Iglesia al día

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La Iglesia en los medios Livia: una mujer sencilla que llega al corazón del Paso de la Arena [se menciona a la Iglesia]

LA REPÚBLICA |

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“NO SÉ SI SOY SOLIDARIA, ESA ES UNA PALABRA MUY GRANDE”

En el Día de la Mujer, queríamos rendir un homenaje a todas eligiendo como representante a una mujer común, sin cargos públicos, ni empresarios, ni académicos. A una persona simple pero comprometida, con mucha entrega solidaria y de servicio, sin esperar nada a cambio.

Seguramente hay muchas como ella, pero por diversas razones escogimos en este día especial a Livia, que con sus 74 años y un serio problema que hoy le impide caminar, igual sigue ayudando en el barrio de toda su vida: Paso de la Arena.

A partir de sus 25 años, trabajó honorariamente en diversas policlínicas y en la guardería “Sol y Luna”, cuidó a enfermos y actualmente tiene un grupo en la parroquia, en el que intenta hacer paseos para que los adultos mayores no se sientan solos.

Su historia

En el día 8 de marzo se suele hablar sobre las injusticias que sufren las mujeres día a día y a las que aún hace falta enfrentar para poder llegar a la utopía: la igualdad. Para ese día, usualmente las que toman la palabra son mujeres famosas, que han llegado a un lugar en la toma de decisiones políticas o empresarias. Sin embargo, hay otras que dedican parte de su vida a ayudar a los demás.

La vida de Livia Fernández es uno de esos casos. Hace ya más de 7 años que no puede caminar por el dolor de su rodilla, pero igual sigue ayudando en el barrio de toda su vida: Paso de la Arena. A partir de los años 70, con 25 años, comenzó a gestar un grupo de vecinos con el objetivo de crear un fondo común para que pudieran ayudarse mutuamente, trabajó honorariamente en diversas policlínicas y en la guardería “Sol y Luna” durante muchos años y actualmente tiene un grupo de adultos en la parroquia, en el que frecuentemente dona ropa, hace paseos e intenta sacar a los adultos mayores de sus casas para que no se sientan solos.

Con su voz suave, dulce y vibrante, Livia contó a LA REPÚBLICA sus experiencias durante sus 74 años de vida, referidas a esas historias que los medios casi nunca cuentan y que se diluyen en los barrios comunes, situados en la periferia, donde los vecinos suelen unirse para solucionar sus problemas cotidianos.

“No sé si soy solidaria, esa es una palabra muy grande. Me gusta definirme como colaboradora, porque hay muchas personas que hacen más cosas que yo. Y si te digo la verdad, no sabía si quería hacer esta entrevista. No le encuentro mucho sentido hablar sobre lo que yo hice”, así comenzó su relato Livia, quien prefirió definirse como ama de casa y trabajadora doméstica. Actualmente está jubilada.

“Me eduqué con una tía que siempre fue de ayudar a la gente sin mirar cómo era la persona. Así transcurrió mi niñez y mi adolescencia, con ese hermoso ejemplo. Luego, en el 75 me casé, pero nunca me fui del barrio”, recordó, mientras que su voz dulce y jovial cobraba aún más firmeza a medida que su relato transcurría.

Aunque tuvo dos hijos, Livia siempre se hizo un tiempo. Agobiada por las tareas de la casa, por las horas de trabajo, siempre encontró un “tiempito” para ayudar. “Siempre digo que uno a veces tiene que empezar para que otros sigan, porque a las personas hay que darles un empuje para que ellos empiecen a trabajar.

Uno solo no puede, ayudar es una actividad en conjunto. Muchos tienen miedo de animarse por lo que el otro pueda decir. Pero eso no es importante. Si querés ayudar a alguien, no es necesario conocerlo. Podes hacerlo en el trato cotidiano. Yo soy así, me arriesgo. Nunca me he arrepentido de lo que he hecho aunque algunas veces he salido mal parada”, agregó.

Con sus 74 años, siempre trabajó para el barrio y conformó un grupo de vecinos en los tiempos en los que Paso de la Arena aún no tenía acceso al agua y a la luz. Gracias a ese grupo, logró que el barrio accediera a esos servicios. “Siempre colaboré con las cosas que había que hacerse en el barrio e incluso estuve hasta hace poco en una comisión de fomento.

En los 70 conformamos el grupo de vecinos, que estaba integrado tanto por jubilados como por jóvenes, quienes comenzamos a juntar firmas mientras que los adultos mayores hacían los trámites para conseguir la personalidad jurídica. Lo único que queríamos era ayudarnos mutuamente.

Si se quemaba una lamparita, allá íbamos. Yo hacía la colecta y llevaba el cuaderno con lo que cada uno de los integrantes ponían, que usualmente era un peso por mes. Luchamos para poder acceder al agua y para que a la calle principal del barrio le pusieran pedregullo.

También nos movimos por la luz y para que pasara el basurero. En la comisión, mientras tanto, salíamos para hablar con los vecinos y ver lo que precisaban, le regalábamos un surtido de alimentos por mes”.

A partir del 77 y 78, además de ayudar al barrio, comenzó a trabajar en la parroquia siendo catequista. Asimismo, se dedicó a cuidar a las personas que estaban solas, especialmente los adultos mayores que no tenían hijos. En el último tiempo ayudó a dos familias: un matrimonio que no tenía hijos y otro que pertenecían a la comunidad de la iglesia.

Los acompañó hasta que fallecieron. “Iba a la casa porque ellos no dejaban entrar a nadie y no sé cómo pude entrar. Yo les hacía los mandados, los acompañaba o simplemente me hacía el mate y conversábamos. Ellos me querían como si fuera una hija, porque no tenían muchos parientes”.

También trabajó en una policlínica del barrio, ayudando a la doctora comunitaria y colaboró en la guardería “Sol y Luna”. Actualmente tiene un grupo de adultos en la parroquia. “Hace 15 años que falleció mi esposo. Luego de eso, empecé a dejar las cosas de a poco. Las cosas no las podes dejar de un día para el otro, tenés que ir integrando gente para que la idea siga.

Después me dediqué de lleno a trabajar en la parroquia. Hacemos paseos, donamos, vendemos para pagar obras, damos ropa y ayudamos a la persona que precisa”.

“Ayudo al que puedo, hace ya más de 7 años que ya no puedo caminar por la rodilla pero sigo tratando de colaborar. Hacemos paseos para que la gente se sienta contenta, porque a veces hay que sacarla de la casa. Si los dejas, se ponen con las comedias, con la tablet y con el celular. Eso ha hecho que se pierdan los encuentros reales con las personas, con la familia y hace que las personas se sientan solas”, reflexionó.

Actualmente, el grupo de vecinos que ella conformó ha quedado sin efecto. Luego de que ella se apartó por motivos de salud, solo quedaron 4 personas. “A pesar de que nos llevó dos años sacar la personalidad jurídica, en la que una escribana del barrio nos ayudó porque no nos cobró nada, ahora todos esos libros están guardados dentro de un cajón.

Me da lástima que estén esos libros guardados y que la gente no haga nada. Hace un tiempo empezaron a moverse dos o tres vecinos pero después vinieron a decirme que yo ya sabía cómo era la situación. Les contesté que ya no lo puedo hacer y que no puede pasar que una persona deja y queda todo en la basura. Ahí están los libros guardados en un escritorio, a pesar de todo lo que nos movimos. Pero, ¿sabe lo que pasa? La gente no se quiere comprometer.

El compromiso lleva tiempo y las personas están metidas en quinientas cosas. Nadie tiene tiempo”.

“Para la política hay gente, pero para lo que yo quiero hacer no hay”

Livia también es una mujer con una arista política. Militó en el Partido Demócrata Cristiano del Frente Amplio y fue concejal cuando comenzó a iniciarse esa nueva forma de organización.

Pero ahora no está trabajando en política y, según sus palabras, no quiere saber nada. “Ahora no estoy trabajando en política y no quiero saber nada. Me parece que para la política hay gente, pero no la hay para cuando se trata de hacer algo desinteresado, en el que no se reciba ningún beneficio o dinero a cambio. Dejé la política porque veía cosas que no me gustaban y porque también me cansó. Actualmente estoy dirigiendo mis esfuerzos en la Red de la Zona Oeste, representando a la parroquia”.

“Teníamos lo necesario y con eso vivíamos”

“La gente piensa que hay otras personas para colaborar, que no sirve para eso o no tiene tiempo. También te dicen yo no soy como vos. Puede ser que no sirva, pero puede ser útil para otra cosa. Hay para hacerse tanta cosa en el barrio, que no puede ser que una persona deje y los otros no sigan ayudando”, afirmó Livia.

Consideró que algunas personas son “un poco egoístas”. “Si vos te pones a recorrer, hay muy poca gente ayudando. La gente joven no está para eso, creo que de repente cuando tengan 50 o 60 años, capaz que se movilizan. Pero ahora están trabajando, a veces tienen hasta 2 trabajos y tienen chiquilines. Nosotros antes nos dábamos un tiempo porque no vivíamos para comprar. Teníamos lo necesario y con eso vivíamos. Antes no trabajábamos tantas horas.

Ahora viven para tener más cosas y aunque tengan una televisión, quieren una más grande.

Entonces, las personas viven corriendo, ya no existe el tiempo para el otro”.