Iglesia al día

" En este tiempo de pandemia, que dejó sin efecto o en suspenso tantos proyectos personales y colectivos... damos, en primer lugar, gracias a Dios por todo lo bueno que hizo surgir en los corazones de hombres y mujeres de nuestra tierra. En todo ello encontramos motivos de esperanza. "
Mirando con Dios este tiempo

Noticeu Cardenal Sturla llamó a “pasar de los discursos a acciones eficaces” ante hechos de violencia

sturla misa crismal

“Nuestra sociedad necesita de Cristo, pero concretamente nuestros barrios más carenciados tienen necesidad perentoria del evangelio”, destacó el Arzobispo de Montevideo, Cardenal Daniel Sturla, al aludir a las muertes violentas ocurridas en los últimos días, en la Misa Crismal celebrada esta mañana en la Catedral Metropolitana.

En un templo colmado, el Cardenal subrayó la necesidad de “pasar de los discursos a acciones eficaces” en una sociedad “fragmentada”. “De ahí los programas de evangelización que estamos instrumentando todos ellos perfectibles, pero que quieren ser modos concretos y eficaces de avanzar en el anuncio gozoso de Cristo…”, puntualizó.

En la Misa Crismal se bendijeron el óleo de los catecúmenos y el que se utiliza en la Unción de los Enfermos. Asimismo, se consagró el Santo Crisma (del que la Misa toma su nombre), aceite que se utiliza en la unción de los bautizados, en el Sacramento de la Confirmación y con el que se ungen las manos del sacerdote que acaba de ser ordenado. El rito de la Misa Crismal incluye la renovación de las promesas sacerdotales.

“Hoy nuestra Iglesia está en un momento clave de su vida…Mucha gente confía en nosotros” y “hay hambre de Dios”, enfatizó el Arzobispo en su homilía.

“Queremos ser Iglesia en salida, Iglesia misionera, Iglesia que sale a sanar los corazones heridos, a liberar a los cautivos…”, manifestó el Cardenal Sturla. “En todos los ambientes sociales, en todas las parroquias de los diversos barrios se necesita a Cristo, el encuentro capaz de transformar la vida y los corazones. Pero no hay duda que hoy se hace más necesario que nunca llegar a nuestros hermanos más pobres. El Señor me envió a llevar la buena noticia a los pobres”, acotó.

EL SACERDOCIO NO ES UNA CARRERA SINO UN MISTERIO DE AMOR

En esta Eucaristía en que los sacerdotes renovaron las promesas realizadas el día de su ordenación  el Arzobispo expresó que “este misterio de amor no es un ascenso en una carrera, ni es un honor debido a los méritos obtenidos, o a las buenas notas en el facultad… es sencillamente un misterio que nos sobrepasa y que precisamente lo vivimos en su verdadera dimensión cuando el asombro por lo recibido da paso a la humildad más profunda”.

El Cardenal Sturla recordó, asimismo, que el sacerdote y el diáconos son ministros de la alegría de Dios. “Esta alegría ligada a la unción con los óleos santos, nos habla de la alegría más profunda que brota de la Pascua…”, acotó el Arzobispo. Aclaró que esa alegría “no es diversión, no es placer momentáneo… no es civilización del espectáculo” sino “don de Dios, señal de la presencia del Espíritu Santo en la vida de una persona”. Se trata de “una alegría de fondo que puede convivir incluso con las penas del camino pero que vuelve a florecer  a cada paso, si giramos en la órbita de Dios… Esta alegría se transforma el suave aroma, en dulce sonrisa, en fortaleza para la adversidad, y en espíritu de iniciativa…”, señaló el Arzobispo de Montevideo.

Al culminar su prédica, el Cardenal abogo porque pronto se pueda venerar al primer obispo uruguayo, Mons. Jacinto Vera, en los altares.

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TEXTO DE LA HOMILIA DEL CARDENAL DANIEL STURLA EN LA MISA CRISMAL

Queridos amigos y hermanos:

El día  de la ordenación sacerdotal  es para todo presbítero un día lleno de emociones, de alegrías, de fe profunda…  Tantas veces hemos participado ante de la Misa, cientos de veces, podríamos decir de memoria las oraciones, pero ese día y al siguiente cuando se celebra la “primera” Misa necesitamos en general que nos muestren lo que debemos decir, titubeamos en alguna palabra o en los gestos… Hay un misterio que nos invade. Sí, seguimos siendo nosotros pero sabemos en la fe y quizás hasta lo experimentemos que ya no somos los mismos. Ya nunca más será mi yo, solo mi yo… Hay un tú se hace carne de mi carne, voz de mi voz, gesto en mis manos consagradas…

Cristo y el sacerdote viven un tipo de unión íntima, sagrada, irrevocable… sacerdote para siempre… manos ungidas, otro Cristo…

Hoy en esta celebración tan particular de la Misa crismal todo sacerdote está invitado a renovar ese día… sus ilusiones, sus esperanzas, el lema elegido, las ´promesas realizadas, el obispo que me consagró, mi primera misa…

Este misterio de amor no es un ascenso en una carrera, ni es un honor debido a los méritos obtenidos, o a las buenas notas en el facultad… es sencillamente un misterio que nos sobrepasa y que precisamente lo vivimos en su verdadera dimensión cuando el asombro por lo recibido da paso a la humildad más profunda.

¿Quién soy yo para escuchar las confidencias de mis hermanos sobre todo en lo que tienen de realidades oscuras  y levantar mi mano para absolver los pecados en nombre de Dios? ¿Quién soy yo para decir con mi propia voz “Tomen y coman esto es mi cuerpo, tomen y beban esta es mi sangre”? ¿Quién soy yo, pobre y pecador para actuar en la persona de Cristo cabeza y pastor de la Iglesia?

“¿Cómo es posible, oh Dios, que cada día,

yo levante tu sangre entre mis manos

y que mis labios signa siendo humanos

y que mi sangre siga siendo mía?” (José Luis Martín Descalzo)

Por eso es tan importante que el sacerdote plenamente humano tenga conciencia cabal de su pequeñez y al mismo tiempo una clara identidad de lo que es por pura gracia y para el servicio del pueblo de Dios.

San Juan de la Cruz se enteró que una joven  muy pecadora no se atrevía a confesarse con él por su fama de santidad. Fue hasta ella y le dijo: “Mire, yo no soy ningún santo, pero si lo fuera menos miedo debería tener de confesarse conmigo porque más comprendería yo la flaqueza humana” . La santidad, es cercanía con Dios y con los hombres. Es unir miseria y misericordia.

Ungidos con el óleo de la alegría….

Por eso el sacerdote es ministro de la alegría de Dios. Por eso el diácono que quiere servir, como su nombre lo indica, es también ministro de la alegría de Dios. Como dice el profeta Isaías… “El está sobre mí, porque el Señor me ha ungido… para consolar a todos los que están de duelo, a cambiar su ceniza por una corona, su ropa de luto por el óleo de la alegría y su abatimiento por un canto de alabanza.”

Los óleos que vamos a bendecir, de los enfermos y de los catecúmenos y el crisma que vamos a consagrar son óleos de alegría. Oleo de los catecúmenos para fortalecer a los que se preparan para el bautismo, para disponer su ánimo para el combate de la vida cristiana. El óleo de los enfermos que da consuelo, salud, esperanza, que alienta en la enfermedad y da la certeza de la presencia del Buen Dios allí cuando más débiles nos sentimos. El santo crisma, que nos sumerge en Cristo, signo del carácter, esa huella indeleble que en el bautismo, la confirmación y el orden sagrado nos marca con un cambio que llega a lo más profundo de nuestro ser, para hacernos hijos de Dios, testigos de Cristo resucitado, sacerdotes para siempre.

Esta alegría ligada a la unción con los óleos santos, nos habla de la alegría más profunda que brota de la Pascua…

No es diversión, no es placer momentáneo… no es civilización del espectáculo. Es alegría, don de Dios, señal de la presencia del Espíritu Santo en la vida de una persona. Una alegría de fondo que puede convivir incluso con las penas del camino pero que vuelve a florecer  a cada paso, si giramos en la órbita de Dios… Esta alegría se transforma el suave aroma, en dulce sonrisa, en fortaleza para la adversidad, y en espíritu de iniciativa…

Cuando uno ve el campo florido de la Iglesia en tantas actividades diversas: movimientos, comunidades religiosas, obras apostólicas, educativas… se expande a Cristo…

Es el espíritu apostólico… “El espíritu del Señor está sobre mí… El me envió” dice el Señor citando a Isaías. Él me envió… Es decir: me hizo apóstol.. anunciador de esta alegría, propagador de esta fragancia, sembrador de sonrisas, entrenador de chicos y chicas para la vida, consolador en las penas… El Espíritu Santo me unge para evangelizar.

Hoy nuestra Iglesia está en un momento clave de su vida. Un soplo de brisa ha vuelto a hinchar las velas de nuestra antigua barca. Mucha gente confía en nosotros. Hay hambre de Dios, necesidad de Cristo. Queremos ser Iglesia en salida, Iglesia misionera, Iglesia que sale a sanar los corazones heridos, a liberar a los cautivos…

En todos los ambientes sociales, en todas las parroquias de los diversos barrios se necesita a Cristo, el encuentro capaz de transformar la vida y los corazones. Pero no hay duda que hoy se hace más necesario que nunca llegar a nuestros hermanos más pobres.  El Señor me envió a llevar la buena noticia a los pobres.

Estamos viviendo en una sociedad fragmentada. Lamentablemente tenemos muchas muertes violentas en estos días que han sacudido la conciencia de nuestra sociedad. ¿Qué decir de la muerte del sanducero de familia judía David Fremd? ¿o de los dos taxistas cuya muerte lamentamos en estos días? Todas golpean el alma. Me ha conmovido la muerte de este chico por ser hincha de un cuadro de fútbol… y escuchar esta mañana en la radio que en los estadios se cantan cánticos de guerra entre las hinchadas, haciendo caso omiso del dolor de las familias y manifestando lo peor del ser humano…

Nuestra sociedad necesita de Cristo, pero concretamente nuestros barrios más carenciados tienen necesidad perentoria de evangelio. El tema es pasar de los discursos a acciones eficaces. Me llené de alegría cuando me comentaban de un párroco que megáfono en mano anunciaba en un asentamiento este domingo pasado la Misa de ramos. No es un hecho aislado, hay un trabajo previo, hay ya un pie puesto en ese asentamiento.

De ahí los programas de evangelización que estamos instrumentando todos ellos perfectibles, pero que quieren ser modos concretos y eficaces de avanzar en el anuncio gozoso de Cristo…

Queridos hermanos nuestro primer obispo Jacinto Vera es testimonio vivo de la alegría llena de iniciativas de un hombre humilde y sencillo, consciente de su identidad sacerdotal y episcopal aún cuando esto lo llevara al exilio. Un hombre alegre, chistoso, un hombre fuerte y valiente. Sobre todo un hombre apostólico que no se arredró ante la situación lastimosa en que encontró la Iglesia sino que tuvo muchas iniciativas para llevar la alegría del evangelio a todos los rincones del Vicariato que él vio transformarse en diócesis.

Pidamos al Buen Dios que pronto lo podamos venerar en los altares y que como era su lema: “Jacinto triunfará por María”, también nosotros depositemos nuestra confianza en la estrella del alba del paterno día, la que es nuestra capitana y guía:  la Virgen de la Patria.