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La Iglesia en los medios Una visita a la Capilla Sixtina

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Entre el cielo y el infierno
Carlos A. Muñoz

“Silencio, por favor. No fotos. No videos”. La frase es dicha en italiano por una voz amplificada cada cinco minutos. Hay un micrófono en el lugar del altar. Los guardias de seguridad se turnan para mantener el orden. La sala de 40 metros de largo y unos 13 de ancho está repleta. Parece más grande por la altura del techo, la bóveda que resplandece a otros 20 metros del piso. La gente tiende a amontonarse hacia el centro y a duras penas puede circular. Hay bancos disimulados a lo largo de toda la pared pero siempre ocupados. La gente los asalta. Allí se llega cansado, luego de una larguísima recorrida por el resto de los museos. Se entra por una puerta que parece estrecha para tanta ansiedad. El largo tránsito por salas y pasillos desemboca finalmente en este lugar, el más buscado, el objetivo final del visitante a los concurridísimos Museos Vaticanos que albergan colecciones imponentes de arte de todas las épocas. Es la Capilla Sixtina, lugar de culto cristiano construido en el siglo XV por el papa Sixto IV.

La construcción es sencilla pero imponente. En claro y limpio estilo renacentista, las altas ventanas iluminan apenas el gran espacio vacío. El ingreso es un momento impactante. Solo el gentío interrumpe la idea de un lugar sagrado, un espacio donde la fuerza del espíritu es agobiada por tanta historia. Una historia humana comprimida en el misterio de la vida, en la infinita y eterna relación de la humanidad con lo inexplicable, la trascendencia, la búsqueda de sentido. Allí se eligen los Papas. Allí se realizan algunas instancias religiosas, allí se reza y se desnudan las almas de gente que tiene en sus manos el destino espiritual de millones de fieles. Pero eso no bastaría para sentir el impacto, el golpe en algún lugar de la sensibilidad, de los sentidos, del cuerpo.

Uno entra y siente que el cielo se le viene encima. No importa si es católico o agnóstico o el más militante de los ateos. Es el cielo del arte, la impresionante creación de Miguel Ángel Buonarroti (1475-1564), artista feo, oloroso, testarudo y de inagotable energía productiva. Está bien que los guardias pidan silencio. Es que el rumor sube de a poco, casi como el anuncio de un tsunami. Dicen que el agua se retira antes de la gran ola. Se necesita silencio para contemplar tal prodigio. Los guardias vuelven al ataque. “Silencio, por favor. No fotos, no videos”. La ola se detiene. Se produce un momento de encantamiento, de seducción colectiva. En el silencio aparecen los cuerpos musculosos, desnudos o casi, poderosos, terriblemente bellos. En el techo, la belleza de la creación. Justo en el centro, Dios y el Hombre, el primero, Adán. Casi se tocan. Hay un pequeño, mínimo espacio entre los dedos de ambos. Dios llega sostenido por ángeles, arrasador, tremendamente poderoso, con el viento en la túnica y el pelo. El viento lo hace liviano a pesar de su peso y tamaño. El rostro cargado de infinitas sensaciones, en un punto imposible de definir, entre la representación humana y lo indescifrable. Es un ser que son todos los seres, una idea de ser hecho carne, platónico, como muchas de las figuras de esa bóveda majestuosa que no deja ni un espacio en blanco o vacío. En cierto punto, lo religioso queda fuera. Ese techo es un lugar único, cuya altura artística lo eleva muchísimo más que esos metros que lo separan de la percepción. Son cientos de personajes que se despliegan sobre los cientos de visitantes. Hay una masa humana y otra virtual o en el borde de la representación. Entre ambas, las sensaciones más variadas. La gente queda colgada, suspendida, las cabezas hacia el techo como estuvo el artista durante el tiempo de su trabajo. Los guardias detienen el ingreso, ya no cabe un alfiler.

Es increíble que lo haya pintado un ser humano. Y en las condiciones en que lo hizo. Miguel Ángel estaba en Florencia. Se fue de Roma enojado, en uno de sus tantos arrebatos, resentido con el papa Julio II, un personaje también muy especial. Dos titanes enfrentados, pero uno, el poderosísimo Papa, con el don para elegir muy bien sus proyectos y con quién ejecutarlos. Peleó diplomáticamente para que el genio volviera a Roma. Hubo idas y venidas, al fin de cuentas era una estrella, ya reconocida por el público. El artista aceptó y recibió el encargo imposible, pintar el techo de la Capilla. Una empresa que lo ubicaría definitivamente entre los más grandes. Ya lucían al pie de la bóveda los magníficos frescos sobre la vida de Moisés y de Cristo de Sandro Botticelli, Pietro Perugino, Pinturicchio, Doménico Ghirlandaio, Cósimo Rosselli y Luca Signorelli. Pero el techo era horrible, azul con estrellitas doradas. La empresa era casi imposible, incluso para su tremenda fuerza de voluntad, disciplina y rigor. Pensó que era una jugada de sus enemigos que nunca faltaban y menos en su cabeza. Quiso eludirla, dijo que no era pintor, que lo suyo era la escultura. Aceptó pintar a los apóstoles y comenzó con sus bocetos.

Algo pasó en ese momento, tal vez en el silencio de ese lugar tan especial, en el alma de un artista complejo, torturado. Es posible que el desafío lo motivara y sintiera la necesidad de enfrentar lo imposible. O que viera algo, la creación dormida, como la veía en el interior de sus bloques de mármol, antes de liberarlas. El proyecto resultó una obra monumental y apasionada. Trabajó cuatro años solo, construyó andamios, se enfermó, se le infectó un ojo, se peleó con muchísima gente. No le mostró a nadie su trabajo, aunque dicen que el Papa llegó a subir y que Miguel Ángel, enojadísimo, le tiró con una tabla. Si fue verdad, lo merecía. Luego vendrá la maravilla y la seducción. La admiración ante ese prodigio, interminable aluvión de imágenes, de cuerpos, de figuras gigantescas que llenan cada espacio del techo alrededor de Dios. Son profetas del Antiguo Testamento y figuras mitológicas que anuncian la venida de Cristo. Hay una mezcla extravagante de hombres y mujeres, de ángeles, de personajes mitológicos como las sibilas o bíblicos como Noé, de momentos de la Creación, de historias y leyendas. En infinidad de posturas, de gestos, de miradas, no hay ninguno igual a otro, no hay un detalle que se repita.

Es una fiesta, pero una fiesta del cuerpo. No hay paisajes, no hay contexto o casi nada que distraiga la atención de esos cuerpos. Solo cuerpos tensos, trabajados, detallados, casi desnudos o con togas resplandecientes, coloridas, en naranjas y verdes y amarillos fuertes gracias a la discutida y formidable restauración realizada entre 1980 y 1994. Un mundo de cuerpos y ahora, colores. Una restauración que investigó arduamente sobre las técnicas empleadas por el autor y aplicó pacientemente el más adecuado procedimiento de disolvente para cada imagen. De alguna forma se redescubrió al pintor Miguel Ángel, oculto por la mugre y el deterioro de siglos de aire viciado, de manos inescrupulosas que intentaron todo tipo de arreglos. La obra quedó luminosa, brillante y respetuosa, tal como la concretó el genio.

La bóveda deja sin aliento. Pero el Juicio Final, pintado muchos años después (1537-1541), a los 60 años, ahoga y deja una marca en el alma. Entre el cielo y el infierno, Cristo en medio de un remolino de figuras. Un Cristo sin rasgos teológicos definidos, despojado, atlético y fulminante. Un Cristo juez y verdugo, un hombre cuyo cuerpo se tensa en medio de otra inmensa multitud de figuras desnudas. Justos que ascienden a la gloria y condenados al abismo. Otra vez los cuerpos cautivantes, perfectos, pero más cerca de la gente, en una enorme pared apenas inclinada, volcada hacia el espacio.

Es perceptible la mirada de los condenados, penetrante, se viene encima. Hay una imagen muy conocida de una mano que tapa la mitad de la cara y deja solo un ojo frente al espectador. Un gesto terrible que transmite la angustia y el dolor ante la condena. Si la composición global de la bóveda genera una impresión de perfecto equilibrio, de impacto formidable, en el Juicio aparece el detalle como el gran instrumento de la genialidad del artista. Un santo reconocible sostiene su propio pellejo cuyo rostro parece delinear algunos rastros de Miguel Ángel. Feo, de nariz achatada a piñazos, mirada desencajada. La tensión en el diseño de los cuerpos se mantiene. Es la tensión que se despliega por todos lados y permite reconocer la angustia. Es un ser humano de tremenda fuerza expresiva, contradictorio, síntesis de lo real y lo sublime. Es también el movimiento y la presencia viva de la carne. Desnuda, como un pretexto, como una fuente de pureza sin intermedios. El desnudo que expone la naturaleza humana en su momento más crítico. Fue demasiado. Hubo que vestir tanta locura, la censura se hizo cargo rápidamente. Por suerte, la restauración volvió todo a su lugar. Hasta las orejas de asno que puso al subordinado papal que lo presionaba insistentemente para que terminara. Se ve claramente cuando uno se instala cerca. Cuando lo vio, el personaje le pidió a Paulo III que obligara al artista a borrarlo. “Tengo poder sobre el cielo y la Tierra, pero no en el infierno”, le contestó el Papa con innegable astucia.

Dicen que nadie quería pintar semejante lugar, visitado anualmente por seis millones de personas. Es evidente. Solo una personalidad como la de Miguel Ángel podía encarar tal esfuerzo. Pero solo un ser atormentado, solitario, profundo y conmovido por las interrogantes más elevadas podía llegar tan lejos.

Una visita a la Capilla Sixtina es una visita ineludible a la meca del arte. Por suerte, sin fotos, ni videos. Sin rastros. Como un ritual. En silencio.