Iglesia al día

" El Tiempo de la Creación es un tiempo para renovar nuestra relación con el Creador y con toda su maravillosa obra, la naturaleza, por medio de la celebración, la conversión y el compromiso. "
Tiempo de la Creación

La Iglesia en los medios Venezuela: es necesario tomar conciencia de la gravedad del problema, dice Mons. Moranta [menciona a Uruguay]

AGENCIA SIC |
http://www.agenciasic.es/2018/09/12/venezuela-es-necesario-tomar-conciencia-de-la-gravedad-del-problema-dice-mons-moranta/

En en­tre­vis­ta con Va­ti­can News, el pri­mer vi­ce­pre­si­den­te de la Con­fe­ren­cia Epis­co­pal Ve­ne­zo­la­na, Mons. Ma­rio Mo­ran­ta, ha­bla del en­cuen­tro man­te­ni­do con el papa Fran­cis­co, del fe­nó­meno mi­gra­to­rio, de la so­li­da­ri­dad de los paí­ses de aco­gi­da, las es­pe­ran­zas pues­tas en el ac­tuar de la co­mu­ni­dad in­ter­na­cio­nal, y los aus­pi­cios para sa­lir de esta cri­sis eco­nó­mi­ca, po­lí­ti­ca y so­cial

El Papa nos ha dado dos ex­hor­ta­cio­nes: una ver­bal y una exis­ten­cial. Esta úl­ti­ma no tie­ne pa­la­bras, sino sen­ci­lla­men­te es la ac­ti­tud de so­li­da­ri­dad, de ca­ri­ño y de afec­to con la que nos ha re­ci­bi­do. Nos ha in­di­ca­do dos co­sas im­por­tan­tes: una, se­guir nues­tro mi­nis­te­rio como lo he­mos ve­ni­do ha­cien­do. No vi­ni­mos a ha­blar sólo de los ca­tó­li­cos sino tam­bién de los no ca­tó­li­cos que tie­nen es­pe­ran­zas y su­fri­mien­tos en Ve­ne­zue­la. El Papa ha re­afir­ma­do algo que él nos dijo ya, que ad­mi­ra­ba nues­tra cer­ca­nía al pue­blo y que ha­bía que man­te­ner­la, en es­pe­cial ha­cia los más po­bres, y que el nues­tro fue­ra un len­gua­je en nom­bre del pue­blo”.

Así el Obis­po de San Cris­tó­bal y pri­mer vi­ce­pre­si­den­te de la Con­fe­ren­cia Epis­co­pal Ve­ne­zo­la­na, en el mar­co de su vi­si­ta ad li­mi­na apos­to­lo­rum, ha­bló del en­cuen­tro de los obis­pos con el Papa Fran­cis­co man­te­ni­do en el mar­tes 11 de se­tiem­bre. “El Papa ha re­co­no­ci­do que, aun con nues­tras de­fi­cien­cias, es­ta­mos ac­tuan­do en nom­bre, en co­mu­nión y en ser­vi­cio del pue­blo. Nos pi­dió tam­bién que en esa di­men­sión de cer­ca­nía no ol­vi­de­mos a los sa­cer­do­tes, que son nues­tros prin­ci­pa­les coope­ra­do­res”, dijo.

En en­tre­vis­ta con Va­ti­can News, el pre­la­do ha­bla del fe­nó­meno mi­gra­to­rio, de la so­li­da­ri­dad de los paí­ses de aco­gi­da, las es­pe­ran­zas pues­tas en el ac­tuar de la co­mu­ni­dad in­ter­na­cio­nal, y los aus­pi­cios para sa­lir de esta cri­sis eco­nó­mi­ca, po­lí­ti­ca y so­cial.

Mon­se­ñor Mo­ron­ta, en re­la­ción a la mi­gra­ción for­za­da, el nue­vo fe­nó­meno que se da es el de los po­bres que atra­vie­san los paí­ses la­ti­noa­me­ri­ca­nos ca­mi­nan­do, bus­can­do su des­tino. ¿Hay al­gún pro­yec­to con­cre­to de asis­ten­cia a ellos en el tra­yec­to?

An­tes de con­tes­tar qui­sie­ra in­sis­tir en algo que qui­zás se deja al mar­gen, y es que Ve­ne­zue­la siem­pre fue un país de aco­gi­da de mi­gran­tes. Ve­ne­zue­la ha pa­sa­do de ser un país de aper­tu­ra a los mi­gran­tes a un país con un gran flu­jo de mi­gra­ción de­bi­do, so­bre todo, a la si­tua­ción eco­nó­mi­ca. Hay cier­ta­men­te in­fluen­cias por lo po­lí­ti­co, pero es so­bre todo por el em­po­bre­ci­mien­to: es un país rico em­po­bre­ci­do, hay mu­cha gen­te que ya no tie­ne lo su­fi­cien­te y va bus­can­do en al­gu­nos ca­sos so­bre­vi­ven­cia y en otros, ca­li­dad de vida.

En mi dió­ce­sis en la fron­te­ra, dió­ce­sis de San Cris­tó­bal, (co­lin­da­mos con Cú­cu­ta, Tibú y Nue­va Pam­plo­na) dis­tin­gui­mos en­tre mi­gran­tes y pa­san­tes. Los pa­san­tes son quie­nes vi­vien­do en la re­gión u otras par­tes del país van a Cú­cu­ta o al­re­de­do­res a ad­qui­rir in­su­mos mé­di­cos o de otro tipo, pero que re­gre­san. Den­tro de esas 85 mil per­so­nas que pa­san cada día por los pues­tos fron­te­ri­zos, hay un pro­me­dio de unos 5 mil que no re­gre­san. Al­gu­nos se que­dan en Co­lom­bia, otros pa­san a otros paí­ses. Mu­chos de los que se que­dan en Co­lom­bia tie­nen fa­mi­lia o son hi­jos de co­lom­bia­nos, o son co­lom­bia­nos que es­tán re­gre­san­do. Pero he­mos en­con­tra­do una gran so­li­da­ri­dad en to­dos los obis­pos de Co­lom­bia, y en par­ti­cu­lar en el obis­po de Cú­cu­ta, Mons. Víc­tor Ma­nuel Ochoa.

A lo lar­go del ca­mino, tan­to él como otros obis­pos-  de Pam­plo­na, Bu­ca­ra­man­ga, Bo­go­tá, Cali- de lu­ga­res por don­de pasa el ma­yor flu­jo de mi­gran­tes ha­cia el sur de La­ti­noa­mé­ri­ca, no sólo los atien­den sino que los de­fien­den, por­que hay al­gu­nos gru­pos, la­men­ta­ble­men­te, que han crea­do una cier­ta ma­triz con­tra los ve­ne­zo­la­nos de­bi­do a la mala con­duc­ta de al­gu­nos de ellos. Es­ta­mos muy agra­de­ci­dos por la aco­gi­da en Ecua­dor, en Perú, en don­de hay una ofi­ci­na es­pe­cial de la Con­fe­ren­cia Epis­co­pal para ellos, y tam­bién con los obis­pos de Ar­gen­ti­na, de Bra­sil, de Chi­le.

Ellos nos ha­bla­ron del apor­te que es­tán dan­do mu­chos ve­ne­zo­la­nos como pro­fe­sio­na­les, y de cómo han apren­di­do no so­la­men­te a re­ci­bir sino a de­fen­der. Es­tán como de­vol­vien­do lo que no­so­tros hace al­gu­nos años les brin­da­mos, la aco­gi­da a tan­tos hom­bres y mu­je­res de Chi­le, de Ecua­dor, de Ar­gen­ti­na, de Uru­guay cuan­do era la épo­ca de las dic­ta­du­ras. Mue­ve la ca­ri­dad pas­to­ral. Eso se lo hi­ci­mos sa­ber al Papa y al car­de­nal Pa­ro­lin: la so­li­da­ri­dad que va más allá de las ex­pre­sio­nes de fi­lan­tro­pía o que na­cen de la fe cris­tia­na.

En el mar­co de esta cri­sis ¿qué es­pe­ran de la Co­mu­ni­dad in­ter­na­cio­nal?

De la Co­mu­ni­dad In­ter­na­cio­nal se es­pe­ran va­rias co­sas: una es que tome con­cien­cia de que es un pro­ble­ma gra­ve. No es el úni­co que tie­ne el mun­do, ve­mos la si­tua­ción de Si­ria y otros paí­ses don­de está el pro­ble­ma mi­gra­to­rio o de otro tipo. Creo que la co­mu­ni­dad in­ter­na­cio­nal debe ob­ser­var que en Ve­ne­zue­la las no­ti­cias pue­den ser ma­ni­pu­la­das. La reali­dad es que hay de­te­rio­ro de la ca­li­dad de vida, un em­po­bre­ci­mien­to de­bi­do a las ma­las po­lí­ti­cas de un go­bierno y a la fal­ta de una di­ri­gen­cia que no supo con­du­cir el país du­ran­te mu­chos años ha­cia un ver­da­de­ro desa­rro­llo. Sien­do uno de los paí­ses con más re­cur­sos, que es­tu­vo en vías de desa­rro­llo, in­clu­so al pun­to de po­der ser com­pa­ra­do con paí­ses del mun­do más desa­rro­lla­dos en lo eco­nó­mi­co y en lo so­cial, se vino a me­nos, sen­ci­lla­men­te por la co­rrup­ción y la mala vo­lun­tad de mu­chas per­so­nas y por­que no nos pre­pa­ra­mos en la épo­ca de las va­cas gor­das a las po­si­bi­li­da­des de las va­cas fla­cas, como se sue­le de­cir tam­bién en el len­gua­je bí­bli­co.

Yo le pe­di­ría a la co­mu­ni­dad in­ter­na­cio­nal que ayu­de a la gen­te, que se pon­ga del lado de la gen­te y no del lado de quie­nes la es­tán ex­plo­tan­do.

A ve­ces ve­mos el do­ble dis­cur­so y la hi­po­cre­sía de mu­chas na­cio­nes que ha­blan de blo­queo ha­cia el go­bierno ve­ne­zo­lano, pero que des­pués tie­nen sus in­tere­ses eco­nó­mi­cos den­tro, in­clu­so en la ex­plo­ta­ción del arco mi­ne­ro que está des­tru­yen­do gran par­te del há­bi­tat ama­zó­ni­co. Tam­bién en re­la­ción a la ven­ta de ar­mas: los paí­ses que ven­den ar­mas acu­san a la di­ri­gen­cia po­lí­ti­ca, pero si­guen ven­dien­do ar­mas, que lle­gan en pri­mer lu­gar al go­bierno, pero tam­bién a otros gru­pos, que es­pe­ra­mos no se ar­men.

Y lue­go la hi­po­cre­sía de quie­nes di­ri­gen mu­chos paí­ses, que por­que Ve­ne­zue­la ya no les pue­de dar un pe­tró­leo ba­ra­to o un re­ga­lo o lo que sea, vol­tean la es­pal­da no al go­bierno, sino al pue­blo de Ve­ne­zue­la. Creo que la co­mu­ni­dad in­ter­na­cio­nal de­be­ría fi­jar­se más en la gen­te que en los in­tere­ses par­ti­cu­la­res que cada una de es­tas na­cio­nes o ins­ti­tu­cio­nes tie­ne.

¿Qué es­tán pi­dien­do al go­bierno?

Siem­pre le he pe­di­do tres co­sas, y en esto coin­ci­di­mos to­dos los obis­pos y mu­cha gen­te. La pri­me­ra es que sea pue­blo. El go­bierno no está so­bre el pue­blo, el go­bierno no está para ma­ni­pu­lar al pue­blo sino para es­tar al ser­vi­cio del pue­blo. Cuan­do se rom­pe la vi­ven­cia de ser pue­blo – no sólo del go­bierno, sino de cual­quier ins­ti­tu­ción, e in­clu­so de la Igle­sia- es muy fá­cil se­pa­rar­se.

Cuan­do uno se sien­te pue­blo es­cu­cha las es­pe­ran­zas, los pro­yec­tos, la crea­ti­vi­dad, pero tam­bién los cla­mo­res de la gen­te. Tam­bién le pe­di­mos que tome con­cien­cia de que te­nien­do in­men­sas can­ti­da­des de re­cur­sos, no sólo en lo ma­te­rial, sino en lo es­pi­ri­tual y cul­tu­ral, nues­tro pue­blo se ha em­po­bre­ci­do. Y da la im­pre­sión de que esto for­ma par­te de un pro­yec­to po­lí­ti­co.

Y la ter­ce­ra cosa es que en­tien­da que se pue­den ma­ne­jar ideas in­clu­so has­ta re­vo­lu­cio­na­rias-si se pue­de de­cir así-, pero sin im­po­ner un ré­gi­men to­ta­li­ta­rio.

Le pe­di­ría al go­bierno, a quie­nes de­ten­tan el po­der, que se con­vier­tan, cam­bien de ac­ti­tud, es­cu­chen a la gen­te, pón­gan­se al lado de la gen­te y mi­ren ha­cia ade­lan­te.

¿Cuál es el aus­pi­cio para sa­lir de esta cri­sis eco­nó­mi­co, po­lí­ti­ca y so­cial?

La pre­gun­ta que us­ted me hace nos pone con­tra una reali­dad, y es que la­men­ta­ble­men­te no se ve sa­li­da. Las sa­li­das que se han pro­pues­to son de vio­len­cia y no­so­tros en la Igle­sia, y yo par­ti­cu­lar­men­te so­bre todo por el lu­gar en el que ten­go que tra­ba­jar, en don­de ha siem­pre ha­bi­do pre­sen­cia de gru­pos irre­gu­la­res- sean pa­ra­mi­li­ta­res, sea gue­rri­lla o de otro tipo – apos­ta­mos por la paz. La paz im­pli­ca el diá­lo­go y el diá­lo­go exi­ge el en­cuen­tro y que di­se­ñe­mos po­lí­ti­cas que co­rri­jan co­sas y que abran al fu­tu­ro. No es­toy de acuer­do con nin­gu­na sa­li­da en el or­den de la vio­len­cia, pero el Es­ta­do está ha­cien­do vio­len­cia. Tam­po­co es­toy de acuer­do en que se in­vo­que, como ha­cen al­gu­nos, la in­ter­ven­ción ex­tran­je­ra, por­que eso no con­du­ce nada: ve­mos lo que ha su­ce­di­do en los paí­ses ára­bes. Por­que en la hora de la ver­dad el que lle­gó, vio, ven­ció, se fue, y dejó el pro­ble­ma a to­dos.

Sí creo en el apo­yo de la co­mu­ni­dad in­ter­na­cio­nal -y en este sen­ti­do, la San­ta Sede nos ha apo­ya­do y se ha he­cho eco de mu­chas co­sas-, creo en el diá­lo­go. Se ne­ce­si­ta bue­na vo­lun­tad del par­te del go­bierno – te­ne­mos te­mo­res de una po­si­ble ex­plo­sión so­cial, aun­que se con­tro­la por las re­ga­lías que el go­bierno les da a los po­bres-. Cree­mos que Dios nos va a dar la in­te­li­gen­cia para que po­da­mos en­gor­dar nue­va­men­te las fla­cas va­cas que te­ne­mos en este mo­men­to.

(Gri­sel­da Mu­tual – Ciu­dad del Va­ti­cano, va­ti­can­news.va)