar su vida para librarnos del pecado (cf. Jn 15, 13), nos reveló su «gran amor»; se manifestó como el verdadero y definitivo consagrado con la unción que, por la fuerza del Espíritu Santo, nos redime mediante la cruz. En el Calvario se cumplen plenamente estas palabras: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió» (Lc 4, 18).

Queridos hermanos en el ministerio, nos hallamos reunidos esta mañana en torno a la mesa eucarística en el día en que queremos renovar el carisma recibido por la imposición de las manos. Hoy celebramos la particular «unción» que en Cristo se hizo también nuestra. Cuando, durante el rito de nuestra ordenación, el obispo nos ungió las manos con el santo crisma, nos convertimos en ministros de los signos sagrados y eficaces de la redención, y llegamos a ser partícipes de la unción sacerdotal de Cristo. Desde ese momento, la fuerza del Espíritu Santo, derramada sobre nosotros, transformó para siempre nuestra vida. Esa fuerza divina perdura en nosotros y nos acompañará hasta el final.

Nosotros somos sus ministros junto con todo el pueblo redimido. Somos sacerdotes al servicio de todos los que en Cristo y por Cristo son un “reino de sacerdotes” de la Nueva Alianza.

Queridos hermanos y hermanas: Miremos, pues, al que “traspasaron”, miremos al que “es, el que era y el que viene” (Ap 4, 8). Miremos al que, antes de la Cena pascual, se arrodilló ante los Apóstoles para servirles y lavarles los pies. Así es: El es servidor, siervo de la redención del mundo. Siervo de los destinos eternos del hombre en Dios. En el Cenáculo dirá: “Les he dado ejemplo” (Jn 13, 15). Que El nos regale el donde ser de verdad servidores por amor.

Celebramos la consagración del Crisma, la bendición de los Oleos sagrados. Ellos nos recuerdan nuestra unción sacerdotal: la efusión del Espíritu Santo por la ilimitada abundancia de la redención de Cristo, de la que hemos sido hechos participes.

La liturgia, a la vez que nos recuerda el don recibido el día de nuestro bautismo, nos habla de nuestra especial vocación para brindarnos a los demás. Con este fin se ha instituido en la Iglesia el ministerio de los obispos y de los presbíteros, además del de los diáconos.

Reavivando hoy la gracia del sacramento del orden y confirmando nuestra total dedicación a Cristo, oremos al unísono por todos los que el Buen Pastor nos ha confiado. Al mismo tiempo les pedimos a ellos —a nuestros queridos hermanos y hermanas— oraciones para que nos sea concedido servirlos digna y fructuosamente, llevando los unos el peso de los otros y sosteniéndonos mutuamente. (cf. Ga 6, 2).

Queremos renovar nuestra gratitud al Espíritu Santo por el inestimable don que nos hizo con el don del ministerio. ¡Cómo no sentirnos deudores con respecto a él, que quiso asociarnos a tan admirable dignidad! Ojalá que este sentimiento nos lleve a dar gracias al Señor por las maravillas que ha realizado en nuestra existencia y nos ayude a mirar con firme esperanza nuestro ministerio, pidiendo también perdón con humildad por nuestras infidelidades.

Nos sostenga María, para que, como ella, nos dejemos llevar por el Espíritu para seguir a Jesús hasta el final de nuestra misión terrena.

Acompañados por Sta. María sabremos renovar cada día nuestra consagración hasta que, bajo la guía del mismo Espíritu, invocado confiadamente durante el itinerario humano y sacerdotal, entremos en el océano de luz de la Trinidad.

Con esta perspectiva y con esta esperanza prosigamos con confianza en el camino que el Señor nos prepara cada día. Su Espíritu divino nos sostiene y nos guía.

He aquí a Cristo, el testigo fiel, Aquel que nos ama, que nos ha librado de nuestros pecados con su sangre, que ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre El, el Primogénito de entre los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra. A El la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén (cf. Ap 1, 5-6).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Homilía Misa Crismal 2021.

Catedral de la Inmaculada Concepción. Minas

 

 

 

“Y ustedes serán llamados “Sacerdotes del Señor”, se les dirá “Ministros de nuestro Dios”. Les retribuiré con fidelidad y estableceré en favor de ellos una alianza eterna”.

Así nos hablaba el profeta Isaías en la primera lectura que escuchamos.

Somos pueblo sacerdotal, elegido y consagrado por la unción del Espíritu en el bautismo.

A la vez, como dice el prefacio de la misa de hoy: “El no sólo ha conferido el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino también, con amor de hermano, elige a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión.”

En Su nombre los sacerdotes renuevan el sacrificio, con el que Jesucristo redimió a los hombres, y preparan a tus hijos el banquete pascual.

Las palabras del libro del profeta Isaías «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió» (Lc 4, 18) referidas por el evangelista san Lucas, aparecen varias veces en la liturgia crismal de hoy y, en cierta medida, constituyen su hilo conductor. Aluden a un gesto ritual que en la antigua alianza tiene una larga tradición, porque en la historia del pueblo elegido se repite durante la consagración de sacerdotes, profetas y reyes. Con el signo de la unción, Dios mismo encomienda la misión sacerdotal, real y profética a los hombres que ama, y hace visible su bendición para el cumplimiento del encargo que les confía.

Vemos como Jesús se presenta en la sinagoga de Nazaret, su pueblo: allí vivió y trabajó muchos años en el humilde taller de José, el carpintero. Pero hoy está presente en la sinagoga de una manera nueva: en las riberas del Jordán, después del bautismo de Juan, recibió la unción solemne del Espíritu, que lo impulsó a comenzar su misión mesiánica en cumplimiento de la voluntad salvífica del Padre. Y ahora se presenta a sus paisanos con las palabras de Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió para evangelizar a los pobres; me envió a predicar a los cautivos la libertad, a los ciegos la recuperación de la vista; para poner en libertad a los oprimidos, para anunciar un año de gracia del Señor» (Lc 4, 18-19). Aquí concluye Jesús su lectura y, después de una pausa, pronuncia unas palabras que dejan asombrados a sus oyentes: «Hoy se cumple esta Escritura que acaban de oír» (Lc 4, 21). La declaración no deja lugar a dudas: él es el «ungido», el «consagrado», al que alude el profeta Isaías. En él se cumple la promesa del Padre.

Podemos esperar que todos aplaudan de alegría al escuchar estas palabras. Pero sabemos que el desenlace es muy distinto. El Cardenal Martini llama a esta página del evangelio “Jesús, el evangelizador fracasado”. Cuando todo tendría que comenzar bien, en un lugar conocido y sencillo, todo empieza mal. Es interesante que Lucas presente el comienzo de la evangelización de Jesús de esta manera. Pero aquí emerge la gran libertad de Jesús que, sin cuidar el éxito ni lo que podría suceder, habla libremente. Jesús aparece aquí como el evangelizador dotado de absoluta libertad de espíritu, de una libertad profunda que mira solo la voluntad de Dios. Esta libertad le da desde el inicio una estatura profética, la estatura de quien se lleva a sí mismo y su libertad por el mundo porque tiene delante los horizontes de Dios. Evangelizar es entrar en la riqueza de esta libertad extraordinaria.

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos: quiero expresarles a cada uno de ustedes mi gratitud por el trabajo pastoral y la entrega, en especial en estos tiempos complejos de la pandemia. La creatividad pastoral, la búsqueda de llegar a todos con los medios disponibles, el esfuerzo para sostener la ayuda a los más necesitados, no dejar solo al que sufre o al que vive el duelo de la pérdida de un ser querido, sino acompañarlo precisamente en esos momentos. ¡Gracias a todos por su generosa entrega y disponibilidad!

Un tema que nos concierne a todos es el de la formación permanente. No se trata de acumular cursos y conferencias, sino especialmente de saber aprender de todas las situaciones de nuestra vida ministerial; incorporar en nuestra vida la actitud de “aprender a aprender”. “Sin formación permanente hay frustración permanente”, decía el P. Cencini.

Corremos el riesgo de sufrir un peligroso cansancio interior, fruto de las dificultades y de los fracasos. La respuesta a esta situación la ofrece la formación permanente; la continua y equilibrada revisión de sí mismo y de la propia actividad; la búsqueda constante de motivaciones y medios para la propia misión. De esta manera mantendremos el espíritu vigilante y dispuesto a las constantes y siempre nuevas peticiones de salvación que el ministro ordenado recibe como “hombre de Dios”.

Se trata de crecer en todas las dimensiones de nuestra persona y de nuestro ministerio. La humana, para saber relacionarnos, amar y perdonar, según el corazón de Cristo, la intelectual, que nos hace buscar en la lectura y el estudio la necesaria claridad de mente para afrontar los desafíos del presente, la espiritual, que nos une a Cristo por la oración y el cultivo de la vida interior y la pastoral, que como decía S. Gregorio Magno es “el arte de las artes”.

El desafío de la formación permanente consiste en continuar creciendo con la Iglesia, bajo el impulso del Espíritu, que mueve a la Iglesia y la hace avanzar cada día hacia nuevos horizontes.

El significado profundo de la formación permanente debe ser acogido en el hecho de que ésta ayuda al ministro ordenado para conservar y desarrollar en la fe la conciencia de la verdad entera y sorprendente de su propio ser ministerial, en orden a su presencia y acción en la Iglesia.

Queremos caminar hacia el Sínodo diocesano, cuyo comienzo ha sido postergado por la pandemia. Darnos como diócesis un tiempo de escucha y reflexión a la luz del Espíritu Santo, para buscar los mejores caminos para anunciar hoy el Evangelio de Cristo con libertad y parresía.

Muchos nos dicen hoy como a los discípulos: “queremos ver al Señor”. Que les podamos mostrar su rostro compasivo y misericordioso que viene a consolar y perdonar. Nunca podrá ser triste o neutro el Anuncio, porque es expresión de una alegría enteramente personal: La alegría del Buen Pastor que no quiere que se pierda ninguno de sus pequeñitos, que no da por perdida a ninguna oveja. La alegría de Jesús al ver que los pobres son evangelizados y que los pequeños salen a evangelizar. (Cfr. Evangelii gaudium, 237)

En este año dedicado a S. José estamos llamados a reflejar su rostro paternal y solícito para con cada una de nuestras comunidades. Que él como padre providente nos impulse al servicio de nuestros hermanos, a soñar con los sueños de Dios para nuestra gente.

Hoy, también nosotros dirigimos nuestra mirada a Aquel que el libro del Apocalipsis llama «el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos» (Ap 1, 5). Contemplamos al que fue traspasado (cf. Jn 19, 37). Al dar su vida para librarnos del pecado (cf. Jn 15, 13), nos reveló su «gran amor»; se manifestó como el verdadero y definitivo consagrado con la unción que, por la fuerza del Espíritu Santo, nos redime mediante la cruz. En el Calvario se cumplen plenamente estas palabras: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió» (Lc 4, 18).

Queridos hermanos en el ministerio, nos hallamos reunidos esta mañana en torno a la mesa eucarística en el día en que queremos renovar el carisma recibido por la imposición de las manos. Hoy celebramos la particular «unción» que en Cristo se hizo también nuestra. Cuando, durante el rito de nuestra ordenación, el obispo nos ungió las manos con el santo crisma, nos convertimos en ministros de los signos sagrados y eficaces de la redención, y llegamos a ser partícipes de la unción sacerdotal de Cristo. Desde ese momento, la fuerza del Espíritu Santo, derramada sobre nosotros, transformó para siempre nuestra vida. Esa fuerza divina perdura en nosotros y nos acompañará hasta el final.

Nosotros somos sus ministros junto con todo el pueblo redimido. Somos sacerdotes al servicio de todos los que en Cristo y por Cristo son un “reino de sacerdotes” de la Nueva Alianza.

Queridos hermanos y hermanas: Miremos, pues, al que “traspasaron”, miremos al que “es, el que era y el que viene” (Ap 4, 8). Miremos al que, antes de la Cena pascual, se arrodilló ante los Apóstoles para servirles y lavarles los pies. Así es: El es servidor, siervo de la redención del mundo. Siervo de los destinos eternos del hombre en Dios. En el Cenáculo dirá: “Les he dado ejemplo” (Jn 13, 15). Que El nos regale el donde ser de verdad servidores por amor.

Celebramos la consagración del Crisma, la bendición de los Oleos sagrados. Ellos nos recuerdan nuestra unción sacerdotal: la efusión del Espíritu Santo por la ilimitada abundancia de la redención de Cristo, de la que hemos sido hechos participes.

La liturgia, a la vez que nos recuerda el don recibido el día de nuestro bautismo, nos habla de nuestra especial vocación para brindarnos a los demás. Con este fin se ha instituido en la Iglesia el ministerio de los obispos y de los presbíteros, además del de los diáconos.

Reavivando hoy la gracia del sacramento del orden y confirmando nuestra total dedicación a Cristo, oremos al unísono por todos los que el Buen Pastor nos ha confiado. Al mismo tiempo les pedimos a ellos —a nuestros queridos hermanos y hermanas— oraciones para que nos sea concedido servirlos digna y fructuosamente, llevando los unos el peso de los otros y sosteniéndonos mutuamente. (cf. Ga 6, 2).

Queremos renovar nuestra gratitud al Espíritu Santo por el inestimable don que nos hizo con el don del ministerio. ¡Cómo no sentirnos deudores con respecto a él, que quiso asociarnos a tan admirable dignidad! Ojalá que este sentimiento nos lleve a dar gracias al Señor por las maravillas que ha realizado en nuestra existencia y nos ayude a mirar con firme esperanza nuestro ministerio, pidiendo también perdón con humildad por nuestras infidelidades.

Nos sostenga María, para que, como ella, nos dejemos llevar por el Espíritu para seguir a Jesús hasta el final de nuestra misión terrena.

Acompañados por Sta. María sabremos renovar cada día nuestra consagración hasta que, bajo la guía del mismo Espíritu, invocado confiadamente durante el itinerario humano y sacerdotal, entremos en el océano de luz de la Trinidad.

Con esta perspectiva y con esta esperanza prosigamos con confianza en el camino que el Señor nos prepara cada día. Su Espíritu divino nos sostiene y nos guía.

He aquí a Cristo, el testigo fiel, Aquel que nos ama, que nos ha librado de nuestros pecados con su sangre, que ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre El, el Primogénito de entre los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra. A El la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén (cf. Ap 1, 5-6).