Iglesia al día

" En este tiempo de pandemia, que dejó sin efecto o en suspenso tantos proyectos personales y colectivos... damos, en primer lugar, gracias a Dios por todo lo bueno que hizo surgir en los corazones de hombres y mujeres de nuestra tierra. En todo ello encontramos motivos de esperanza. "
Mirando con Dios este tiempo

La Iglesia en los medios “Papa nuevo, arzobispo nuevo, país laico”: Columna de Tomás Linn

BÚSQUEDA |

Uruguay se jacta de ser un país laico: no reconoce religión oficial alguna y la Iglesia está claramente separada del Estado. Aun así, la designación del nuevo arzobispo de Montevideo por parte del papa Francisco generó expectativa y curiosidad.

La separación de Iglesia y Estado no es exclusiva de Uruguay, si bien no es común en América Latina a excepción de México, Chile y algún otro. Los norteamericanos la establecieron con claridad en la primera enmienda de su Constitución aprobada a fines del siglo XVIII. Para los franceses es un principio fundamental, aunque lo ven de modo diferente a los norteamericanos. En muchas otras democracias modernas, la presencia de un Estado secular es considerada una garantía más para la libertad de los ciudadanos.

Lo que sí caracteriza a Uruguay es la escasa religiosidad de su población o, en todo caso, la escasa visibilidad que lo religioso tiene en la vida cotidiana. Para ahondar en los ejemplos anteriores, más allá de esa clara separación en Estados Unidos, lo religioso está tan presente que muchos debates se inician en ese terreno y terminan por trasladarse a lo político. En Francia hay una notoria tradición cristiana y hoy, con el fenómeno de la inmigración, el islamismo también se hace ver. El laicismo mexicano se impuso con virulencia jacobina, ya a mediados del siglo XIX. Sin embargo, la religiosidad popular de ese país es indisimulable.

No ha sido el caso de Uruguay. Con el correr de los años, la importancia de lo religioso disminuyó. Eso no quiere decir que haya una ausencia total y lo muestran eventos como el Día de la Candelaria (Iemanjá) el 2 de febrero, con sus ceremonias en las playas que atraen la atención y hasta la adhesión de mucha gente. Tal vez sea porque se trata de una expresión religiosa de escasa estructura institucional, algo que mueve sentimientos espirituales pero no juzga conductas morales.

El catolicismo tiene innegable presencia en la educación. Cuenta con algunos colegios de fuerte impronta, dos universidades privadas y muchas pequeñas escuelas y liceos en los sectores más populares. La actual apuesta en las zonas marginadas de Montevideo (Jubilar, Providencia, Los Pinos, Tacurú, Los Tréboles, entre otros) tuvo un necesario y saludable impacto en el debate educativo.

En este contexto, la designación del nuevo arzobispo de Montevideo, Daniel Sturla, fue un hecho relevante porque la Iglesia, en todo el mundo, está viviendo un momento especial desde la designación del cardenal Jorge Bergoglio como papa Francisco. Elegir a Sturla fue la primera señal de que la nueva gestión papal tendrá similar resonancia en Uruguay.

Llamó la atención que el nombramiento implicara darle el cargo, por tercera vez consecutiva, a un sacerdote salesiano y no a uno de otra orden. Sin menoscabar la importancia de los salesianos en el catolicismo uruguayo, todo indica que Sturla fue designado por el simple hecho (aunque nada menor) de que estaba en el lugar adecuado ante la coyuntura adecuada. De no haber renunciado Benedicto XVI tal vez otro hubiera sido el nuevo arzobispo, aunque fuera a contrapelo de las preferencias de los católicos más activos en Montevideo.

Tal como se percibe en la entrevista que Sturla concedió a Búsqueda el jueves pasado, su discurso está muy alineado al del Papa. Tal vez incluso sea más explícito en algunos temas. No son cambios doctrinarios, pero sí un acercamiento a cuestiones ya saldadas en muchas sociedades. Si ello tendrá un efecto o no sobre el funcionamiento de la Iglesia Católica, está por verse.

A fines de los 60 y comienzos de los 70, con el Concilio Vaticano y en un agitado contexto político, algunos grupos asumieron posturas radicales que en la iglesia uruguaya generaron divisiones profundas. Aquellos eran temas políticos e ideológicos y encendían grandes pasiones. Hoy lo que se discute se vincula más a las costumbres y pautas que entrarían dentro del terreno de la “moral” cotidiana, por así llamarlo. El corte es, pues, diferente. Todo indica que si bien la Iglesia no reniega de sus severas posturas, opta por no hacer de algunos temas, los únicos. Como dijo Sturla en la mencionada entrevista: “el primero de estos campos de la vida no es el de la vida sexual, porque hay otra infinidad de campos”. En ese sentido, se instala una actitud más comprensiva y compasiva. El Papa lo sintetizó bien cuando fue preguntado sobre el tema de la homosexualidad: “Quién soy yo para juzgar”. Sturla fue aún más lejos: “Dios te ama por lo que sos y no porque te orientes a un lado u otro desde el punto de vista sexual”.

Esto indica un cambio pronunciado que se acompasa con las expectativas de las sociedades modernas. La actitud ante el sexo cambió y muchos se sienten molestos cuando se condena al fuego eterno a gente solidaria, generosa, con un claro sentido de justicia, abierta y comprensiva, aunque con una desordenada vida sexual. Se salvan, en cambio, los que siendo ordenados en este terreno no son buenas personas en otros. El mundo real es más complejo y diverso del que los curas predican. Y en su intransigencia hacia los demás, los curas olvidan que también cargan con sus propios pecados sin siempre hacerse cargo de ellos.

La actitud entonces se ha vuelto más comprensiva: ya no se trata de arder en el fuego eterno. Pero la doctrina es la misma. Se acepta que Dios ama a todos más allá de su condición sexual, pero el matrimonio es el único espacio donde se puede consumar el acto sexual. Por lo tanto, ese Dios ama pero no ofrece salidas.

Y quedan aún pendientes otros temas. El del divorcio (donde se sugieren algunas eventuales soluciones), el celibato sacerdotal, la ordenación de mujeres, el aborto (sobre el cual no habrá cambios pero deberá surgir una actitud más compasiva). No tienen nada que ver con la izquierda y la derecha. Pese a su estilo removedor, el Papa no parece ser de izquierda en el sentido clásico de la palabra. Es probable que Sturla tampoco lo sea. Sí hay una clara sensibilidad respecto a lo que ocurre en estas sociedades y un esfuerzo por entenderlas. Se cuenta que siendo arzobispo de Buenos Aires y contrario a la ley de matrimonio gay, una vez el actual Papa quedó sentado en el subte (que con tanta frecuencia usaba) ante una pareja de muchachos que le increpó su postura; él escuchó con atención. Alguien así, más allá de lo que piense, no puede ser indiferente a lo que sucede en la calle, porque se codea con ella día a día.

Lo cierto es que el impacto “Francisco” llegó a Uruguay con la designación de Sturla. Su perfil, su forma de asumir los temas y de presentarlos demuestran que es el obispo que la grey católica esperaba desde hace mucho. El tiempo dirá si esto implica un cambio para la Iglesia y para su relación con el resto de la sociedad uruguaya. Como dice la popular canción: “el futuro no es nuestro para verlo”. Pero todo indica que será para mejor.