Iglesia al día

" El Tiempo de la Creación es un tiempo para renovar nuestra relación con el Creador y con toda su maravillosa obra, la naturaleza, por medio de la celebración, la conversión y el compromiso. "
Tiempo de la Creación

La Iglesia en los medios Mons. Fernando Miguel Gil Eisner, sexto obispo de Salto

AICA |

“Como obispo quiero ser entre ustedes un hombre de fe, un cristiano que peregrina junto al pueblo de Dios. A veces detrás, oteando el horizonte, descubriendo los signos de Dios en los signos de nuestro tiempo, alentando a seguir caminando; otras veces en medio, compartiendo gozos y tristezas”, expresó Mons. Fernando Gil en sus palabras de agradecimiento durante la celebración eucarística el 23 de setiembre en la que fue ordenado obispo y dio inicio a su ministerio episcopal como obispo de la diócesis de Salto.

“Como obispo quiero ser entre ustedes un hombre de fe, un cristiano que peregrina junto a todo el pueblo de Dios. A veces detrás, oteando el horizonte, descubriendo los signos de Dios en los signos de este nuestro tiempo, alentando a seguir caminando; otras veces en medio, compartiendo gozos y tristezas”, expresó Mons. Fernando Miguel Gil Eisner en sus palabras de agradecimiento durante la celebración eucarística del domingo 23 de setiembre en la que fue ordenado obispo y dio inicio a su ministerio episcopal como sexto obispo de la diócesis de Salto.

En sus primeras palabras como obispo de Salto monseñor Gil dijo a sus comunidades: “quiero quererlos más que a mi propia vida. Lo digo sin grandilocuencia y con el corazón en la mano”.

Al inicio de su alocución, el flamante Pastor, tras saludar a quienes lo acompañaron en este día, tanto uruguayos como argentinos, explicó el lema que lo guiará en su servicio como Obispo: “¡Cristo es nuestra paz!”. “El lema es de la carta a los Efesios y en su contexto dice: ‘Porque Cristo es nuestra paz; él ha unido a los dos pueblos en uno solo, derribando el muro de enemistad que los separaba”.

Haciéndose eco de las expresiones del Capítulo 7 del Documento de Aparecida, monseñor Gil destacó que “Cristo une pueblos y derriba muros, crea vínculos fraternos. Los cristianos nos reconocemos habitantes de toda tierra y toda patria, pero encaminados a la patria definitiva. Somos el Pueblo de Dios que habita en los pueblos de la tierra”.

“El lema manifiesta el deseo que tengo de trabajar para que, por el anuncio del Evangelio y la presencia de la Iglesia, Madre de Pueblos, todos tengamos acceso a una vida plena según el Evangelio”.

El Obispo explicitó, asimismo, su deseo de acoger el lema y los contenidos del Proyecto Pastoral Diocesano: “Unidos a Jesús, buscamos lo que Él busca, amamos lo que Él ama”. “Ambos lemas confluyen, no en una idea sino en una persona: Jesucristo. Seguir a Jesucristo, con los ojos fijos en su mirada, para hacer la voluntad del Padre, ha sido para mí el `tesoro encontrado y escondido’”. Luego, monseñor Gil compartió algunas convicciones que lo “mueven” en “este camino de seguimiento”:

Haciendo referencia a las raíces históricas de la diócesis de Salto, fundada el 14 de abril de 1897, mencionó que próximamente se cumplirán los 100 años de la llegada del primer obispo, monseñor Tomás Camacho y que este domingo, “estamos también recordando con memoria agradecida la vida y ministerio de monseñor Mariano Soler, primer arzobispo del Uruguay. Hoy se cumplen 110 años de su muerte”.

“Como les decía en la carta que escribí a la diócesis unos días después de que se anunciara mi nombramiento, vengo a insertarme plenamente en esta historia común. En esta huella abierta por tantos discípulos y misioneros de Jesucristo. El momento simbólico de esta celebración en el que monseñor Pablo me entregaba el báculo de monseñor Marcelo Mendiharat, quiso expresar estos deseos”, afirmó el nuevo obispo de Salto.

Primera alocución de Mons. Fernando Gil 6° obispo de Salto
Buenas tardes Iglesia de Salto… Buenas tardes a las parroquias y comunidades de Salto, Paysandú, Artigas y Río Negro. Muchas gracias por estar hoy aquí.

Quiero abrazar y saludar a cada una de las 16 comunidades parroquiales de la diócesis. En este momento, los nombres de las parroquias de la diócesis son eso, nombres. Quiero y es mi deseo poblarlos con rostros, los rostros de ustedes, sus sacerdotes y pastores, de sus consejos pastorales, de sus catequistas, laicos y laicas, y hombres y mujeres de buena voluntad que viven en esta tierra.

Buenas tardes también Iglesia de Merlo-Moreno, con sus buenos pastores, monseñor Fernando Maletti, monseñor Oscar Miñaro y su obispo emérito, monseñor Fernando Bargalló. Bienvenidos a esta tierra oriental. Bienvenidos también los obispos que pastorean la Iglesia en Uruguay y otros hermanos obispos que han cruzado el río para acompañarme y acompañar a esta Iglesia particular en este día.

Buenas tardes a los religiosos y religiosas, consagrados y consagradas que pueblan la geografía de esta Iglesia particular ofreciendo generosamente sus carismas y dones. Muchas gracias a todos.

¡Cristo es nuestra paz! Este es el lema que he elegido para que me guíe en esta etapa de mi vida y en el nuevo servicio que el Señor me invita a prestar. El lema es de la carta a los Efesios y en su contexto dice: “Porque Cristo es nuestra paz; él ha unido a los dos pueblos en uno solo, derribando el muro de enemistad que los separaba. Cristo une pueblos y derriba muros, crea vínculos fraternos. Los cristianos nos reconocemos habitantes de toda tierra y toda patria, pero encaminados a la patria definitiva. Somos el Pueblo de Dios que habita en los pueblos de la tierra. El lema manifiesta el deseo que tengo de trabajar para que, por el anuncio del Evangelio y la presencia de la Iglesia, madre de pueblos, todos tengamos acceso a una vida plena según el Evangelio (Aparecida, cap.7).

Desde hoy quiero también hacer mío el lema y los contenidos del Proyecto Pastoral Diocesano: “Unidos a Jesús, buscamos lo que Él busca, amamos lo que Él ama”.

Los lemas nos ayudan a tener presente un rumbo, unos acentos, una participación común en un ideario, o como dice ahora el papa Francisco, un espíritu de sinodalidad, una forma de caminar juntos. Ambos lemas confluyen, no en una idea sino en una persona: Jesucristo. Seguir a Jesucristo, con los ojos fijos en su mirada, para hacer la voluntad del Padre, ha sido para mí el “tesoro encontrado y escondido”. Por Él he vendido todo para comprar el campo. Por Él estoy hoy aquí ante ustedes.

En esta tarde y en este espíritu, quisiera compartir algunas convicciones que me mueven en este camino de seguimiento.

• Creo en primer lugar en la vida que es don de Dios. La vida está para ser donada, en eso radica la felicidad, aunque nos rebelemos y la queramos guardar o inclusive matar … como dice la cantora litoraleña Teresa Parodi: “Aunque parezca muy repetido, creo en la vida en todo sentido”.

• Creo en la fuerza del Evangelio de Jesucristo. Creo en su verdad y belleza. “Anunciar a Cristo significa mostrar que creer en Él y seguirlo no es sólo algo verdadero y justo, sino también bello, capaz de colmar la vida de un nuevo resplandor y de un gozo profundo, aun en medio de las pruebas.” (EvG, 167)

• Creo que la Iglesia es madre y que, a pesar de sus límites humanos y pecados, es el lugar donde Dios ha elegido dispensar su amor misericordioso de muchas maneras.

• Creo que cuando Dios elige a alguien para una misión, no lo suele elegir por su inteligencia y capacidades. Al revés. Él hace capaces, sabios y fuertes a los que elige. En eso confío y por eso como Pedro, quiero decirle al Señor “Tú sabes que te amo”.

• Creo también, que estamos viviendo un momento único en la historia y en particular en la historia de la Iglesia. Hace cincuenta años un papa, el beato Pablo VI, pisaba por primera vez esta bendita tierra americana. Hoy está sentado en la Cátedra de Pedro un obispo de estas tierras rioplatenses. El largo y profundo camino de más de 500 años que la Iglesia ha hecho en medio de nuestros pueblos está maduro y tiene mucho para brindar a toda la humanidad. El rico magisterio latinoamericano (Medellín, Puebla, Santo Domingo, Aparecida) —que recoge la vida de nuestras Iglesias particulares— se ha convertido, por medio del papa Francisco, en magisterio universal. El Papa piensa y nos habla en castellano y desde esta rica experiencia de la fe y la cultura de nuestra tierra. ¿No es un motivo para estar agradecidos a Dios y poner nuestras vidas al servicio de su Reino?

• Finalmente creo que el llamado de Francisco a ser una “Iglesia en salida” no es simplemente un eslogan. Tiene que hacerse vida y práctica con creatividad de modos y formas. Todos los “signos de Dios” en estos tiempos nos hablan de ello.

Pido al Señor que todo esto no quede en esta hoja de papel y que juntos podamos hacer vida lo que creemos para bien de muchos.

Esta diócesis del litoral norte uruguayo fue fundada el 14 de abril de 1897. Este año se cumplieron 121 años. Estamos cerca también de los 100 años de la llegada del primer obispo, monseñor Tomás Camacho. En este domingo, estamos también recordando con memoria agradecida la vida y ministerio de monseñor Mariano Soler, primer arzobispo del Uruguay. Hoy se cumplen 110 años de su muerte. Como les decía en la carta que escribí a la diócesis unos días después de que se anunciara mi nombramiento, vengo a insertarme plenamente en esta historia común. En esta huella abierta por tantos discípulos y misioneros de Jesucristo. El momento simbólico de esta celebración en el que monseñor Pablo me entregaba el báculo de monseñor Marcelo Mendiharat, quiso expresar estos deseos.

El camino de esta Iglesia particular de Salto se inserta en el camino de renovación que ha producido la celebración del gran Concilio de nuestros tiempos, el Concilio Vaticano II. El “aterrizaje” del Concilio en nuestro continente latinoamericano se produjo hace 50 años con la Conferencia de obispos en Medellín. Allí se hizo presente entre el 22 y el 24 de agosto de 1968 por primera vez en la historia de nuestro continente, un sucesor de Pedro, el beato y dentro de poco santo, Pablo VI. El Papa invitaba a toda la Iglesia latinoamericana a “aunar en una síntesis nueva y genial lo antiguo y lo moderno, lo espiritual y lo temporal, lo que otros nos entregaron y nuestra propia originalidad.” La Iglesia de Salto ha ido abriendo ese surco, porque ya ese mismo año se celebraba la Asamblea Diocesana de Pastoral, de la que también se cumplen 50 años.

Como obispo quiero ser entre ustedes un hombre de fe, un cristiano que peregrina junto a todo el pueblo de Dios. A veces detrás, oteando el horizonte, descubriendo los signos de Dios en los signos de este nuestro tiempo, alentando a seguir caminando; otras veces en medio, compartiendo gozos y tristezas. Hace unos pocos días el papa Francisco le decía a un grupo de nuevos obispos: “En el inicio de su ministerio, les ruego que pongan a Dios en el centro: Él es el que pide todo, pero a cambio ofrece la vida plena. No esa vida licuada y mediocre, vacía de sentido porque está llena de aislamiento y soberbia, sino la vida que brota de su compañía que nunca falta, de la fuerza humilde de la cruz de su Hijo, de la seguridad serena del amor victorioso que nos habita”. Con la ayuda del Señor, espero vivir este “Dios en el centro” al que nos invita el Papa.

El Concilio y el magisterio de la Iglesia posconciliar nos ha recordado también que, “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en el corazón de la Iglesia.”

Agradezco en este sentido, la presencia de las diversas autoridades sociales y políticas aquí presentes. Decía también el Concilio que “La comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno. Ambas, sin embargo, aunque de diversa manera, están al servicio de la vocación personal y social del hombre.” Es en este marco que aspiramos a continuar estableciendo con el Estado y los diversos actores sociales, relaciones de cooperación en todo lo que hace al bien común de nuestro pueblo. Los obispos del Uruguay concluían un reciente documento con la conocida frase de Artigas que manifiesta este espíritu: “Que en lo sucesivo solo se vea entre nosotros una gran familia de hermanos.”

Por último, quería decirles lo siguiente: quiero quererlos más que a mi propia vida. Lo digo sin grandilocuencias y con el corazón en la mano. En un padre, una madre esto es natural y lo viven en el día a día sin preguntárselo mucho. Quieren a sus hijos hasta ser capaces de dar la vida por ellos. Ser obispo, ser pastor es caminar por este camino que caminó Jesús. “No hay mayor amor que dar la vida por los amigos”. “El buen pastor da su vida por sus ovejas”. Este cayado que hoy me entregaron no es un adorno. Es para recordarme que mi vida está para esto. Y estoy convencido de que este es el camino más revolucionario y que puede producir más cambios en la sociedad y en el mundo que nos toca vivir.

De nuevo muchas gracias a todos los que han venido y que la Virgen de los Treinta y Tres sea nuestra guía y amparo.+