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La Iglesia en los medios “Las mujeres blancas tuvimos que aprender a negociar” [nombra a la Iglesia]

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Beatriz Argimón es la primera mujer que preside el Directorio del Partido Nacional.

En la casa del Partido Nacional hay decenas de pinturas, fotografías y bustos. Son representaciones de batallas e imágenes de sus caudillos, recordados porque lideraron revoluciones, llegaron a lo más alto del poder, o formaron parte de la rica tradición histórica de la colectividad fundada por Manuel Oribe.

Todas esas obras muestran a hombres, excepto un busto, una pintura y una foto. Las dos primeras están en la sala en la que sesiona el Directorio y corresponde a Josefa Oribe, hermana de Manuel, que tuvo un papel destacado en el proceso de independencia, en la Cruzada Libertadora, y murió en 1835. La tercera es una foto de Cecilia Fontana de Heber, quien fuera esposa del dirigente nacionalista Mario Heber (y madre del actual senador Luis Alberto Heber), que murió en 1978 después de beber de una botella vino envenenado, un episodio trágico que nunca fue aclarado.

Oribe y Heber son las únicas mujeres en un mar de hombres. Una murió un año antes de que se fundara el Partido Nacional; la otra fue víctima de un asesinato con fines políticos. Y eso es una demostración de una realidad innegable: la primera línea de dirigentes del Partido Nacional siempre estuvo dominada por hombres.

Por eso lo que ocurrió el lunes 16 fue tan significativo: ese día, Beatriz Argimón, una exlegisladora con una extensa trayectoria a favor de la militancia femenina, se convirtió en la primera mujer presidenta del Directorio del Partido Nacional. Con su nombramiento, los blancos son la tercera colectividad en designar a una mujer como principal referente de la dirección partidaria, algo que hicieron en 2012 el Partido Colorado y el Frente Amplio con Martha Montaner y Mónica Xavier, respectivamente.

Argimón fue nombrada por Luis Lacalle Pou para ocupar el puesto que hasta ahora pertenecía al senador Heber. La nueva presidenta tiene 56 años, está casada con el abogado Jorge Fernández Reyes y es madre de Belén (31) y de Santiago (25), dos jóvenes vinculados a la comunicación que no tienen militancia partidaria. Es escribana, pero ejerció apenas ocho años.

Creció en un hogar nacionalista, con una madre wilsonista y un padre herrerista. En 1989 resultó electa edila por Montevideo y ahí comenzó un periplo político que continuó como directora del Iname (hoy INAU), y después en el Parlamento, primero como diputada y después como senadora suplente de Lacalle Pou. Hasta ahora se desempeñaba como secretaria del Directorio y también presidía el Centro de Estudios Josefa Oribe.

En su partido las mujeres no han tenido una gran presencia en puestos de decisión. ¿Qué cree que puede aportar usted?

Estadísticamente hablando, es uno de los partidos en el que las mujeres tenemos menos acceso a lugares de decisión. Pero el proceso lo teníamos que hacer primero nosotras. Creíamos que por militar naturalmente íbamos a acceder al poder. Pero yo sentía que era un proceso demasiado largo y por eso había que trasladarlo a la agenda partidaria. Primero cambiamos las mujeres; tenías a Ana Lía Piñeryúa, Nené Villanueva, Matilde Rodríguez, y en el interior a algunas que se destacaban. Veías que había un potencial fantástico que no estaba representado. Tenía que ver primero con nosotras mismas: hacernos profesionales de la política, que era algo que no se nos planteaba. Antes era muy difícil que una joven dijera “yo quiero ser mujer política”.

Sectores del Frente Amplio y del Partido Colorado reivindican el rol que jugaron mujeres como las hermanas Luisi, o Alba Roballo en su historia. Usted mencionó a Josefa Oribe, pero está muy lejos en el tiempo.

Los blancos no teníamos en el discurso, o presente en lo cultural, la imagen de mujeres emblemáticas. Lo empezamos con la recuperación de la imagen de Josefa Oribe, que salió a juntar fondos para la Cruzada Libertadora. Estuvo presa, fue combativa, sirvió de chasque. Fuimos las mujeres del partido las que miramos alrededor y dijimos: “¿Nuestra historia dónde está?”. Estaban las lanceras de Aparicio Saravia. Poca gente sabe de ellas y también del rol de las mujeres en la resistencia de Paysandú, que fue impresionante.

Además de convencerse ustedes, también les tocó lidiar con sus compañeros. Dio batalla, por ejemplo, con la ley de cuotas. ¿Por qué les cuesta tanto a los blancos aceptar esos temas?

Por algo yo me jugué mucho por la ley de cuotas: todos cumplimos un rol en nuestra militancia. Asumí el compromiso de ser la aperturista y de demostrar una realidad en el partido: que había mucha mujer militante pero pocas con poder. Empezaron a aparecer estudios universitarios que fortalecían numéricamente lo que yo decía y eso ayudó a poder poner el tema sobre la mesa. También vimos que fracasábamos en la negociación, porque no estábamos habituadas a negociar. Cuando se plantea la ley de cuotas tuve episodios muy fuertes de debate, hubo gente que no la votó y no entendió el planteo. Pero en el Partido Nacional hubo un proceso interesantísimo. Hoy ves edilas, concejalas, suplentes de diputados, no todas las que quisiéramos aún, todas con agenda propia. Y en la elección de jóvenes también.

Su partido tiene su base electoral en el interior, pero le cuesta crecer en Montevideo o localidades de Canelones. Es en el interior profundo donde parecería que hay más dificultades para consolidar esa visión de igualdad entre hombres y mujeres.

Es importante que la cuota no se interrumpa. Si yo quiero ser mujer política voy a negociar. No es que voy a ver si el dirigente me tiene en cuenta: le tengo que decir que quiero competir.

“Los blancos no teníamos en el discurso, o presente en lo cultural, la imagen de mujeres emblemáticas. Lo empezamos con la recuperación de la imagen de Josefa Oribe”
Usted lleva años en política. Le habrá tocado ver que muchas decisiones las tomaban hombres en reuniones de camaradería a altas horas de la noche cuando, en general, las mujeres ya estaban en sus casas ocupándose del hogar y de sus hijos.

El candidato miraba el panorama con una lupa y terminaba eligiendo, en general, a varones. Perdíamos espacios porque perdíamos en la negociación. Nos costaba decir “quiero ser candidata a diputada o candidata a edila”. Llegado el momento el candidato tenía presiones y ahí las mujeres perdían. No era un aparato maquiavélico que nos obstaculizaba, cada uno peleaba y nosotras mirábamos pensando “nos van a venir a buscar porque trabajé pila”. No es así.

También debe incidir que la visión de Lacalle Pou sobre estos temas no debe ser la misma que tenía en su momento Luis Lacalle Herrera cuando lideraba el partido.

Ahora que estoy más vieja veo las cosas de otra forma. Me encanta ver cómo se mueven los partidos. Y uno aprende. Cada partido tiene sus tiempos.

Desde afuera muchos sostienen que los blancos son conservadores, que los hombres deciden y las mujeres acompañan. ¿Es un problema en la forma de comunicar?

Yo viví la historia de adentro siendo mujer política: como somos una fuerza política histórica basada en la libertad, era difícil pensar en una cuota. Además, nuestros dirigentes no tenían en el discurso mano a mano, ni en el público en su agenda como uno de los temas a destacar. Eso conspiró a decir que había una mirada conservadora.

“Ahora que estoy más vieja veo las cosas de otra forma. Me encanta ver cómo se mueven los partidos. Y uno aprende. Cada partido tiene sus tiempos”
Algo que ayudaba a reforzar la idea que tienen algunos del blanco machista y pituco.

Pituco en Montevideo, en el interior no. Ahí está lo otro: creo que hay un tema de no conocer de veras. Y hay una suerte de armado de discurso donde se nos quiere ver como más conservadores o pertenecientes a determinados estratos sociales y eso para los que militamos es de las cosas que más duelen. Porque no es así.

En general, se asocia el feminismo con la izquierda. ¿Cómo es ser blanca y feminista?

Hay distintas formas de concebir el feminismo. Yo no tengo nada que ver con el feminismo fundamentalista. Pero me parece que una mujer que siente que quiere vivir su vida en plenitud no puede no ser feminista. En el feminismo está el reconocer lo que pelearon mujeres y hombres para que, por ejemplo, pudiéramos ser electoras y elegibles, pudiéramos tener la administración de nuestros bienes, pudiéramos divorciarnos. No ser feminista implica no reconocer lo que otras hicieron por mí. Significa no reconocer lo que muchas hicieron o hicimos para que nuestros hijos disfruten de forma equitativa criar a sus hijos, cambiar pañales, que los varones no se pierdan ese momento mágico de mirarlos a los ojos cuando los están cambiando o le den la mamadera. Eso forma parte de esa revolución que impone la mujer por necesidad y por derecho a ejercer su libertad, pero acompañada por los hombres. No hay un feminismo basado en el yo sola.

Cada vez más mujeres se consideran feministas, muchas con discursos en los que señalan a los hombres como responsables de todos los males. ¿Cómo lo observa?

No comparto en absoluto un discurso de esas características, muchos de los cuales conllevan mensajes violentos. No somos mejores que los hombres, somos diferentes. Quien dé el debate desde un lugar que no considere a la otra parte, no es el feminismo que yo concibo. A mí no me representa ninguna manifestación, ni feminista ni de nada, que conlleve violencia.

En la marcha del 8 de marzo se hicieron pintadas en una iglesia y cuando algunos criticaron esa acción hubo quienes respondieron que se da más importancia a una pared que a la situación de las mujeres.

A mí me importó. Son pocas, por suerte, porque fue una marcha multitudinaria y fue puntual. Pero ni la iglesia ni el Banco República. Mi militancia ha sido contra la violencia doméstica, entonces no puedo buscar una militancia basada en la violencia. Además puede ir en contra de lo que fue el trabajo de muchas de nosotras, que aprendimos a interactuar pese a pensar diferente y a llevar adelante propuestas concretas que hoy son leyes o políticas públicas concretas. Eso se hizo basándose en construcción y no en manifestaciones violentas. Si hubo una revolución pacífica fue la femenina.

“No somos mejores que los hombres, somos diferentes. Quien dé el debate desde un lugar que no considere a la otra parte, no es el feminismo que yo concibo”
Hay sectores del feminismo que plantean que el problema del patriarcado tiene que ver con el capitalismo. ¿Qué opina?

Eso es no conocer la historia. ¿Qué pasa en China? ¿Qué pasa en Cuba? ¿Qué pasa en la URSS? Ahí es donde veo el riesgo de que empiece a desnaturalizarse el movimiento que en realidad piensa en términos de ejercicio real de los derechos en todas partes del mundo.

Para muchos sectores feministas la Iglesia católica es prácticamente un enemigo, empezando por la cardenal Daniel Sturla.

Yo no tengo nada ver y soy una mujer de fe.

Muchos blancos están identificados con la Iglesia católica.

Oribe fue un gran católico. Pero hay católicos, protestantes y ateos. Tengo mucha expectativa en el cardenal Sturla; los líderes religiosos están llamados a cumplir un rol importante, primero en el tema de la violencia. Pero si tú vas a militar viendo enemigos en todas partes, difícilmente consigas el objetivo.

Hace un tiempo se colocó la bandera multicolor en el Día Internacional del Orgullo LGBTI en la fachada del Directorio. ¿Cómo fue?

En la Convención Nacional se planteó acompañar las reivindicaciones de la sociedad, como el cáncer de mama, autismo, entre otros. El partido todos los meses lo hace; hasta hace poco estaba el lazo azul por el autismo, también estuvo el lazo amarillo por el Día del Niño por Nacer. Se va siguiendo lo que es lo natural, que son los días internacionales. Tuvo algún cuestionamiento en el Directorio, pero se cumplió con lo que la Convención había decidido.

“Tengo mucha expectativa en el cardenal Sturla; los líderes religiosos están llamados a cumplir un rol importante, primero en el tema de la violencia”
En general se ve a la izquierda como la colectividad que trabajó en esos temas.

Hay una suerte de estrategia planteada por la izquierda de hablar de una nueva agenda de derechos. En realidad, no se trata de una nueva agenda de derechos, sino de derechos humanos que deben ser ejercidos. Eso forma parte de estrategias políticas.

Dice que la manera en que buena parte de la opinión pública ve a los blancos responde a un “tema cultural”. ¿Por qué?

Hubo una estrategia desde la izquierda. Se hizo mucho más notorio desde el momento en que el Frente empezó a competir fuertemente. El partido debió haberlo percibido, haberse dado cuenta de esas cosas.

En ese sentido, por ejemplo, se considera como algo negativo que Lacalle Pou viva en La Tahona.

Eso es mucho más lo que dicen sectores militantes que lo que la gente común piensa. La militancia marca muchas veces o estereotipa a los candidatos del otro partido. Eso pasa en general con los líderes del Partido Nacional, por eso digo que es una estrategia de izquierda.

“Hay una suerte de estrategia planteada por la izquierda de hablar de una nueva agenda de derechos. En realidad, no se trata de una nueva agenda de derechos, sino de derechos humanos que deben ser ejercidos. Eso forma parte de estrategias políticas”
También se los asocia de manera negativa con los reclamos que surgen desde el campo.

Eso tiene que ver con los orígenes del partido: históricamente aparece vinculado a los requerimientos del campo. Después se volvió también un partido urbano. Si querés hacer política tenés que entender la realidad del campo y la realidad urbana. Pero ese es nuestro origen histórico y estamos muy orgullosos de eso, de nuestros postulados, de ser los defensores de las leyes.

Hay quienes hoy comparan lo ocurrido con la tarjeta corporativa de Pablo García Pintos en el Banco República con la situación de Raúl Sendic en Ancap.

Eso es estrategia política pura, no tiene nada que ver lo que fue un episodio del vicepresidente, su gestión, cómo dejó el organismo que gestionó y todo lo demás con algo que pasó hace 20 años. Ni sabíamos que existían las tarjetas corporativas, y una persona gastó eventualmente un dinero para determinados compromisos que él entendía que podían ser. No tiene nada que ver una cosa con la otra. Es el juego planteado por la izquierda.