Iglesia al día

" “Todos somos discípulos misioneros en salida” "
I Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe

Noticeu Despertar a la Vocación personal: Ponencia del Pbro. Dr. Carlos Silva en el Congreso de Pastoral Vocacional

 

CARLOS SILVA

Montevideo, 4 y 5 de agosto 2017

Pbro. Dr. Carlos Eduardo Silva Guillama

Dios es: “el que Llama”. Cada llamado es signo de su amor misericordioso. Dios no puede dejar ni de amar ni de llamar. Pero, el que Ama eternamente no siempre es amado y no todos los llamados responden al eternamente llamante. En este contexto ubicamos la temática vocacional.

Definición. La Vocación es la voluntad de Dios Padre que, en Cristo, se manifiesta por el Espíritu Santo como llamado y espera una respuesta libre y responsable de quien lo recibe.

La voluntad de Dios es su designio de felicidad y salvación para todo el género humano y para cada persona (Cf. 1 Tim 2, 4). Es un llamado dirigido a la conciencia, a lo más profundo de cada uno, que modifica radicalmente la existencia. El llamado es un don y una gracia (Cf. Flp 2, 13); es integral, porque involucra la totalidad del sujeto y provoca el crecimiento de todas sus dimensiones. Contiene la historia personal, permite una respuesta total por la que se vive y hasta se muere. Es permanente, porque engloba la totalidad de la vida y es para siempre; el llamado no cambia, porque Dios es eterno. Es dinámico y exige renovación; es carismático pues tiene en cuenta los talentos de cada uno y es concreto, es a “algo”. Da sentido a la vida. Responde a una situación histórica, a una realidad objetiva, a un desafío específico. Es para el bien de los hermanos. Es llamado a la vida escatológica y a la gloria eterna (Cf. LG 48 y 51 y GS 22 y 25). Se revela a través de signos que cada uno ha de descubrir y discernir. La Vocación es el diálogo entre dos libertades, la del Creador y la de la criatura (Cf. CR 55)[1]. Porque Dios ama entrañablemente a todos, llama a quién quiere, cuando quiere y como quiere (Cf. EG 279)[2].

Dios, que llama, espera una respuesta libre y responsable de parte de quien recibe el llamado. El signo de que éste proviene de Dios es la alegría interior. Dos desafíos permanentes son: educar para la libertad y para la responsabilidad. La cultura vocacional hacia la que caminamos lleva a que cada uno, no sólo se preocupe de su respuesta personal, sino que también se responsabilice de la respuesta de los demás. Esto equivale a una nueva Pastoral Vocacional. No “pescamos” Vocaciones; somos responsables de que despierten.

Un misterio trinitario. Dios Padre llama en Cristo por el Espíritu Santo. El Padre llama a la realización de un proyecto humano, histórico y fraterno. “El Hijo convoca a un discipulado misionero que convierte el seguimiento en anuncio de su misterio redentor; el Espíritu Santo capacita para amar como Dios ama” (CR 56). La Vocación es un misterio trinitario. “Creemos… en un único Dios, que… al mismo tiempo es Padre, Hijo y Espíritu; es decir, comunidad, familia. De ahí que la vocación sea un misterio trinitario y, desde allí, un hecho eclesial: Dios Padre nos llama a ser personas y a darle sentido a la vida; Dios Hijo nos convoca a ser discípulos misioneros; Dios Espíritu Santo nos confía una misión concreta, siempre de servicio, en la Iglesia” (CR 63).

“Dios es Amor” (1 Jn 4, 8) y al decir de Cencini, “llama porque ama, llama amando y ama llamando”. Al comienzo de toda Vocación encontramos el amor de Dios que dice sobre cada uno: “tú eres mi hijo, el predilecto, mi elegido” (Cf. Mt 3, 17), te amo desde antes de nacer (Cf. Jer 1, 5). El Padre llama en el Hijo. La “Palabra llama a cada uno personalmente, manifestando así que la vida misma es Vocación (Verbum Domini 77). Nuestro ser de cristianos es una respuesta a Cristo y una antropología vocacional que reclama una cultura vocacional (Cf. CR 18). El Espíritu Santo nos capacita para discernir, cultivar y responder al llamado. La Vocación nunca es para la auto-realización, sino para la auto-donación en el amor. No se proyecta en la economía espiritual de cada uno, sino que trasciende. Es para el bien de la Iglesia y del mundo.

Hablamos de un único llamado que posee tres dimensiones. Por un lado la humana o antropológica que proviene del llamado a la vida y la dimensión cristiana o bautismal que reclama el cultivo de la fe. Por otro, la específica o eclesial. Ésta propone tres estados de vida: el laical, el ministerio ordenado y el consagrado (religiosos y religiosas, consagrados y consagradas). Desde el bautismo, cada opción definitiva de vida tiene un carácter misionero y es vocación a la comunión y a la santidad (Cf. Lv 11, 44; 19, 2; LG 39- 42; VD 77; CR 64). Cuando hablamos del “despertar” vocacional pensamos en personas concretas que, mientras buscan dar un sentido oblativo a sus vidas y forman su fe, comienzan a escudriñan lo que el Señor les pide.

Antropología vocacional. El Padre, al llamarnos a la vida, nos saca de la “no existencia” y nos da identidad (Cf. EG 274). El llamado reclama convertir nuestro nombre en misión, a semejanza de los grandes personajes del Antiguo Testamento. El nombre revela nuestro misterio más profundo: fragilidad, límites, capacidades, vínculos, proyectos, etc. Somos un misterio que se descubre y construye durante toda la vida. En términos antropológicos, el gran desafío del hombre y del joven actual es la capacidad de escuchar. Si la Vocación es un llamado, nadie despierta a su Vocación personal si no escucha. Escuchar es más que oír, es entrar en nosotros mismos para después salir, es gustar el silencio, es capacidad de intimidad. Es ponernos en camino como Abraham (Cf. Gn 12, 4), es responder a un Dios que ha escuchado la aflicción de su pueblo y por eso llama (Cf. Ex 3, 7); escuchar es responder a la Voz de Dios que llama desde el sufrimiento colectivo de nuestra Iglesia. Escuchar es la llave, la puerta, la frontera que nos abre a la “cultura vocacional” que proponemos. Hemos de aprender y reaprender a escuchar al Padre que habla desde la creación, al Hijo que nos dice: “sígueme” de múltiples formas, al Espíritu que grita los signos de nuestra Vocación personal. También somos posibilidad de pecado y de gracia, de vínculos no sanos o de comunión. El Señor sigue llamando. Te llama a ti y a mí. ¿Sabemos escucharlo?

Cristología vocacional. Jesús es el “enviado del Padre que nos envía” (Cf. CR 59). A todos dice: “sígueme’” (Cf. Lc 5, 28). Quien escucha este llamado despierta vocacionalmente, es invitado a “estar con Él” (Lc 6, 13) y convocado a la misión (Cf. Mt 28, 19- 20). Quien despierta vocacionalmente ha de tener claro que Cristo es “el principio y fundamento”, el centro de cada uno y de la fe. En la oración escuchamos a Cristo que nos habla; también hemos de escuchar las voces de la realidad y del hermano que espera de nosotros la pregunta primordial: “¿Qué puedo hacer por ti?” (2 Re 4, 2).

Al escuchar antecede el encuentro. Con palabras de Benedicto XVI: “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro… con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (VD 11)[3]. “Sólo alguien enamorado de Cristo puede transformar su entorno vital” (CR 61). Ser discípulos misioneros es un proceso mediante el cual nos dejamos encontrar por Jesucristo, nos convertimos a Él, lo seguimos en comunidad de discípulos, aceptamos su llamado, amamos y servimos (Cf. DA 278). Las dos palabras claves de la antropología y de la cristología vocacional son: escuchar y encontrar.

Eclesiología Vocacional. El misterio de la Santísima Trinidad es el origen y el modelo de la Iglesia, Misterio de Comunión. La Iglesia, “Asamblea de llamados” es el espacio adecuado para encontrar y escuchar al Señor. “Ciertamente, el testimonio personal y comunitario de una vida de amistad e intimidad con Cristo, de total y gozosa entrega a Dios, ocupa un lugar de primer orden en la labor de promoción vocacional. El testimonio fiel y alegre de la propia vocación ha sido y es un medio privilegiado para despertar en tantos jóvenes el deseo de ir tras los pasos de Cristo” decía Benedicto XVI (Roma, 21/01/2011).

Para que nuestras tres “E” se cumplan: espacio, encuentro y escucha, la Iglesia ha de ser un espacio adecuado para encontrar a Cristo y escuchar al Espíritu. Como Iglesia nos interrogamos: ¿Cómo despertar vocaciones específicas? En primer lugar, hemos de orar. Dijo el Señor: “la mies es mucha, pero los obreros pocos; rueguen al Señor de la mies que envíe obreros a su mies“ (Lc 10, 2). Hemos de ser “orantes”. Las vocaciones sólo despiertan sobre las rodillas de comunidades compasivas, vivas, alegres, participativas, provocativas, testimoniales. En segundo lugar las vocaciones despiertan en un clima de comunión que asume que todas las vocaciones son necesarias y complementarias. En efecto, el sacerdocio ministerial (Cf. CC 1546) [4] está al servicio del “sacerdocio común de los fieles” (Cf. LG 31- 38) y la vida religiosa forma parte de la vida y de la santidad de la Iglesia (Cf. LG 44). Subrayamos que “el carácter secular, es propio y peculiar de los laicos” (LG 31) aunque, algunos laicos están “dormidos” a sus compromisos culturales, políticos, sociales, etc. En tercer lugar, hemos de evitar dos realidades que no ayudan al despertar vocacional: por un lado, la vida de presbíteros y consagrados que no viven los principios evangélicos o votos de castidad, pobreza, obediencia. Por otro, instituciones no sanas, es decir, con vínculos internos donde las luchas de poder, los intereses personales, la soberbia, el individualismo, impiden la vivencia de la comunión solidaria. Muchos llamados dicen: “ahí no”. Para que despierten vocaciones específicas hemos de hacer una profunda evaluación de nuestras instituciones y de la forma en que construimos los vínculos.

¿Cómo hacerlo? Por un lado, debe hacer un cambio de “mentalidad” o “teología vocacional” en cada comunidad: en su identidad, sus convicciones, su compromiso con la persona humana, su promoción vocacional y, especialmente, en su forma de relacionarse con Dios (Cf. CR 54- 58). La teología vocacional pasa a ser “teofanía” cuando convierte su sensibilidad y ayuda a pasar del vacío existencial al sentido de fe, del individualismo y la indiferencia al compromiso, del hombre “sin vocación” -como señaló el Encuentro Internacional de Roma 2016- al hombre que se descubre llamado. La teofanía pasa a ser “teopatía” cuando el “vocacionable” experimenta que Dios sufre con los que sufren y llama a servir, cuando se descubre en una “tienda de campaña” -al decir de Francisco-, cuando se compadece con los heridos del camino dando a su vida un sentido de donación (Cf. CR 71- 74). Por otro, la mentalidad vocacional ha de pasar a ser espiritualidad vocacional”, es decir, una particular sensibilidad ante lo vocacional. Recuerdo mis primeros pasos vocacionales, sirviendo en un barrio periférico. Los pobres me cuestionaron y me pregunté: ¿Qué puedo hacer por ellos? Después el Señor me cautivó y me interrogué: ¿Qué me pide Dios, a qué me llama?

Itinerarios vocacionales. La Vocación es un proceso que supone etapas, objetivos, propuestas y mediaciones. Aparecida habla de procesos de trasmisión de la fe (Cf. DA 204), de discernimiento vocacional (Cf. DA 294), de evangelización (Cf. DA 399), de acompañamiento vocacional (Cf. DA 446)… Nosotros podemos hablar de procesos psicológicos, pastorales, espirituales y vocacionales. El primero es el camino entre el yo real y el yo ideal; su fruto es la identidad personal. Desde el punto de vista pastoral distinguimos eventos de procesos. Los itinerarios vocacionales han de ir acompañados de procesos pastorales y espirituales previos, paralelos y complementarios. Suponen la fe, presumen la oración y la vida espiritual. Conducen al servicio, la entrega y el compromiso. El proceso vocacional brota y se nutre del Bautismo. El II Congreso Latinoamericano y Caribeño de Pastoral Vocacional (Cartago-Costa Rica, 2011) pensó el camino vocacional en cuatro etapas: a) “despertar”, tarea de toda la Iglesia; b) “discernir”, campo específico de la Pastoral de las Vocaciones; c) “cultivar” (que habitualmente se realiza en casas de formación inicial) y d) “acompañar” o formación permanente o etapa de síntesis al decir de la Nueva Ratio. Definimos la etapa del despertar como el tiempo “para la percepción de la buena semilla de la vocación, a partir del kerigma sobre Dios Padre que ama y llama en Jesucristo por el Espíritu Santo a la gran verdad de los relatos evangélicos típicamente vocacionales: ganar la vida entregándola” (CR 76).

Muchos de ustedes se preguntarán: ¿Cómo despertar Vocaciones? Algunos de ustedes han venido con esta inquietud, porque en las obras falta personal, porque faltan consagrados, consagradas y sacerdotes. Para responder a esta gran interrogante eclesial comienzo aclarando que no soy un “mago”; tal vez soy -simplemente- el “abuelo” de la Pastoral Vocacional que hoy comparte con ustedes su experiencia de treinta y cinco años. Me inspiro en Rodó, uno de los grandes escritores uruguayos. En “La pampa de granito” describe la realidad como una llanura gris y cuenta que tres niños tuvieron que sembrar en la pampa. Al primero se le dijo: abre un hueco y siembra; el niño cavó un hueco con sus dientes. Al segundo se le exigió juntar la tierra que traía el viento y la juntó en su boca. Al tercero se lo instó a regar la semilla y lo hizo con sus lágrimas. Rodó exalta la voluntad de hacer y de dar vida. Al final de la historia los tres niños se refugiaron bajo el árbol que habían plantado, aunque cada uno de ellos había envejecido. Hay Vocaciones, aunque Uruguay parezca una “pampa de granito”. “El que Llama” sigue llamando, porque no puede dejar de ser Dios ni de amar. Hemos de ser creativos y complementarnos en la tarea. Lo importante es dar vida, despertar vocaciones, llenar el  corazón de nombres, amar y soñar.

Despertar es un verbo transitivo. Significa ayudar a que alguien deje de dormir e interrumpa el sueño, salga  de la “noche” de la incertidumbre o del vacío. Porque la Vocación se siembra en la niñez y en la primera adolescencia, se ha de ayudar a que despierte después. “Hoy”, el despertar es como un “parto vocacional” que nos exige una pedagogía particular apoyada en un trípode: oración, cercanía y llamado.

Oración. Es un llamado evangélico (Cf. Mt 9, 32- 38 y Lc 10, 1- 12). Aprendí de Mons. Nicolini a rezar cada día por jóvenes concretos. Primero me pregunto: ¿Qué será de este niño, de este joven? (Cf. Lc 1, 66); algunos tienen “algo especial”. Luego, rezo para que despierten a la Vocación que el Señor les tiene preparada y no a la que yo desearía. Hemos de despertar a nuestras comunidades y especialmente a los enfermos para que oren y no se cansen de rezar por todas las Vocaciones.

Cercanía. La vocación es un Misterio que se trasmite con la vida. Cuando alguien no valora ni re-significa su Vocación, contagia desencanto. Cuando la vive con gozo, la “contagia”. Una afirmación típicamente vocacional en la etapa del despertar es: “me gustaría ser como…”, “me encanta lo que hace…”. También se trasmite con la palabra. Mi tesis doctoral fue sobre el concepto de sacerdote en el Magisterio de los Obispos del Uruguay. La primera carta del Episcopado de Uruguay -en 1919- decía: “no es posible la salvación de los pueblos sin el sacerdocio”. Pero, son poquísimas las cartas pastorales sobre el valor de cada Vocación. A la vez, la cercanía implica hacer opciones y “estar” con los adolescentes y jóvenes. Ellos se sienten huérfanos y tienen padres ausentes, nosotros hemos de reaprender a estar con ellos. Se impone el ser cercanos a los jóvenes. Es una opción. Una congregación que opta por hacer sus Ejercicios los mismos días en que se hace el campamento o la misión parroquial o diocesana de jóvenes está haciendo la opción de cerrarse al futuro; en una misión o campamento diocesano también “deben” estar los seminaristas.

Llamar. Es el tercer verbo. Se trata de despertar y llamar, para que un joven o una joven concreta -en el espacio eclesial- se encuentre con Cristo y escuche al Espíritu. En este proceso nosotros somos “pobres siervos” y a la vez, llamantes. Vuelvo a citar a Cencini que afirma: “la crisis no es de los llamados sino de los llamantes. Llegamos, pues, a una conclusión que ha de movilizarnos: nosotros no sabemos ni despertar ni llamar.

A nivel organizativo la etapa del “despertar” tiene un objetivo principal: estimular a la búsqueda de la Vocación personal; para ello se ha de sensibilizar a niños, adolescentes y jóvenes. Esto exige inducir a la ruptura con el confort y a un éxodo hacia la libertad plena, dejando la “cadena de dependencias” en que vivimos. Será una “pascua” de la inconsistencia personal a la consistencia vocacional. A nivel temático existen temas que no podemos eludir:

A) En una sociedad que vive el drama de la violencia, los suicidios y del vivir como si Dios no existiera, hemos de proponer valorar la vida y darle un sentido. A esto se le llama la “gramática” vocacional (Cencini). La formulamos así: la vida es un don; ha de convertirse en un bien donado, porque “el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí, la hallará. (Mt 16, 25). Dar un sentido a la vida equivale a dar la vida y a construirnos permanentemente como personas, al decir del filósofo Max Scheler. Con palabras de nuestro apreciado profesor Cirilo Marichal afirmamos que el individuo se adapta al medio, está masificado. La persona es capaz de transformar y dar un sentido a su vida; se relaciona desde la solidaridad tratando a cada uno como igual, propone la vida en comunidad, busca el encuentro, la comunicación, da fraternidad, amistad, genera seguridad y libertad; tiende a la alteridad; la persona se realiza amando. Es lo que reafirma Rulla con su teoría de la “auto-trascendencia por el amor”. Quien ama es capaz de trascender. No es fácil despertar a los “individuos”. Es necesario despertar a quienes hacen el camino de ser personas.

Este despertar -en palabras de Kierkegaard- pasa por tres estadios: del estético en el que el sujeto se mueve desde la búsqueda de belleza y de lo que “le gusta” se pasa al ético en el que distingue el bien del mal y se opta por el primero. Muchos jóvenes y adultos no han alcanzado aún esta etapa. De ésta se ha de llegar al estadio religioso que permite entrar en relación con el Absoluto. Este proceso se realiza en el amor. Mounier señala que la persona es un sujeto infinitamente complejo que pide una conversión espiritual incesante o revolución personalista y vive la expansión del espíritu, es decir, una revolución comunitaria. Ambas expansiones llevan a una nueva visión del mundo. Para Mounier, el corazón de la acción es la decisión interior. Es imposible pensar en un discernimiento vocacional sin las condiciones mínimas de desarrollo humano-afectivo y personal. Subrayo esto.

B) En una Iglesia donde muchas veces se “habla” de Dios, pero no se hace “experiencia” de Dios, proponemos el tema del discipulado misionero pues la fe es un bien para anunciar y compartir. Aparecida, en el número 278, presenta cinco pasos de un camino discipular, transversal a todas las etapas vocacionales, e importante en esta. El primer paso es el encuentro real y profundo con la Persona de Jesucristo; de hecho es el Señor quien llama y dice: “Sígueme” (Mc 1, 14; Mt 9, 9) (Cf. DA 278 a). El segundo paso es la conversión. No hay encuentro verdadero si éste no conduce a la conversión, al crecimiento o al compromiso (a una de estas tres “c”) y esto es verificable (Cf. DA 278 b). El tercer paso es el discipulado o seguimiento (Cf. DA 278 c). El verdadero discípulo se alimenta con la Palabra, la Eucaristía y vive en comunidad de discípulos (Cf. DA 278 d); este es el cuarto paso. Finalmente, el buen discípulo es misionero (Cf. DA 184; 278 e). Aparecida agrega que son espacios para la formación de los discípulos: la familia, la parroquia, las pequeñas comunidades de vida, los movimientos y la educación. Afirmo que es imposible pensar en una vocación específica si la persona no vive como discípulo en comunidad.

C) Dios llama a tres grandes formas de vivir el discipulado. Son las vocaciones específicas. Cada uno ha de abrirse a lo que Dios le pide, descubriéndose en proceso vocacional. El hilo conductor del proceso y de la etapa es la Persona de Jesucristo. Los Obispos de Navarra y del País Vasco dicen en una de sus Cartas pastorales: “Yo no soy todo, no soy la medida de todas las cosas; no soy el dueño de mi ser ni de mi origen. No puedo alcanzar con mis propias fuerzas lo que anhela mi ser. Llevo en mí un misterio mayor que yo mismo. Pero confío… No soy el centro. Mi origen y mi futuro están en ese Dios que me da el ser. Él es el fundamento sobre el que descansa todo” [5].

Imaginamos a alguien que duerme. Debemos despertarlo. Unos tienen un sueño liviano, son creyentes y participan de la vida eclesial. Otros tienen un sueño más pesado y se han alejado o tienen “su proyecto” personal. Los primeros se despiertan por sí mismo o basta con llamarlos. A los segundos, a veces, es necesario “sacudirlos”. Propongo siete formas para despertar.

Despertar responsable. Cada uno es un “testigo” vocacional y el testimonio moviliza. Cuando un adulto tiene su despertador y lo usa adecuadamente, el hijo aprenderá a despertarse sólo. Cuando un adulto vive testimonialmente su Vocación, el joven o la joven despertarán “naturalmente” a su Vocación personal. El verdadero testimonio -no preparado, sino libre- despierta la experiencia del “asombro”; el testigo atrae y moviliza. Este es el tipo de llamados que vienen “desde afuera”, que se reciben. Nuestra labor es ayudar a que posteriormente la persona ponga “palabras a la experiencia”. Una dificultad espiritual es la “distracción” en un mundo de imágenes y ruidos. Por eso la cercanía, el “tú a tú” es tan importante. Este llamante ha de orar permanentemente, ha de estar vigilante al “tiempo de Dios” para sí mismo y para quien acompaña. El II Congreso mundial de Roma 1981 afirmaba que, después de orar mucho, un referente puede llamar directamente; puede “dejar caer” alguna pregunta como: “te planteaste alguna vez ser…” Existe el pecado de la manipulación que es un pecado mortal. También está el pecado vocacional de la “extrema prudencia”. Seamos testigos y llamantes.

Despertar desde la comunidad. Las vocaciones eclesiales florecen en comunidades vivas, orantes, serviciales, convocantes, capaces de generar procesos de fe, sentido de pertenencia y lazos de amistad. Son como familias abiertas a la vida, en las que celebrar es lo ordinario y no lo extraordinario. Cada uno es llamado por su nombre en la comunidad. El Señor llama a cada uno por su nombre. Aquí valoramos las misiones juveniles y universitarias.

Despertar desde los pobres. Alex Rovira e Ignacio Dinnbier hablan del “efecto bofetada». La realidad de sufrimiento o de pobreza extrema sensibiliza y despierta, se vuelve contra nosotros que, en lugar de reaccionar negativamente, preferimos cambiar de mentalidad y comenzar a darnos. La “bofetada” es un momento de lucidez y gracia que ayudan a despertar. El “sacudón” lleva al compromiso y a preguntas o acciones típicamente vocacionales. Aquí ubicamos la rica experiencia del voluntariado. Cuando la persona no se interroga ante ciertas situaciones de extrema pobreza no es idóneo para una Vocación sacerdotal o consagrada y es mejor que “duerma un rato más”.

Despertar desde la oración. Existe una cercanía particular: la del Resucitado que camina junto a nosotros, ama y llama. Su persona “cautiva”. Este es el tipo de llamados que vienen de “adentro, del interior”. De ahí que el gran desafío del promotor vocacional es proporcionar espacios de “encuentro” y oración con el Maestro: Horas Santas, retiros, Rosarios vocacionales, Vigilias, etc. La “experiencia” de Dios o experiencia espiritual moviliza desde el interior y conduce a descubrir la “gratuidad” del llamado y el valor de dar gratuitamente la vida, de darse, de amar y servir.

Despertar desde la maduración humano- afectiva. Hemos de tener en cuenta que en la juventud se construye la identidad personal; su pregunta básica es: ¿Quién soy? Incluye un crecimiento de la “humanidad” personal, de la afectividad que se expresa en la búsqueda de establecer y purificar la forma de establecer los vínculos. Lleva a un redescubrimiento de uno mismo, de los otros y de Dios. No es un conocimiento lineal. Se tienen dificultades, pruebas y crisis. Se generan interrogantes como: ¿Qué es la vida?, ¿cómo deseo vivir?, ¿cómo soy? ¿Cuál es el sentido de la vida humana y, en especial, de mi vida? Las preguntas principales debería ser: ¿Para quién vivir? y ¿quién es Dios para mí? El despertar se da, algunas veces, desde la experiencia de “semejanza”, es decir, de puntos de encuentro y semejantes con referentes próximos.

Despertar desde la elaboración de un “proyecto de vida”. Durante la juventud y la primera adultez cada uno “debería” elaborar un proyecto de vida sobre la exploración de los “estados de vida”: laicado, ministerio ordenado, vida consagrada. Antes, se ha de hacer una diferencia fundamental entre profesión y Vocación. La profesión -o vocación con minúscula- es un aspecto de la vocación, pero no es “la” Vocación. Tiene relación con el hacer y el saber hacer. Supone una actividad que incluye un período de capacitación -corrientemente en un centro de estudios especializados- en atención a las cualidades personales. Se expresa en un título profesional y en muchos casos, en un grado académico. En términos generales, en una profesión se integran armónicamente los intereses y las aptitudes personales. Coincidimos con Super que afirma que la profesión es la realización del concepto que la persona tiene de sí misma, lo que indica un proyecto de auto-realización. Tiedman y O´Hara dicen que la profesión es auto-desarrollo del yo-en-situación. Aquí ubicamos todas las profesiones: enfermera, maestro, carpintero, etc. Holland y Roe indican que la profesión se vincula a la personalidad. La “Vocación” -con mayúscula- es el término que designa una realidad más amplia. Abarca el proyecto vital, implica el llamado que cada uno recibe de parte de Dios y la respuesta que da a lo largo de la vida. Determina el ser. Desarrolla las cualidades y talentos de la persona. Es el yo-en-situación en el contexto de la historia de la salvación. Es llamado-voluntad de Dios que habla desde la realidad y desde las cualidades que Él mismo da para la misión. La escuela de Rulla afirma que la Vocación es la realización del ideal de sí mismo y no del concepto de uno mismo. El yo ideal es mucho más que un mirarse con auto-aceptación, es motivación que hace trascender al yo-real para que llegue a ser yo-ideal o ideal vocacional. El ideal vocacional incluye los ideales propios y los ideales que la Iglesia tiene para esa Vocación particular. El paso del yo-real al yo-ideal supone un proceso. Mientras que la profesión u oficio tiene vacaciones y jubilaciones, la Vocación es para siempre; una madre es madre para siempre. Aquí la persona se descubre Misterio vocacional. En la etapa posterior, del “discernir”, deberá elegir entre dos o más profesiones por un lado, entre dos o más vocaciones por otro. En esta etapa del “despertar” es clave contar con el “Servicio de Animación Vocacional (SAV) en las parroquias, los grupos de adolescentes, de jóvenes, los movimientos. Todos somos responsables en el despertar de las vocaciones. Todos somos “despertadores”.

Despertar desde el anuncio kerigmático y la experiencia de conversión. Algunas personas tienen un sueño pesado. ¿Podemos despertarlas con un poco de agua? Vocacionalmente sí. Muchas personas necesitan recordar el agua del Bautismo. Despiertan ante un anuncio kerigmático que el Papa Francisco describe así: “Jesucristo te ama, dio la vida para salvarte y ahora está vivo a tu lado para iluminarte, fortalecerte y liberarte” (EG 164). Se trata de que, la experiencia del amor del Padre, el Evangelio del Hijo y la guía del Espíritu Santo, conviertan al bautizado en bautizado-evangelizador. Otros despiertan en un tiempo de fuerte conversión, como Agustín, Ignacio o Carlos de Foucauld. El Agua Viva calma la sed y muchos vacíos existenciales, promueve vínculos y una “cultura vocacional”. Ayudar en la etapa del despertar es contribuir a que Dios, “el que Llama” y ama, sea amado. Culmino con palabras de Menapache[6], ideales para la etapa del despertar:

Es poco lo que aparece, y mucho lo que hay detrás;

Para poder comprenderlo, parate hermano a pensar.

Que el pasto no da la leche por mirarlo y nada más;

La leche la da la vaca después de mucho rumiar.

El que es turista en la tierra, anda nomás por andar;

No llega a ninguna parte porque no busca llegar”.

            Digamos a muchos: “parate hermano a pensar”.

[1] II Congreso Latinoamericano y Caribeño de Pastoral Vocacional, Cartago, Costa Rica 2011; a partir de ahora CR.
[2] Evangelii Gaudium; a partir de ahora EG.
[3] Verbum Domini; a partir de ahora VD.
[4] Catecismo de la Iglesia Católica 1, a partir de ahora CC.
[5] “Al servicio de una fe más viva”, San Sebastián, 1997, n. 39).
[6] “La sal de la tierra”, Buenos Aires, 1977.