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Mirando con Dios este tiempo

La Iglesia en los medios Pecados en la modernidad

EL PAÍS |

Las faltas capitales datan del siglo VI, pero aún hoy son guías, musas y material para el estudio de la conducta humana.

LEONEL GARCÍA

En un principio, los siete pecados capitales, aquellos que generaban otros pecados, eran solo una guía para la conducta cristiana. Con el tiempo, trascendieron en mucho a lo religioso. Dante Alighieri apeló a ellos para su Divina Comedia. El Bosco los usó como inspiración para un tablero de mesa que hoy es una obra de arte invaluable. Mucho más recientemente, fueron la base para Seven, del cineasta David Fincher y con Brad Pitt en el rol principal. Han pasado mucho más que 17 siglos desde que el papa Gregorio Magno confeccionó el listado tal como se lo conoce hoy.

El psicoanalista Jorge Bafico cree que, más allá de lo religioso y lo moral, los pecados capitales “son una forma de tipificar lo emocional” y, por lo tanto, los ve como “un intento interesante de pensar cuadros clínicos”, es decir, la conducta humana.

Al entrar a tallar la salud, tomados como casos en los que se perdió el equilibrio, la lujuria, la gula y la avaricia hoy pueden ser vistos como trastornos obsesivo-compulsivos. Tanto la ira, a fuerza de estallidos, como la soberbia, a fuerza de egos, pueden derivar en las soledades más absolutas. La pereza estuvo vinculada a la tristeza mucho antes que se divulgara la palabra “depresión”. Y de la envidia… el que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

HIPERSEXUALES. La palabra lujuria remite a un deseo sexual incontrolado. Los tiempos modernos le han dado a este concepto connotaciones más positivas, sobre todo para los hombres. En todo caso, tener una pareja fogosa parece ser el sueño de todo varón o mujer. Eso, hasta que toca un caso patológico. El problema no sería tener mucho sexo, sino que la vida gire en torno a él.

La esposa de Miguel (45) -todos los nombres de los casos son falsos- está desesperada. A él, empresario, el sexo no lo deja concentrarse en el trabajo, donde se masturba compulsivamente. En casa, las tres relaciones sexuales diarias ya hace tiempo que no le alcanzan; él siempre quiere más. “No puedo más, y tengo miedo que me sea infiel si digo que no”, le ha dicho ella a Santiago Cedrés, sexólogo clínico. Él padece hipersexualidad, término que engloba a los ya vetustos “satiriasis” y “ninfomanía”, trastorno que casi seguramente forme parte del inminente DSM-V, la Biblia de la Psiquiatría.

Cedrés, director técnico del Centro Médico Sexológico Plenus, habla de factores endócrinos o psíquicos, a veces relacionados a sustancias adictivas. Su origen es multicausal (como todos los “pecados”) y su tratamiento combina fármacos y psicoterapia, nada distinto al de otro tipo de adicciones; en definitiva, la hipersexualidad es eso: adicción al sexo que puede presentase en casos como el de Miguel, en masturbación compulsiva, consumo permanente de material porno, o gastar mucho tiempo y dinero en prostíbulos o lugares de “levante”.

El ciclo es el mismo de toda adicción: sensación de tristeza o vacío, impulso sin medir riesgos en pos de la satisfacción, éxtasis y, de inmediato, la culpa. Y todo vuelve a empezar. Este descontrol puede provocar todo tipo de perjuicios: familiares, patrimoniales, sanitarios (enfermedades venéreas) y judiciales (delitos sexuales).

Estudios internacionales concluyen que de todos los afectados, solo un dos por ciento son mujeres. “La cultura habilita más al varón para tales comportamientos”, dice Cedrés. Traducido: aunque su vida se esté desmoronando, el macho insaciable puede seguir siendo un ídolo entre sus pares.

SEDENTARIOS. La pereza fue relacionada con la inmovilidad ya en una época sin ascensores, vehículos a motor, controles remotos ni Internet. Hoy aproximadamente el 60% de los uruguayos son sedentarios.

María (28), administrativa, va de su casa al trabajo y viceversa; o sea, de sentarse a hacer zapping a sentarse frente a una PC. Hoy, con sobrepeso visible, su mayor ejercicio es correr al ómnibus. Ya le detectaron presión alta. La hipertensión es una posible consecuencia del no moverse, al igual que la diabetes, la obesidad, la osteoporosis, el alzhéimer y -ya en un extremo- los problemas cardíacos y cánceres como los de recto y mama, según el cardiólogo Mario Zelarrayán, director ejecutivo de la Comisión Honoraria de Salud Cardiovascular. “Eso sin contar la falta de relacionamiento y depresión”, agrega. No en vano, a la pereza se la supo vincular en sus orígenes también con la tristeza.

Zelarrayán culpa sobre todo a factores culturales. “No sé si es porque abandonan la educación física en el liceo, o se casan… pero a partir de los 18 años acá la gente se atornilla al sedentarismo”. Como principal solución, el cardiólogo aconseja actividad física “moderada”, algo que no precisa un chequeo médico previo. “Para salir del sedentarismo, hacen falta 150 minutos a la semana. Para una persona adulta caminar 30 minutos por día ya es suficiente. Para hacer eso estamos todos habilitados, y eso separa a una persona sedentaria de la que no lo es”. Al respecto, Aníbal Malan, licenciado en educación física y director de Fitness Corporativo, opina que realizar actividad aeróbica de tres a cinco veces por semana “es el ejercicio que tiene mayor influencia en la salud y los componentes sanguíneos, además de afectar profundamente el humor”.

Otra expresión actual es el Síndrome del Boreout, o Síndrome del Aburrimiento. La psicóloga laboralista Carolina Moll señala que esto le puede pasar a un empleado que se siente frustrado por realizar tareas que no le implican ningún desafío, el no aportar iniciativas o no ser valorado por sus superiores. Esto puede ocurrir, agrega, cuando se falla en la delegación de tareas o por estructuras empresariales muy rígidas. Eso a la larga repercute en inseguridad y en una sensación de cansancio a la hora de llegar al lugar de trabajo. En estos casos, lo que se ve de afuera es el prototipo de la pereza: alguien que no quiere nada con el laburo.

INCONTROLADOS. Las noches son la perdición de Valeria (19), cuando quiebra la dieta que jura comenzar todos los días: asalta la heladera, come compulsivamente, no sabe cómo detenerse. Con el fin del atracón llega la sensación de culpa, el juramento de que no volverá a pasar, pero más temprano que tarde la historia se repite.

“Con el exceso de comida estás llenando un vacío, que suele tener que ver con lo afectivo”, dice Ana Baridón, médica especializada en patologías alimentarias, desde la Asociación de Lucha contra la Bulimia y la Anorexia (Aluba). La bulimia y el trastorno por atracón, este último lo más parecido al concepto clásico de gula, están presentes en 85% de los casos ahí atendidos, chicas adolescentes en su inmensa mayoría.

Como en toda adicción, el riesgo es no saber parar. Como en toda adicción está presente la culpa, el llenar un vacío, las conductas compulsivas y abordajes terapéuticos multidisciplinarios. Por eso, prestigiosos psicólogos clínicos, como el argentino Pablo Nachtigall, señalan que hoy el concepto de gula debería resignificarse, incluyendo el consumo excesivo de drogas, ilegales o no. Para otros, la ludopatía sería otra variante.

Los riesgos son varios: diabetes, problemas de tiroides y de articulaciones, trastornos cardiovasculares y circulatorios, además de una autoestima seriamente afectada. El licenciado Malan recuerda que el cuerpo humano “reacciona como hace miles de años cuando recibe una cantidad exagerada de nutrientes: aprovechando todo lo posible y guardando (grasa) para una época de escasez”. Resultado: seis de cada diez uruguayos sufren sobrepeso y, en esa proporción, algo más de la tercera parte es obesa.

FRUSTRADOS. El enojo es una emoción primaria, adaptativa y defensiva; bien canalizada permite salir adelante. Pero la ira, expresada mediante un estallido de furia, lo único que hace es desnudar ante el mundo a un individuo con poca tolerancia a la frustración. La psicóloga cognitivo-conductual Verónica Orrico, agrega que la mayoría de los casos son personas con esquemas rígidos de la realidad y que toman cada actitud del otro como un ataque personal.

Ella menciona un caso, el de Marcel (28). Él estaba furioso porque su novia no podía quedarse entre semana con él. “Solo piensa en ella, jamás en mí”, se repetía. Su cabeza no lo dejaba tranquilo. No consideraba el hecho de que ella viviera lejos. El sábado, al verla, le escupió toda su frustración al borde de la taquicardia. “No te quiero ver”, finalizó. Eso sí se le cumplió: adiós noviazgo. Por la misma causa, adiós a muchos vínculos, sentimentales y de otra índole.

La psicóloga Mariana Álvez, especialista en psicología positiva, indica que “los más propensos” a tener ataques de ira son aquellos que “provienen de familias caóticas que en vez de comunicarse acertadamente, lo hacían mediante la manipulación, la violencia o la culpa”. La mayoría son hombres de entre 20 y 50 años. Es común, agrega, que estas personas tengan relaciones de pareja demandantes e inestables. La violencia doméstica, una de las caras más duras de esta emoción primaria, que en sus diversas formas (física o verbal)afecta en la región a un tercio de las mujeres, bien puede generarse en estos estallidos de ira, seguidos de un casi inmediato arrepentimiento.

Los tiempos actuales, con la violencia muy presente en el tránsito, los hogares, los liceos y las calles, son un caldo de cultivo para que la persona explote. De cualquier forma, enfatiza Orrico, echarle la culpa a la sociedad es esconder la cabeza debajo de la tierra. “El manejo de la ira, la agresividad y la violencia, es algo que se debe aprender en nuestras casas. Se trata de aprender a ceder”, resume. A veces basta respirar hondo.

INVIDIOSOS. La envidia, el dolor por no tener algo que sí posee el otro, es un sentimiento que viene de la cuna. Los niños de uno a tres años son egocéntricos por naturaleza, afirma la licenciada en Educación Inicial Carolina Chevalier. Querer lo del otro es parte de su ser. Directora de Inicial del Instituto Yavne, ella dice que recién luego de esa edad los docentes pueden tratar el tema: tu compañero se pone triste si le sacás el juguete, esperá tu turno, mirá qué contenta se puso la maestra con tu amigo. “Es clave que durante la primera infancia se eduque en valores”.

Pero la gente crece y el sentimiento sigue: el sueldo de la colega, la vitalidad del compañero de equipo, el talento de “la nueva”, la mujer del prójimo y un largo etcétera que no deja ajeno a casi nadie. Chevalier también es docente de Educación de la Universidad Católica, donde ya asisten adultos jóvenes, y ahí “se sigue viendo la envidia: una nota, el elogio de un profesor. ¡Algunos cuestionan más las notas de un compañero que las propias! No lo hacen delante de ti, pero te terminás enterando”.

El psicólogo Gustavo Ekroth enumeró en El País en 2003 el abecé de la personalidad “crónicamente envidiosa”: sensación de que a cualquiera le va mejor y que el mundo los maltrata, hallarle algún defecto a todos y a todo, no saber de tolerancia ni empatía, no aceptar juicios negativos de los demás y ser incapaz de manifestarlo, pensar que jamás tendrá el éxito de aquellos a quienes envidia y ni siquiera intentarlo, excesiva tendencia a la comparación y baja autoestima.

Jorge Bafico apunta a la “invidia”, un término muy utilizado por los psicoanalistas franceses, entendible como una envidia agresiva y presente en algún tipo de psicosis, como la situación patológica extrema. “Acá se busca destruir al otro o al objeto que genera envidia”. Esto puede manifestarse desde la chismografía injuriosa hasta la agresión lisa y llana. Para él, este sentimiento puede somatizarse en casos de fibromialgia: dolores físicos sin causas aparentes ni un diagnóstico específico, asociados a la depresión; al final, era cierto que la envidia corroe.

RETENTIVOS. Esto puede chocar: tanto Harpagón, el famoso avaro de Molière, como Rico Mac Pato, de Walt Disney, podrían haber sido diagnosticados como obsesivos compulsivos que remiten a la etapa retentivo-anal. Así puede definirse clínicamente a la avaricia, asegura el psicólogo gestaltista Álvaro Alcuri. Y el placer que de niños sentían reteniendo sus heces, al crecer lo manifiestan reteniendo a sus posesiones materiales, dice. Su acumulación le significa felicidad, seguridad (sobre todo si se trata de dinero) y sensación de poder.

Mario (58) se ha pasado coleccionando libros. Su biblioteca es rica en incunables y primeras ediciones. Pero si alguien se acerca a sus estantes, gruñe; si le piden un texto prestado, ruge. Solo en contadísimas ocasiones accede a ese favor. Desconfía de todo el mundo. Es capaz de limpiar, guardar y esconder sus cosas una y otra vez. “Es muy cuidadoso”, justifica su esposa, uno de sus escasos cables a tierra. “Es un rata”, opinan sus conocidos (jamás amigos). Empresario de muy buen pasar, viste casi siempre de la misma y roñosa manera. Si alguna vez va a la feria, él -que podría comprar una cadena de supermercados- es capaz de regatear por un tomate al punto de dar vergüenza ajena. Y hay casos peores.

“Una persona muy avara ni siquiera sabe dar afecto. A un avaro le cuesta `darse`”, resume Alcuri. No hay una sola causa, una falta de integración social temprana sería solo una. En los casos “tratables” lo ideal es que los avaros aprendan los beneficios de los vínculos interpersonales. Pero en situaciones neuróticas poco hay para hacer. “Para ellos, las personas son menos importantes que sus posesiones. En una relación interpersonal hay que dar y recibir, y el que no da nada, no recibe nada. Entonces, difícilmente accedan a una psicoterapia de tan aislados que están”, explica. No habrá nadie que los lleve a rastras a una consulta; es difícil relacionarse con alguien así.

NARCISISTAS. Según la religión cristiana, la soberbia es considerada el principal de los pecados capitales. Ya sea porque se cree que es el más difícil de vencer, porque se asegura que de él derivan los otros, o por la historia de Lucifer, el “ángel caído” que quiso igualar a Dios.

La psicóloga Mariana Álvez asocia la soberbia con el trastorno narcisista de la personalidad, “caracterizado por una creencia desmedida de grandiosidad, hambre de admiración, incapacidad de ponerse en el lugar del otro, menospreciar a los demás, creerse muy importantes y enfadarse cuando los demás no les demuestran idolatría”. La megalomanía, un estado psicopatológico que incluye delirios de grandeza, es un caso todavía más extremo generalmente vinculados a gobernantes totalitarios y conquistadores. Pero también abundan los ejemplos bizarros.

Justin Jedlica (32) es un estadounidense que se ha gastado más de 100 mil dólares en 90 cirugías estéticas en la última década. Su obsesión, lo ha dicho, es tener “un cuerpo perfecto” como el de Ken, el “novio” de la muñeca Barbie. Por eso, no piensa parar en su objetivo y en su ida a los quirófanos. Se puede pensar en él como en un freak. El psicoanalista Jorge Bafico prefiere ver un trastorno narcisista detrás. Narciso, se sabe, fue aquel que murió ahogado en un lago, atraído por su reflejo en las aguas.

Estimaciones internacionales hablan de que 1% de la población puede padecer un trastorno narcisista. Pero el soberbio común y corriente no tiene que llegar a la clínica. Se trata de ese sujeto empecinado en ser el centro de atención, tener siempre a mano una historia que eclipse a las de quienes lo rodean, considerarse mejor que ninguno a la hora de hacer una tarea y el que jamás recibe de buena gana una crítica. “Son gente difícil de aguantar y a la larga se van quedando solos; ¡es que realmente tenés que ser muy sumiso para tolerarlos!”, ríe Bafico. “Yo tengo un gran defecto: soy muy perfeccionista con lo que hago”. Esta podría ser la frase de cabecera de un soberbio, además de lo más parecido a una autocrítica que pueda salir de sus labios.

DE LA CULPA A ERRAR EL TIRO

La antropóloga y psicóloga española Julieta Paris, especialista en símbolos y religiones, publicó en 2009 una serie de artículos sobre los pecados capitales en el reconocido blog Avatar Psicólogos, también de ese país. En ella, enumera las connotaciones más presentes de la palabra pecado (culpa, perdón o juicio), y la contrapone con un estudio etimológico de ese término que podría traducirse como “errar el tiro”, “fallar el blanco” o “salirse del camino”. “A nosotros nos ha llegado un `errar` cargado de culpa que poco tiene que ver con esos pequeños errores o fallos que no siempre están cargados de la intencionalidad que el pecado bíblico nos atribuye”, afirma la experta.

De las envidias “honestas” y las apatías “necesarias”

La antropóloga Julieta Paris escribió en el blog Avatar Psicólogos, que existe una envidia positiva que llama “honesta” antes que sana: “Significa colocarnos delante de un espejo que nos muestra lo que querríamos conseguir”.

Es que los pecados capitales parten de, o generan, una emoción necesaria. Así, la experta española señala: “Todos necesitamos momentos de apatía” (pereza), “si no hay orgullo (…) me tengo que plegar a los deseos del otro” (soberbia) y que vivir una sexualidad sana “significa una aceptación incondicional de nuestro propio cuerpo” (lujuria).

Paralelamente, la psicóloga Verónica Massonier prefiere hablar de “acumulación”, más que de “avaricia”, como un mecanismo “que puede brindar seguridad con relación al futuro”; sería como ser la hormiga y no la cigarra, basándose en la fábula. Enojarse, según su colega Darío Ibarra, sirve para enfrentar a una persona y modificar una situación que le disgusta. Los casos patológicos son minoritarios.

Como ejemplo, según diversos estudios internacionales, solo 6% de la población estaría afectada a algún grado de hipersexualidad, y solo 1% padecería un trastorno narcisista.

Solo ahí sería necesario actuar. “Usualmente, el tronco común es la baja autoestima, falta de amor propio, situaciones estresantes por las que se debió atravesar o inseguridad”, resume la psicóloga Mariana Álvez. “La respuesta es básicamente la misma en todas: tratamiento psicológico y psiquiátrico acorde al caso”.

DESAYUNARÁS, NO FUMARÁS, DORMIRÁS…

La salud también confeccionó sus siete pecados capitales, compilados por el portal especializado lifescript.com. Y al igual que con la lista del papa Gregorio Magno, pasar por la vida sin caer en la tentación es harto difícil.

No desayunar. Considerada la comida más importante del día, ayuda a un mejor desempeño laboral y académico. En Uruguay, muy pocos le dan la preponderancia que merece.Broncearse con frecuencia. Como la gula y la lujuria, es un pecado de exceso. Peligros: envejecimiento prematuro y cáncer de piel. Fumar. Puede causar cáncer de pulmón y garganta, impotencia sexual, complicaciones en el embarazo y un largo etcétera.Levantar pesas en exceso. Igual que en el segundo punto. Principal peligro: las hernias.No acudir al médico. El chequeo anual no está en la agenda de casi nadie, menos todavía en los hombres.No dormir lo suficiente. Se requiere utilizar un tercio del día para descansar.Consumir demasiadas calorías. El número “suficiente” depende del peso y la actividad de cada individuo. Pasarse de esa cantidad deriva en aumento de peso.

TEÓLOGO IMPOSIBLE NO CAER EN ALGUNO

Para un cristiano, los pecados capitales hoy “son advertencias que debe tener en cuenta en su vida diaria, vigilando sobre sí mismo para no verse atrapado en sus redes”, dijo a Domingo vía email el padre José Luis Vidal Sosa Dias, abogado, doctor en Teología y docente. “Desde principios del siglo V, los escritores cristianos hablan de vicios y pecados capitales, haciendo diversas listas de ellas, diversas por el número y el objeto. A partir de San Gregorio Magno (N. de R. en el siglo VI), la lista se estabiliza en siete pecados capitales. El objetivo es mostrar los obstáculos que se presentan en la vida espiritual que pueden impedir alcanzar la plenitud de la vida cristiana, la santidad y, por consiguiente, hacen fracasar la vida entera: impiden la felicidad”.

Este teólogo sostiene que su repercusión actual aún “es muy fuerte”. “Cambian sus objetos, pero los vicios son los mismos. La soberbia sigue siendo la misma en la modernidad, pero se ha explicitado más abiertamente su cadencia antiteísta, por ejemplo”.

Más allá de la “fuerte” repercusión de los siete pecados capitales en la vida moderna, y lo vigente de estas “advertencias” para que estos cristianos no caigan “en sus redes”, Vidal Sosa Dias reconoce que esto último es humanamente imposible. “A causa del pecado original, todo hombre es concebido en pecado original y por consiguiente nace con esas malas inclinaciones contra las que no puede venir sin la ayuda de Dios, de su gracia, y aun así, no puede evitar absolutamente toda caída”.

En marzo de 2008, el cardenal Gianfranco Girotti, regente del Tribunal de la Penitenciaría Apostólica del Vaticano, presentó los llamados “nuevos pecados capitales”: realizar manipulaciones genéticas; llevar a cabo experimentos con seres humanos, incluidos embriones; contaminar el medio ambiente; provocar injusticia social; causar pobreza; enriquecerse hasta límites obscenos a expensas del bien común; y consumir drogas. Para Vidal Sosa Dias se trató de “una `presentación` que puede ser más o menos útil” pero “no se trata de un dogma”. Los siete pecados originales “no se fijaron por medio de ninguna declaración dogmática, sino como una elaboración personal de diversos autores que tuvo éxito, fue aceptada por todos, y lo sigue siendo”.