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La Iglesia en los medios Un instante de reflexión [Opinión]

EL OBSERVADOR |

Lincoln R. Maiztegui Casas
linmaica@hotmail.com

De toda la “laicización” del batllismo respecto a las conmemoraciones religiosas, esta ha sido la que trajo aparejado efectos más negativos

El batllismo original, el de don Pepe, fue, como es bien sabido, fuertemente anticlerical. No es que su líder fuera ateo; no lo era, como revelan algunos de sus poco conocidos poemas de juventud. Pero su obsesión con el laicismo, que llevaba al diario El Día a escribir la palabra Dios con minúscula, determinó que conservase las fiestas tradicionales del cristianismo pero dándoles otro carácter; así, la Navidad pasó a ser el Día de la Familia, la fiesta de Reyes el Día de los Niños, el Día de Todos los Santos el Día de los Muertos y la Semana Santa la Semana de Turismo. Este último cambio es el que más ha pegado en la población, y son muchos los que ignoran el profundo significado religioso de la Semana Santa. Aprovechan estos días relativamente libres para viajar o divertirse, y pasan por alto los aspectos trascendentes de la semana que acaba de concluir. Quien esto escribe, que viene de una familia profundamente católica, todavía recuerda el Domingo de Ramos, el Viernes Santo y el Domingo de Gloria. Se conmemora con ello la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo, que para los creyentes fue Dios encarnado que bajó al mundo a redimir a los hombres. Semejante misterio es, para quienes en él creen, invalorable. Jesús de Nazareth fue, nada menos, que la divinidad única que decidió pasar por todos los dolores del ser humano para hermanarse con él. Al convertir esa conmemoración en la Semana de Turismo, se pierde, aun para los agnósticos, un cúmulo de valores de inconmensurable trascendencia.

La idea del sacrificio llevado al último extremo, el sentido del dolor como parte integrante de la vida y de la redención, la solidaridad y fraternidad entre los seres humanos y la concepción fundamental de una vida eterna más allá de la muerte. Hace poco leí que un escritor agnóstico, cuyo nombre no puedo recordar en este momento, decía que Jesús es el símbolo redivivo de la humanidad sufriente, y su ejemplo tiene un sentido profundo aun para los más escépticos. ¿Es, por ventura, que algo de todo esto pasa por la mente de una persona que se va “de turismo”? Es difícil, muy difícil, responder afirmativamente a esta cuestión. El placer mundano, la distracción en cosas futiles y la frivolidad apartan de la mente el plantearse qué somos, para qué estamos en este mundo y cuál es, definitiva, el sentido último de la vida. Ojo, que el hecho de solazarse con las bellezas de esta tierra no está prohibido, inclusive en Semana Santa. Pero es bueno para el espíritu imbuirse de trascendencia y pensar, al menos por momentos, en lo que sucederá cuando llegue el día (¿fatal o venturoso?) de bajar al sepulcro. Por todo ello, el convertir la Semana Santa en Semana de Turismo significa, para todos, una pérdida por demás lamentable.

De toda la “laicización” del batllismo respecto a las conmemoraciones religiosas, esta ha sido, en mi opinión, la que trajo aparejado efectos más negativos. La Semana Santa de 2015 ha pasado, y si estas líneas tienen algún sentido, es el de convocar a todos los seres humanos, creyentes o no, agnósticos o incluso ateos (porque todos, absolutamente todos, estamos condenados a morir) a meditar así sea nomás un instante en el sentido último de la existencia. Casi nada lo del ojo. Me atrevo a asegurar que alguna forma extraña de consuelo caerá, como una estrella fugaz que se desploma desde los cielos, sobre el alma, el espíritu o como queramos llamarlo, que late en lo profundo de nuestra conciencia. Cuando el año que viene transcurran otra vez estos días, que otrora se caracterizaban porque en los templos las imágenes estaban cubiertas, llamamos al lector que haga la prueba de detenerse, un segundo nomás, en meditar sobre estos misterios que a todos nos afectan. Saldrá de esa experiencia, por breve que sea, mejor y más cargado de amor a sus semejantes. Lo que, desde luego, no es poco. La angustia vital que nos depara (a todos, insisto) la idea de la muerte y la resurrección se disipará como nube de verano. Me juego en ello todo lo mejor que llevo adentro.