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La Iglesia en los medios Prueba carioca no superada

EL OBSERVADOR |

EL PAPA EN BRASIL

Jornada de la juventud. La “ciudad maravillosa” no está preparada para recibir multitudes

Si algo faltaba para que la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) de Río de Janeiro fuera un caos desde el punto de vista logístico, esa contrariedad fue el cambio a último momento del lugar donde se celebrarían la vigilia de oración y misa de envío que tendrán lugar esta mañana: la lluvia de la semana hizo que quedara inutilizado el sitio originalmente elegido y forzó a que se hicieran cambios de último momento para poder alojar a los tres millones de personas que la Prefectura de Río calculaba que pasarían la noche sobre la arena de Copacabana.

No es común que en la ciudad del carnaval llueva varios días seguidos en julio y por eso desde un principio se pensó en el descampado de Guaratiba, a 13 kilómetros de cualquier medio de transporte público, para acoger la actividad final de la JMJ.

Como es tradición, los días de encuentro entre los jóvenes católicos con el papa se cierran con un fin de semana con una caminata, una vigilia de oración presidida por el pontífice, una gran “acampada” y una misa final, llamada “de envío”.

Una particularidad de esta actividad es que los peregrinos recogen a mitad de camino su kit con comida para el sábado y domingo. En el plan inicial, que incluía tres rutas de peregrinación de entre 11 y 14 kilómetros, estaba previsto que se repartieran los alimentos en cada una de esas tres rutas.

“Es mucho trabajo para un solo día”, contó a El Observador Glauce Fernandes, coordinadora de voluntarios en el lugar.

“Teníamos todo preparado en el Campus Fidei de Guaratiba y ahora el equipo se tuvo que dividir. Algunos quedaron allí desmontando todo y otros vinimos aquí”, relató.

Las filas fueron de un mínimo de siete cuadras de largo (cuatro horas si se prefiere la unidad tiempo) y las aglomeraciones eran importantes.

Aunque siempre sonrientes y cantando, varios estaban molestos con lo poco práctico de la situación. “Si nosotros nos damos cuenta de que es una locura que todos busquemos la comida en el mismo lugar, ¿cómo ellos no?”, preguntaba una uruguaya a El Observador.

En la zona donde se repartía la comida, el desorden era patente entre los gritos, las cajas que casi volaban de mano en mano y los jefes de grupo que se presentaban con unas 50 credenciales para pedir sus 50 cajas de tres kilos cada una, pero todo se desbordó.

Los voluntarios, en todo caso, no hablaron mal del trabajo. Algunos indicaron con un gesto que la realidad no era la mejor de las posibles, pero ninguno de los entrevistados por El Observador se quejó o criticó.

“Estamos trabajando para que salga de la mejor manera posible”, respondió uno de ellos.

Baños y seguridad

Otras soluciones debió tomar el comité organizador a último momento. Una de ellas fue la redistribución de los agentes de seguridad (1.600 de la Prefectura y 2.200 de la Guardia Municipal) destinados a custodiar a los que temían pasar la noche a la intemperie en la ciudad de las favelas.

Los peregrinos –pero especialmente las mujeres– esperaban también que se encontrara una solución efectiva a la necesidad de baños.

El viernes, durante el vía crucis con el papa, ya se notó que la cantidad de gente había superado los cálculos y desbordado la situación.

“Se supone que eran gratuitos para los acreditados, pero cobraban cinco reales para usarlos”, aseguró a El Observador Javiera Sfeir, de Chile.

Amigas suyas hicieron dos horas y media de fila antes de poder entrar a un baño químico que, por otra parte, estaba desbordado y filtraba hacia afuera.

La ubicación de los periodistas fue otro asunto que no pudo resolverse del todo bien: si estaba previsto que en el Campus Fidei hubiera plaza para los 6.000 acreditados, en el lugar instalado en Copacabana había apenas 300 lugares.

Se organizaron turnos para retirar una acreditación especial pero aun así hubo restricciones: podía ser solo para uno de los dos días (o sábado o domingo) y apenas para una sola persona de cada medio.

Ritmo brasileño

“Lamentablemente, desde el punto de vista de la logística, la organización no fue tan buena”, continuó Sfeir, antes de señalar otros ejemplos concretos del desorden, como el hecho de que en la Feria Vocacional –un paseo casi imperativo para los participantes en la jornada– hubiera solo un lugar para comer en el que aceptaran la tarjeta de alimentación del kit peregrino.

Ignacia, una de sus compañeras, destacó el mal funcionamiento del metro, que en algunas ocasiones cerró, se trancó por falta de electricidad o se vio tan saturado que no exigió el pasaje. En las anteriores jornadas de Madrid el metro funcionó de buena manera y ayudó con la logística del evento.

“Nos hicieron comprar billetes especiales para el jueves y viernes y luego no nos los pidieron”, confesó.

“La ciudad no tiene capacidad para acoger a tanta gente”, complementó Rogerio, un taxista.

En efecto, basta con frenar en alguno de los restaurantes que hay en Río para percibir que el país aún no está listo para los dos eventos mundiales que tiene por delante (Mundial de fútbol en 2014 y Juegos Olímpicos en 2016): las esperas por estos días suelen ser de una hora porque en muchos locales funcionan con el mismo personal que todos los días.

Algunos incluso cierran sus puertas o rechazan pedidos porque no pueden afrontarlos.

Carolina Bellocq Desde Río De Janeiro

Horas y horas de espera

Sergio llegó a Río desde Mozambique con un grupo de 63 personas. Lo primero que hizo fue ir a retirar el kit del peregrino, a las nueve de la mañana del martes. Se retiró a las seis de la tarde, nueve horas después. “Pero valió la pena”, sonrió. La uruguaya Sofía Maruri, que esta vez hizo tres horas y media de cola, recordó que en las jornadas de Madrid no estuvo más de media hora esperando porque había varios lugares de distribución y no solo dos, como aconteció esta vez. Pero aunque la espera fue larga y el sol del lunes la abrasó, cuando se le preguntó a la joven por la principal diferencia entre esta JMJ y la anterior, no se centró en el desorden sino en otra cosa. “La alegría. Esta vez se ve algo distinto en el ambiente. Acá hay más ruido, más emoción, es una fiesta más grande”. Porque no se debe olvidar que esto también es Brasil

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