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La Iglesia en los medios Una primitiva versión del fin de un mundo y el comienzo de otro

EL PAÍS |

LLEGA “NOÉ” CON RUSSELL CROWE CONSTRUYENDO LA VIEJA ARCA

Ya se ha hablado bastante en estas páginas del “Noé” de Darren Aronofsky, que está enojando a fundamentalistas bíblicos y a un montón de musulmanes, pero la cercanía del film (se estrena el jueves próximo) impulsa a añadir material adicional.

Las objeciones del Cinturón Bíblico norteamericano y zonas aledañas son en cierto modo comprensibles aunque no se las comparta. Un mero repaso de lo que el director Aronofsky y su equipo han hecho con la historia bíblica permite constatar que se han tomado con ella unas cuantas libertades. Quienes creen en la literalidad de los once primeros capítulos del Génesis, y en su precisión histórica, pueden objetar con razón que la película no dice la verdad. Es difícil convencer a esa gente de algo que la mayoría de los cristianos (casi todos los católicos y buena parte de los protestantes) y naturalmente todos los no creyentes saben desde hace tiempo: que la narración bíblica es una revisión en clave monoteísta de tradiciones mesopotamicas más antiguas (en particular la historia de Utnapishtim, de La epopeya de Gilgames), y que se trata en definitiva de una de las tantas versiones de una tradición extendida con variantes entre varios pueblos: el mito griego de Deucalión, el indio de Manu y otros. El objetivo de los escritores sagrados fue comunicar conceptos religiosos y no una historia de la humanidad primitiva. Hay que ir hasta un sector de evangélicos norteamericanos, los pintorescos integrantes (católicos) del Instituto Maximiliano Kolbe y otros Creacionistas de Tierra Joven para encontrar gente que realmente admita la literalidad del relato genesíaco. El geólogo Guy Berthault, casi el único individuo con credenciales académicas que admite un catastrofismo diluvial y una creación apenas milenaria, está realmente muy solo en el mundo científico. Con esas excepciones, casi todo biblista informado suele ver en el relato del Diluvio y en el Arca un símbolo de la Iglesia, espacio de la salvación en el marco de un universo condenado, y no el “treatment” de un film de “cine catástrofe”.

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Fidelidad.

Seguramente esa polémica debe ser la que menos preocupa al director Aronofsky, pese a sus empeños (o los de la productora Paramount) de haber sido “esencialmente fiel al relato bíblico”, aunque reconozca que se tomó sus libertades artísticas.

Estas últimas eran inevitables en una película que necesitaba alargar hasta las dos horas y cuarto de duración un relato original que ocupa apenas tres capítulos del Génesis, y cuyo personaje principal nunca habla. Y no son por cierto infrecuentes en el cine bíblico hollywoodense: no hay ninguna constancia, histórica ni bíblica, de que Moisés haya tenido un romance con Nefertari, futura esposa de Ramsés II, pese a afirmación en contrario de Cecil B. DeMille en Los diez mandamientos. La discusión no pasa, entonces, por que una película invente ciertos episodios, sino qué episodios inventa.

DeMille y sus guionistas pudieron fabricar las tres cuartas partes de Los diez mandamientos, pero la sustancia de la historia bíblica estaba allí, aunque la acompañara una agenda antiautoritaria característica de los tiempos de la Guerra Fría. Aronofsky también está vendiendo una agenda, y lo que algunos le dicen es que esa agenda no solo no está en la Biblia sino que en algunos aspectos la contradice. Por supuesto, que Dios se enoje con la humanidad y decida arrasarla viene del Génesis. Que el pecado mortal de la humanidad que genera la ira divina (al menos eso afirman algunos que vieron el film) sea el estropicio del medio ambiente es un invento de Aronofsky. El Dios del Antiguo Testamento solía estar más preocupado por cosas como la idolatría, el pecado carnal (“los hijos de Dios se empeñaron en unirse a las hijas de los hombres”) o la violencia. El equilibrio ecológico no estaba entre sus prioridades.

Espectáculo.

La teología tampoco está, seguramente, entre las prioridades de Aronofsky, y de ahí que su retrato de Noé hasta despertado otras suspicacias. Su patriarca no es descripto al parecer como un obediente varón de Dios sino como un visionario que sueña con una catástrofe inminente, duda de su vocación, y hasta se pregunta si su trabajo es salvar a la raza humana o solo a los animales, y terminar para siempre con el Homo Sapiens. Algunos han dicho incluso que su relación con los animales lo convierte en miembro honorario de PETA antes de la creación de esa institución.

De todos modos, Aronofsky sabía que debía construir un gran espectáculo épico, y todo indica que se empeñó junto a su libretista Ari Handel en encontrar en el escueto relato genesíaco algunos elementos que le otorgaran esa posibilidad. En la película tienen al parecer un papel importante los misteriosos Nephilim, los “gigantes” citados en el capítulo sexto del Génesis, que en el film se llaman los Guardianes, parecen haber escapado de tomas sobrantes de El señor de los anillos, ayudan a Noé a construir el Arca, y hasta combaten a los villanos encabezados por el rey Tubalcaín (Ray Winstone) que se empeñan en tomar por asalto la embarcación noáquica para salvarse del inminente cataclismo.

Primeras reacciones de la crítica americana

Uno de los problemas con una película como Noé, al igual que con dos films sobre Cristo tan diferentes como los de Martin Scorsese y Mel Gibson, radica en que las tres cuartas partes de las polémicas sobre ellas termina teniendo que ver con temas religiosos, filosóficos, históricos o de otro tipo, que son por cierto importantes pero que omiten lo estético. Y ese es uno de los aspectos, por lo menos, en que habría que discutir un film de Aronofsky, un hombre que mostró talento e inquietudes en Pi y en Réquiem para un sueño, generó más dudas con La fuente de la vida, y pudo incurrir en el largo error de El cisne negro.

Las primeras reacciones críticas en los Estados Unidos, por lo menos, sugieren que se trata de un film conceptualmente discutible y con elementos creativos de interés. En Rolling Stone, Peter Travers habla de “un film visionario que ningún aficionado al cine debería perderse”. Aunque algo más matizada, la opinión de A. O. Stott en el New York Times también es positiva: “Noé es ocasionalmente torpe, ridícula e inconvincente, pero casi nunca es insípida, y tiene muy poco del carácter cauteloso y comercial típico del entretenimiento de acción y fantasía de los grandes estudios. Lo más riesgoso que tiene es su sinceridad: Aronofsky, aunque dista de ser religioso, se toma su historia y sus implicaciones con seriedad”.