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Noticeu Mons. Galimberti opina sobre propuesta de eliminar exoneraciones a empresas que donen a universidades privadas

 

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En su columna semanal en el Diario “Cambio”, el Obispo emérito de Salto, Mons. Pablo Galimberti cuestiona la iniciativa de algunos diputados de modificar  el beneficio de exoneración  impositiva parcial a las empresas que realicen donaciones a las universidades privadas.

“¿Acaso no sería bueno permitir que los ciudadanos puedan indicar sus preferencias en lugar de dejarlo al arbitrio del complejo y anónimo engranaje del estado?”, plantea Mons. Galimberti.

El Obispo destaca que “cualquier centro educativo, público o privado es un gran servicio al país y a las familias. Porque en realidad toda educación es pública, abierta a todas las familias de este país que buscan encaminar a sus hijos. Sueñan con lugares donde ofrecen capacitación de calidad, cercanía y contención de sus hijos. Lo que los diferencia es quién gestiona, administra y se responsabiliza del centro educativo”.

Al culminar su reflexión el Obispo expresa: “Que `el perro del hortelano´, – gobierno y legisladores-, en lugar de obstaculizar, alienten el funcionamiento de los centros educativos terciarios de las universidades de gestión privada. En otros países ya se viene haciendo desde larga data. Por este camino se estrecharán mutuos y fecundos vínculos entre universidad y sociedad”.

El perro del hortelano

Mons. Pablo Galimberti

Tomo el título de una obra de Lope de Vega.  Se aplica a las personas cuando no emprenden algo y molestan a quien lo hace.

Lo refiero aquí a los diputados que proponen eliminar las ayudas a centros educativos que, previa autorización y control del Ministerio de Economía, quedan habilitados para recibir ayudas económicas por parte de empresas simpatizantes. Estas pueden destinar un pequeño porcentaje a un centro educativo y no al fisco.

Estas empresas conocen al centro educativo por diversos caminos. Estos están gestionados por asociaciones civiles, no por el estado. Pero no son completamente independientes sino que funcionan según el marco legal tanto del Ministerio de Cultura como de Economía y Finanzas.

El senador Javier García fue al grano de la cuestión afirmando que “una persecución ideológica a la educación privada no va a mejorar la educación pública. A la hora de querer una mejor educación, ¿qué sentido tiene una medida contra las universidades privadas?”

Educar en la agitada realidad sociocultural requiere enormes dosis de paciencia e imaginación. Lo confiesan docentes de todas las edades y lugares. Observo buena pasta en los jóvenes y me complace ver el hormiguero de estudiantes, soñando y abriéndose camino en la vida.

Cualquier centro educativo, público o privado es un gran servicio al país y a las familias. Porque en realidad toda educación es pública, abierta a todas las familias de este país que buscan encaminar a sus hijos. Sueñan con lugares donde ofrecen capacitación de calidad, cercanía y contención de sus hijos. Lo que los diferencia es quién gestiona, administra y se responsabiliza del centro educativo.

Por su parte, el cardenal Daniel Sturla cuestionó la medida. Y el senador García, refiriéndose a la educación terciaria, preguntó: “A la hora de querer mejor educación, ¿qué sentido tiene una medida contra las universidades privadas?” La propuesta fue planteada también por la diputada frenteamplista Macarena Gelman, como forma de recuperar fondos para la educación pública y contó con el apoyo de todos los sectores oficialistas.

La modificación consiste en quitar el beneficio de exoneración  impositiva parcial a las empresas que realicen donaciones a las universidades privadas.

Me rechina que a lo que marcha más o menos bien ofreciendo un abanico más amplio de oportunidades a estudiantes de nuestra sociedad, se pretenda “castigarlo”. ¿Acaso no sería bueno permitir que los ciudadanos puedan indicar sus preferencias en lugar de dejarlo al arbitrio del complejo y anónimo engranaje del estado?

Nuestro país cuenta con docentes de gran nivel en las universidades del estado que preparan al ejercicio de profesiones indispensables para el bienestar social, como el caso de la medicina. Pero necesitamos incentivar investigaciones en sectores sociales muy vulnerables.

Un ejemplo: ¿alcanza mejorar el aparato represivo? ¿Cómo podrían las ciencias sociales y la psicología iluminar los laberintos de la conducta humana y proponer caminos para afrontar conductas delictivas? El trabajo en red sería de gran beneficio.

Que “el perro del hortelano”, – gobierno y legisladores-, en lugar de obstaculizar, alienten el funcionamiento de los centros educativos terciarios de las universidades de gestión privada. En otros países ya se viene haciendo desde larga data. Por este camino se estrecharán mutuos y fecundos vínculos entre universidad y sociedad.

Columna de Mons. Pablo Galimberti, publicada en el Diario “Cambio” de Salto