Iglesia al día

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Mirando con Dios este tiempo

La Iglesia en los medios Rito de pasaje ( Los misioneros mormones)

EL PAÍS | Suplmento Que Pasa |

Unos 250 uruguayos salen al mundo como misioneros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Más de 100.000 mormones viven en Uruguay.

Alejandra Pintos Anelosáb jul 12 2014

Zegarra y Schaelling, dos misioneras en el camino

El día comienza a las 6:30 de la mañana. Las hermanas Zegarra y Schaelling dedican las primeras horas al estudio de los libros sagrados. Se visten con el conjunto típico de una misionera mormona: pollera por debajo de las rodillas -al cuerpo pero no muy provocativa-, camisa y zapatos chatos. Se maquillan de forma delicada, para estar prolijas y femeninas. Permanecen impecables hasta el fin de la jornada, a las nueve de la noche.

Una vez listas salen a “proselitar”, como ellas dicen. Llevan en su mochila todo lo que precisan: repelente, agua, abrigo, algún bocadillo, cámara de fotos, folletos informativos, imágenes de Jesucristo y las Sagradas Escrituras, o sea la Biblia, El Libro de Mormón, Doctrina y convenios y la hIstoria la iglesia y La perla de gran precio.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (conocidos simplemente como mormones) tiene, según su base de datos, 15 millones de miembros en el mundo. De ellos 101.449 viven en Uruguay donde hay 152 capillas. El templo, sin embargo, es uno solo. Está ubicado en Carrasco y allí solo pueden entrar las personas bautizadas en esa fe, es un lugar que consideran sagrado.

Los misioneros pueden ser solteros de entre 18 y 25 años, solteras mayores de 19 o matrimonios jubilados. Los hombres solteros sirven como misioneros por dos años y las mujeres solteras por 18 meses. En 2012 la edad mínima se redujo. “A partir de que se redujo la edad se aumentó bastante el número de misioneros”, señala Luis Ferrizo, presidente de la Zona Este de Montevideo. “Esto habla de un deseo más ferviente de esos jóvenes de salir de misión. También involucra un trabajo conjunto con los padres para incentivar a sus hijos para que sean misioneros”.

En el mundo se estima que ese aumento fue de un 50% desde que se bajó la edad. La Iglesia calcula que 60.000 jóvenes mormones se marchan de misión todos los años. Unos 250 parten desde Uruguay.

Las hermanas Zegarra y Schaelling tienen 20 años y hace aproximadamente un año que están de misión en Uruguay. Zegarra es peruana y nació en una familia mormona. Todos los domingos iba a la iglesia, aunque sin mucha convicción. “A los 17 años me di cuenta de que tenía que hacer las cosas por mí misma, así que leí El Libro de Mormón y oré para ver si era cierto”, recuerda. “Dios me respondió y ahora sé que la Iglesia es verdadera”.

Dos años después decidió dejar la carrera de Medicina, sus amigos y su familia e irse de misión. “Quería compartir el gozo que yo siento con los demás, para que ellos también lo puedan sentir”, dice con una sonrisa plácida. Pocos días antes de recibir su “llamamiento” -la carta con el destino asignado por el Profeta- su hermana soñó que ella iba a ir a Uruguay. Cuando abrió la carta supo que había sido una premonición. Meses después volaba a un país del que conocía solamente el dulce de leche que le había traído el padre de una amiga después de un viaje.

La hermana Schaelling nació a miles de kilómetros de Lima, en Utah (el centro neurálgico de la Iglesia), pero también tuvo una premonición sobre su destino. “Conocía a Uruguay solo por nombre, porque mi hermana y yo tomamos clases de español en el secundario”, dice. “No aprendí nada, solamente que Uruguay se de dice U-ru-guay. A mí y a mi hermana nos encantaba decirlo, porque es diferente. Como tres días antes de que recibiera mi llamamiento estábamos bromeando y, no sé por qué, dije: `Uruguay`. Sólo porque nos encanta la palabra. Y después de que recibí mi llamamiento dije: “Bueno, Uruguay, Montevideo”.

Los zapatos están gastados de tanto caminar, la suelas ya perdieron sus diseños originales, ahora solo son goma lisa. Sus piernas están marcadas por picaduras de mosquitos. Sin embargo nada parece quitarles la sonrisa de la cara. Todos los días recorren la zona de Carrasco y de Punta Gorda en busca de gente para hablarle de Jesús, de la Iglesia y el Evangelio. Saludan a cada una de las personas con las que se encuentran. “Usualmente empezamos las relaciones así, con un `hola, ¿cómo estás?`”, cuenta la joven peruana.

“Algo que he podido ver en mis 15 meses en Uruguay es lo que el Evangelio de Jesucristo puede hacer en las personas”, dice Zegarra. Tanto ella como los demás jóvenes misioneros están convencidos de algo: todo el que lea El libro de Mormón y ore sabrá que es verdadero. Y el que descubra eso cambia su vida.

Parten del templo de Carrasco en busca de gente que “quiera conocer a Jesucristo”. A las pocas cuadras un joven pasa caminando a toda velocidad, las hermanas tratan de hablarle pero él las rechaza. “Si ven a alguien con plaquita”, dice Zegarra señalando a la placa de plástico en su pecho que lleva su nombre, “estamos para servirle”. No se desaniman, siguen caminando.

“Es muy interesante el contacto. Todo depende de eso, si ellos quieren hablar con nosotras, van a seguir hablando”, dice Schaelling. “Al hablar con muchas personas nos hemos dado cuenta lo que funciona y lo que no. Si los abrumás no van a querer nada. Si solamente empezamos a hablar, a conversar con ellos, a contarles de nuestras vidas, quiénes somos, qué estamos haciendo acá, sí responden bien”.

Unas cuadras después llegan a una garita de seguridad. “¡Hola!, ¿cómo estuvo su día?”, saluda la rubia estadounidense. El guardia, de unos 50 años, parece estar contento de poder hablar con alguien y entabla una conversación con las jóvenes. Les explica que él ya tiene su fe, pero eso no le quita ánimo a la charla. Minutos después se despiden y siguen caminando.

Elder -la denominación masculina para los misioneros- Eraso tiene 21 años, es de Colombia y hace casi un año que dejó familia, trabajo, amigos y novia para servir en la misión de Uruguay. “Ahora yo me dedico a olvidarme de mí mismo y a pensar en los demás”, dice.

Para él, asimilar el “no” ha sido difícil. “Mi tiempo en la misión ha sido el momento en el que he recibido más rechazo en toda mi vida”, dice. “Pero siempre me dio fuerzas el recordar que Jesucristo pasó por las mismas cosas. Dios me ayudó para tener la fe de que al siguiente día no iba a estar todo tan mal. Porque siempre, todos los días, encontraba a alguien que escuchaba y me concentraba tanto en esa persona que alegraba todo mi día”.

Para poder enfrentar esas dificultades los misioneros se preparan espiritual, física, emocional y académicamente. Por tres o seis semanas —dependiendo de si hablan el idioma de destino— acuden a un Centro de Capacitación Misional (CCM). Allí aprenden el Evangelio de forma ordenada, parte por parte, cómo acercarse a la gente, el idioma (si es necesario) y cómo lidiar con el fracaso.

También comienza un proceso de pérdida de su intimidad, una etapa importante para acostumbrarse a la permanente presencia de su compañero de misión. Durante el período de proselitar, estarán juntos las 24 horas del día. Sin excepción.

El contacto con la familia y los amigos durante el periodo de servicio en el exterior está limitado a cartas y llamadas telefónicas en fechas especiales. Mientras están en la misión evitan la recreación, las fiestas u otras actividades que no sean servir a otras personas y enseñarles el Evangelio.

Los misioneros ven estos sacrificios como algo necesario y positivo. La misión es, para los mormones, casi un ritual de pasaje entre la niñez y la adultez. El objetivo, más allá de enseñar la palabra de Dios, es que los jóvenes aprendan valores como el ahorro —deben pagar unos 12.000 dólares para ir de misión—, la perseverancia, la humildad y el estar con un compañero todo el día, lo que los prepara para el matrimonio.

“Lo que aconseja la iglesia es que los jóvenes no se queden solamente con el recuerdo de la misión, sino que empiecen a cumplir con el propósito de la vida: formar una familia, desarrollarse, crecer, estudiar, trabajar. La misión es una etapa y después empieza una etapa aún más linda”, dice Luis Ferrizo.

Todos los lunes, para las familias mormonas, es el “día de la familia”. Por una o dos horas en cada hogar se dedican a leer los Libros Sagrados, a orar y a reflexionar sobre la religión. Algunas familias reciben en sus casas a investigadores, personas que quieren bautizarse y volverse miembros de la iglesia. A estos encuentros también acuden los misioneros, para evacuar las dudas de los neófitos y para ayudar a la integración de la familia con los investigadores.

Las hermanas llegan a la casa de Claudia y Máximo, donde también se encuentra el hijo de la pareja y los investigadores, dos dominicanos, Heidy y Danely. Las reciben con alimentos y té de frutas; no puede ser té negro. Después de compartir brevemente cómo estuvo el día de cada uno, las misioneras proponen un juego. Cada uno debe vendarse los ojos y recibir un objeto en la mano. Nadie lo ha visto, sin embargo lo siente, lo huele, lo toca y sabe lo que es. Una engrampadora, un peine. Así como también nadie ha visto a Jesucristo pero sabe que es real, explican ellas. Evacúan todas las dudas de Heidy y Danely con dulzura, y como todo buen mormón, con una sonrisa en la cara. Luego, toman sus biblias llenas de post it y subrayadas, y leen: “¿Qué están dispuestos a vender por Jesucristo?, Alma 32:21”. Parece oportuno, porque ellas han vendido todo.

Para las hermanas Zegarra y Schelling se acerca el fin de su misión y están ansiosas por volver. No son las mismas chicas que partieron de Lima y de Utah, pero ambas coinciden que son mejores que esas dos jovencitas que dejaron a su familia. “Aprendí a amar un poco más a las personas. Quiero seguir estudiando, formar una familia y compartir con más gente el Evangelio. Ahora tengo una visión de cómo quiero que sea mi vida”, dice Zegarra vestida en su sobrio uniforme, con los zapatos desgastados y el rostro maquillado según la recomendación para las misioneras. Lo dice con ilusión, a pesar de la distancia, los rechazos y las picaduras de mosquitos.