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La Iglesia en los medios Uruguay es una “isla” en la región en garantizar los derechos humanos, pero en algunas áreas se siguen “violentando” 

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Entrevista de Guillermo Draper

Cuando llegó a su oficina por primera vez, en setiembre, Nelson Villarreal vio una señal de que tendrá mucho trabajo por delante: no había ni siquiera un cartel que informara que ahí funciona la Secretaría de Derechos Humanos de la Presidencia de la República. Detrás de la puerta encontró tres funcionarios y una institución creada en 2012 que no tenía “visibilidad” y su trabajo no estaba claro.

Con eso en mente, dijo Villarreal en una entrevista con Búsqueda, una de sus principales tareas será asumir “la rectoría” de las políticas de derechos humanos, dándoles una mirada “integral” cuando ahora están “fragmentadas”. Opinó que Uruguay es “una isla” en la región en tema de defensa de los derechos humanos, pero eso no implica negar que hay áreas como las cárceles donde se están “violentando”.

Desde su nuevo papel, el licenciado en Filosofía y docente universitario intentará combatir varios discursos instalados en la sociedad uruguaya porque los considera equivocados. Entre ellos, el que dice que hay una “pérdida de valores” y el de aquellos que solo reclaman derechos y no tienen en cuenta las obligaciones.

Pero además, buscará que se deje de lado la idea de que las transferencias económicas que da el Ministerio de Desarrollo Social son “parasitismo social”. Al respecto, propuso “cambiar” el eje de discusión. “¿No es parasitismo social el que se ha producido en el fenómeno que llamo “los hijos del crecimiento”, que saben que tienen todo resuelto y no se enfrentan a la competencia? Es todo un tema, las nuevas generaciones que hoy están estudiando se quedan a vivir con los padres casi hasta los 30 años porque evitan enfrentar resolver temas”, aseguró.

—¿Cuáles son los objetivos de su gestión?

—La secretaría tiene que tener un rol de diseño de políticas, de seguimiento y monitoreo, pero no de ejecución, y el 70% estaba atado a la ejecución de un programa concreto de asentamiento de un grupo de familias sirias. Parto de una acumulación pero le doy el dinamismo necesario de destrabar un conjunto de situaciones. Cuando me reuní con el presidente, quedó claro que tenía que fortalecer el rol de rectoría de los derechos humanos en la política pública y en relación a la sociedad. Mi visión estratégica apunta a la integralidad de los derechos humanos, para salirme de la fragmentación de agendas y reordenar la comunicación de las competencias que tiene cada ámbito del Estado que apela a los derechos humanos. Hay que construir una visión integral y un diseño de política pública más sistemática. Lo fundamental es la reivindicación de la dignidad humana de todas las personas de la sociedad y por otro lado, cómo la política pública atiende esto.

—¿Cómo logra esa integralidad?

—Entre otras cosas no podemos quedarnos atrapados en cómo se entiende habitualmente a los derechos humanos, que es garantías, derechos y normas. Los derechos humanos son también involucramiento, compromiso y, por tanto, no solo son derechos, sino deberes. Hay que ver cómo hacemos para que la gente no solo esté en actitud de demanda, que es lo que está sucediendo en la sociedad uruguaya: todos los otros son los responsables, no hay empoderamiento en la corresponsabilidad en la construcción de derechos humanos.

—¿Pero cómo alcanza el objetivo?

—Hay que ordenar la política en una visión de gestión por resultados. Ahí hay que asumir desde esta secretaría qué esfuerzos se hicieron y cayeron en saco roto, ya sea porque la política no fue efectiva, sea porque los actores no cumplieron. Pongamos el ejemplo de la marginalidad más extrema, la exclusión. Evidentemente se han hecho muchos esfuerzos, pero tenés un núcleo duro que es difícil sacar y que está en una situación de violentamiento de la dignidad humana. Puedo reconocer que se han hecho muchos esfuerzos, en vivienda, en salud, en educación, pero tengo núcleos duros, tengo vulnerabilidades en determinados niveles.

—Los organismos internacionales suelen elogiar la situación de los derechos humanos en Uruguay. ¿Comparte esa evaluación?

—Sí. Creo que somos una país donde los derechos humanos en forma estructural están siendo reconocidos, garantizados y efectivizados. Si nosotros nos medimos con la región, Uruguay es un paraíso. Sin embargo, creo que no podemos compararnos solo con los otros, sino también con nosotros mismos. Y al compararnos con nosotros mismos, podemos ver que pueden estar más vulnerados en determinados sectores: los sectores económicamente marginados, los que están en algunas situaciones de reclusión, los enfermos mentales, el acceso territorial. Decir que nosotros tenemos garantizados los derechos humanos no significa que en algunos casos no haya ciertos violentamientos de los derechos humanos que son evidentes. Si me encuentro que hay refugiados en Uruguay que trabajan en régimen semiesclavo, o que hay niños que nacen entre la basura, se murieron más de 30 presos en lo que va del año, o que siguen asesinando mujeres. Hay que ver el tema de la seguridad e inseguridad en términos globales: hay violencia intrafamiliar, violencia ciudadana, violencia en el tránsito.

—¿Sus prioridades apuntan a revertir esas situaciones que enumera?

—No voy a jerarquizar salvo las cuestiones que tiene el gobierno como eje, que es el sistema de cuidados, las cárceles, la agenda de diversidad; todas las agendas que estén llevadas adelante por los ministerios yo las voy a tomar. Para el año que viene me propongo desarrollar un curso de formación para todos los funcionarios del Estado de áreas de ministerios en una visión estratégica de derechos humanos. Que se salga de esto de que tienen un curso sobre diversidad y otro sobre equidad de género. Es decir, que los funcionarios públicos se formen en la visión integral de derechos humanos, que es la reivindicación de la dignidad de la persona humana y de los pueblos. Donde el tema pasa no solo por cuestiones específicas como pueden ser las de género, pasa por cómo se aborda la institucionalidad. Yo quiero convencer al funcionario público de que es derecho humano que el ciudadano sea bien atendido.

Lo otro es la cuestión de la educación en derechos humanos. Me reuní con el ministerio y lo voy a hacer con el Codicen para ver qué podemos hacer. ¿Cómo trabajamos los conflictos en los liceos? ¿El tema de la violencia cómo lo encaramos? Porque si no, es exponencial: la responsabilidad la tiene ANEP, no la tienen los docentes, la tienen los padres; todos se tiran la responsabilidad. ¿Cómo construimos mecanismos de corresponsabilización? Todo esto yo lo enmarco en lo que llamo el cambio cultural: cómo podemos producir un cambio cultural de las instituciones, de la ciudadanía, para que se apropie de los derechos humanos no como algo que le viene de afuera, sino como algo en lo cual nos involucramos todos.

—¿Puede dar algún ejemplo?

—Parecería ser que hubo un cambio cultural muy claro a partir de la política antitabaco que impulsó el presidente de la República. Una prueba es que cuando estás en un cumpleaños familiar, la gente igual fuma afuera, y es un espacio privado. Por tanto, una política que va en defensa de la salud y la dignidad de las personas es apropiada por la ciudadanía y por la normativa. El cambio cultural es que haya normativa, institucionalidad y compromiso ciudadano.

Hay que tener claro, además, que no hay linealidad en los procesos. Hoy estamos viendo que muchos adolescentes tienen un vínculo de género que reproduce los machismos más grandes. Entonces el cambio cultural supone incorporar al ADN de la sociedad uruguaya cosas que parecen discutirse en otros niveles. Pongamos otro ejemplo: muchos sectores medios han perdido la perspectiva de que el acceder a determinados bienes por iniciativa no basta, porque hay otro conjunto de condiciones que me permiten acceder. Sin embargo las clases medias dicen: “Aquellos a los que se les transfiere una compensación porque son pobres, es porque no quieren tener iniciativa”. Entonces, el cambio cultural es cómo construimos valores o actitudes de integración social. ¿Cómo construimos un mecanismo de integración social en el siglo XXI? La escuela pública era la que integraba, capaz que en el siglo XXI hay otros mecanismos. Yo no estoy de acuerdo con que hayamos perdido valores, porque fueron de otra sociedad.

—¿El gobierno debió dar una pelea mayor para defender la justicia de las transferencias económicas a los pobres?

—El ejemplo no me gusta por una razón: las clases medias no quieren pagar impuestos pero quieren una sociedad con servicios. Preferiría verlo, para no fragmentar, en que la sociedad uruguaya se transformó en demandante y en acusadora de que el otro no toma la iniciativa o no se hace cargo. La pregunta es esta: ¿hay solo construcción de parasitismo social?¿hoy hay funciones sociales distintas que no pasan todas por el empleo? Concretamente, somos un país de viejos, las familias que tienen niños no solo son un problema de las familias, la sociedad se tiene que hacer cargo del cuidado de esos niños para tener una sociedad futura. Entonces, que yo le transfiera a la familia recursos para poder sostenerse no sería el problema si esos niños van a la escuela y se atiende. La mayoría que recibe transferencias cumple con los compromisos. Capaz que sí, que se está en el momento de repensar instrumentos que fortalezcan el empoderamiento de forma distinta de actores que parece que no se logró empoderar; hay que crear rutas de salida distintas, pero como una focalización en sectores con cierta dificultad.

—¿Cómo lograr que no sea visto como “parasitismo”?

—La atribución del derecho de ser parte de una sociedad puede llevar a la renta básica. Soy de los que cree que la renta básica sería algo importante, porque lo que se produce en la sociedad debería tener mecanismos de distribución que no pasan solo por la iniciativa. Pero sí que hay diferencias, a mayor iniciativa y mayor capacidad, mayor acceso. El tema es si hay un promedio que la sociedad va a acordar independientemente de la iniciativa y este es un debate que hay que dar. Si yo decido que voy a mantener a una cantidad de familias que tienen hijos porque la clase media no se reproduce, y entonces los voy a mantener para que estos hijos sean los que renueven a la sociedad. La sociedad tiene que tener claro esto. Lo otro es si viviendo en la misma sociedad hay un promedio que no depende solo de la iniciativa, sino solo de ser parte de ella. Seamos honestos, salud y educación se cubren de una forma que no depende solo de que la gente pueda pagarlas. Cuando uno dice el tema del parasitismo social, quizás habría que empezar a trabajar en cómo se fortalece la capacidad de la gente para desarrollar su innovación. La idea de involucramiento tiene que ser proporcional también. Si alguien está altamente excluido, ¿qué grado de involucramiento le estoy pidiendo? Bueno, está claro que si tienen hijos tienen que ir a la escuela y atenderlos en la salud, es lo básico. Pero cambio el esquema. ¿No es parasitismo social el que se ha producido en el fenómeno que llamo “los hijos del crecimiento”, que saben que tienen todo resuelto y no se enfrentan a la competencia? Es todo un tema, las nuevas generaciones que hoy están estudiando se quedan a vivir con los padres casi hasta los 30 años porque evitan enfrentar resolver temas… Prefiero verlo en la estructura de la sociedad, la sociedad uruguaya debe enfrentarse en cómo toma iniciativa en forma generalizada, cómo innova, cómo crea. Hay una generación que tiene esta condición innovadora, pero todavía cuesta que esto sea parte de.

—¿Por qué discrepa con la idea planteada por varios líderes de opinión de que hay una pérdida de valores?

—La idea de que se han perdido valores en forma tan genérica ataría a un pasado supuestamente mejor, cosa que yo considero que no es una visión pertinente para que las nuevas generaciones asuman la responsabilidad de responder a su momento. El dilema es ético más que moral, en el sentido de valores. Los valores, en todo caso, son una construcción y no solamente una reproducción. Y como no son solo una reproducción, el problema no es solo que se diga: “sí, probablemente se perdió una forma de construir el conflicto de las hinchadas en que se podían decir de todo pero no se mataban”. Ahora, la respuesta no es cómo yo traigo aquello de 30 o 100 años atrás, sino cómo las nuevas generaciones resuelven procesar conflictos, instalar nuevas formas de negociación, porque eso es lo que va a dar libertad a las personas.