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Noticeu “Cuando un sacerdote abandona”: Reflexión de Mons. Pablo Galimberti

galimberti

Un sacerdote que trabajaba en Salto, argentino, nos sorprendió con la noticia. Abandonó su actividad y los votos religiosos que había hecho hace 15 años. Comunicó que estaba enamorado de una mujer con la que proyecta un futuro matrimonio.

Lo que escribo no se lo pude expresar en la conversación que mantuvimos cuando vino a despedirse. No era el momento para un charla serena y la decisión ya estaba tomada.

Desde los 32 años -hoy tiene 47- prometió servir a Dios con un amor exclusivo, que incluía la renuncia al matrimonio, a poseer bienes y la obediencia a sus superiores.

Doy fe que trabajó con fe y generosidad. Pero nos duele la decisión que ha golpeado a muchos. En la memoria de los esposos cuyas bodas bendecía seguirán resonando sus palabras invitando a perseverar y levantarse, confiando en Dios que jamás nos deja solos, poniendo la cuota de amor, entrega y dolor en las alternativas cotidianas. La tarea sacerdotal nos pone a diario como testigos del perdón de Dios que abraza al que regresa a la casa paterna, según la parábola del padre que espera y besa al hijo que se había marchado. Yo mismo lo vi rezar y ser instrumento para que muchas personas experimentaran alivio, perdón y esperanzas, en medio de angustias y sufrimientos.

Una amiga, esposa y madre de tres hijos, me escribió. Aprueba su decisión. Para ella “es un paso de amor”. Así sencillamente. Y por lo tanto hay que aceptarlo sin más. Esto me desconcierta.

¿Cómo reaccionaría esta amiga si su esposo le comunicara un día que se va de la casa porque se enamoró de otra mujer? ¿“Amor” o traición? ¿Qué ejemplo sería para sus hijos viendo que el capitán abandona el barco en medio de la travesía?

El chisporroteo del corazón es frecuente y los dardos de “cupido” sorprenden. No somos víctimas pasivas. Tampoco negamos que entre varón y mujer pueda existir mayor o menor afinidad. Pero cada uno tiene, de algún modo, la llave del corazón, para mantener las preferencias y olfatear amenazas. El proyecto del amor cristiano apunta alto: escribir una historia “hasta que la muerte nos separe”. Esto vale tanto para los casados como para quienes entregan toda su vida a Dios para servirlo donde sea y como sea.

Las personas disponemos de una capacidad, rara en la “sociedad líquida”, de tomar decisiones “para siempre”. Esa cualidad de escribir una historia de amor con realismo, golpe a golpe, está a nuestro alcance. Mientras cuidemos y descubramos que la fuente purificadora del amor “viene de arriba” y tiene nombre. Es Jesucristo, que vivió como nadie un amor fuerte, sanador, eterno en la fugacidad de cada instante. El papá de esta amiga, compañero mío de juventud, fallecido, tenía una fibra de cristiano luchador en medio de situaciones adversas que le tocaron vivir.

El tiempo se considera a veces, enemigo del amor. Pero los momentos del amor se parecen al jardinero, que no tironea la planta para hacerla crecer. Es paciente y sabe distinguir el tiempo favorable para cada intervención. Valen las palabras de Neruda: “Te quiero para empezar a amarte”.

Una escena del Quijote, que recuerdo vagamente, ilustra lo que planteo. El caballero y su escudero se topan con un hombre que llevan engrillado y se preguntan el motivo: “por amor” dice uno. Ah, pero si es por eso, ¡que me lleven a mí también! Pero a este lo llevan preso ¡por amor al dinero ajeno!

Concluyendo: podríamos decirnos ¡dime lo que amas y cómo lo amas y te diré quién eres!

Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti, publicado el el Diario “Cambio” del viernes 1 de setiembre de 2017