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Noticeu Mons. Galimberti: En una “auténtica laicidad…el Estado debe apoyar todos los esfuerzos educativos, sin pretender monopolizarlos”

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“Educar a los chicos, adolescentes y jóvenes es una imperiosa necesidad” y el Estado debe “apoyar todos los esfuerzos educativos, sin pretender monopolizarlos”, porque “la diversidad enriquece”, plantea el Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti, en su columna semanal en el Diario “Cambio”.

“Esta es la auténtica laicidad que soñamos. Donde todo es público. Pero algunos servicios (salud, transporte, educación…) son públicos de `gestión estatal´. Y  otros son públicos pero de `gestión privada´¨, puntualiza el Obispo y acota que “garantizar estos emprendimientos en nuestro país es la mejor inversión para bien de todos los uruguayos”.

El Obispo de Salto manifiesta, asimismo, que “Dios y Patria son dos pertenencias o vínculos que definen el perfil del cristiano”. Todo cristiano porta una doble ciudadanía: “La del país donde habita y del que recibe protección” pero también “es ciudadano del pueblo de Dios, de la Iglesia. Es parte de ese cuerpo de Cristo, que le insufla vida, perdón y luz para caminar por este mundo esperando su destino final, la patria eterna, lugar de la paz y felicidad plena que anhelamos.

Laicidad

Dios y César

Mons. Pablo Galimberti

En tiempos de Jesús Palestina estaba ocupada por el imperio romano. Los fariseos solían plantear a Jesús preguntas tramposas. Una de ellas fue: ¿Es lícito o no pagar tributo a Roma?

Había que pagar tres impuestos. El impuesto a la tierra exigía pagar el diezmo del grano y un quinto del aceite y del vino que producía cada uno. Otro impuesto, del uno por ciento, se imponía a las entradas de cada habitante. Había un tercero que correspondía al empadronamiento, que todo varón, desde los 14 hasta los 65 años, debía pagarlo. También obligaba a las mujeres desde los 12 hasta los 65. Este ascendía a un denario (aprox. el jornal común de un trabajador). Sobre este impuesto plantean la pregunta a Jesús.

Si Jesús respondía que no debía pagarse, de inmediato corrían a denunciarlo a los romanos como sedicioso. Y si decía que era lícito, mucha gente perdería la confianza en él. Si es frecuente la resistencia de la gente a pagar impuestos, mucho más sucedía en aquel tiempo por razones religiosas. Para el judío el único rey era Dios y su país era una teocracia. Por tanto pagar este impuesto equivalía a reconocer la validez de su dignidad real y por lo tanto, era como insultar a Dios.

Los fayutos fariseos, los más intransigentes, que rechazaban pagar este impuesto, se frotaban las manos y sonreían porque habían puesto a Jesús contra las cuerdas.

Con calma, Jesús pide un denario y pregunta de quién era la imagen grabada en la moneda. La respuesta fue que era del César. Muy bien, dijo Jesús, entonces “den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

Todo cristiano tiene una doble ciudadanía. La del país donde habita y del que recibe protección, servicios varios como luz, agua, limpieza… El cristiano no elude este deber hacia el César.

Pero además tiene otra pertenencia o vínculo que lo marca y le exige que no lo deje extinguir. Es ciudadano del pueblo de Dios, de la Iglesia. Es parte de ese cuerpo de Cristo, que le insufla vida, perdón y luz para caminar por este mundo esperando su destino final, la patria eterna, lugar de la paz y felicidad plena que anhelamos.

Dios y Patria son dos pertenencias o vínculos que definen el perfil del cristiano. En el bautismo se inicia esta historia de cercanía y seguimiento de Cristo. Y al mismo tiempo al nacer en una familia y un país empiezan también lazos solidarios con vecinos, según diversas afinidades como habitantes y ciudadanos. No sólo cuando se canta el himno o celebrando una fiesta patria. En las buenas y en las malas. En el trabajo y disfrutando la paz social. En las tristezas por gente de esta tierra que aún no goza una ciudadanía plena y no tiene techo ni trabajo estable ni atención mediana de salud para sí y para su familia.

Educar a los chicos, adolescentes y jóvenes es una imperiosa necesidad. Y un legítimo derecho que todos  los ciudadanos tienen. Y el estado debe ayudar también apoyando todos los esfuerzos educativos. Sin pretender monopolizarlos. Al contrario, la diversidad enriquece.

Esta es la auténtica laicidad que soñamos . Donde todo es público. Pero algunos servicios (salud, transporte, educación…) son públicos de “gestión estatal”. Y  otros son públicos pero de “gestión privada”.

Garantizar estos emprendimientos en nuestro país es la mejor inversión para bien de todos los uruguayos.

Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti, publicado en el Diario “Cambio” del 2 de setiembre de 2016.