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Mirando con Dios este tiempo

La Iglesia en los medios Violador ilustre [opinión]

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Por Claudio Paolillo (*)

Desde que en agosto de 2003, el ex intendente Mariano Arana reglamentó “la tipología y los requisitos materiales y procedimentales para las concesiones honoríficas como expresión de reconocimiento de distintas personalidades” por parte del gobierno municipal de Montevideo, algunos individuos han recibido el blasón de “ciudadano ilustre”, “visitante ilustre” o “ciudadano notable” de la capital uruguaya.

Aunque la discrecionalidad política para adjudicar ese tipo de honores nunca ha estado ausente —ni en éste ni en otros gobiernos de diferente signo partidario—, hay ocasiones en que el homenaje cuenta, al menos, con el consentimiento explícito o implícito de la mayoría de la población, que ve en el personaje agraciado virtudes suficientes como para merecer el reconocimiento. Otras veces, la lisonja es recibida con indiferencia por el público y hay oportunidades, ciertamente las menos, en que la resolución de los gobernantes de turno cae francamente mal entre sus mandantes y éstos lo hacen saber públicamente.

Nunca había ocurrido, sin embargo, que una decisión de esta naturaleza produjera, además, indignación. Cuando el 26 de mayo pasado el intendente Ricardo Ehrlich y su gobierno declararon “Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Montevideo” al presidente de Nicaragua, Daniel Ortega Saavedra, una sensación de repugnancia visceral invadió a aquellas personas que conocen la trayectoria completa de este dirigente. Desgraciadamente, esas personas en Uruguay son bastante escasas, a pesar de que cuando estuvo en Montevideo para asistir al Foro de San Pablo, la presencia de Ortega motivó protestas y el repudio de movimientos feministas por haber vuelto a penalizar en Nicaragua el aborto terapéutico para conseguir el apoyo de la Iglesia Católica en las últimas elecciones, por las denuncias que lo involucran en la violacion de su hijastra y por sus negociaciones y alianzas con los “más acérrimos enemigos de la revolución sandinista”. Ya en la cumbre presidencial de Lima (Perú), organizaciones feministas de toda la región habían calificado a Ortega como “uno de los grandes violadores de derechos contra las mujeres y de los derechos humanos en general”, a cuyos promotores el presidente nicaragüense ha denunciado ante la Justicia.

Para ilustrar a los que no saben ni tienen por qué saber y para recordarles a quienes bien saben y no tienen vergüenza, vale la pena anotar tres cosas:

1) El gobierno de Montevideo distingue a individuos con el honor de nombrarlos “Ciudadanos Ilustres” de la ciudad con la finalidad de “premiar méritos de extraordinaria singularidad a personas uruguayas de destacada trayectoria local e internacional, o extranjeras con fuertes vínculos con nuestro país”.

2) El honor es la “cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo” y la “gloria o buena reputación que sigue a la virtud, al mérito o a las acciones heroicas, la cual trasciende a las familias, personas y acciones mismas de quien se la granjea”.

3) El presidente Ortega ha sido denunciando ante estrados nacionales e internacionales como violador contumaz de su hijastra desde que ella era una niña de 11 años de edad y arrastra esa pesada carga que le acompañará hasta su muerte.

Pensemos en positivo. Demos por bueno que ni el intendente Ehrilch ni ninguno de sus colaboradores tenían conocimiento acerca de la conducta de su homenajeado. Demos por bueno que cuando Ehrilch dijo, ante el monumento a Augusto César Sandino, que Ortega es un “testimonio de la vigencia de los principios de solidaridad y justicia social, que marcan el camino de la construcción de la patria latinoamericana”, ni él ni nadie de quienes le rodean en el gobierno sabían que ese “testimonio” lleva sobre sus espaldas una pesada mochila con múltiples denuncias como violador de niños. Demos por bueno que no sabían nada de esto cuando, en el colmo de su desparpajo, Ortega se refirió en su discurso a la necesidad de pensar en el desarrollo y en la educación de los niños y dialogó y repartió saludos entre una docena de alumnos de la Escuela Nº 49 “República de Nicaragua” que habían asistido a la fiesta, junto con la directora.

Es difícil creer que nadie, pero nadie, absolutamente nadie, en el muchas veces avezado entorno político del intendente Ehrlich, haya sido capaz de avisarle que ni Ortega ni cualquier otro abusador de menores —esté o no ocupando un cargo en el poder— puede merecer las llaves de la ciudad y ser declarado “Ciudadano Ilustre”. Hasta da para pensar que, en una de esas, le tendieron una trampa al intendente Ehrlich. Porque lo mejor que puede hacer el intendente Ehrlich en este caso es alegar ignorancia. Y, a renglón seguido, retirar de inmediato a Ortega el honor que le confirió en nombre de los montevideanos.

El 22 de mayo de 1998, Zoilamérica Narváez, militante del Frente Sandinista de Liberación Nacional, decidió publicar su testimonio contra quien había sido su padre adoptivo desde que éste se juntó en Costa Rica con Rosario Murillo, su madre biológica, actual primera dama de Nicaragua y coordinadora de Comunicación del gobierno que preside su esposo. (Murillo ha repudiado a su propia hija, acusándola de enlodar la imagen de Ortega. Pero, luego de que Ortega se amparara en sus fueros parlamentarios para evitar ser investigado, una jueza nicaragüense lo absolvió sólo porque los delitos sexuales habían prescripto —no porque no se hubiesen cometido— y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos declaró en 2002 “admisible” la denuncia de Narváez contra su ex padrastro, caso que continúa abierto y sobre el cual Narváez no ha aceptado una fórmula de arreglo a través de una compensación económica). Todo esto, más el propio testimonio de la víctima, fundamenta y justifica la indignación de los movimientos feministas que no olvidan ni dejan morir el tema.

¿Y qué dijo en 1998 la joven Zoilamérica Narváez? Todo el documento está en Internet, pero por lo visto hay que recordarlo. Para ignorantes, para desmemoriados y para perezozos.

▪ “Afirmo que fui acosada y abusada sexualmente por Daniel Ortega Saavedra, desde la edad de 11 años, manteniéndose estas acciones por casi 20 años de mi vida”.

▪ “Fui sometida a una prisión desde la propia casa donde reside la familia Ortega Murillo, a un régimen de cautiverio, persecución, espionaje y acecho con la finalidad de lacerar mi cuerpo e integridad moral y psíquica. Mi silencio fue la expresión de un ambiente propio de la clandestinidad y la aplicación de una férrea secretividad. Daniel Ortega, desde el poder, sus aparatos de seguridad y recursos disponibles, se aseguró durante dos décadas a una víctima sometida a sus designios y voluntad individual”.

▪ “Mi experiencia muestra cómo se violenta e irrespeta una vida, no sólo atentando contra ella mediante la amenaza de agresión física que conlleva a la muerte, sino también cercenando su realización como individuo, como ser y como todo. Quiero decir con ello que lo que viví fue el intento de asesinar mi derecho a crecer, a vivir y a tener el ejercicio pleno de mi voluntad. Durante todo ese tiempo, se me negó el derecho a existir como ser humano, se me mantuvo como objeto de otro ser”.

▪ (Ortega) “se abusó en mi condición de niña, se abusó en mi condición de mujer, se abusó de mi cuerpo, se abusó de mis emociones, se abusó de mi condición de militante sandinista y se abusó de mis concepciones”.

▪ “En 1978, en San José, Costa Rica, conocí a Daniel Ortega Saavedra, cuando yo tenía 11 años de edad no cumplidos (…). Daniel Ortega, cuyo seudónimo era Enrique, desde un inicio me inspiró miedo y desconfianza por la forma rara de mirarme (…). Fue en este país y en los primeros meses que él se vinculó a nosotros, que comenzó su acoso con bromas y sugerencias de juegos malintencionados, en los que me manoseaba y obligaba a tocar su cuerpo (…). Después me asaltaba sorpresivamente en lugares oscuros para tocarme y durante mis baños me espiaba por encima de la cortina, escondiendo mi ropa interior y bromeando con ella”.

▪ “A mi madre la consumían las múltiples ocupaciones o responsabilidades, aunque en realidad nunca tuve claridez de lo que realmente hacía. Desde entonces no tenía la confianza para decirle que su compañero me decía cosas”.

▪ “Por las noches, cuando mi madre dormía, Daniel Ortega se dirigía al cuarto donde me encontraba para arrecostarse en mi cama y rozarme con su pene partes de mi cuerpo. Recuerdo que me daban escalofríos, temblores y sentía mucho frío. Yo cerraba los ojos para no ver nada”.

▪ “Temprano por las mañanas, cuando me alistaba para ir al colegio y mi madre dormía aún, él se levantaba y me observaba, ahora ya no sólo para verme por encima de la cortina del baño, sino para masturbarse”.

▪ “Fue horrible ver, a la edad de entonces, la imagen de un hombre de pie sostenido de una pared y sacuendiendo su sexo como perdido e inconsciente de sí mismo. Yo tenía miedo y permanecía en el baño hasta ver desaparecer su sombra por la rendija de la puerta que él mismo mantenía abierta”.

▪ “(Ortega) se introducía en el cuarto que compartí con Rafael (hermano menor de Narváez), procedía a separarme parte de la cobija de mi cuerpo, continuaba con manoseos y luego concluía masturbándose. Me decía que no hiciera bulla para no despertar a Rafael (…) y decía: ‘ya verás que con el tiempo, esto te va a gustar”.

▪ “Fue mi tía Violeta la que me recordó que una vez vio a Daniel Ortega manosearme y tocar mis partes genitales. Hasta hace poco recordé que también ponía en mi boca su pene. En ese tiempo, mi agresor tenía 34 años de edad y yo 11”.

▪ Cuando los sandinistas derrocaron al dictador Anastasio Somoza en 1979, la familia Ortega Murillo se trasladó a una casa en Nicaragua, donde a Zoilamérica Narváez se le asignó un cuarto propio. “Para cualquier niña pudo haber sido buena noticia, pero mis temores estaban latentes. A las pocas semanas, nuevamente el fantasma volvió a rondar mi cuarto con rostro duro y sus gruesos anteojos; continuó sus masturbaciones, poniendo sobre mi cuerpo una de sus manos frías y temblorosas. A la edad de 12 años que tenía entonces, persistían las sensaciones de escalofríos, náuseas y temblores en mi quijada”.

▪ “A medida que fue avanzando, pervertidamente me indicaba que me moviera, que así sentiría rico. ‘Te gusta, ¿verdad?’, me decía, mientras yo permanecía en absoluto silencio sin tener fuerzas para gritar ni llamar a mi mamá. El miedo no me dejaba. Sentía en la garganta resequedad, atorada y con temblores. Su contacto me transmitía intensos fríos y malestares, me provocaba asco y me creía sucia, muy sucia, pues sentía que un hombre al que rechazaba me ensuciaba toda. Comencé a bañarme muchas veces durante el día, para lavarme la suciedad”.

▪ “Más adelante, las noches no fueron suficientes; también las tardes comenzaron a ser utilizadas para sus propósitos. Él calculaba las horas de mis tiempos libres y cuando me encontraba sola en la casa para atacarme”.

▪ “A mis 13 años (1980) incrementó sus llegadas a la casa en horas que bien sabía me encontraba sola; mi mamá estaba en su trabajo y mi hermano Rafael en el colegio. Cuando llegaba, con el pretexto de descansar, cerraba la casa, la que por su diseño arquitectónico me aislaba completamente, sin poder acudir a las niñeras que cuidaban de mis hermanos menores en la parte de adentro. Para este período, (Ortega) siempre consumó sus actos cuando yo dormía; al despertarme no tenía escapatoria. Lo sentía manoseándome y atrapándome la cabeza con sus piernas y brazos en el extremo del sofá”.

▪ “En una ocasión que recuerdo muy bien, mientras dormía en el sofá y al despertar, él se encontraba mirando un video pornográfico sin importarle mi edad y mi condición de hija de su compañera de vida; en reiteradas oportunidades me mostró revistas ‘Playboy’ que yo rechazaba pero que me obligaba a ver; también me mostró un vibrador que intentó usar pero no le funcionó”.

▪ “Cuando intenté enllavar (poner llaves) mi cuarto resultó inútil, pues (Ortega) abría la puerta con punzones, desarmadores y cuchillos; no sé cómo lo lograba, pero siempre penetraba en mi cuarto. Llegué, también inútilmente, a ubicar obstáculos (sillas, el tocador, etc.) detrás de la puerta pero no lograba nada; ahí estaba adentro como un fantasma omnipresente tras de mí todo el tiempo”.

▪ “(Ortega) hizo un hoyo en la puerta del baño para observarme; yo me enllavaba más por miedo que por intimidad. El hoyo que hizo lo ocultó con un afiche. Al descubrirlo intenté taparlo con tape y otras cosas, pero fue difícil. Fue entonces que opté por bañarme con camiseta y ropa interior puestas. Sentía mucha vergüenza y miedo de que al verme desnuda me agrediera directamente”.

▪ “Daniel Ortega Saavedra me violó en el año de 1982. No recuerdo con exactitud el día, pero sí los hechos. Fue en mi cuarto, tirada en la alfombra por él mismo, donde no solamente me manoseó sino que con agresividad y bruscos movimientos me dañó, sentí mucho dolor y un frío intenso. Lloré y sentí náuseas. Él eyaculó sobre mi cuerpo para no correr riesgos de embarazos y así continuó haciéndolo durante repetidas veces; mi boca, mis piernas y pechos fueron las zonas donde más acostumbró a echar su semen, pese a mi asco y repugnancia. Desde entonces, para mí la vida tuvo un significado doloroso. Las noches fueron mucho más temerarias, sus pasos los escuchaba en el pasillo con su uniforme militar; recuerdo clarito el verde olivo y los laureles bordados en su uniforme”.

▪ “Sus prácticas sexuales, haciendo uso de mí, las realizó en sillas, haciendo posiciones extrañas y me obligaba a decirle frases obscenas a fin de excitarlo o realizar sus propias fantasías, las que nunca fueron mías pues lo que viví fue un infierno. Me hacía repetir insultos en mi contra u obligarme a responderle afirmativamente a las siguientes preguntas: ‘¿Verdad que sos puta?, ¿verdad que te gusta que te pegue?, ¿te gustaría hacerlo con dos penes?, etc.”.

▪ “(Ortega) filmó el momento de una de tantas y continuadas copulaciones no deseadas; luego me obligó a que viéramos el video juntos, como una segunda tanda de placer para él. Después me obligó a hacer el acto sexual con él en presencia de terceros; también comenzó a utilizar objetos, a golpearme, a comprarme ropa interior que lo estimulara y me obligó a practicarle sexo oral con mucho maltrato”.

▪ “Él construyó justificaciones a su conducta, bajo el argumento de que yo, mediante la consumación del acto sexual, le proporcionaba estabilidad emocional (…). Él pensaba que alguien tan ocupado sólo necesitaba sexo y que yo era la indicada para dárselo. Él me manipuló y me concibió como objeto sexual de un líder que se lo merecía todo, haciéndome creer que con mi sacrificio aportaba y protegía a la Revolución”.

¿Para qué seguir? Ahora, que los gobernantes de la capital del Uruguay hayan resuelto que este individuo puede ser incluido en la categoría de “ciudadano ilustre” de la ciudad es un insulto a todos sus mandantes: los montevideanos.

El intendente Ehrlich está a tiempo de enmendar este tremendo error. Excepto que el salvoconducto en que se ha convertido desde hace algunos años definirse como “de izquierda” en América Latina alcance, también, para pasar por alto la discriminación y el abuso contra las mujeres, la violencia doméstica y las violaciones de menores perpetradas por delincuentes sexuales. (Dicho sea de paso, luchar contra esas lacras, ¿no era antes considerado por la izquierda como “de izquierda”?).

Pero si el intendente Ehrlich, así y todo, aún quiere congraciarse con el presidente de Nicaragua, puede apelar a uno de los problemas endémicos de la ciudad y designar a uno de ellos con el nombre de “Daniel Ortega”. Me refiero, claro, a un basural.

(*) Publicado en Búsqueda el 8 de junio de 2008