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Noticeu Mons. Alberto Sanguinetti advirtió que los retos actuales de la educación son “enormes” y que existe un régimen excesivamente “centralizado y estatista” 

Mons.-Sanguinetti

“Aún falta mucho para reconocer una plena libertad de enseñanza”, asevera el Presidente del Departamento de Educación Católica de la CEU

El Presidente del Departamento de Educación Católica de la Conferencia Episcopal del Uruguay (DEC), Mons. Alberto Sanguinetti (Obispo de Canelones), reconoció el  aporte de la escuela pública estatal en la integración de la sociedad aunque advirtió que “en la organización concreta de la enseñanza en el Uruguay, aún falta mucho para reconocer una plena libertad de enseñanza, liberándonos de un régimen excesivamente centralizado y estatista”.

En el acto celebratorio del Día Nacional de la Educación Católica en el Bicentenario de las Escuelas de la Patria, que tuvo lugar el 10 de setiembre, en la Sala Vaz Ferreira de la Biblioteca Nacional, organizado por el DEC y la Asociación Uruguaya de Educación Católica (AUDEC), el Obispo destacó la concordancia generalizada en torno a que “los retos actuales en materia de instrucción, enseñanza y educación son inmensos” y calificó como “un anacronismo y una tontera histórica describir que la Iglesia – con afán de poder – usurpó la enseñanza que le correspondía al Estado”. “La verdad es que no entraba entre los fines del Estado procurar la enseñanza de la universalidad de sus miembros” hace 200 años, aclaró el Presidente del DEC.

Recordó que la enseñanza pública gratuita históricamente nace de la caridad de san José de Calasanz que en 1597 ,en Roma, “después de una inundación, viendo los niños en la calle, abrió la primera escuela gratuita de Europa, y fue uno de los precursores de la pedagogía moderna. Luego se sucederían múltiples iniciativas: congregaciones, obras episcopales y parroquiales, laicos, que derramaron el alimento de la educación y la enseñanza”.”Tan fecunda fue y es este variado y generoso servicio, que renovó las ideas en la sociedad y llevó a que a los Estados modernos asumieran la importancia de la educación universal”, enfatizó el Obispo.

“Creo que no se debe defender (la enseñanza pública) con rasgos de una ideología monopolizadora, en oposición a una enseñanza de formas diversas”, aseveró el Obispo de Canelones. Señaló, en este sentido, que “la educación católica no es una concesión, sino que es un modo de llevar a la práctica los derechos de los educandos, de los padres, de la comunidad católica y de la sociedad entera” y que “aún queda pendiente la pregunta acerca de una laicidad en la escuela pública estatal, que esté verdaderamente abierta a la presencia de la instrucción religiosa y no imponga una ignorancia absoluta sobre una cuestión tan presente en la humanidad”.

El Obispo destacó, asimismo,  que el derecho a aprender se enmarca en los derechos y obligaciones de los padres pero en su cumplimiento el Estado tiene un rol ineludible. Sobre este punto, reclamó  la necesidad de “avanzar en una verdadera justicia distributiva para favorecer el derecho de los alumnos y padres, sin penar a los que deseen una opción diversa de la escuela de dirección estatal”.

APORTE DE LA EDUCACION CATOLICA

Refiriéndose a educación católica admitió que es un desafío continuo “crear una síntesis adecuada entre la fe y la razón y no una mera yuxtaposición”. “A pesar del machacar de la propaganda positivista, aseveramos que el primer valor del realismo cristiano es la misma síntesis, apoyada en la razón y la fe, respetando cada estatuto epistemológico, sin oposiciones falaces”, subrayó.

Mons. Sanguinetti aseveró que “el principio cristiano y católico es sintetizador e inclusivo del saber y de las personas lo muestra la historia y lo que estamos celebrando”. Precisó que “en el seno de la Iglesia, de la relación articulada entre fe y razón, de libertad y verdad, de la unión ordenada de bien temporal y vida eterna, nacieron las dos principales instituciones de enseñanza, que hoy celebramos con alegría: la Universidad y la enseñanza pública”.

El Presidente del DEC afirmó que “una sociedad fundada en derechos humanos, para no volverse solamente una reivindicación fáctica de derechos, que termina en la disolución social o en la imposición de mayorías temporales, tiene que encontrar algún principio fundante de los derechos y que sea reconocido como verdad anterior a cada hombre”.

Al culminar su intervención, el Obispo invitó a celebrar “con humildad y sano orgullo, con agradecimiento, con alegría y responsabilidad el don y la tarea de la educación católica en nuestro país”.

Texto de la intervención del Presidente del DEC CEU

Día de la Educación Católica – 10 de septiembre de 2015.

Mons. Dr. Alberto Sanguinetti Montero

Estimados amigos:

En este día de la Educación católica celebramos como un símbolo el bicentenario de la solicitud de José Artigas de docentes sacerdotes para la escuela de la patria en Purificación. Digo que es un día simbólico porque la presencia de la educación católica no comienza ahí, sino que ya estuvo en los colegios de la fundación portuguesa de la Colonia del Sacramento, en las misiones de guaraníes y luego en Montevideo desde mediados del siglo XVIII.

Al mismo tiempo quiero conectar esta conmemoración con los 50 años de la Declaración Gravissimum educationis momentum, del Concilio Vaticano II, acerca de la educación cristiana, algunos de cuyos pasajes citaré.

Sin detenernos en muchas precisiones, podemos  ver relacionadas y de alguna formada distintas: la instrucción, la enseñanza y la educación. La primera parece fijarse más en la adquisición de conocimientos, la segunda atiende a la comunicación y el aprendizaje y la tercera acentúa la formación de las personas, sus valores, sus actitudes, su capacidad para asumir libre y conscientemente las diversas dimensiones de la vida humana.

No cabe duda que los retos actuales en materia de instrucción, enseñanza y educación son inmensos. Hoy en día quizás la mayor concordancia está en la toma de conciencia de la importancia de esta problemática, aunque no  tanto en las soluciones o caminos a seguir. Pero no me voy a detener en ello.

Sino que quisiera evocar algunos principios que sostienen o ubican a la educación católica.

Miremos, en primer lugar, los derechos y deberes ante la enseñanza.
Estamos en una sociedad que ha planteado la comprensión del hombre y de sí misma en torno a los derechos humanos, por lo cual cabe una mirada desde este punto.

Hoy todos somos concordes en la necesidad de la educación, puesto que en ella está una de las fuentes principales para el desarrollo personal y social y es cada vez más exigida para toda forma de trabajo.

De aquí el reconocimiento del derecho a la educación. El documento conciliar antes citado afirma: “Todos los hombres, de cualquier raza, condición y edad, por poseer la dignidad de persona, tienen el derecho inalienable a una educación que responda al propio fin, al propio carácter, al diferente sexo, y que sea conforme a la cultura y a las tradiciones patrias, y, al mismo tiempo, esté abierta a las relaciones fraternas con otros pueblos, a fin de fomentar en la tierra la verdadera unidad y la paz” (GEM 1).

Este derecho a aprender, en todas las etapas de la vida, reclama ser atendido principalísimamente en las edades del desarrollo personal. Entonces está unido con los deberes y derechos de los padres. En efecto, “es necesario que los padres, cuya primera e intransferible obligación y derecho es el de educar a los hijos, tengan absoluta libertad en la elección de las escuelas” (GEM 6).

A su vez, para el cumplimiento de estos derechos de educandos y padres, la sociedad toda, organizada como Estado, tiene un rol ineludible.

“El Estado debe proveer que a todos los ciudadanos sea accesible la conveniente participación en la cultura y que se preparen debidamente para el cumplimiento de sus obligaciones y derechos civiles. Por consiguiente, el propio Estado debe proteger el derecho de los niños a una educación escolar conveniente, vigilar la capacidad de los maestros y la eficacia de los estudios, mirar por la salud de los alumnos y promover, en general toda la obra escolar, teniendo en cuenta el principio de la función subsidiaria y excluyendo, por ello, cualquier monopolio de las escuelas, el cual se opone a los derechos naturales de la persona humana, al progreso y a la divulgación de la misma cultura, a la convivencia pacífica de los ciudadanos y al pluralismo que hoy predomina en muchas sociedades” (GEM 6).

Esto implica que “el poder público, a quien pertenece proteger y defender las libertades de los ciudadanos, atendiendo a la justicia distributiva, debe procurar distribuir las ayudas públicas de forma que los padres puedan escoger  con libertad absoluta, según su propia conciencia, las escuelas para sus hijos” (GEM 6).

A la luz de estos principios, comparto algunas observaciones desde la educación católica.

en primer lugar, la educación católica no es una concesión, sino que es un modo de llevar a la práctica los derechos de los educandos, de los padres, de la comunidad católica y de la sociedad entera.
No está mal señalar el aporte de la escuela pública estatal en la integración de la sociedad. Sin embargo creo que no se debe defender con rasgos de una ideología monopolizadora, en oposición a una enseñanza de formas diversas.
Con serena certeza histórica, afirmamos el hecho de que las instituciones católicas han sido medios de formación en valores y virtudes y han dado y ofrecen un gran aporte a las personas y a la sociedad toda. Han sido dadoras de oportunidades para muchos. Como botón de muestra permítaseme testimoniar que he encontrado ex -alumnos del P. Borrazás en muchas partes del país, reconocidos por la oportunidad que se les brindó generosamente. Por cierto los ejemplos se pueden multiplicar por miles. Y nos alegra mucho.

Por eso, cabe afirmar que, en la organización concreta de la enseñanza en el Uruguay, aún falta mucho para reconocer una plena libertad de enseñanza, liberándonos de un régimen excesivamente centralizado y estatista. Se ha de avanzar en una verdadera justicia distributiva para favorecer el derecho de los alumnos y padres, sin penar a los que deseen una opción diversa de la escuela de dirección estatal.
Aun queda pendiente la pregunta acerca de una laicidad en la escuela pública estatal, que esté verdaderamente abierta a la presencia de la instrucción religiosa y no imponga una ignorancia absoluta sobre una cuestión tan presente en la humanidad.
2) En un segundo lugar quisiera mirar a la enseñanza católica en relación a la misma concepción católica.

La educación católica, junto con la instrucción y la adquisición de habilidades, enseña valores. Más aún está al servicio del crecimiento de una persona sana, honesta, libre, buena, veraz, es decir, procura servir al desarrollo de las virtudes, al crecimiento de una persona virtuosa en toda su acepción.

Sin embargo, esto no basta. Gracias a la revelación de Cristo, verdadero hombre y verdadero Dios, que nos conduce al Padre y nos introduce en la comunión del Espíritu, el hombre y la humanidad son comprendidos y vividos en una profunda relación con la creación y con el Creador, con la naturaleza y con la historia, con el pecado y la gracia, con la vida, la muerte y la eternidad.

Sin poder desarrollar el argumento, quiero sintetizarlo en que el principio católico es un principio no totalitario, sino totalizador, integrador. Gran aporte y desafío de la educación católica es presentar la totalidad en su principio unificante que es Jesucristo, el Verbo encarnado, el Logos eterno hecho carne.

De aquí que la relación entre la razón y la fe, entre los distintos modos de conocer, es el mayor esfuerzo y la mayor grandeza de la educación católica: la integración de experiencia, intuición y arte, ciencia y tecnología, humanidades y filosofía, junto con la fe y la teología. Si puede decir con el adagio de Terencio: nada de lo humano me es ajeno, también puede decir: nada de lo divino y eterno me es ajeno.

Es éste un desafío continuo de la educación, tanto para crear una síntesis adecuada – no una mera yuxtaposición de fe y razón – como para mostrar su belleza y luminosidad, al tiempo de poder sanamente confrontarlo con pensamientos e ideologías.

Son pertinentes estas palabras del Papa Francisco:

“El 50º aniversario de la declaración conciliar, el 25º de la Ex corde Ecclesiae … nos inducen a reflexionar seriamente sobre las numerosas instituciones formativas esparcidas por todo el mundo y sobre su responsabilidad de expresar una presencia viva del Evangelio en el campo de la educación, de la ciencia y de la cultura. Es preciso que las instituciones académicas católicas no se aíslen del mundo, sino que entren con valentía en el areópago de las culturas actuales y dialoguen, conscientes del don que tiene para ofrecer a todos” (a los participantes en la plenaria de la Congregación para la Educación católica, 13 de febrero de 2014)

3) Para terminar quisiera  sacar dos verificaciones de la fecundidad de la síntesis cristiana en la cultura y civilización.

a) A pesar del machacar de la propaganda positivista, aseveramos que el primer valor del realismo cristiano es la misma síntesis, apoyada en la razón y la fe, respetando cada estatuto epistemológico, sin oposiciones falaces.

Una sociedad fundada en derechos humanos, para no volverse solamente una reivindicación fáctica de derechos, que termina en la disolución social o en la imposición de mayorías temporales, tiene que encontrar algún principio fundante de los derechos y que sea reconocido como verdad anterior a cada hombre.

En este ámbito es bueno notar cómo la visión cristiana – y por ende la educación católica – defiende la razón humana y su capacidad para alcanzar la verdad, no sólo en el ámbito científico, sino también en el histórico, ético y filosófico. Hay una realidad presupuesta, dada al hombre.

En el discurso del Papa Benedicto XVI en el Bundestag de Berlín recordó: “hay también una ecología del hombre. También el hombre posee una naturaleza que él debe respetar y que no puede manipular a su antojo. El hombre no es solamente una libertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza, y su voluntad es justa cuando él respeta la naturaleza, la escucha, y cuando se acepta como lo que es, y admite que no se ha creado a sí mismo. Así, y sólo de esta manera, se realiza la verdadera libertad humana”.

Esto puede parecer algo lejano, sin embargo, se trata del fundamento de la cultura y de la educación y, en último término en una confianza en la razón y la naturaleza.

Por ello, así proseguía el Papa:

“Sobre la base de la convicción de la existencia de un Dios creador, se ha desarrollado el concepto de los derechos humanos, la idea de la igualdad de todos los hombres ante la ley, la conciencia de la inviolabilidad de la dignidad humana de cada persona y el reconocimiento de la responsabilidad de los hombres por su conducta. Estos conocimientos de la razón constituyen nuestra memoria cultural. Ignorarla o considerarla como mero pasado sería una amputación de nuestra cultura en su conjunto y la privaría de su integridad” (Reichstag, Berlín
Jueves 22 de septiembre de 2011).

b)  que el principio cristiano y católico es sintetizador e inclusivo del saber y de las personas lo muestra la historia y lo que estamos celebrando. En efecto, en el seno de la Iglesia, de la relación articulada entre fe y razón, de libertad y verdad, de la unión ordenada de bien temporal y vida eterna, nacieron las dos principales instituciones de enseñanza, que hoy celebramos con alegría: la Universidad y la enseñanza pública.

Recordemos que la Universidad, como la conocemos hasta hoy, nace de esa inmensa búsqueda de saber integrado, de valoración de la naturaleza y de la gracia, de ciencia y artes, filosofía y teología, propios del pensamiento iluminado por el Logos eterno, hecho carne.

Por otra parte, con respecto a la enseñanza pública, es un anacronismo y una tontera histórica describir que la Iglesia – con afán de poder – usurpó la enseñanza que le correspondía al Estado. La verdad es que no entraba entre los fines del Estado procurar la enseñanza de la universalidad de sus miembros.

El desarrollo de la enseñanza en el mundo informado por el cristianismo surge de su interés por todo lo humano, del valor del hombre, la creación y la gracia de Dios. De aquí que durante muchos siglos cristianos, laicos, clérigos y monjes, religiosos, enseñaran cuanto pudieran y abrieran escuelas cada vez con mayor amplitud.

La enseñanza pública gratuita históricamente nace de la caridad de san José de Calasanz. En 1597 en Roma, después de una inundación, viendo los niños en la calle, abrió la primera escuela gratuita de Europa, y fue uno de los precursores de la pedagogía moderna.

Luego se sucederían múltiples iniciativas: congregaciones, obras episcopales y parroquiales, laicos, que derramaron el alimento de la educación y la enseñanza.

Tan fecunda fue y es este variado y generoso servicio, que renovó las ideas en la sociedad y llevó a que a los Estados modernos asumieran la importancia de la educación universal. Entre tanto también habían aparecido nuevas exigencias y nuevos medios; entre ellos no menor fue la importancia de la imprenta.

Amigos. Celebremos con humildad y sano orgullo, con agradecimiento, con alegría y responsabilidad el don y la tarea de la educación católica en nuestro país.

Muchas gracias.