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EL PAÍS |

José arocena, dios y el siglo xxi

El pensador discute el cristianismo uruguayo con los ojos en el futuro.

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ES UN libro sobre temas teológicos comprensible para el lector culto no especializado. Si es cristiano, podrá profundizar en la vivencia concreta de su fe en el mundo y la Iglesia de hoy, pero apostando a un proyecto de Iglesia y de humanidad cada vez más acordes con el concepto y la vivencia del Reino de Dios. Al lector creyente de otra fe, agnóstico o ateo, el libro le aportará una visión menos esquemática sobre lo que implica ser católico hoy.

Varios factores ayudan a la llaneza y agilidad del libro. Para empezar, la formación académica de Arocena (licenciado en filosofía y doctor en ciencias sociales; como teólogo es autodidacta). En segundo lugar, pero no menos importante, su trabajo como director de la publicación de teología pastoral Revista Misión, por ser ese un campo en el que lo especulativo debe mostrar pronto su utilidad concreta. Todos los capítulos se basan en artículos publicados en esa revista, y conservan su claridad y concisión. Pero la virtud fundamental de este libro es la capacidad de su autor para, dentro de la ortodoxia (en el recto sentido del término), formular una incisiva crítica a desviaciones eclesiales, entre ellas el clericalismo y, en consecuencia, la desvalorización de los cristianos laicos los que no son clérigos ni religiosas relegados a ser “cristianos de segunda”. Arocena propone abrir vías de liderazgo laical, para que la Iglesia proclame mejor el mensaje de Cristo a los hombres y mujeres de hoy.

Tres son las grandes secciones del libro: “El humanismo cristiano en la sociedad contemporánea”, “Apuntes sobre el Dios y la fe de los cristianos” y “Las iglesias cristianas”. Acierta Arocena al recurrir al método de Edgar Morin y a su concepto de complejidad, que permite superar las falsas dicotomías (como la que suele plantearse entre evangelización y humanización, por ejemplo) y también las síntesis logradas anulando los términos en contradicción, que más que “soluciones” son simplificaciones esquemáticas de la realidad. Esta complejidad la ve Arocena desde el arranque en el rasgo peculiar del Dios cristiano: ser a la vez trino y uno, esto es, ser la unidad esencial perfecta sin que ello mengüe la diversidad personal del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

De modo coherente, postula el autor que en esta época posmoderna, marcada por el fin de los “macrorrelatos”, con su presunción de ser cada uno de ellos eje de sentido para la vida de personas y sociedades, no se superará la desorientación construyendo e imponiendo otra nueva cosmovisión, excluyente y negadora de las demás, sino asumiendo la diversidad en permanente búsqueda de la unidad humana no como un obstáculo en el camino sino como un tesoro a preservar. Importa aclarar que Arocena no concibe al cristianismo como un macrorrelato, o al menos como las recetas totalizadoras y facilongas en que devinieron los ismos de los siglos XIX y XX: ser cristiano requiere la pericia y el coraje de leer “los signos de los tiempos”. Por eso, teniendo claro que toda tradición bien entendida y entre ellas la cristiana debe ser base para la búsqueda del mejor futuro, Arocena postula, en lo social y lo eclesial, la construcción de un entramado de proyectos humanos en diálogo permanente. En especial, en varios capítulos de la tercera parte, lanza el desafío de ser unidas y diversas a las distintas iglesias cristianas, y sobre todo a sus pastores.