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La Iglesia en los medios Las confesiones de un cura millenial: “Jesús fue el primer feminista”

ECOS. LA |
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Juan Andrés Verde es una de las caras renovadoras de la Iglesia y habla de todo: feminismo, abusos, el matrimonio igualitario y el aborto.

“De un bostazo de vaca vi salir lindas flores y Dios saca cosas lindas de algunos bostazos”, dice Juan Andrés Verde, antes de recostarse en el sillón, agarrarse la cabeza y largar una carcajada que retumba en el ambiente.

El mate clavado bajo la axila parece de utilería en el cuerpo de un ex pilar de rugby, que no asusta por lo alto sino por lo ancho, que supo defender a Uruguay en dos mundiales juveniles y que hoy representa una de las caras renovadoras de la Iglesia Católica.

“En el colegio me agarraba a trompadas, adentro de la cancha de rugby era un asco y hasta hoy me cruzo con rivales en la misa que no pueden creer que sea yo quien les da la comunión (risas)”, agrega Verde, quien cumplió 30 años hace pocos días y recibe a ECOS en una sala anexa a la Parroquia Stella Maris.

Juan Andrés nació en el Prado, donde se crío con sus padres y sus tres hermanos. Durante su niñez y adolescencia compaginó los estudios en el Colegio Monte VI con el rugby en el Club Carrasco Polo, lo que le valió convocatorias a la selección Uruguay. Sin embargo esa niñez privilegiada tuvo un vuelvo cuando la crisis de 2002 cambió la realidad familiar y le permitió a conocer otros contextos sociales.

“Del Prado nos fuimos a vivir a una casita en Lezica y dejamos el Monte IV por el Colegio Pío. Para mi cambiar de barrio fue una experiencia espectacular porque salí de un contexto donde todos los pibes eran iguales y me metí en otro contexto que era una murga, porque era realmente muy diverso. Fue una oportunidad de hacerme nuevos amigos, de abrir los ojos y conectarme con otras cosas también. A nivel académico fueron mis mejores años y me encontré con un lugar que sentía propio porque era gente tranquila, sencilla y trabajadora. Descubrí que tenía amigos que me querían por lo que era y no por lo que tenía y eso, en una sociedad consumista como la nuestra, estuvo muy bueno”, sostiene.

Fue allí, en el Colegio Pío, donde el trabajo y las misiones de los curas salesianos le presentaron el primer llamado vocacional, que él mismo se encargó de sepultar.

“La apagué por miedo o porque pensé que se me iba a pasar. Estaba en tercero de liceo y veía el trabajo de los curas salesianos con el barrio, con la gente, en las misiones. Eso me pareció buenísimo pero no le di bola. Me puse de novio y seguí mi vida. Tres años más tarde tenía todo lo que creía que me hacía feliz pero no me sentía pleno. Tenía una familia que me quería, un grupo de amigos de fierro, una novia maravillosa, estudiaba veterinaria y había jugado dos mundiales juveniles de rugby con Uruguay contra los mejores, porque jugamos contra Nueva Zelanda, Sudáfrica, Argentina, Australia, Irlanda, contra todos. Tenía todo eso y me seguía sintiendo vacío. Me fui de misión al Paiva (el Instituto Benigno Paiva Irisarri) que es una obra preciosa de salesianos que trabajan en el medio del campo con un montón de hijos de peones rurales. Los curas de ahí hacen un laburo espectacular y ahí, lejos de todos mis afectos y en el medio de la nada, me encontré con Jesús, que me llenó todos los recovecos”, cuenta.

La llama de la fe era cada vez más intensa pero Juan Andrés seguía en pareja con Jimena, estudiaba veterinaria y pasarse al Seminario no era un opción en el menú inmediato.

“Incluso volví con dudas porque lo negaba, no quería ser cura pero quería ayudar, y me cambié de carrera. Deje veterinaria y me metí en relaciones laborales, para ayudar a los trabajadores, a las empresas y ver si por ahí podía llenarme. Además me metí a trabajar en las cárceles, con un proyecto piloto de rugby con los presos, que fue la semilla de lo que hoy es Pelota al Medio a la Esperanza, que es un proyecto espectacular. De todas formas me faltaba algo y ahí me di cuenta de que tenía que ser cura. Mi novia me escribió una carta, que aún conservo, donde me decía que me veía feliz y que, pese a que le costaría mucho, ella me abría las puertas por si quería meterme en esto. Fue un gesto tremendo de su parte, ella se dio cuenta que Dios me llenaba como nadie y hasta el día de hoy siento que Jimena fue el regalo más grande que Dios me dio. Fue una gran amiga y una gran compañera pero la relación, al lado de lo que me pasaba a mí con Jesús, quedaba muy chica”, sentencia.

Convertirse en sacerdote no es fácil porque, al margen de la carga teórica que debe estudiarse y de los renunciamientos que su vida implica, cada hombre debe recorrer un camino de aceptación personal y familiar.

En el caso de Juan Andrés la familia tuvo reacciones opuestas, aunque todos terminaron alineados bajo su objetivo.

“Mi hermanos me bancaron como loco cuando les dije, pero mirá lo que son las cosas. Mi viejo quería ser cura, se fue a Argentina para convertirse en monje y una regla monástica de allá dice que cuando tu padre o tu madre están enfermos, antes de hacer los votos perpetuos, uno tiene que encargarse de ellos. Estando en Argentina se enfermó mi abuelo, a mi viejo lo tiraron para atrás y mi abuelo estuvo 10 años postrado. Al quinto año mi padre se enamoró de una mujer que es mi mamá y escribió una cartita explicando lo que le había pasado. Mamerto Menapace (monje benedictino, y escritor argentino) le contestó con unas líneas muy simples. ‘Si las puertas del corazón golpean dale para adelante’. Así, simple. Mi viejo estaba convencido de que quería ser cura y Dios le mostró el otro camino, que era el amor y una familia. A mi Dios me mostró mi camino también. Mis padres son dos personas de fe y siempre quisieron tener un hijo cura. En ese sentido el apoyo fue total. Mi abuelo al contrario, ni bien se enteró me tiró la fresca y me dijo ‘lamento que desperdicies así tu vida”, confiesa.

Sin embargo, la historia tuvo un final feliz: “El día de mi ordenación mi abuelo estuvo en la primera fila y en mi primera misa se puso a llorar como loco. Me llegó a pedir perdón y después se murió. El camino de transformarse en cura no solo tiene incomprensiones para afuera, también las tiene para adentro. Hoy, después del camino recorrido, te puedo decir que soy muy feliz”.

Escribir su nombre en un buscador de Internet dispara múltiples resultados, entrevistas, programas de entretenimientos y conferencias. Desde la propia Iglesia lo señalan como la cara de la renovación porque su pasado deportivo, su carisma, su humor a prueba de balas y su discurso directo lo hacen más terrenal que el resto.

“Hay muchos curas jóvenes pero que no tienen la prensa que tengo yo. Me queda enorme ese lugar de ser la renovación de la Iglesia. Hay curas jóvenes en Montevideo y en el Interior que me dan mil vueltas, en capacidad y en carisma. No niego que me toca tener una exposición muy grande y eso me genera también una presión extra”, resume.

Ingresar a una institución como la Iglesia Católica supuso también adaptarse a las nuevas reglas y hacer frente a una problemática sostenida en el tiempo: los abusos sexuales.

“Estando yo en el Seminario empezaron a saltar cosas terribles en la interna de la Iglesia a nivel mundial y a esa gente yo no la quiero en mi equipo. Me encontré con un Cardenal (Sturla) que estaba dispuesto a cortar por lo sano, tomar medidas y salvar lo bueno que tiene la Iglesia Católica. La Iglesia trasciende lo humano, me trasciende a mí, por supuesto, pero también a Sturla y al Papa Francisco. Yo no comulgo con esa idea de que en la Iglesia es todo horrible, porque hacer eso sería desconocer la cantidad de hermanos religiosos que llegan a lugares donde nadie llega. En la Iglesia pasaron cosas lamentables de las cuales me avergüenzo, pero también hay miles de acciones positivas al día que no salen a la luz”, define.

En Uruguay existe un protocolo de acción para denunciar casos de abuso sexual en filas eclesiásticas que incluye denunciar los casos ante policías y fiscales.

Para Verde el “accionar de la Iglesia contra los abusos es clarísimo” ya que “no hay amistad o trayectoria que pueda con la transparencia”.

“Acá hay un protocolo claro a seguir que incluye la denuncia policial y la denuncia ante la Fiscalía que corresponda. Y eso corre para los abusos sexuales y para la violencia doméstica. A mí se me acercó una mujer que me decía que le pegaban y yo lo primero que le dije fue que hiciera la denuncia. Si esa mujer mañana es víctima de un sacerdote le voy a decir exactamente lo mismo”.

El 16 de noviembre de 2016 la Conferencia Episcopal Uruguaya informó que recibió 44 denuncias de abusos sexuales cometidos por 40 sacerdotes de todo el país, en un período que abarca 70 años. Al momento del anuncio, de los 40 sacerdotes sospechosos 20 estaban muertos y cuatro fueron sancionados.

“Algunos casos prescribieron y muchas curas acusados ya estaban muertos. La Iglesia Católica para mí es un equipo y hay una mano dura que manda un mensaje hacia adentro también, porque cada sacerdote sabe lo que tiene que hacer. En este tema el Cardenal Sturla fue muy claro”, dice Verde.

Consultado sobre el feminismo y sus tensiones con la Iglesia en Uruguay, el párroco dice que hay que separar los tantos. “El término feminista creo que se asocia a lo radical y ahí aparece la figura de la feminazi, la antorcha y las críticas a la Iglesia. Yo soy un feminista pro mujer y lo aclaro así, pro-mujer, porque quiero la igualdad de las mujeres y construyo desde ese lugar, pero no soy radical ni mucho menos. Es fuerte esto que voy a decir, pero Jesús fue el primer feminista pro mujer y eso, pro mujer, hay que dejarlo claro. Dijo ‘el que esté libre de pecado que tire la primera piedra’ para defender a una mujer a la que iban a matar. Le dio un lugar a María y a todas las mujeres que nadie se lo daba en esa época. Yo sigo a Jesús y soy pro-mujer”.

Durante la última marcha del 8 de marzo la Iglesia del Cordón fue vandalizada con bombas de pintura, lo que generó la condena del Cardenal Daniel Sturla. Sin embargo, las organizaciones feministas exigieron una respuesta, también de condena, contra los femicidios, los abusos sexuales y la violencia doméstica.

“Yo creo que Sturla condenó los femicidios, el abuso y la violencia doméstica. Yo estoy en Carrasco y me toca a acompañar a mujeres que atraviesan situaciones terribles y que llegan desde distintos lados. Y hay curas que laburan en la periferia de la ciudad y están embarrados hasta el cuello con casos espantosos y están ahí, bancando y acompañando a hermanos que viven situaciones terribles”.

Juan Andrés también debió asumir posturas sobre otros temas centrales en la agenda de derechos como el matrimonio igualitario, la Ley Trans o el aborto y ese ejercicio lo obliga a utilizar un doble lente, uno institucional y otro generacional.

“El matrimonio, por la etimología de la palabra, es entre hombre y mujer. Eso lo tengo claro. El matrimonio igualitario lo respeto, a full, pero no lo comparto. Lo más grande que tiene una sociedad es la unidad y el respeto en la diversidad, entonces así como yo respeto eso hay gente que respeta mi decisión de ser sacerdote aunque no la comparta. ¿Te pensás que a las parroquia no van los homosexuales? Claro que van. Para mí una persona homosexual es igual a una heterosexual, no se diferencian en nada. La Iglesia es mi casa, es tu casa y es la casa de todos. En Panamá confesé a una chica transexual y me pareció una bendición porque, aún en la decisión de vida que tomó, esa persona vivía su fe con plenitud”, dispara.

“El aborto nunca lo voy a apoyar porque creo que no es solución y la solución va por otro lado. Me consta que el Estado llega a los barrios más humildes y hace un trabajo muy fuerte en la prevención. Pero no voy a estar nunca a favor del aborto y te explico el motivo. Conozco de cerca muchos casos de parejas que se mueren por tener un hijo o por formar una familia y no pueden. Distinta es la despenalización del aborto”, sentencia.

En un año electoral, Verde tiene claro que el problema mayor no es la inseguridad, la economía, la falta de trabajo o la educación. El problema, según él, está en la falta de sentido.

“Mi política es la del cielo y la de Cristo, por más espiritual que suene. El problema más profundo que tiene nuestra sociedad no lo va a solucionar ningún político y es la pérdida de sentido. Vivimos en una sociedad que tiene los índices de suicidios más altos de la región según el último documento de los obispos uruguayos y todos conocíamos a alguien que se suicidó. Acá el suicidio se calla pero no es la solución. La mejor política para votar y para aplicar debe ser llenar de sentido nuestra vida, porque es el regalo más grande que tenemos”.