Iglesia al día

" El Señor no quiere que pensemos continuamente en nuestras caídas, sino que lo miremos a Él, que en nuestras caídas ve a hijos a los que levantar y en nuestras miserias ve a hijos a los que amar con misericordia. "
Papa Francisco

La Iglesia en los medios Una persona incómoda y muy querida [Opinión]

EL OBSERVADOR |

Por Juan José García Especial para El Observador

Ayer recibí un mail en el que escuetamente me decían que un gran amigo había fallecido instantáneamente atropellado por un tren. Poco más se sabía, su cuerpo aún estaba en la morgue.

Aunque su juventud daría para escribir una novela porque cuando finalizó el liceo en su Cochabamba natal se fue a Estados Unidos sin ningún medio ni gente conocida, allí desempeñó los trabajos más variados hasta conseguir el dinero suficiente para pagar la matrícula de Economía en Georgetown; una vez graduado hizo el MBA en el IESE y después fue ordenado sacerdote. Pero pienso que hay un rasgo de su personalidad que merece quedar por escrito.

Lo conocí hace ya casi 40 años en Buenos Aires: era un sacerdote joven. Pero ese sacerdocio, que notoriamente amaba, jamás fue un reducto para una espiritualidad ajena a las necesidades de los demás. Era un hombre que se comprometía a fondo con cada persona, que tenía una instintiva repugnancia por las injusticias –que no toleraba–, que desenmascaraba el mínimo asomo de doblez, dispuesto a jugarse del todo por la verdad, y por esa razón se encaraba con quien hiciera falta para defender a quien estuviera sufriendo una injusticia. Eso lo convertía en una persona “incómoda”, y al mismo tiempo muy querida.

Su nobleza, su lealtad, generaba una reciprocidad, unos vínculos que solo desde el compromiso personal se pueden conseguir. Y por eso la gente, sus amigos y conocidos, lo querían tanto. No era simplemente una cuestión de simpatía (su sonrisa acogedora en unos rasgos faciales nítidamente indígenas), ni de su capacidad de quitar importancia a los vericuetos de la telenovela en la que tantas veces convertimos la vida lo que hacía tan atractivo su trato, sino la clara sensación de que se estaba ante alguien que jamás te iba a traicionar, alguien que no iba a contemplar en silencio un crimen, haciéndose así cómplice, que cuando fuera necesario te defendería.

No era un intransigente ofuscado por nimiedades. Por eso, cuando veía a alguien al borde de la obsesión por cuestiones minúsculas le aconsejaba: “Ríete de todo”. Pero al mismo tiempo reaccionaba con decisión cuando no se trataba de pequeñeces sino de hechos, por mínimos que fueran, que conculcaban la dignidad de cualquier persona.

Esa lealtad también la tenía con las instituciones, que cuidaba con una vigilancia llena de sabiduría (en alguna época fuimos colegas porque hizo su paso por la docencia: tenía una prodigiosa inteligencia y era un comunicador nato, muy requerido por programas de radio y de televisión). Este celo por la integridad de las instituciones (tenía profundos conocimientos de historia y era consciente de cómo pueden malearse por la incapacidad de autocrítica y el silencio complaciente de los mediocres) le llevaba no a cuestionar la autoridad, que respetaba religiosamente, sino a enfrentarse con quien ocupara los cargos de mayor responsabilidad cuando juzgaba que sus decisiones perjudicaban a la institución, y por tanto les quitaba la imprescindible autoridad que se requiere para dirigirlas. Y eso sin dar lugar a timoratas demoras a la hora de actuar por el riesgo de que la institución saliera públicamente perjudicada. Tenía muy claro que nada es más saludable que la verdad y que rectificar los errores es una exigencia para quienes quieren ser justos a pesar de sus equivocaciones, sobre todo si están constituidos en autoridad. Y que una persona éticamente coherente no puede conformarse solo con una moral privada porque es en el ámbito público donde se demuestra la integridad personal.

Enormemente comprensivo para las miserias humanas, no toleraba aquellas acciones en las que deliberadamente se perjudica a las personas con la excusa de “salvar a la institución”. Consideraba que esos salvatajes no dejaban de ser en el fondo otra cosa que vanidades heridas, reivindicaciones egoístas, mesianismos trasnochados que siempre terminan en comportamientos discriminadores.

Todos estos rasgos seguramente fueron afianzados por su sacerdocio. Pero estoy seguro de que aunque no hubiera recibido la ordenación sacerdotal igualmente podríamos haber contado con su hombría de bien, con el hombre recto que puede convertirse en un referente para las conciencias libres, no comprometidas con intereses de partido, de banderías en las que mediante componendas se llega a la penosa situación en la que todo se vuelve complicado y confuso. Situaciones donde la gente tiene miedo a hablar porque el que denuncia que el rey está desnudo, según consta en el viejo apólogo, puede ser declarado un enemigo.

Después de todo esto pienso que corresponde decir su nombre: Danilo Bosco (puesto por su padre para seguir una tradición croata) Eterovic Garret. Una persona amable, muy querida por muchos y, paradójicamente, molesta, que tanto bien hizo porque su vida fue un testimonio de que montones de mentiras jamás podrán hacer una verdad.