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La Iglesia en los medios Uruguay está “atrasado” en cobertura de educación pues “los sistemas estatales son inequitativos”, opina un investigador de Unesco [Tema de interés]

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JOSÉ BRUNNER PROPONE QUE EL PAÍS SE ABRA A LA “EXPERIMENTACIÓN” Y CONSIDERE UNA GESTIÓN PRIVADA CON FONDOS PÚBLICOS

entrevista de Juan Pittaluga

El lunes 6 y el martes 7 Unicef y el Instituto de Educación de la Universidad ORT Uruguay organizaron en Montevideo un seminario de carácter interno en el que se discutió una investigación realizada por ese centro de estudios que analiza la aplicación de iniciativas innovadoras a los sistemas tradicionales de enseñanza que existen en buena parte de la región.
Denominado “Hacia la mejora del aprendizaje de niños y jóvenes en América Latina y el Caribe: ruptura e innovaciones”, el seminario tuvo como principal invitado a José Joaquín Brunner, reconocido académico chileno de 69 años.
Militante del progresista Partido por la Democracia y ex ministro de la Secretaría General de Gobierno de Chile (1994-1998), Brunner es director de la cátedra Unesco en Políticas Comparadas de Educación Superior y consultor en temas de educación para el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo, la OCDE y Unicef.
Entrevistado por Búsqueda, señaló que el seminario sirvió para debatir sobre una nueva organización educacional “a la luz de que América Latina enfrenta problemas muy severos de rendimiento en sus sistemas”. Para el investigador el hecho de que en algunos países casi el 75% de los estudiantes de 15 años no adquieran destrezas mínimas “significa que los sistemas nacionales están haciendo mal su tarea”, por lo que propone como posible solución diversificar las ofertas alejándolas del control estatal.

—Usted afirma que América Latina tiene problemas de educación muy severos. ¿Cómo ubica a Uruguay en esa realidad?

—Hoy, aunque parezca increíble por la tradición de la educación en el Cono Sur, Uruguay es de los países más atrasados en cobertura de educación secundaria: aquí la mitad de los jóvenes no termina la educación secundaria. Eso si yo lo hubiese dicho en 1960 me habrían dicho que estaba completamente loco. Y lo que demuestra es que hoy uno de los retos mayores es estar abierto a todo tipo de experimentación, y yo en Uruguay experimentaría sobre todo a nivel de secundaria con todo tipo de fórmulas distintas.

—¿Como cuáles?

—Por ejemplo, un sistema de gestión más privada o más comunitaria o más entregada a los propios colegios y a los padres y apoderados, con fondos públicos. Sacar algún tipo de colegio del molde tremendamente homogéneo que el Estado pretende siempre burocráticamente darle, para que se pueda especializar. En esta sociedad más intensiva y llena de información tenemos que tener ofertas muy diversas y flexibles: una más científica, otra más artística, otra más tecnológica, otra más de lenguaje… El modelo de organización puramente burocrática de la producción de la educación, bajo fuerte control administrativo, las virtudes que iba a alcanzar, como la universalidad y la igualdad, no eran ciertas. La idea de que el monopolio estatal de la educación garantiza ese conjunto de virtudes es perfectamente discutible en Uruguay.

—¿Uruguay no podrá nunca alcanzar esas virtudes con su sistema actual?

—Si uno toma las pruebas PISA y toma a Uruguay como paradigma del modelo ideal de administración estatal y lo compara con sistemas más flexibles con mayor participación de los privados, donde el Estado financia y entrega a los privados parte de la gestión de la educación, desde el parámetro de la cobertura y el rendimiento la verdad es que no hay ningún antecedente que permita decir claramente que Uruguay es el paradigma de lo más interesante que está ocurriendo en América Latina. Toda la información seria marca que los sistemas Estado-céntricos son inequitativos.

—¿Existen modelos de otros países que puedan imitarse?

—Lo último que vamos a poder aprender es de los países culturalmente más separados de nosotros, como los del sudeste asiático. Lo primerísimo que tenemos que hacer es compararnos con nosotros mismos en nuestro desarrollo en el tiempo para ver si efectivamente estamos mejorando. Lo segundo es compararnos en la región. Y luego tenemos que mirar cada cual a un referente externo. Si fuera Uruguay miraría a Finlandia, que tiene un número parecido de estudiantes, donde la educación es pública y con tradición laica. Pero hay que mirarlo nada más para ver qué se puede aprender y adoptar, porque no hay nada que se pueda importar.

—¿Es Chile un modelo regional del cual aprender?

—El chileno tal vez no, porque está lleno de problemas. Ahora, es verdad que está lleno de problemas de inequidad, pero no hay un solo indicador objetivo de los que manejan la Unesco y las encuestas de hogares que permita decir que el chileno es más inequitativo que el uruguayo.

—El gobierno uruguayo actualmente analiza sistemas que no aplican la repetición. ¿Es una buena alternativa?

—A nivel de educación primaria la mayor parte de los países de la OCDE no tienen repetición porque la repetición no es producto de una falla del alumno, es un problema de la falla de la escuela y tiene que ver con el desempeño insuficiente o mediocre de los profesores. No mejora nada si yo obligo a un joven que no alcanzó el estándar mínimo en un año a que haga exactamente lo mismo al año siguiente. Muchas veces la repetición va a profundizar los déficit del estudiante y a afectarlo en su motivación personal.
El peso de la prueba está en los países que quieren mantener la repetición; son ellos quienes tienen que demostrar con una buena base de evidencia que la repetición es un medio para recuperar a los que se van quedando rezagados.

—Aquí la falta de progreso en la educación muchas veces se achaca a los sindicatos por su oposición a los cambios. ¿Cree que es justo?

—En todas partes del mundo hay sindicatos de profesores, también en Finlandia y Singapur. Secretamente lo que hay detrás de esto es la idea de que si uno pudiera disponer de los profesores desprovistos de todo poder, entonces la calidad de la educación mejoraría abruptamente. El desmentido más brutal a eso es que los países que tienen los mejores docentes tienen sindicatos muy potentes. Lo que pasa es que allí los sindicatos no son una mera corporación de intereses a los que les preocupa nada más que reivindicar privilegios para los docentes, sino que son cuerpos modernos que entienden que los profesores tienen responsabilidades enormes y que por lo tanto están dispuestos a discutir cómo se mejora su desempeño y aceptan la evaluación.
Si un sindicato se opone a la evaluación del desempeño quiere decir que es un sindicato anticuado, que opera con criterios del siglo XIX y que la sociedad civil debería llamar al orden para que también se haga cargo de los problemas. Todos somos evaluados, ¿por qué los profesores no pueden serlo?

—¿Es posible mejorar sin profesionalizar la formación docente?

—Ya no hay en ninguna parte quien no esté totalmente convencido de que tiene que formar a sus profesores a nivel universitario. Pero creo que es bueno que, más que en una sola universidad pública como en Uruguay con la Universidad de la Educación, sean todas las universidades quienes tengan la posibilidad de participar en la formación de profesores, con modelos distintos pero todas con carreras acreditadas de forma exigente.
Luego puede haber un examen nacional de habilitación para el ejercicio de la profesión y entonces un alumno que viene de la Universidad de la República, o de la Universidad de la Educación o de la ORT tendrá que dar un examen y medir si tiene las capacidades y competencias para transformarse en un buen profesor. Tiene que ser una carrera universitaria del mismo nivel que formar un médico, un abogado o un gerente de una gran empresa.

—Organismos internacionales recomiendan otorgar el 6% del PBI a la educación para poder mejorar su calidad. ¿Es realmente necesario?

—Si un profesor está ganando en promedio menos que un abogado, un ingeniero o un médico significa que lo que estamos gastando, sea lo que sea del PBI, es insuficiente.
El porcentaje del producto lo único que dice es el nivel del esfuerzo que un país está haciendo en términos de tomar una parte de la torta y dedicar a educación esa parte. Lo que importa es cuánto de ese esfuerzo que el país está haciendo significa en términos del gasto por alumno promedio a nivel preescolar, primario, secundario y superior, y lo único que sabemos en América Latina es que todos nuestros países tienen un problema de subgasto público en educación superior. Y eso se da en países que gastan el 4,5% y el 6% del PBI.

—Y específicamente en Uruguay, ¿cree que se gasta adecuadamente?

—Aquí se gasta una parte importante en subsidiar la educación superior de los hijos de la clase pudiente. Esa es plata que se deja de gastar en la educación preescolar y la educación primaria de los más pobres. Eso que es un criterio de cómo yo gasto mi dinero, ¿es el gasto más efectivo desde el punto de vista de la equidad? Yo sé que es un tema cuasi tabú en Uruguay. A los hijos de los más ricos, que pagaron doce años en un colegio particular, luego de esos años al país le parece legítimo que se integren al conjunto de los que pagan contribuciones.

—Si se siguen ciertas políticas de Estado en materia de educación, ¿existe un plazo en el tiempo para ver evoluciones concretas?

—Yo creo que perfectamente puede ponerse un plazo. Chile puede plantearse acercarse a los niveles de España y Portugal, que es justo por debajo del promedio de la OCDE y que es por tanto estar un paso por debajo del promedio de los países más ricos del mundo. Llegar a ese nivel sería una obra épica. Yo no tengo ninguna duda de que Uruguay podría hacer exactamente lo mismo. Con políticas consistentes, serias y rigurosas, con evaluaciones exigentes, se podría perfectamente en un promedio razonable de 20 años mejorar mucho el efecto de las políticas sobre los aprendizajes.