Iglesia al día

" El Tiempo de la Creación es un tiempo para renovar nuestra relación con el Creador y con toda su maravillosa obra, la naturaleza, por medio de la celebración, la conversión y el compromiso. "
Tiempo de la Creación

La Iglesia en los medios La verdadera revolución [Opinión]

EL OBSERVADOR |

Por Ricardo Calleja Rovira – Doctor en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid y Postdoctoral Research Fellow en el Departamento de Business Ethics del IESE Business School, Universidad de Navarra y Carlos Loaiza Keel – Máster en Tributación y máster en Derecho Empresarial (Harvard Law School-Centro Europeo de Estudios Garrigues); profesor de Tributación Internacional de la Universidad de Montevideo; Twitter: @cloaizakeel

Nietzsche debe estar revolviéndose en su diván. No soportaría ninguno de los discursos de Francisco, ninguno de sus gestos hacia los pobres, los débiles, los ancianos y los niños. Detestaría ver al papa de Roma convertido en pop-star y ver la victoria de la moral de los esclavos en el prime-time. Cuando parecía que las concesiones al sentimentalismo se reducirían a autorizar por el celular pequeñas transferencias para causas solidarias, resulta que una autoridad mundial nos entusiasma y empuja a las periferias existenciales.

Marx debe estar replanteándose todo su sistema, viendo a un defensor del trabajador que no propugna la lucha de clases, sino el diálogo; que no condena al empresario sino que confía en su capacidad de hacer el bien. Alguien que parece tener la solución al problema económico… ¡y resulta que no es una solución económica!

Freud no sabría cómo interpretar este sueño, en el que una figura paterna dotada de autoridad religiosa, sin dudas lo que él vería como la encarnación del superyó, hace sentir la liberación a las conciencias hablando de la misericordia de Dios. Después de estar a punto de ubicar para siempre al clero en el grupo de los reprimidos sexuales peligrosos, resulta que uno de esos sacerdotes, de intachable fidelidad, se desborda en gestos de ternura y de cariño sin que nadie sospeche de su rectitud.

Weber está en cortocircuito ante un líder carismático que quiere invertir el curso habitual de la historia: volver río arriba de la rutinización burocrática y la organización formal a las fuentes del carisma personal, de la creatividad. Y todo eso sin quitar nada de jerárquico a la Iglesia, como muchos piensan.

Los filósofos de la posmodernidad ven cómo un jesuita porteño les arrebata el testigo del poseuropeísmo, con una reivindicación del pluralismo, de lo alternativo, de lo marginal, que se afirma en un lenguaje lleno de intertextualidades, neologismos, imágenes vistosas.

Los expertos en comunicación están –una vez más– reescribiendo sus manuales al dictado de la frescura auténtica de alguien que arrastra multitudes en la red y rompe moldes con sus palabras, cuando hasta hace unos meses no concedía entrevistas ni manejaba internet.

Los “mercados”, disfrazados de libertad, ya veían pasar la tormenta de la crisis y esperaban el momento en que la orquesta volviera a tocar su música para volver a los desmanes de siempre. Pero entretanto ha aparecido el Poverello de Asís señalándoles con el dedo y marcando otro compás. Tal parece que el fiel siervo no olvida aquellas sabias palabras de un cardenal brasileño, apenas antes de ser encumbrado como papa: “No olvides a los pobres”.

Los políticos redefinen sus discursos apresuradamente para alinearse con las invectivas del único que les muestra sus vergüenzas sin buscar acrecentar su propio poder.

Los antisistema se entusiasman con el caótico Francisco, pero no se dan cuenta de que el discurso del papa les arrebata el alma y el fervor de los jóvenes. El papa se ha puesto a la cabeza de la manifestación, pero para cambiarle el rumbo y el lema.

Miley Cyrus con toda su desnudez busca otra portada distinta de la de Time, ocupada ahora por un hombre del año en sotana.

¿Qué quedó de aquella “opción convencional y conservadora” de la que muchos hablaban? No parece ser la de quien repite todos los días que la Iglesia no debe traer a Dios al mundo, sino que le basta con destacar que ya ha venido, que está entre nosotros, para siempre. Ni tampoco la de quien defiende que la verdad es una relación con Dios, que vive en cada persona, aunque esa persona se empeñe en desconocerle. Es la de quien nos dice con su propia vida, mirándonos a los ojos: predica el Evangelio y, solo si es necesario, usa alguna palabra. Porque somos hechos, no palabras.

Esta revolución empezó en Belén en la primera Navidad. El papa es solo un testigo creíble y amable. Es la verdadera revolución.