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La Iglesia en los medios Un nobel muy novel [Opinión]

EL OBSERVADOR |

Por Eduardo Espina (Desde EEUU)

El papa Francisco y el presidente uruguayo están nominados al Oscar. Qué digo, perdón. Al premio Nobel de la Paz. Me confundí, pues también para ser papa o presidente de un país se necesita tener histrionismo y labia. Y mostrar carisma ante las cámaras. Fundamental. El buen uso de las palabras y la personalidad son sus efectos especiales. Francisco y Pepe (y perdón que me refiera a ellos como si fueran amigos, es que vivimos en una época en la que los nombres ahora son los apellidos: pueden llamarme Eduardo), quería decir, son dos buenos candidatos. Tienen posibilidades, pues, tal cual la historia lo ha reiterado desde que el premio se instauró, el Nobel, en sus distintas categorías, no es tan inaccesible como podría parecer a primera vista. Lo ha ganado gente que nunca pensó que lo ganaría, y otra que trabajó toda su vida para obtenerlo se fue de este mundo sin poder alcanzar su objetivo.

La historia del Nobel está llena de premiaciones inesperadas. Por lo tanto, a nadie debería sorprender que Francisco y Pepe terminaran ganando el premio Nobel de Literatura, en lugar del de la Paz. Fue lo que le pasó a Winston Churchill. Recién se convirtió en escritor leído luego de que le otorgaran el Nobel de Literatura, cuando bien le podrían haber dado el de la Paz, por más que Churchill y su habano estén asociados de por vida a una guerra. Tal cual la lista de ganadores lo destaca, para ganar el premio Nobel de la Paz no es necesario haber nacido en Bolivia, ni tampoco haber hecho mucho por la paz del mundo. Barack Obama quedó anonadado cuando le dijeron que había sido el ganador en esa categoría. La distinción, además, lo puso bajo presión pues se dio cuenta que como había ganado el Nobel de la Paz debía empezar a hacer algo por ella y justificar el dinero que recibió. Pero al parecer se olvidó pronto de esto, o bien luego de entregado el premio decidió dejar en paz a sus buenas intenciones.

La gran contra que tiene Mujica es su forma de vestir. Los nórdicos se fijan en todo. Y en cuestiones de galas son implacables Podemos suponer que para un presidente estadounidense no es nada difícil vestirse de la forma correcta para la ocasión, esto es, con un frac que no debió alquilar, pues los presidentes –el nuestro quizá sea la única excepción– tienen varios, no vaya a ser que los inviten a una boda o a una gala de lujo y no tengan nada apropiado para ponerse. Pero resulta menos fácil imaginar a Mujica y a Francisco llegando a la ceremonia vestidos de frac, y eso que de esta indumentaria ningún ganador se salva. Hasta el propio García Márquez debió dejar a un lado la guayabera y llegar vestido con apariencia de pingüino a la fiesta donde le entregaron lo más importante, el cheque.

Nunca ningún papa ha ganado el Nobel de la Paz, ni tampoco alguien que de salir victorioso podría ir vestido como si hubiera ido a la feria barrial a comprar acelgas para rellenar los ravioles. Tampoco hay que ser negativos de antemano y creer que Mujica no tiene chance porque los nórdicos no se van a arriesgar a dárselo a alguien que puede llegar mal vestido, incluso en chancletas, sin respetar los estrictos códigos de vestimenta estipulados para tan especial ocasión. Y si ambos terminan compartiéndolo, ¿irá Francisco vestido de papa y Pepe vestido de Mujica? Lo único de lo que podemos estar seguros es que en el discurso de aceptación ambos dirán algo sobre los pobres. Y lo dirán de manera convincente, como es su característica, pero inmediatamente, acto seguido, pasarán a disfrutar de la opípara cena, la cual suele incluir arenques frescos. Y ahumados. Deliciosos. Dicen que las cenas del Nobel son pantagruélicas, orgías para el paladar. Esos rubios comen a lo bestia. A lo vikingo. No en vano, muchos quieren ganar el premio por eso.

Jorge Batlle dijo el otro día que Mujica está “trabajando duramente para el Premio Nobel”. Me gustaría saber qué quiso decir el expresidente con “duramente”, y si para conseguir dicho premio el adverbio utilizado es el más apropiado. Quizá en la próxima entrevista que se le haga a Mujica habría que preguntarle si en verdad está trabajando “duramente”, o si está trabajando, pero no “duramente”. Más allá de esta discusión bizantina sobre la exactitud del lenguaje a la hora de comunicar opiniones, es evidente que el país celebraría, hasta tirando cañitas voladoras –como en año nuevo o como cuando entra un equipo grande a la cancha–, la decisión de otorgarle el Nobel al presidente uruguayo, un compatriota. Puesto que nunca hemos tenido una Miss Universo, ni tampoco un Míster Universo, como lo fue en su momento Arnold Schwarzenegger (por su musculatura, no por su belleza), un Nobel de la Paz podría ser tomado por nuestra población como un muy válido equivalente.

Con un Nobel en la vitrina de su chacra, Mujica se pondría a la altura de Jorge Drexler, quien ganó el Oscar por una canción. O incluso de Milton Wynants, ganador de una medalla de bronce olímpica por pedalear rápido. No quiero imaginar cómo se pondría la avenida 18 de Julio si Mujica sale elegido, no reelecto, sino ganador de un Nobel por primera y única vez, pues a este premio, a diferencia de las elecciones presidenciales, nadie lo puede ganar dos veces. ¿Habría desmanes, como la última vez que salió campeón uruguayo Peñarol, con vidrieras rotas y pedradas, y policías heridos? ¿Generaría violencia un Nobel de la Paz? Es posible, en Uruguay todo lo es. ¿Bailaría la gente frenéticamente como en la noche de las Llamadas? ¿Lo llamaría Batlle para felicitarlo y decirle, “te dije que estabas trabajando duramente”? Cuántas preguntas.

No sería nada extraño que un mandatario en actividad ganara el Nobel de la Paz, pues ya ha sucedido. El premio en dicha categoría se viene entregando desde la creación misma del Nobel, en 1901 (en 1939, 1940, 1941, 1942, y 1943, debido a la segunda guerra mundial, no se entregó ningún Nobel en esta categoría), y desde entonces lo han ganado los siguientes mandatarios: Theodore Roosevelt (1906), Woodrow Wilson (1919), Willy Brandt (1971), Anwar El Sadat y Menachem Begin (1978), Óscar Arias (1987), Mijaíl Gorbachov (1989), Willem de Klerk (1993), Yasir Arafat y Yitzhak Rabin (1994), David Trimble (1998), Kim Dae-jung (2000) y Barack Obama (2009). También, en muchas ocasiones, los ganadores debieron compartir el premio, por lo que nada debería extrañar que Pepe y Francisco, como si fueran amigos de la infancia, llegaran juntos a la ceremonia subidos al papamóvil. Sin embargo, en materia de estadísticas, no las tienen todas consigo. Nunca, como dije, ningún papa ha ganado el Nobel de la Paz (aunque sí lo ganó la Madre Teresa), ni tampoco un ciudadano uruguayo (Argentina tiene dos ganadores: Carlos Saavedra, 1936, y Adolfo Pérez Esquivel, 1980).

Las circunstancias, propicias en apariencia, exigen mesura. No hay que echar las campanas al vuelo ni creer en los favoritismos establecidos a priori por los medios de comunicación, pues en asuntos de premiación nadie más impredecible que los nórdicos. ¿O alguien puede justificar que hayan premiado a Obama, cuando su único aporte en este rubro ha sido, en todo caso, a la paz hogareña? Aunque esto tampoco es seguro. Habría que preguntarle a Michelle. De todas formas, más allá de las conjeturas previas queda claro que el Nobel, en todas las categorías, es una caja con sorpresas a última hora. El papa y Mujica pueden ser hoy claros favoritos, pero por ahí en octubre el premio lo termina ganando una desconocida ONG dedicada a garantizar la felicidad de las ardillas, o de los tiburones, que están muy moda. l

La historia del Nobel está llena de premiaciones inesperadas

El papa y Mujica pueden ser hoy claros favoritos, pero por ahí en octubre el premio lo termina ganando una desconocida ONG.