Iglesia al día

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Mirando con Dios este tiempo

La Iglesia en los medios Superpoder [Opinión]

EL OBSERVADOR |

Por carlos Loaiza Keel – Máster en Tributación y máster en Derecho Empresarial (Harvard Law School-Centro Europeo de Estudios Garrigues); profesor de Tributación Internacional de la Universidad de Montevideo Twitter: @cloaizakeel

El ejercicio del poder no es simplemente el relacionamiento entre ‘jugadores’ individuales o colectivos; es un modo en que ciertas acciones modifican otras. Lo que por supuesto significa que algo llamado poder, con o sin mayúsculas, considerado universalmente de forma concentrada o difusa, no existe. El poder existe solamente cuando es puesto en acción”.

Este pasaje de El sujeto y el poder, magnífico opúsculo de Michel Foucault (Revista Mexicana de Sociología, volumen 50, 1988), resume algunas de las principales ideas en torno a las cuales el célebre filósofo francés construyó toda su arquitectura antropológica: las relaciones humanas pueden reducirse a relaciones de ejercicio de poder, entre grupos, clases sociales o sexos. Todo se puede explicar a partir de equilibrios o imposiciones de poder, de señorío, cuya naturaleza y características, aunque mutables a lo largo de los siglos de historia de la humanidad, permanecen en esencia desde y para siempre.

La visión foucaultiana, escéptica, hunde en apariencia sus raíces en esa extravagante combinación de neomarxismo y psicoanálisis que signó la filosofía –y no solo– francesa a partir de la posguerra. Mucho antes, uno de los hitos más relevantes en la evolución del entendimiento del poder lo configura la aparición de El príncipe, de Nicolás Maquiavelo, en 1513, en el que, con la esperanza de obtener la protección de Lorenzo de Medicis, el autor frecuenta el popular estilo medieval conocido como “espejos de príncipes”, y desarrolla un perfecto manual de pragmatismo. Pues “para conquistar y mantener el poder –gran objetivo de toda la filosofía política maquiavélica–, de nada sirven los férreos códigos morales y religiosos del catolicismo”, ya que el problema “no es legitimar el poder, sino mantenerlo a base de fuerza y astucia, únicos elementos capaces de explicar la caída de imperios y gobiernos.” (El pensamiento político en sus textos, Botella, Cañeque, Gonzalo –editores–, Tecnos, Madrid, 1998).

Lógicamente, el estudio del poder no surge en la Francia del siglo XX ni tampoco en la Florencia del siglo XVI, sino que se encuentra presente en la reflexión humana desde la antigüedad, con una diversidad de enfoques y variantes que no sería posible abordar en este espacio. Lo que sí busco en estas líneas, apenas terminado el mes consagrado al Sagrado Corazón de Jesús, es concentrarme en una forma distinta de concebir el poder y su ejercicio: no la de una institución o grupo humano concreto, sino la del mismo Cristo, tal como lo conocemos por los Evangelios y la tradición de la Iglesia.

Según rezan los Evangelios (Marcos 15, 22-37; Lucas 23, 33-46), en el momento culminante de la Pasión, los soldados colocaron sobre la cruz una inscripción que indicaba la causa de su condena y decía “el rey de los judíos”. Pero por si el extraordinario suplicio al que la brutal soldadesca romana había sometido a Jesús no hubiera sido ya bastante, los sumos sacerdotes y escribas que pasaban por allí guardaban lugar para la maledicencia y gritaban: “¡ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es el Mesías, el Rey de Israel, ¡que baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos!”. El mismo malhechor que había sido crucificado junto a Jesús, nos narra San Lucas, lo insultaba diciendo: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Burlas o reclamos absolutamente consistentes con lo que la mayoría de nosotros concebimos como poder: si Dios es rey, ¿por qué dejarse matar? ¿Cómo no reaccionar y evitar su propio mal, torciendo hechos y voluntades?

Pero Jesús no responde, no se deja provocar. ¡Qué distante es su visión del poder de la de quienes lo insultan, de la que, como veíamos al iniciar estas líneas, sostiene con innegable brillantez Foucault, y, seguramente, de la nuestra propia! Se trata del más profundo anonadamiento; de un ejercicio de poder basado, paradójicamente, en el “no ejercicio de ningún poder”, que encuentra sublime cristalización en las palabras que San Juan pone en boca de Poncio Pilatos, mientras presenta a un Cristo humillado a la turba: “aquí tenéis a vuestro Mesías”.

Esta sobrecogedora visión nos enseña con lucidez Carlo María Martini (Las tinieblas y la luz, Esfera, Madrid, 2009), supone a un tiempo una completa antropología, una soteriología y una cristología, ya presente a modo de “espléndida intuición” –a pesar de ser notoriamente contraintuitivo– en los Ejercicios de San Ignacio Loyola: Jesús guía a la salvación en la pobreza, en la humillación, afrontando oprobios e insultos. Es el camino, en apariencia extravagante, que se nos propone para encontrar la eternidad.

La vivencia de Cristo es, antes de nada, una mirada realista hacia la limitación humana, esa de la que nunca podremos evadirnos y que encuentra su más dramática expresión en la enfermedad y en la muerte, de quienes amamos, de nosotros mismos. La absoluta ausencia de poder. Porque, como expresa el mismo Carlo María Martini, contemplar la muerte de Cristo, “ilumina nuestra muerte”, y “nos permite comprender el sentido de nuestro morir”, para verlo como parte de un proyecto: “el de nuestro regreso al padre.”