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La Iglesia en los medios La experiencia de la “Juventud Rebelde” de Florida en la JMJ

 Diario CAMBIOS de Florida |

UNA SEMANA INOLVIDABLE: LA EXPERIENCIA DE LA JMJ DE PANAMÁ

Escribe Pedro Tristant Lema

Una señora detiene su auto en el medio de la calle. Baja la ventanilla y nos pregunta cómo pasamos y cómo nos trató Panamá. Era la mañana del lunes y el día anterior había terminado la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) en ese país. Hacía unas horas el Papa Francisco había partido hacia el Vaticano y de a poco la ciudad comenzaba a volver a la normalidad.

La amabilidad de esa señora no fue una excepción. Así eran la mayoría de los panameños que se mostraron, durante toda la semana, muy cálidos al recibir a los peregrinos que llegaban de todas partes del mundo. Al caminar por la calle nos sorprendíamos de los bocinazos que recibíamos como saludo o de quienes que nos detenían para tomarse una foto con nosotros. Estas situaciones se repitieron tanto durante la jornada que se volvieron costumbre.

Desde Florida viajó el grupo Juventud Rebelde, de la parroquia Catedral, que lo integramos 14 personas: 12 jóvenes y el Padre Giovanni y el Padre Luis, párroco de Casupá. Hacía más de un año que habíamos empezado a trabajar en beneficios para recaudar dinero: vendimos rifas y ropa económica, organizamos matinés y proyectamos películas. Para la mayoría de nosotros era la primera JMJ, excepto para Luis, que había ido a Río de Janeiro 2013 y a Cracovia 2016, y para Guillermina, que había participado de la de Brasil.

Cuando llegamos a Panamá nos costaba creer estar ahí, seguramente por todo el tiempo previo que estuvimos pensado en este viaje y deseando que llegara pronto. Pero allí estábamos y todo era alegría. Como para la mayoría era la primera experiencia, no sabíamos qué era lo que estaba por venir. Cada actividad sería una sorpresa.

El lunes 21 de enero llegamos a Panamá, luego de un viaje de 24 horas desde Costa Rica. Nos quedamos un rato en la parroquia Natividad de María del barrio Rufina Alfaro. En ese lugar comenzaron los primeros intercambios. Allí nos dirían en dónde dormiríamos hasta el siguiente lunes.

En la JMJ había tres tipos de alojamientos: las familias de acogida, los centros de acogida y los centros masivos para acampar. Nuestro grupo se quedaría en casas de familia, es decir, de personas

que ofrecieron sus hogares para recibir a peregrinos. Algunos de nuestro grupo estuvieron juntos en el mismo hogar y a otros nos tocó dormir sin ningún conocido. Todo formaba parte de una aventura: estábamos bajo el techo de familias totalmente desconocidas para nosotros y que, con el paso de los días, se convertirían en nuestras familias panameñas.

El martes 22 comenzaron las actividades oficiales de la jornada. De a poco nos fuimos adaptando a la ciudad, aunque cometiendo muchos errores sobre todo en el transporte. Al principio tomamos un ómnibus porque queríamos ir hasta el Parque Omar donde se realizaban las confesiones. Nuestra intención era comenzar la JMJ ‘reconciliados’ con Dios.

Sin embargo, la decisión de tomar un ómnibus no fue la más acertada. El tráfico de Panamá era alto y era demasiado el tiempo que teníamos para llegar al lugar. Todavía no nos habíamos subido al tren y no sabíamos su funcionamiento. Gracias a Dios, apareció un amable señor que se puso a nuestra disposición y nos enseñó cómo poder llegar al lugar por esa vía de transporte que era mucho más rápida y práctica. Ese hombre fue otro ejemplo de la amabilidad de los panameños.

En Panamá había una línea de metro funcionado desde hacía unos años y otra que estaba casi pronta, aunque el fin de las obras no pudo ser antes del inicio de la JMJ. Los trenes serían, luego de ese descubrimiento, nuestra vía de transporte preferida. Aprendimos dónde estaban las paradas y cómo hacer las combinaciones para poder ir de un lado al otro de la manera más rápida.

Ese martes era la misa de bienvenida en la cinta costera, algo así como la rambla panameña. Todavía no estaba el Papa Francisco en el país por lo que la celebración estuvo a cargo del arzobispo, Domingo Ulloa. En su homilía nos dejó un mensaje que nos llenó de esperanza: dijo que los jóvenes podemos asumir proyectos impensables, que a cada uno de nosotros nos eligió el Señor para ser santos aun cuando podemos pensar que nuestra existencia no tiene valor por los pecados, que ser santos es ir contra la corriente, que debemos poner nerviosos a los adultos y que solo dejamos de ser jóvenes cuando dejamos de soñar.

La misa estuvo acompañada por un coro que le puso ritmo de salsa y la

convirtió en una verdadera fiesta juvenil. Más tarde, y como cada noche, habría festivales musicales en distintos puntos de la ciudad. Estos eventos le pondrían el punto final a cada día.

La juventud del Papa

El miércoles teníamos previsto ir a una catequesis por lamañanayenlatardeala misa de encuentro con uruguayos. Pero surgió un imprevisto: ese día llegaba el Papa Francisco. Cuando empezamos a trasladarnos hacia la parroquia vimos el vallado y la seguridad y nos dimos cuenta que estábamos donde, en algunos minutos, pasaría el Santo Padre. Entonces decidimos esperarlo.

A través del celular de una panameña que estaba en el vallado, íbamos siguiendo la llegada de Francisco al aeropuerto. En unos 20 minutos pasaría por el lugar donde estábamos.

Las motos de seguridad abrían camino a un montón de camionetas que pasarían por delante de nosotros. Detrás de esos vehículos un auto que tenía un banderín del Vaticano y la ventanilla de una de las puertas de atrás abierta. Adentro un hombre saludaba: era Francisco. La mayoría de nosotros, en ese momento, vio a un Papa por primera vez. Algunos, incluso, lloraban de la emoción.

Al día siguiente era la bienvenida oficial del Papa en la cinta costera. Allí lo vimos de cerca de nuevo cuando pasó en el Papamóvil. Ese día Francisco nos habló directamente y parecía un animador. Nos hacía responderle más fuerte a las preguntas que nos hacía y debíamos repetir dos o tres veces si «no escuchaba».

En ese discurso inicial, Francisco nos dijo que estar en camino es la mayor alegría del discípulo y nos dijo que estábamos de rumba. Nos invitó a romper los discursos que se empeñan en generar divisiones y habló de que la cultura del encuentro es la que nos hace caminar juntos desde las diferencias. También nos dijo que el amor del Señor sabe más de levantadas que de caídas.

Otros de los encuentros fue el viernes. Ese día el Pontífice no utilizó el Papamóvil sino fue directo al escenario para el seguir desde allí el Vía Crucis. Ese día rezamos por las necesidades de algunos países.

El sábado era el día de la vigilia. Ya no teníamos que ir más hacia la rambla sino hacia un gran campo que, para la ocasión, lo llamaron Juan Pablo

II. El Papa lo recorrió en el Papamóvil y saludó a la multitud. Su rostro reflejaba cansancio, pero nada impidió que mostrara su clásica simpatía.

Las vigilias son siempre momentos especiales y más aún tan lejos de casa y con la máxima autoridad de la Iglesia Católica cerca. Francisco nos hablaría otra vez y sus palabras, de nuevo, quedarían para el recuerdo. Ese día habló de la Virgen María y utilizó un término muy actual para definirla: influencer. María, en su época, no era una influencer y, sin embargo, dijo, fue la mujer que más influyó en la historia: era la influencer de Dios.

Francisco definió a María como una mujer decidida que no conocía la expresión «vamo’ a ver qué pasa». Ella no compró un seguro de vida sino se la jugó, explicó el Papa y su sí y sus ganas de vivir fueron más fuertes que las dudas y las dificultades.

También habló de la importancia de tener una comunidad y un hogar y dijo que siempre podemos empezar de nuevo si los tenemos. Para Francisco la victoria no está en no caer sino en no permanecer caído.

Nos invitó, de alguna manera, a ser influencers en el siglo XXI. Y esto implica ser custodio de nuestras raíces, de aquellas cosas que nos permiten sentirnos parte los unos de los otros: custodio de todo aquello que nos hace sentir que nos pertenecemos.

Francisco se fue a descansar y continuaría un festival de música y el rezo del Santo Rosario. Desde hacía algunas horas teníamos los sobres de dormir sobre el paso porque allí íbamos a dormir, entre la multitud. A la mañana siguiente llegaría la misa de envío.

Muy temprano una voz aguda gritó «buen día peregrinos» y comenzó a agitar. Muchos tienen guardada esa voz aún en sus mentes y no con el mejor recuerdo porque fue la forma de despertarnos. En instantes veríamos a Francisco por última vez en el Papamóvil.

El mensaje de la homilía que Francisco dirigió a los jóvenes ese día fue muy claro: no somos el futuro sino el presente. Habló de que ser jóvenes no es una sala de espera pensando en un futuro de laboratorio. En el mientras tanto nuestros sueños pierden vuelo y se vuelven rastreros, dijo. Nos invitó a disfrutar del ahora de Dios.

Más tarde se anunció que Portugal será la sede de la próxima JMJ en 2022.
La canción oficial de la jornada de Panamá le puso el final no solo a la misa sino a toda la jornada. Y así, todos terminamos cantando: «he aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra».

Panamá estuvo a la altura

Desde que cruzamos a territorio panameño pudimos saber que todo el país estaba al tanto de lo que se venía. Unos cuantos kilómetros antes de la ciudad se comenzaban a ver las banderas con el símbolo de la JMJ y al llegar todos los lugareños te daban la bienvenida con mucha amabilidad.

Panamá es un país pequeño y era todo un desafío para ellos organizar un evento tan multitudinario. A la misa final, por ejemplo, fueron 700.000 personas.

Sin embargo, el evento tuvo una muy buena organización. Es cierto que a veces las entradas a los eventos principales estaban llenas de gente y era complicado el acceso porque había que esperar y algunos se dedicaban a empujar. Lo mismo sucedía en algunas estaciones de metro cuando terminaban las celebraciones. Pero eran solo algunos minutos y, una vez superado el trance, todo volvía a ser perfecto.

Una de las características de la JMJ fue el calor. Caminar entre tanta gente sumado a las altas temperaturas hacía que fuera necesario tener una botella de agua todo el tiempo encima, sea para tomar o para volcársela a alguien.

La caminata hacia el campo Juan Pablo II fue muy larga, pero de camino había panameños que ofrecían cargarnos las botellas de agua o nos daban algunos alimentos. También estaban aquellos que sacaban la manguera a la calle y se dedicaban a mojar a los peregrinos que pasaban por la puerta del hogar. A nosotros no nos importaba, es más, queríamos mojarnos para tolerar el calor. Era todo clima de fiesta.

En Panamá hubo tiempo para conocer. Visitamos el famoso canal y también hicimos compras. Algunos recorrimos unas islas y el museo de la biodiversidad.

Nos va a quedar un recuerdo imborrable de esa semana. Pasaban los días y el cansancio era cada vez mayor. A veces discutíamos por tonterías, pero las peleas rápidamente se arreglaban. Estábamos todos felices. Y ahora miramos de reojo Portugal.