Iglesia al día

" En este tiempo de pandemia, que dejó sin efecto o en suspenso tantos proyectos personales y colectivos... damos, en primer lugar, gracias a Dios por todo lo bueno que hizo surgir en los corazones de hombres y mujeres de nuestra tierra. En todo ello encontramos motivos de esperanza. "
Mirando con Dios este tiempo

Noticeu Mons. Cotugno encomendó la Arquidiócesis de Montevideo a “Nuestra Señora de la Resurrección”

El pasado 18 de mayo, Vigilia de Pentecostés, el Arzobispo de Montevideo, Mons. Nicolás Cotugno bendijo, en el Santuario del Señor Resucitado, la imagen de Nuestra Señora de la Resurrección.

En la homilía, el Arzobispo advirtió que “no se trataba de una simple bendición de una imagen de entre tantas dedicada a María”. “Así como en el año 2000, año del GRAN JUBILEO nos consagramos como Arquidiócesis a JESÚS, EL SEÑOR RESUCITADO, en este AÑO DE LA FE, queremos encomendarnos a su Madre, NUESTRA SEÑORA DE LA RESURRECCIÓN”, anunció.

Compartimos el texto de la homilía pronunciada por Mons. Nicolás Cotugno:

NUESTRA SEÑORA

DE LA RESURRECCIÓN

 18 de mayo de 2013 – Vigilia de Pentecostés

Homilía del Sr. ArzobispoMons. Nicolás Cotugnodurante la Bendición de la imagen de Ntra. Sra. de la Resurrección.

 “La Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro. También en este mundo, hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el Pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo” (LG 68).

 Lo que vamos a celebrar no es una simple bendición de una imagen de entre tantas dedicada a María. Así como en el año 2000, año del GRAN JUBILEO nos consagramos como Arquidiócesis a JESÚS, EL SEÑOR RESUCITADO, en este AÑO DE LA FE, queremos encomendarnos a su Madre, NUESTRA SEÑORA DE LA RESURRECCIÓN.

1.        JESÚS  RESUCITADO ASCENDIÓ AL CIELO Y ESTÁ SENTADO A LA DERECHA DEL PADRE

 2.     DEL CRISTO RESUCITADO A NUESTRA SEÑORA DE LA          RESURRECCIÓN

3.       DESDE NUESTRA SEÑORA DE LA RESURRECCIÓN A NUESTRA IGLESIA EN PERENNE ESTADO DE MISIÓN

Queridos hermanos y hermanas:

                                                Jesús resucitado, desde este su santuario, nos ha convocado para celebrar un acontecimiento para la gloria del Padre y el bien de todos nosotros, sus hijos.

 Siempre me ha impresionado la fuerza con que el Beato Juan Pablo II, después de haber celebrado el Gran Jubileo del año 2000, proyectaba a la Iglesia hacia el tercer milenio, subrayando la necesidad de mirar a Cristo resucitado: “En el Viernes y en el Sábado Santo – nos escribía – la Iglesia permanece en la contemplación del rostro ensangrentado, en el que se esconde la vida de Dios y se ofrece la salvación del mundo. PERO ESTA CONTEMPLACIÓN DEL ROSTRO DE CRISTO NO PUEDE REDUCIRSE A SU IMAGEN DE CRUCIFICADO. ¡ÉL ES EL RESUCITADO! […]LA IGLESIA MIRA AHORA A CRISTO RESUCITADO. Después de dos mil años de estos acontecimientos, LA IGLESIA LOS VIVE COMO SI HUBIERAN ACONTECIDO HOY” (NMI 28).

 Estamos celebrando una realidad, significada por este santuario y  la imagen que vamos a bendecir, que no cae bajo los criterios de la experimentación positivista de las ciencias exactas. NOS MOVEMOS EN EL CAMPO DE LA FE, QUE ES LA CIENCIA DEL MISTERIO.

Celebramos nada menos que esas realidades a las que tuvo acceso por unos instantes el apóstol Pablo, quien lo único que supo decir de las mismas: “Ni ojo vio, ni oído oyó lo que Dios tiene preparado para los que lo aman” (1Cor 2,9). Y nosotros tenemos el atrevimiento de quererlo significar, a través de imágenes!!!

¡Bendito atrevimiento!

 Nuestra meditación se articula en tres puntos:

 1. JESÚS RESUCITADO SUBIÓ AL CIELO Y ESTÁ SENTADO      A LA     DERECHA DEL PADRE

2. DEL CRISTO RESUCITADO A NUESTRA SEÑORA DE LA RESURRECCIÓN

3. NUESTRA SEÑORA DE LA RESURRECCIÓN ORIENTA NUESTRA IGLESIA EN PERENNE ESTADO DE MISIÓN

1.  UNA MIRADA A CRISTO RESUCITADO, QUE ASCENDIÓ A LOS   CIELOS Y ESTÁ SENTADO A LA DERECHA DEL   PADRE

Desde los comienzos de mi servicio apostólico en la arquidiócesis de Montevideo que me fuera confiado por el mismo Juan Pablo II, en total comunión con él puse en el centro de mi servicio pastoral a la persona de Jesús, el Resucitado, cuya presencia real y viva, personal y sacramental ha marcado mi fe y la perspectiva pastoral de la vida de nuestra diócesis. A eso se debe la opción por ese ícono del Resucitado…; a eso también la creación del SANTUARIO DEL SEÑOR RESUCITADO en esta plaza TRES CRUCES que es un cruce de caminos de miles de hermanos y hermanas que viven en nuestra ciudad, en nuestro país y en nuestro continente.

 A la luz de la revelación divina de la realidad de la resurrección de Cristo se impone a nuestra fe el profundizar con todas nuestras capacidades racionales y afectivas en este misterio, porque se trata de “lo nuestro”, de algo que nos toca tan de cerca y adentro que constituye la verdad acerca del sentido total de nuestra vida personal, de la Iglesia y de su misión, y del sentido global y definitivo de la historia y del universo.

 Benedicto XVI, al preguntarse sobre la naturaleza de la resurrección de Cristo, afirma que “es un acontecimiento dentro de la historia que, sin embargo, quebranta el ámbito de la historia y va más allá de ella. […] Podríamos considerar la resurrección…algo así como una especie de “salto cualitativo” radical que se entreabre una nueva dimensión de la vida, del ser hombre”. (Benedicto XVI).

A su vez, el evangelista Lucas nos guía para entender qué significa estar a la derecha del Padre y cuáles son las consecuencias para nuestra vida. El Papa Francisco reflexionó sobre esta realidad en la catequesis del miércoles 17 de abril en la plaza San Pedro.

“La Ascensión no significa la ausencia de Jesús, sino que nos dice que Él está vivo entre nosotros de una manera nueva; ya no está en un preciso lugar del mundo tal como era antes de la Ascensión; ahora está en el señorío de Dios, presente en todo espacio y tiempo, junto a cada uno de nosotros”.

“San Lucas también menciona la nube que oculta a Jesús de la vista de los discípulos, los cuales permanecieron contemplando el Cristo que subía hacia Dios (Cfr Hech 1,9-10). Entonces aparecieron dos hombres vestidos de blanco, instándoles a no quedarse inmóviles. “Esta Jesús que de entre ustedes ha sido llevado al cielo, volverá así tal como lo han visto marchar” (Cfr Hech 1,10-11). Es precisamente una invitación a la contemplación del señorío de Jesús, para tener de Él la fuerza para llevar y dar testimonio del Evangelio en la vida cotidiana: contemplar y actuar, ora et labora, nos enseña san Benito, ambas son necesarias en nuestra vida de cristianos”.

Los invito a profundizar esta realidad de la mano del Papa Benedicto XVI que en los últimos capítulos de su libro JESÚS DE NAZARET nos deja unas reflexiones que nos abren horizontes maravillosos que iluminan nuestra vida cotidiana. Quisiera sólo mencionar lo siguiente: la ascensión de Jesús al cielo no es “un viaje las estrellas, sino como UN ENTRAR EN EL MISTERIO DE DIOS. Con eso se alude a un orden de magnitud completamente diferente, A OTRA DIMENSIÓN DEL SER.

El Jesús que se despide no va a alguna parte en un astro lejano. EL ENTRA EN LA COMUNIÓN DE VIDA Y PODER CON EL DIOS VIVIENTE, EN LA SITUACIÓN DE SUPERIORIDAD DE DIOS SOBRE TODO ESPACIO. POR ESO “NO SE HA MARCHADO”, SINO QUE, EN VIRTUD DEL MISMO PODER DE DIOS, AHORA ESTÁ SIEMPRE PRESENTE JUNTO A NOSOTROS Y POR NOSOTROS.

En los discursos de despedida en el Evangelio de Juan, Jesús dice precisamente esto a sus discípulos: “Me voy y vuelvo a vuestro lado” (Jn 14,28). Aquí está sintetizada maravillosamente la peculiaridad del “irse” de Jesús, que es al mismo tiempo su “venir”, y con eso queda explicado también el misterio acerca de la cruz, la resurrección y la ascensión. SU IRSE ES PRECISAMENTE ASÍ UN VENIR, UN NUEVO MODO DE CERCANÍA, DE PRESENCIA PERMANENTE, QUE JUAN PONE TAMBIÉN EN RELACIÓN CON LA “ALEGRÍA” DE LA QUE SE HABLA EN EL EVANGELIO DE LUCAS.

Puesto que Jesús está junto al Padre, no está lejos, sino cerca de nosotros. Ahora ya no se encuentra en un solo  lugar del mundo, como antes de la “ascensión”; con su poder que supera todo espacio, El no está ahora en un solo sitio, sino que está PRESENTE AL LADO DE TODOS, Y TODOS LO PUEDEN INVOCAR EN TODO LUGAR Y A LO LARGO DE LA HISTORIA”.

De todos modos, nunca podremos olvidarnos lo que nos dice Lucas cuando llevó a sus discípulos a Betania en el momento de su ascensión: “Levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos subiendo hacia el cielo” (24,50s).

 Y comenta Benedicto XVI: “JESÚS SE VA BENDICIENDO, Y PERMANECE EN LA BENDICIÓN. SUS MANOS QUEDAN EXTENDIDAS SOBRE ESTE MUNDO.  EN EL GESTO DE LAS MANOS QUE BENDICEN SE EXPRESA LA RELACIÓN DURADERA DE JESÚS CON SUS DISCÍPULOS, CON EL MUNDO, EN EL MARCHARSE, ÉL VIENE PARA ELEVARNOS POR ENCIMA DE NOSOTROS MISMOS Y ABRIR EL MUNDO A DIOS. POR ESO LOS DISCÍPULOS PUDIERON ALEGRARSE CUANDO VOLVIERON DE BETANIA A CASA. POR LA FE SABEMOS QUE JESÚS, BENDICIENDO, TIENE SUS MANOS EXTENDIDAS SOBRE NOSOTROS. ÉSTA ES LA RAZÓN PERMANENTE DE LA ALEGRÍA CRISTIANA”.

2.  DEL CRISTO RESUCITADO A NUESTRA SEÑORA DE LA RESURRECCIÓN DONDE ESTÁ JESÚS,  GLORIFICADO EN SU ASCENSIÓN A LA DERECHA DEL PADRE, ALLÍ TAMBIÉN ESTÁ MARÍA, LA GLORIFICADA EN SU ASUNCIÓN AL CIELO, EN LA GLORIA DE LOS ÁNGELES Y DE LOS SANTOS.

 NUESTRA SEÑORA DE LA RESURRECCIÓN ES MARÍA GLORIFICADA EN SU HIJO CRISTO, EN LA GLORIA DEL PADRE, EN LA PLENITUD DEL REINO DE DIOS.

A lo largo de toda su vida, María ha sido preparada para desempeñar la misión única que el Padre le tenía reservada. Su relación con su Hijo en Nazaret y luego con sus discípulos en la vida pública son como un anticipo de su unión particular con Cristo y su Iglesia en los últimos tiempos.

En la Anunciación, en la casa de Nazaret, María recibe al ángel de Dios. Está atenta a sus palabras, las acoge y responde al proyecto divino, manifestando su plena disponibilidad: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu voluntad” (Cfr Lc 1,38). Precisamente por la actitud interior de escucha, ella es capaz de leer su propia historia, reconociendo con humildad que es el Señor quien actúa en ella.

María también está presente cuando, entre la Ascensión del Resucitado y el primer Pentecostés cristiano, los Apóstoles y la Iglesia se reúnen para esperar con ella el don del Espíritu Santo, sin el cual no se puede ser testigos. Ella, que ya lo había recibido para engendrar al Verbo encarnado, comparte con toda la Iglesia la espera del mismo don, para que en el corazón de todo creyente “se forme Cristo” (Cfr Gal 4,19).

SI NO HAY IGLESIA SIN PENTECOSTÉS, TAMPOCO HAY PENTECOSTÉS SIN LA MADRE DE JESÚS, porque ella vivió y vive de un modo único lo que la Iglesia experimenta cada día bajo la acción del Espíritu Santo.

Escuchemos estas hermosas palabras del Concilio Vaticano II, que en el capítulo sexto de la Constitución sobre la Iglesia,  dice acerca de María:

“La Madre de Jesús, de la misma manera que, glorificada ya en los cielos en cuerpo y en alma, es imagen y principio de la Iglesia que habrá de tener su cumplimiento en la vida futura, así en la tierra precede con su luz al peregrinante Pueblo de Dios como signo de esperanza cierta y de consuelo, hasta que llegue el día del Señor (Cfr 2Pe 3,10)” (LG68).

“La Virgen María…redimida de modo eminente, en previsión de los méritos de su Hijo, y unida a Él con un vínculo estrecho e indisoluble, está enriquecida con la suma prerrogativa y dignidad de ser la Madre de Dios Hijo, y por eso hija predilecta del Padre y sagrario del Espíritu Santo” (LG 53).

Al contemplar a María, Nuestra Señora de la Resurrección, en quien se lleva a cabo la máxima realización del designio de Dios para todos los hombres, sentimos resonar en nuestro corazón la Palabra de Dios que nos dice:

“Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte ya no tiene señorío sobre él. Su muerte fue un morir al pecado, de una vez para siempre; más su vida es una vivir para Dios. Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús” (Rom 6,11).

Y también: “Cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte. Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte a fin de que, al igual que Cristo resucitó de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque si nos injertamos en él por una muerte semejante a la suya, también lo estaremos por una resurrección semejante” (Rom 6, 3,11).

3. NUESTRA SEÑORA DE LA RESURRECCIÓN ORIENTA NUESTRA MISIÓN ARQUIDIOCESANA

Queridos hermanos y hermanas, si estamos aquí contemplando a María, Nuestra Señora de la Resurrección, es para pedirle que nos lleve a su Hijo, Cristo Jesús, el Señor resucitado. Él es nuestro Buen Pastor que sigue apacentando su Pueblo enviando sobre él constantemente su Espíritu Santo, para que seamos todos sus discípulos y misioneros en nuestra ciudad. Estamos llevando a cabo la MISIÓN ARQUIDIOCESANA.

Esta sólo será posible si nosotros todos, formando un solo Cuerpo, el Cuerpo que en la Pascua nació, le damos a Jesús nuestra voz para que Él siga hablando a todos los montevideanos la Palabra que el Padre nos quiere dirigir; le damos a Jesús nuestras manos para que Él siga moldeando la arcilla de nuestra humanidad como el divino alfarero que nos quiere semejantes a su Hijo; y sobre todo le damos nuestro corazón para que Él siga amando a cada uno de nuestros hermanos con el mismo amor con que es amado por el Padre suyo y Padre nuestro, Dios suyo y  Dios nuestro.

Si tuviéramos que destacar el elemento característico que hace de María NUESTRA SEÑORA DE LA RESURRECCIÓN, diríamos que es su participación en la gloria del Padre, compartiendo la transfiguración de todo su ser, con todo su cuerpo, en Cristo Jesús resucitado por el amor del Espíritu Santo.

Con la llegada del Espíritu en Pentecostés, se han abierto las puertas del Cenáculo y los Apóstoles, con Pedro a la cabeza, iniciaron la misión evangelizadora de la Iglesia, dando cumplimiento al mandato de Jesús: ¡VAYAN, EVANGELICEN! ¡SEAN MIS TESTIGOS!

Nuestra Iglesia arquidiocesana, en comunión con todas las Iglesia del Continente latinoamericano y caribeño está  viviendo la MISIÓN CONTINENTAL propiciada por Aparecida. Estimulados por el AÑO DE LA FE, aspiramos ser una Iglesia EN PERENNE ESTADO DE MISIÓN.

¿Qué es lo que hace PERENNE el ESTADO DE MISIÓN de la iglesia?

NUESTRA SEÑORA DE LA RESURRECCIÓN nos indica lo que podríamos definir “su secreto”: es Nuestra Señora de la Resurrección porque está totalmente unida a su Hijo, el Señor Resucitado, “sentado a la derecha del Padre”. Ascensión de Jesús y Asunción de María nos abren el camino para ser Iglesia en perenne estado de misión.

Por un lado, Jesús, por su transfiguración gloriosa está al lado de cada uno de nosotros y nos da la posibilidad de unirnos a él por su Espíritu, realizando ya ahora, aunque sea al estado embrional, lo que pedía al Padre en su oración antes de morir en la cruz: “Como Tú, Padre estás en mí y Yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros para que el mundo crea que Tú me enviaste. Yo les he dado la gloria que Tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno. Yo en ellos y Tú en mí para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que Tú me has enviado, y que los has amado a ellos como me amaste a mí. Padre, quiero que los que Tú me diste estén conmigo donde Yo  esté, para que contemplen la gloria que me has dado, porque ya me amabas antes de la creación del mundo…Les di a conocer tu Nombre, y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que Tú me amaste esté en ellos y Yo también esté en ellos” (Jn  17,20-26).

Por otro lado, glorificada en el Resucitado, María, NUESTRA SEÑORA DE LA RESURRECCIÓN es la Madre que Jesús nos dio en la persona del apóstol Juan antes de morir. En ella se realiza de una forma suprema lo que Jesús pide para cada uno de nosotros. Ella está al lado de cada uno de nosotros y de todas nuestras comunidades eclesiales y vela para que nunca nos falte el vino del Espíritu que nos fortalece en el ejercicio de la misión evangelizadora.

Como buena Madre, NUESTRA SEÑORA DE LA RESURRECCIÓN, nos entrega a su Hijo para que seamos uno con él y nos haga testigos de su Palabra, de su presencia, de su entrega y de su amor. NOS HACE UNA IGLESIA AMADA Y AMANTE QUE IRRADIA AMOR, UNA IGLESIA “POBRE PARA LOS POBRES”, CON OLOR A HUMANIDAD, A FIN DE QUE TODOS NUESTROS HERMANOS LOS HOMBRES, TENGAN OLOR A DIVINIDAD.

Es un hecho sumamente real: en lo natural de nuestra vida cotidiana YA ESTÁ REALMENTE PRESENTE LA PRESENCIA SOBRENATURAL de Jesús resucitado y de su Madre que nos hacen partícipes de la VIDA NUEVA, LA VIDA DIVINA DE LOS HIJOS DE DIOS.

NUESTRA SEÑORA DE LA RESURRECCIÓN NOS ESPERA para introducirnos por medio de la fe en el CIELO donde Jesús está sentado a la derecha del Padre, es decir, como nos enseña Benedicto XVI, en nuestro corazón, transformado en el templo nuevo de la Trinidad Santa que vive por el bautismo en cada uno de nosotros.

El Señor entrega a los discípulos el programa de su existencia dedicada a la evangelización y dice: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta el confín de la tierra” (Hch 1,8).

Venerar a la Madre de Jesús en la Iglesia significa, por consiguiente, en primer lugar, aprender de ella a ser comunidad que ora: esta es una de las notas esenciales de la primera comunidad cristiana trazada en los Hechos de los Apóstoles (Cfr 2,42).

“Queridos amigos – nos dice Benedicto XVI – la vida humana atraviesa fases de paso, a menudo difíciles y arduas, que requieren decisiones inderogables, renuncias y sacrificios. El Señor puso a la Madre de Jesús en momentos decisivos de la historia de la salvación y ella supo responder siempre con plena disponibilidad, fruto de un vínculo profundo con Dios madurado en la oración asidua e intensa. Entre el viernes de la Pasión y el domingo de la Resurrección, a ella le fue confiado el discípulo predilecto y con él toda la comunidad de los discípulos (Cfr Jn 19,26).

Entre la Ascensión y Pentecostés, ella se encuentra con y en la Iglesia en oración (Cfr  Hch 1,14). Madre de Dios y Madre de la Iglesia, María ejerce esta maternidad hasta el fin de la historia. Encomendémosle a ella todas las fases de paso de nuestra existencia personal y eclesial, entre ellas la de nuestro tránsito final”.

En segundo lugar, MARÍA NOS ENSEÑA QUE SÓLO CON UN VÍNCULO CONSTANTE, ÍNTIMO, LLENO DE AMOR CON SU HIJO PODEMOS SALIR DE “NUESTRA CASA”, DE NOSOTROS MISMOS, CON VALENTÍA, PARA LLEGAR HASTA LOS CONFINES DEL MUNDO Y ANUNCIAR POR DOQUIER AL SEÑOR JESÚS, SALVADOR DEL MUNDO”.

Son impactantes estas palabras que el Papa Pablo VI pronunció el 21 de noviembre de 1964 en la clausura de la Tercera Sesión del Vaticano II:

“En verdad, la realidad de la Iglesia no se agota en su estructura jerárquica, en su liturgia, en sus sacramentos ni en sus ordenanzas jurídicas. SU ESENCIA ÍNTIMA, LA PRINCIPAL FUENTE DE SU EFICACIA SANTIFICADORA, HA DE BUSCARSE EN SU MÍSTICA UNIÓN CON CRISTO; UNIÓN QUE NO PODEMOS PENSARLA SEPARADA DE AQUELLA QUE ES LA MADRE DEL VERBO ENCARNADO Y QUE CRISTO MISMO QUISO TAN ÍNTIMAMENTE UNIDA A SÍ PARA NUESTRA SALVACIÓN”.

CONCLUSIÓN

María, NUESTRA SEÑORA DE LA RESURRECCIÓN es la realización plena en persona humana de la máxima participación del ser UNO con Cristo, como Cristo es UNO con el Padre en el Espíritu.

En Nazaret, por el misterio de la Encarnación, María le da a Jesús, su Hijo, la naturaleza humana. Ahora, Jesús, en el cielo, sentado a la derecha del Padre, en su glorificación, le “devuelve” a María la naturaleza humana glorificada por su unión con la naturaleza divina.

Cuando saludamos, invocamos y  veneramos a MARIA, NUESTRA SEÑORA DE LA RESURRECCIÓN, la contemplamos en su entrada “en la comunión DE VIDA Y DE PODER CON EL DIOS VIVIENTE, EN LA SITUACIÓN DE SUPERIORIDAD DE DIOS SOBRE TODO ESPACIO. POR ESO “NO SE HA MARCHADO”, SINO QUE, EN VIRTUD DEL MISMO PODER DE DIOS, AHORA ESTÁ SIEMPRE PRESENTE JUNTO A NOSOTROS Y POR NOSOTROS” (B.XVI).

Hago notar que María no está aquí porque pusimos aquí esta estatua de bronce; sino que hicimos esta estatua de bronce porque María está aquí. María está aquí antes de que nosotros, desde la fe, hagamos un acto explícito de reconocimiento de su presencia.

Por eso   la estatua que vamos bendecir no presenta a María con los brazos elevados y con los ojos mirando al cielo: sus ojos contemplan en su corazón y en todo su ser, en su cuerpo glorificado, la presencia de ese Jesús que, Palabra Eterna encarnada en Ella, atrae al Padre para poner en Ella su morada, transformándola por el Espíritu Santo en el templo de la divina morada de la Santa e Indivisa Trinidad.

¡Ojalá, que todas las veces que, en nuestro frenético correr por nuestra ciudad, inmersos en las imprescindibles actividades y compromisos para la transformación evangélica de nuestra sociedad, pasando delante de esta imagen de NUESTRA SEÑORA DE LA RESURRECCIÓN, podamos oír su voz que nos recuerda que su Hijo Jesús, ascendido al cielo y sentado a la derecha del Padre, no se ha esfumado en un espacio inexistente: NO SE HA MARCHADO, SINO QUE DESDE EL HOY ETERNO DE DIOS, ESTÁ ENTRE Y EN CADA UNO DE NOSOTROS, JUNTO A NOSOTROS Y POR NOSOTROS!

Entrando a este santuario vemos la imagen de Cristo resucitado con los brazos abiertos bendiciendo a toda la humanidad que trajo a sí mismo cuando fue elevado en la cruz. ES EL RESUCITADO QUE NOS BENDICE EN SU ASCENSIÓN AL CIELO DONDE ES ETERNAMENTE GLORIFICADO POR EL PADRE EN EL ESPÍRITU SANTO.

Esta imagen de NUESTRA SEÑORA DE LA RESURRECCIÓN que ahora bendecimos proponiéndola a la veneración de todos nosotros que peregrinamos hacia el encuentro definitivo con Dios, nos lleva con amor materno al encuentro de su Hijo para que nos bendiga, nos fortalezca con el amor del Espíritu Santo y nos envíe a predicar su Evangelio a todos nuestros hermanos para que tengan vida y vida en abundancia.

Lo que acabamos de meditar queda plasmado en una ORACIÓN  nuestra señora de la resurrección, que rezaremos al final de la celebración. Se la quiero presentar para que no nos tome de sorpresa.

ORACIÓN

A NUESTRA SEÑORA DE LA RESURRECCIÓN

OH MARÍA,

MADRE DE JESÚS Y MADRE NUESTRA

TÚ ERES GLORIFICADA

EN TU ASUNCIÓN AL CIELO

POR EL PADRE EN EL ESPÍRITU SANTO,

COMPARTIENDO, MÁS QUE NADIE,

LA RESURRECCIÓN DE TU HIJO JESÚS.

TÚ ESTÁS UNIDA A ÉL,

EN QUIEN AHORA,

GLORIFICADO JUNTO AL PADRE,

HABITA CORPORALMENTE LA PLENITUD DE LA DIVINIDAD:

PÍDELE QUE HAGA DE CADA UNO DE NOSOTROS

Y DE TODA LA IGLESIA, SU ESPOSA,

SIGNO E INSTRUMENTO

DE LA ÍNTIMA UNIÓN DE LOS HOMBRES CON DIOS

Y DE TODOS LOS HOMBRES ENTRE SÍ.

TÚ, QUE ERES LA PUERTA DEL CIELO,

NUESTRA SEÑORA DE LA RESURRECCIÓN,

LLÉVANOS A TU HIJO, EL RESUCITADO,

PARA QUE NOS ENTREGUE AL PADRE,

A FIN DE QUE DIOS SEA TODO EN TODOS

Y NOS HAGA VIVIR, YA AHORA,

COMO VERDADEROS HERMANOS,

SIENDO CONSTRUCTORES,

TODOS JUNTOS,

DE LA CIVILIZACIÓN DE LA PAZ,

DEL AMOR Y DE LA VIDA.

MARÍA DE NAZARET, MADRE DE LA IGLESIA,

NUESTRA SEÑORA DE LA RESURRECCIÓN,

RUEGA POR NOSOTROS Y POR NUESTRA PATRIA.

¡AMÉN!