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Mirando con Dios este tiempo

La Iglesia en los medios Una relación a la uruguaya

EL PAÍS | Suplemento Qué Pasa |

Uruguay es un caso extraño en el continente americano. La separación entre la Iglesia Católica y el Estado se realizó muy temprano, en la segunda mitad del siglo XIX, y los niveles de religiosidad son extraordinariamente bajos.

Miguel Arregui

En el nombre de Dios Todopoderoso”: esas eran las primeras palabras de la Constitución de 1830, con la que la República Oriental del Uruguay, el país de América del Sur más pequeño y que parecía más frágil, inició su andadura independiente.

El presidente de la República asumía con la frase ceremonial: “Yo juro por Dios Nuestro Señor y estos Santos Evangelios, que desempeñaré debidamente el cargo de Presidente que se me confía; que protegeré la religión del Estado…”

Por entonces la religión católica formaba parte de la vida social y era tan natural como que el sol salía por las mañanas.

Sin embargo la cultura criolla de entonces, de raíz ecuestre y anárquica, propia de las grandes llanuras ganaderas, “sin Dios, sin Rey, sin ley”, tenía más de religiosidad sencilla y personal que de fastos y prácticas colectivas estructuradas. Ya en 1813 el héroe nacional, José Artigas, un caudillo gaucho, instruyó a la elite política revolucionaria que los orientales debían defender “la libertad religiosa en toda su extensión imaginable”.

Según el cónsul británico Thomas Samuel Hood, el clero católico era “muy intolerante en todos los puntos relacionados con el protestantismo”. Pero la Iglesia Católica era débil y se concentraba más que nada en la capital. Montevideo reunía en 1830 sólo el 19% de la población del país, que era básicamente rural.

Dos siglos después sólo entre el 60 y 70% de los uruguayos, según encuestas, admite ser creyente en Dios, mayoritariamente el de los católicos. Un registro demasiado bajo en comparación con el resto del continente, donde la religiosidad ronda fácilmente el 90%.

Secularización temprana.

A partir de 1860, a instancias de gobiernos e intelectuales combativos, vinculados a la Masonería (reconocida oficialmente en 1856 y persona jurídica desde 1882) o librepensadores, se inició una rápida separación entre el Estado y la Iglesia Católica, proceso que marchó muy por delante de todo el continente americano.

En 1861 el presidente Bernardo P. Berro municipalizó los cementerios, medida resuelta por el gobierno anterior, en medio de una grave crisis con la Iglesia Católica, que terminó con el destierro de Jacinto Vera, vicario de Montevideo.

En 1876, bajo el liderazgo de José Pedro Varela y con el respaldo del dictador Lorenzo Latorre, se inició una radical reforma de la enseñanza primaria pública, que gradualmente se extendió a los niveles superiores, bajo tres principios: obligatoriedad, gratuidad y laicismo.

En 1877, en plena dictadura militar, se creó el Ateneo de Montevideo, que se convirtió en un territorio libre para los debates más reñidos entre liberales y conservadores, católicos y masones, racionalistas y románticos.

En la segunda mitad del siglo XIX, en particular durante el Militarismo (1875-1890), la Iglesia Católica perdió en Uruguay el control de los registros de nacimientos, matrimonios y defunciones y de los cementerios, además del cuasi monopolio de la enseñanza. La separación entre el Estado y el catolicismo se formalizó por completo en la Constitución de 1918, aunque ya era de hecho.

A principios del siglo XX, durante la era José Batlle y Ordóñez, que se extendió formal o informalmente desde 1903 hasta su muerte en 1929, las festividades religiosas fueron sustituidas por ritos republicanos oficiales y la mayor parte de los pueblos perdió sus nombres basados en el santoral. Otros no fueron removidos por su significado histórico o la resistencia de los lugareños, como el santoral canario, Trinidad o San José de Mayo.

La cultura de la mayor parte de los intelectuales, técnicos y clases acomodadas se impregnó de un positivismo anticlerical que aún perdura.

El divorcio data de 1908 y la reciente convocatoria respaldada por la Iglesia Católica para derogar la ley que permite el aborto, vigente desde 2012, sólo recibió la adhesión del 8,9% de los ciudadanos.

La Constitución vigente, de 1967, expresa: “Todos los cultos religiosos son libres en el Uruguay. El Estado no sostiene religión alguna”.

De tanto en tanto las jerarquías católicas uruguayas han debido lidiar con escándalos vinculados a abusos y prácticas homosexuales; sin embargo han sido relativamente menores en una comparativa internacional.

Creyentes no llegan a 70%.

Una encuesta de 2003 reveló que el 63% de los consultados en Montevideo dijo ser creyente: 51% católicos, 5% evangelistas, 4% protestantes y 3% adhería a otras religiones. Sin embargo dos de cada tres de los creyentes dijo no practicar su religión: son pasivos. (De hecho, los concurrentes asiduos a misa son muy escasos: unas 30.000 personas en 2010, menos del 1% de la población del país, la mitad que 20 años antes). El 37%, una cifra muy elevada, dijo ser agnóstico o ateo o tener alguna forma de creencia religiosa vaga y sin confesión precisa. Las clases medias y altas eran las menos creyentes: 52%.

Por más de un siglo Uruguay, donde se venera la palabra laico, ha mostrado un muy bajo nivel de religiosidad, excepción notable en América, donde los creyentes rondan el 90%, incluido Estados Unidos.

Otra encuesta de 2008 estableció que el 51,9% se decía católico romano, 13% protestante, 3,7% otras cristianas, 0,2% judía, 0,8% afro y 29,4% no creyentes. Más de la mitad de los católicos dijo asistir jamás a servicios religiosos. (Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de la República, “Religión y Religiosidad en Uruguay”, de Zuleika Ferre, Mariana Gerstenblüth y Máximo Rossi).

Estas tendencias parecen acentuarse año a año, en tanto los cultos evangélicos pentecostales -más “irracionales”, menos estructurados, más permisivos- han ganado terreno, en particular entre las clases bajas.

Según clases sociales.

Una investigación divulgada en 2009 mostró una clara emergencia de religiones afrobrasileñas y cristianas no católicas, en particular entre los más pobres, menos educados y más jóvenes, en tanto los judíos practicantes, que suelen ser adultos mayores, muestran niveles socio-educativos elevados. Los católicos, en tanto, se distribuyen más o menos en proporción a los estratos sociales uruguayos, país que cuenta con una vasta clase media. Y el ateísmo es más común entre las personas más educadas y en Montevideo más que en el interior del país. (“Religión y pobreza en Uruguay: algunos hallazgos cuantitativos”, de la socióloga Victoria Sotelo).

En 2010 había en el país 470 sacerdotes, los ingresos a los seminarios para formación de sacerdotes bajaban año a año y muchas capillas menores no ofrecían servicios asiduos.

En 2011, sobre 640.000 estudiantes de enseñanza primaria y secundaria del sistema público y privado, sólo unos 65.000 concurrían a colegios católicos (10,16%).

Algunas festividades religiosas católicas como las misas de Noche Buena, las concurrencias a la Virgen de Lourdes o a la del Verdún (o una heterodoxa como la de San Cono) son numerosas y fervorosas. Otras más tradicionales, como las de Semana Santa, lucen despobladas.

Un cadáver ambulante

En 1861 el párroco de San José negó el entierro de Enrique Jacobson, un alemán muy apreciado, católico y masón. Su familia trasladó los restos a Montevideo, donde el vicario Jacinto Vera también se negó a enterrarlo. El presidente Bernardo P. Berro municipalizó los cementerios y ordenó el entierro. El lío continúo y en 1862 Berro desterró a Vera, aunque permitió su regreso en 1863.

69,8%

dijo ser creyente en religiones diversas en 2008 (51,9% de ellos católicos)

63%

de los encuestados en Montevideo en 2003 dijo ser creyente (51% católicos)