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Noticeu Don Álvaro del Portillo : un pastor humilde y precursor en la pastoral familiar

Misa 1

En la Fiesta del Beato Álvaro del Portillo, el Vicario regional de la Prelatura en Uruguay, Mons. Carlos Ma. González Saracho, destacó la humildad,  su condición de pastor y las medidas concretas que en materia de pastoral familiar fueron impulsadas por el primer sucesor de Josemaría Escrivá de Balaguer.

En  la Solemne Celebración Eucarística celebrada el 12 de mayo, en la  Iglesia Parroquial María Auxiliadora (Talleres Don Bosco), Mons. González  Saracho recordó “la bondad, amabilidad y sencillez” del trato de Don Álvaro,  “fruto de su profunda humildad”.  Aludiendo a esta virtud, citó una frase que el sucesor del fundador del Opus Dei  repetía: “La humildad es la llave que abre la puerta para entrar en la casa de la santidad”.

En su homilía, el Vicario regional del Opus Dei en nuestro país resaltó, asimismo, el desvelo pastoral de Don Álvaro.  Era pastor “por vocación, por características personales, pero su entrega lo llevó a crecer en estas virtudes, por deseo de corresponder a la voluntad de Dios”, puntualizó.

“El pastor señala el camino, anima, consuela. Dice por dónde hay que descansar, nutrirse y por dónde avanzar”, detalló Mons. González Saracho´. Señaló, en este sentido, como un ejemplo de la tarea como pastor de don Álvaro, en la línea de “hacer amable la verdad”, el impulso para “el nacimiento de varias Universidades (por ej., aquí, la Universidad de Montevideo) y más directamente, el comienzo en Roma de la actual Pontificia Universidad de la Santa Cruz (una Universidad donde se estudia Teología, Dº Cª, Filosofía, Comunic. Institucional de la Iglesia)”, pese a las dificultades.

“Otro ejemplo de pastor, fue la especial atención que prestó don Alvaro a la pastoral de la familia”, precisó. Recordó que ya en 1982, cuando el Papa Juan Pablo II publicó la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, don Alvaro “señaló directrices muy claras para que los fieles del Opus Dei, en su apostolado con personas casadas —según cada uno considerara más oportuno, con libertad personal— dedicaran especial atención a los cursos de orientación familiar o de educación de los hijos, a las instituciones a favor de la vida, etc”. De alguna manera, se estaba adelantando a lo que actualmente el Papa Francisco plantea en “Amoris Laetitia” como una prioridad . El Beato no “no solo vio y mencionó” esa necesidad y urgencia, sino que “dispuso un plan concreto (cursos de orientación familiar llevados con iniciativa personal por varios matrimonios en cada país)”, enfatizó.

Homilía Misa 13 de mayo 2016

Primera lectura: “Como un pastor vela por su rebaño, así velaré yo por mis ovejas”.

Evangelio: “el buen pastor da la vida por sus ovejas”

Cuando preguntan qué característica subrayar de la personalidad de don Alvaro, después de haberlo conocido y tratado durante varios años, pienso que la mayoría de los que lo conocimos señalamos la bondad, amabilidad y sencillez de su trato, fruto de su profunda humildad. De hecho a una recolección de sus escritos se le dio el título de “Rendere amabile la verità” (hacer amable la verdad) uniendo esa característica con su amor por la verdad.

Y en la oración Colecta de la Misa, acabamos de pedir a Dios que “siguiendo su ejemplo, nos gastemos humildemente en la misión salvífica de la Iglesia”.

En la homilía de la beatificación de don Alvaro el Cardenal Amato citó a un Cardenal amigo suyo que decía que, cuando leyó textos sobre la humildad en San Benito y en San Ignacio de Loyola, le parecía contemplar un ideal altísimo, pero inalcanzable para el ser humano. Pero después, cuando conoció y trató a don Alvaro, entendió que era posible vivir la humildad de modo total.

Don Alvaro solía repetir que “la humildad es la llave que abre la puerta para entrar en la casa de la santidad”.

“Gastarnos humildemente en la misión salvífica de la Iglesia” pedíamos en la Colecta. Y eso, don Alvaro lo hizo viviendo los textos de Ezequiel y del Evangelio de San Juan que acabamos de leer: pastor. Lo era por vocación, por características personales, pero su entrega lo llevó a crecer en estas virtudes, por deseo de corresponder a la voluntad de Dios.

Hay muchos ejemplos que podríamos mencionar de cómo manifestó su desvelo pastoral. El pastor señala el camino, anima, consuela. Dice por dónde hay que descansar, nutrirse y por dónde avanzar. En el caso de don Alvaro, un ejemplo de su tarea de pastor, también en la línea de “hacer amable la verdad”, fue el impulso para el nacimiento de varias Universidades (por ej., aquí, la Universidad de Montevideo) y más directamente, el comienzo en Roma de la actual Pontificia Universidad de la Santa Cruz (una Universidad donde se estudia Teología, Dº Cª, Filosofía, Comunic. Institucional de la Iglesia), con no pocas dificultades iniciales, porque ocurrió en un período en el que se estaban cerrando o recortando centros educativos superiores de la Iglesia y muchos eclesiásticos decían a don Alvaro que no valía la pena ese esfuerzo. Esta iniciativa fue muy alentada por San Juan Pablo II y es hoy una sólida realidad.  (El Padre Antonio Bonzani, que hoy nos acompaña, la conoce por su trabajo como Rector de la Facultad de Teología de aquí).

Otro ejemplo de pastor, en este caso de cómo indicar por dónde avanzar, por dónde centrar los esfuerzos, fue la especial atención que prestó don Alvaro a la pastoral de la familia. Cuando, en 1982, Juan Pablo II publicó la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio (predecesora, por decirlo así, de la reciente “Amoris laetitia”), don Alvaro nos señaló directrices muy claras para que los fieles del Opus Dei, en su apostolado con personas casadas —según cada uno considerara más oportuno, con libertad personal— dedicaran especial atención a los cursos de orientación familiar o de educación de los hijos, a las instituciones a favor de la vida, etc. Esto me vino ahora fuertemente a la cabeza al leer al Papa Francisco que insiste: “hoy, más importante que una pastoral de los fracasos es el esfuerzo pastoral para consolidar los matrimonios y así prevenir las rupturas” (Amoris Laetitia, n. 307). (Lamentablemente muchos han leído o están leyendo este reciente documento, en sentido inverso al que desea el Papa). Precisamente esta prioridad que señala el Papa es lo que don Alvaro vio con sentido de urgencia hace 25 años; y no sólo vió y mencionó, sino que dispuso un plan concreto (cursos de orientación familiar llevados con iniciativa personal por varios matrimonios en cada país). Ahora, en su reciente documento, el Papa Francisco aprecia expresamente esos “espacios de acompañamiento y asesoramiento (a los esposos) sobre cuestiones relacionadas con el crecimiento del amor, la superación de los conflictos o la educación de los hijos” (Amoris Laetitia, n. 38).

En sus encuentros con familias don Alvaro siempre subrayaba —como ya hizo san Josemaría desde los años 30— que el matrimonio es una auténtica vocación a la santidad. Le gustaba decir al marido “tu camino hacia la santidad se llama ….” (y decía el nombre de la esposa); y a la esposa “tu camino hacia la santidad se llama …” (y decía el nombre del marido).

Citaba antes que don Alvaro repetía que la llave para entrar en la casa de la santidad era la humildad. Y el camino, para los casados, es el esposo o la esposa. De lo que resultaría (por la propiedad transitiva) que la condición para que un matrimonio marche bien es la humildad… de cada uno (cada uno debe decirse “la mía”, no la de la otra parte).

También animaba a las familias cristianas para que, con su ejemplo y su palabra, contribuyeran a difundir la unidad y la indisolubilidad del matrimonio, y la generosidad para recibir los hijos que Dios quisiera enviarles. Su enseñanza en estos temas llegó, por escrito y de palabra, a muchos miles de personas. Y fue maravilloso ver la multitud de familias que estaban en su beatificación el 27 septiembre 2014. Más que una Misa parecía un inmenso y multicolor encuentro familiar.

Un resumen de su predicación sobre la familia, se halla en el siguiente párrafo de una de sus muchas cartas pastorales: «Meditad con frecuencia que vuestro compromiso con el Señor (…) reclama generosidad total, aunque a veces requiera notables sacrificios, siempre con la conciencia de que el Señor no pide imposibles, ni la Obra tampoco. Os pide que santifiquéis la vida matrimonial y familiar; que recibáis generosamente los hijos que Él os envíe, muchos o pocos (…); que pongáis gran empeño en educar a esas criaturas como hijos de Dios; que seáis sobrios en el tenor de vida personal, sin hacerlo pesar a quienes os rodean, pero sin consentir, en lo que dependa de vosotros, que se introduzcan en el hogar costumbres mundanas o tibias. Os pide que toméis una actitud clara ante vuestras responsabilidades sociales, y que procuréis influir cristianamente —en el ambiente profesional, en las escuelas, en los medios de comunicación social…—, superando la resistencia —la notamos todos— a complicaros la vida. En pocas palabras, os pide que seáis coherentes con la fe en toda vuestra conducta”.

Esta memoria litúrgica cae en la mitad del mes de la Virgen. Al final de la celebración, durante la salida de los celebrantes, el coro cantará una canción que tiene la letra de una jaculatoria que don Alvaro aprendió de pequeño de su madre, que nos puede servir para invocar a la Virgen, dice así, su primera parte: “Dulce Madre no te alejes / tu vista de mí no apartes / ven conmigo a todas partes / y solo nunca me dejes”.