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La Iglesia en los medios La misión del periodismo es obligar a los poderosos a “rendir cuentas”  [entrevista al jefe de redaccion del “Boston Globe”]

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Entrevista de Guillermo Draper

Era su primera reunión, en su primer día de trabajo y Martin Baron no pudo quedarse callado. Era el jefe recién llegado, el que ocupaba el cargo que otros ansiaban y tuvo que salir con una idea marciana: el “Boston Globe” enfrentaría a la Iglesia Católica para llegar a la verdad. Debían investigar si era cierto que las autoridades eclesiales, muy poderosas en esa ciudad, habían ocultado los abusos sexuales cometidos por sacerdotes a niños de sus parroquias.

Martin Baron tuvo razón en su primer día como director del diario. El equipo de investigación del “Boston Globe” —denominado Spotlight— lo confirmaría meses después, cuando el periódico publicó, el 6 de enero de 2002, la primera historia sobre los abusos. El resto del mundo se enteraría del acierto muchos años más tarde.

El 14 de setiembre del 2015, Spotlight también era el nombre de una película sobre periodistas. La première en el Festival Internacional de Cine de Toronto acababa de terminar y el público aplaudía de pie. Los seis reporteros y editores que encabezaron el trabajo investigativo para el “Boston Globe”, reflejado fielmente en la película, esperaban detrás de la pantalla gigante. Peleaban por contener las lágrimas pero no todos tenían éxito.

Spotlight (En primera plana, en español) ganó en febrero el Oscar a mejor película y Baron, de 61 años y actual director del “Washington Post”, espera que la historia sirva para inspirar a las nuevas generaciones de reporteros. Sabe que son tiempos difíciles para el oficio, aunque es optimista. Cree que todavía hay medios que cumplen muy bien la función esencial del periodismo: obligar a las instituciones poderosas a “rendir cuentas”. Y está convencido de que seguirán cumpliendo su tarea.

Para eso, dice Baron a Búsqueda, los medios deben adaptarse más que a la era digital a la era del móvil. “La gente espera obtener información y noticias en cualquier lugar, en cualquier momento, a través de su teléfono inteligente”, opina.

—En 2001 usted llegó desde el “Miami Herald” para ocupar la jefatura del “Boston Globe”. ¿Por qué se le ocurrió plantear el tema de los abusos sexuales a menores en la primera reunión de trabajo?

—Cuando llegué a Boston pensé que había una historia a seguir. Había leído una nota sobre el asunto de uno de nuestros columnistas, en la que decía que el abogado de las víctimas dijo que el cardenal estaba al tanto de los abusos de un sacerdote que había atacado al menos a 80 niños, mientras que el abogado de la Arquidiócesis sostenía que eran acusaciones falsas e irresponsables. Al final, la columnista decía que la verdad quizás nunca se sepa porque documentos internos de la Iglesia que podrían revelar la verdad estaban bajo secreto en la Corte y no eran de acceso público. Por eso saqué el tema en la primera reunión de mi primer día de trabajo en el “Boston Globe”. Nadie había mencionado la historia en la reunión, entonces pregunté si podíamos ir más allá de decir una parte dice una cosa y otra parte dice otra cosa; ¿podemos averiguar quién realmente está diciendo la verdad? Después pregunté si habíamos presentado un recurso en la Corte para que esos documentos fueran públicos. Creo que había preocupación en algunos miembros del diario porque en 1990 habían reporteado con agresividad un caso de abuso y, en aquel momento, el diario había sido acusado de anticatólico y hubo una reacción muy dura de la comunidad católica y de las autoridades de la Iglesia. Al principio hubo hesitación de seguir otra vez ese camino, pero creo que muy rápidamente, la gente del equipo se fue dando cuenta que había una historia más grande. Creo que en la redacción entendieron que era una historia importante a perseguir y que había, potencialmente, conductas irregulares de la Arquidiócesis.

—Según relata la película, cuando tenían cerca de 40 casos de curas abusadores y parte de los documentos reservados estaban al alcance del público, un periodista planteó que era momento de publicar la información para no perder la primicia. Usted dijo que no, que había que esperar. ¿Qué lo llevó a tomar esa decisión?

—Era importante para mí que esta no fuera una historia solo de cuántos sacerdotes abusaban de niños en la Arquidiócesis. Antes ya habían sido publicados artículos, en otros medios, sobre sacerdotes abusadores. Creo que si solo hubiésemos publicado la historia de que había docenas y docenas de curas de la Arquidiócesis de Boston que abusaban de niños, la gente hubiera visto eso como periodismo sensacionalista. Creí que debíamos ir más allá y determinar y documentar cómo la Iglesia tenía por política cubrir ese abuso cuando era descubierto. Intentamos encarar el tema más importante: ¿qué hacía la Iglesia cuando descubrió que sus sacerdotes abusaban de niños? Y la respuesta a esa pregunta es que escondía la historia, reasignaba al sacerdote de parroquia en parroquia sin ninguna notificación a esa parroquia, ni a los fieles, ni a las autoridades; eso permitió que los sacerdotes continuaran abusando una y otra y otra vez.

—La caída del presidente Richard Nixon a partir del caso Watergate y la investigación del “Washington Post” marcaron a una generación de periodistas. ¿Cree que el trabajo del “Boston Globe”, reflejado en Spotlight, puede tener un efecto inspirador similar en momentos en que muchos medios están en crisis?

—Sí creo que puede tener el mismo efecto. De hecho, creo que ya lo ha tenido. He escuchado que muchos estudiantes universitarios han sido inspirados por esta película, he escuchado de profesores en escuelas de periodismo que Spotlight ha creado mucho entusiasmo en torno al periodismo de investigación. Así que tengo la esperanza de que inspire a una nueva generación de periodistas.

—¿Puede generar una suerte de añoranza de un pasado que muchos periodistas dicen que era mejor?

—Bueno, no estoy de acuerdo con eso. De hecho, estoy totalmente en desacuerdo con eso. Sin duda en Estados Unidos sigue habiendo un excelente periodismo de investigación, uno que obliga a rendir cuentas a las instituciones y personas poderosas. El problema no es que el periodismo es malo, sino que no hay suficiente de ese periodismo que excava profundo, que trata de encontrar la verdad, que investiga intereses poderosos. Tengo la esperanza de que en el futuro habrá más de eso porque nuestros lectores lo esperan, esperan que hagamos ese tipo de trabajo. Desafortunadamente, los recursos disponibles son menores a los que había antes. Pero creo que hay un periodismo excelente teniendo lugar y también periodistas excelentes.

—En una conferencia en 2014 dio nueve razones para ser optimista sobre el futuro del periodismo. La situación económica de muchos medios sigue empeorando. ¿Mantiene ese optimismo?

—Sí, lo mantengo. Reconozco que hay enormes presiones sobre nuestra profesión y nuestro negocio. No esperaba en 2014 que esas presiones desaparecieran, no esperaba que resolveríamos nuestros problemas en dos años —y no lo hicimos. Supuse que sería un desafío durante un largo tiempo. Pero creo que estamos en un período de mucha experimentación en la profesión; ciertamente estamos llegando a muchas más personas, muchos estamos aprendiendo a ser exitosos en un ambiente digital. Creo que estamos mostrando algo prometedor aquí en el “Washington Post” en términos de un agudo incremento de tráfico digital, y creo que estamos aprendiendo más y más en cómo hacer dinero con ese tráfico. Entonces, sí siento optimismo sobre nuestra profesión. Reconozco que no será fácil, que tenemos mucho que aprender; es un tiempo muy desafiante. Pero voy a trabajar todos los días con optimismo, pensando que vamos a resolverlo. Si no fuera un optimista, no sé por qué seguiría viniendo a trabajar, cómo seguiría haciendo este trabajo; no sé cómo alguien puede ir a trabajar todos los días pensando que va a fracasar. Si vas a trabajar todos los días pensando que vas a fracasar, seguro que vas a fracasar. Si vas a trabajar todos los días pensando que vas a triunfar, no es una garantía de éxito, pero sí es más probable.

—Lleva 40 años en el oficio, más de 15 en cargos de dirección en diarios. ¿Cuánto cambió su trabajo con la llegada de los medios a la era digital?

—Mi trabajo cambió de manera dramática en los últimos años. Mucho de mi tiempo ahora se enfoca en cómo triunfar en plataformas digitales: en la red, en la tablet, en los teléfonos. La mitad de nuestros lectores, nos leen en los teléfonos y nos tenemos que adaptar. Nuestro negocio está cambiando y me enfoco mucho en cómo debemos cambiar nuestra cultura, nuestros cierres y nuestras habilidades aquí en la redacción. Trato de mantenerme enfocado en el periodismo, pero muchas veces también soy empujado hacia discusiones sobre estrategias del negocio.

—En su celular tiene una aplicación en la que puede saber en tiempo real cuáles son las notas más leídas, de dónde es la persona que lo está leyendo, cuánto tiempo demoran en cada nota. ¿Qué uso le da a esa información a la hora de tomar decisiones?

—Es importante que sepas qué está pasando, quién te está leyendo y de dónde viene. Muchos de nuestros lectores, por ejemplo, vienen de las redes sociales, particularmente de Facebook. Usamos esta información para decidir si tenemos que publicar más historias sobre un asunto que puede ser de interés especial para la gente. Más que nada lo usamos para educarnos a nosotros mismos sobre qué historias pueden funcionar en el futuro, qué estilo de escritura funcionará y cuál es la mejor manera de aproximarse a una historia. No necesariamente reaccionamos de inmediato a los números — aunque a veces lo hacemos—, más que nada lo usamos para aprender qué funciona bien en las plataformas digitales.

—¿Qué prioriza el diario a la hora de publicar una noticia, el papel o Internet?

—Cuando tenemos una historia lista para publicar, lo hacemos en la red. Puede haber excepciones, pero en la amplia mayoría de los casos es así. Tratamos de publicarlas a la hora en la que creemos que más gente las va a leer y compartir. Además, detectamos que la gente a la que le gusta leer en papel no se preocupa tanto si esas historias aparecieron antes en la red. De hecho, muchos de nuestros lectores del papel no necesariamente nos leen demasiado en la red, simplemente aman recibir el diario en su casa. Por lo tanto, seleccionamos para el papel aquellas historias que son apropiadas para los lectores del diario impreso; el resto va en la red. Hay muchas historias que publicamos online que nunca aparecen en papel.

—Cuando los medios digitales publican cuáles son las noticias más leídas, las que generan más tráfico son las que están vinculadas a estrellas de Hollywood o deportes. ¿Es así en el “Washing­ton Post”?

—Hay un mito de que las historias a las que mejor les va en la red son triviales o sobre entretenimiento. Esa no es nuestra experiencia. Encontramos que a historias que tratan con temas serios les puede ir muy bien en la red, depende mucho en el ángulo y el tratamiento. Es una idea muy equivocada creer que las historias triviales son las únicas que funcionan en la red. Nosotros no somos un periódico trivial y socavaríamos nuestra identidad, socavaríamos nuestra marca y violaríamos nuestros principios si tratáramos de atraer lectores publicando trivialidades. No lo hicimos ni lo necesitamos hacer para ser exitosos, y no queremos hacerlo.

—¿Las investigaciones periodísticas de largo aliento tienen una buena recepción en la red?

—Muchas tienen mucho éxito en la red, otras no. El periodismo de investigación es una inversión muy valiosa que hacemos en el periódico, creemos que los lectores quieren que hagamos ese tipo de trabajo, esperan que lo hagamos y es el tipo de periodismo que nos diferencia de otros medios. Quizás no sea el que más tráfico genera en la red, pero sí lo hace bastante.

—En una conferencia que dio en una universidad canadiense en 2015, dijo que el estilo en la red tiene que ser distinto al del papel. ¿Qué características debe tener?

—El estilo para la red debe ser más conversacional, tenés que escuchar la voz y sentir la personalidad de quien escribe mucho más que en una historia convencional de un diario. Además, las historias muchas veces necesitan desplegar todas las herramientas que hay en la red: video, audio, imagen, documentos originales, anotaciones sobre documentos originales, cosas de ese estilo. La forma básica de comunicación en la red es diferente a la del papel. Y creo que el móvil será un medio distinto también. Con cada nuevo medio, una forma de comunicación distinta emerge con el tiempo, y eso está pasando hoy.

—El director de “El País” de Madrid anunció que ese medio es ya “esencialmente digital” y que mantendrá la edición en papel mientras sea posible. ¿Cuál es la posición del “Washington Post”?

—Esa no es la misma estrategia que tenemos en el “Washington Post”. Esperamos tener una edición impresa por mucho tiempo, tenemos una extensa lectoría en papel, que paga buen dinero por una edición impresa del diario, son lectores leales y los queremos. De hecho, ganamos la mayoría de nuestros ingresos de la edición en papel, entonces no tenemos intenciones de abandonarla.

—Pero el futuro está en Internet.

—No hay duda. Obvio que la lectoría y la publicidad en el papel están cayendo. Y si bien representan una gran cantidad de nuestros ingresos hoy, no representan nuestro futuro. Entonces, tenemos que invertir en lo digital, tenemos que prepararnos para el futuro digital. Ni siquiera deberíamos hablar de un futuro digital, sino de un presente digital. Es hasta obsoleto decir que estamos en la era digital, la realidad es que estamos en la era móvil: la gente espera obtener información y noticias en cualquier lugar, en cualquier momento, a través de su teléfono inteligente.

—La revista “Esquire” publicó un artículo cuyo título es “¿Es Martin Baron el mejor editor de noticias de todos los tiempos?”. Varios de sus colegas respondieron en el artículo que sí. ¿Está de acuerdo con ellos?

—(risas) Creo que hay grandes editores hoy y que hubo excelentes editores antes. Estoy un poco avergonzado por ese artículo, yo no soy el que lo dice, sino ellos. Es muy difícil, si no imposible, hacer un ranking de editores por su performance y no quisiera ser una parte de eso. Al final de mi carrera lo único que quiero que digan es que hice mi trabajo del modo en que se suponía que debía hacerlo. Que lo hice bien, que fui fiel a la misión de lo que debe ser el periodismo.

—¿Cuál es esa misión?

—La misión es decir la verdad. Hacer todo lo posible por determinar cuál es la verdad y decirle al público lo que encontramos. La parte más importante de nuestra misión es pedirles cuentas a los poderosos.