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La Iglesia en los medios Un siglo después de “Pascua sangrienta” [Opinión]

EL PAÍS |

Antonio Mercader

Para la muy católica República de Irlanda estos días evocan un episodio decisivo en su historia no precisamente religioso: el alzamiento de Pascua, una rebelión considerada el comienzo de la independencia del país.

En el cuartel Collins, en Dublín, se montó una exposición de fotos, películas y documentos sobre aquel intento revolucionario ahogado en sangre por las tropas británicas en abril de 1916. La entrada es gratis y no hay cola para ver la muestra pese a que Irlanda se apresta a conmemorar el año próximo un siglo de lo que se conoce como “Pascua sangrienta”. Tampoco hay guías que expliquen lo que puede verse así que los visitantes -entre ellos, quien esto escribe- recorren las instalaciones por su cuenta.

Un video exhibe los rostros de los 15 líderes del alzamiento que fueron fusilados y enterrados después en una fosa de cal viva. Un halo romántico envuelve las fotos de esos jóvenes que proclamaron la república en las puertas del edificio del Correo Central ante un público incrédulo, indiferente y más preocupado por las celebraciones de Semana Santa que por plantarle cara al gobierno de Londres.

Más de mil activistas formaron parte de la conjura cuyo plan maestro consistía en apoderarse por la fuerza de los principales edificios de Dublín y resistir el contraataque de los uniformados. Los revolucionarios tenían la esperanza de que toda la isla se levantara en su apoyo, cosa que no ocurrió.
Tras seis días de tiroteos, decenas de muertos y cientos de heridos incluidos civiles inocentes, el alzamiento fue sofocado. El último en rendir su posición, en el Molino de Boland, fue Eamon de Valera quien por esas cosas del azar no fue ejecutado y terminó convirtiéndose años después en presidente de la incipiente república. Si bien la revuelta careció de apoyo popular e incluso algunos diarios locales la criticaron, la ferocidad de la represión y los excesos de la tropa hicieron que una vez ocurridos los hechos la gente cambiara de opinión, simpatizara con los rebeldes y dejara de llamarlos matones.

La quijotesca declaración de la independencia leída por Padraig Pearse en las escaleras del Correo se convirtió con el tiempo en una pieza histórica que el visitante puede leer, protegida por un grueso vidrio, en un atril recubierto por la bandera irlandesa. Esas palabras que casi no movieron a la gente en los días de Pascua encauzaron el espíritu nacionalista de un creciente número de independentistas que se agruparon en el Sinn Féin, el partido político que ganaría las elecciones de 1919 para proclamar la República de Irlanda.

En vísperas de cumplirse los 100 años de aquellos hechos impresionan los testimonios de los 15 dirigentes fusilados de pie contra una pared (uno de ellos, James Connolly, enfrentó el pelotón sentado en un silla debido a que estaba gravemente herido).

En su mayoría siempre tuvieron la certeza de ir a “un sacrificio de sangre” como lo acreditan las cartas a sus familiares en donde dieron a entender que no saldrían vivos de aquella epopeya. Aunque conmueven muchas de las frases que pueden leerse en esa sección del museo, hay una escrita por alguien que no participó en la rebelión, que impacta especialmente. Su autor fue el poeta Yeats, premio Nobel de Literatura, quien definió así el carácter fermental de lo ocurrido en aquella Pascua de 1916: “Una belleza terrible ha nacido”.