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Tiempo de la Creación

La Iglesia en los medios Socialcristianismo: Columna de Opinión

EL OBSERVADOR |

https://www.elobservador.com.uy/nota/socialcristianismo-2018102821240

Por Bonifacio de Córdoba

¿Qué es el socialcristianismo? En esta ocasión, el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) nos da una pista falsa, al definir el término “socialcristiano” así: “Dicho especialmente de una idea o de un partido político: Que participan de los principios del socialismo y del cristianismo”. Aunque la palabra “socialcristiano” tenga distintas acepciones, basta pensar en la Unión Social Cristiana (CSU) de Baviera, partido político sin ninguna afinidad con el socialismo, para darse cuenta del error de la RAE.
El sentido principal del término “socialcristianismo” es fácil de entrever: se trata simplemente del cristianismo aplicado al ámbito social. El cristianismo es una cosmovisión, con una determinada visión del hombre, de la vida y del mundo. No es extraño pues que tenga también una dimensión social. La doctrina cristiana tiene consecuencias en todos los ámbitos, también en el ámbito social y político.
La Iglesia católica ha desarrollado un cuerpo doctrinal muy rico en esta materia, que suele llamarse Doctrina Social de la Iglesia (DSI). El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, publicado por el Pontificio Consejo “Justicia y Paz” en 2004, casi al final del largo y fructífero pontificado de San Juan Pablo II, es una excelente introducción al tema.

El sentido principal del término “socialcristianismo” es fácil de entrever: se trata simplemente del cristianismo aplicado al ámbito social.
Es imposible presentar adecuadamente la DSI en un breve artículo periodístico, por lo que aquí me limitaré a hacer algunas observaciones sobre dos de sus principios: el de solidaridad y el de subsidiariedad. Se trata de dos principios que deben ser entendidos en su relación mutua.
El principio de solidaridad puede ser enunciado de una forma simple: todos somos responsables de todos. Este principio se opone al individualismo, según el cual cada individuo humano existe solo o fundamentalmente para sí mismo. El individualismo es la racionalización del egoísmo, defecto que aflige a los hombres desde los albores de la historia. En las primeras páginas de la Biblia encontramos un nefasto rechazo del principio de solidaridad en palabras de Caín, el primer homicida. Génesis 4,8-9: “Caín dijo a su hermano Abel: ‘Vamos afuera’. Y cuando estaban en el campo, se lanzó Caín contra su hermano Abel y lo mató. Yahveh dijo a Caín: ‘¿Dónde está tu hermano Abel?’ Contestó: ‘No sé. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?’”. Sí, en cierta medida y en última instancia, somos responsables de cada uno de nuestros hermanos.

A continuación intentaré explicar el principio de subsidiariedad. Como ya dije, todos somos responsables de todos; pero no de cualquier modo, sino dentro de un orden donde cada persona y cada organización conservan su propio ámbito de libertad y de responsabilidad primaria, de modo que la colaboración de los demás adopta la forma de un “subsidio” para los casos en que uno no se basta a sí mismo y necesita una ayuda externa. Este principio implica que las personas, las familias, las empresas, las asociaciones civiles, etcétera, deben contar con un amplio margen de libertad y de iniciativa en la vida social y económica de un país, y que el Estado no existe para absorber, sustituir o sofocar las responsabilidades de esas entidades más pequeñas, sino para ayudarlas a alcanzar más fácilmente sus fines propios. Por lo tanto, el principio de subsidiariedad se opone al colectivismo, que tiende a la absorción de los individuos por parte de un aparato estatal siempre creciente, con vocación totalitaria.

A continuación intentaré explicar el principio de subsidiariedad. Como ya dije, todos somos responsables de todos; pero no de cualquier modo, sino dentro de un orden donde cada persona y cada organización conservan su propio ámbito de libertad y de responsabilidad primaria, de modo que la colaboración de los demás adopta la forma de un “subsidio” para los casos en que uno no se basta a sí mismo y necesita una ayuda externa.
Las dos ideologías políticas principales de nuestro tiempo (liberalismo y socialismo) han sido condenadas reiteradamente por el Magisterio de la Iglesia católica por sus respectivas inclinaciones hacia los dos errores graves ya mencionados: individualismo y colectivismo.
En el fondo el error del liberalismo consiste en una concepción de la libertad humana que la aparta de la obediencia de la verdad y, por tanto, también del deber de respetar los derechos de los demás hombres. Así la libertad se transforma en afianzamiento ilimitado del propio interés. La libertad económica no debe ser absolutizada, porque es solo un elemento de la libertad humana. Existe un derecho natural a la propiedad privada, pero no es un derecho absoluto. Cada propiedad privada está gravada por una hipoteca social. Debo utilizar mis bienes, no solo en mi propio beneficio, sino también en beneficio de los demás.

El error fundamental del socialismo es de carácter antropológico. Considerando al hombre como un simple elemento del organismo social, subordinado a éste, se lo reduce a un mero conjunto de relaciones sociales, desapareciendo el concepto de persona como sujeto autónomo de decisión moral. En verdad, la socialidad del hombre no se agota en el Estado, sino que se realiza en diversos grupos intermedios, comenzando por la familia. La causa principal del error antropológico del socialismo es el ateísmo: la negación de Dios priva a la persona de su fundamento.

El error fundamental del socialismo es de carácter antropológico. Considerando al hombre como un simple elemento del organismo social, subordinado a éste, se lo reduce a un mero conjunto de relaciones sociales, desapareciendo el concepto de persona como sujeto autónomo de decisión moral.
Lo dicho hasta acá nos conduce a la siguiente conclusión esquemática: el liberalismo es el gran problema de nuestra era; el socialismo es la falsa solución; y el socialcristianismo es la solución verdadera. Por naturaleza, es decir en virtud de la voluntad sapientísima y perfectísima del Creador, el ser humano es a la vez e inevitablemente un ser individual y un ser social.