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La Iglesia en los medios La despenalización del aborto

EL OBSERVADOR |

Una ley desdichada e inútil

El tema es profundo, enraiza con convicciones filosóficas y apunta directamente a la conciencia personal, todo lo cual quedó de manifiesto en la discusión parlamentaria

LINCOLN R. MAIZTEGUI CASAS LINMAICA@HOTMAIL.COM

Cuando una decisión legislativa deja a todo el mundo disconforme, es difícil que resulte buena. Y eso es, precisamente, lo que sucede con el proyecto de ley que despenaliza las prácticas abortivas, al tiempo que pretende someterlas a determinadas condiciones previas. Los defensores de la legalización (que no siempre es lo mismo que los defensores del aborto) sostienen que el texto es limitativo, parcialmente inaplicable e insuficiente a la luz de sus pretensiones; de hecho, algunas mujeres desnudas, con el cuerpo pintado, se manifestaron frente al Palacio Legislativo como forma de protesta, sin duda colorida en todos los significados posibles del término. Y los que están en la posición contraria, o sea, los que aspiran a que la interrupción voluntaria de la vida intrauterina se mantenga en la ilegalidad, sienten y expresan que se ha autorizado una forma de homicidio. También este bando tuvo sus manifestantes, que se presentaron, al menos en la vestimenta, dentro de un estilo mucho más tradicional: emplearon una remera amarilla. El tema es profundo, enraiza con convicciones filosóficas y apunta directamente a la conciencia personal, todo lo cual quedó de manifiesto en la discusión parlamentaria. Globalmente hablando, el Frente Amplio estaba a favor de la iniciativa, los partidos fundacionales estaban en contra y el Partido Independiente, que tuvo en este asunto un momento estelar (ya que el concurso del diputado Iván Posada resultó decisivo en la redacción del proyecto y aportó el voto que faltaba para aprobarlo), quedó dividido. Pero las cosas fueron bastante más complejas que lo que parece indicar esta distribución básica; el representante frenteamplista por el departamento de Salto, Andrés Lima, votó en contra arguyendo sus convicciones religiosas, y ya hay presuntos “compañeros” suyos que están pidiendo que se lo mande al Tribunal de Disciplina, o como se llame. Otro diputado de la coalición gobernante, Darío Pérez, tuvo una intervención altamente emotiva, vinculada a una dolorosa experiencia personal, y se retiró de sala (al parecer, llorando) para escapar del dilema de hierro de votar una ley con la que discrepa u oponerse a sus conmilitones; el suplente que entró en su lugar votó a favor. Dentro del Partido Colorado, el joven legislador Fernando Amado manifestó su opinión favorable a la despenalización, criticó a su propio partido y se retiró también de sala, en este caso para no tener que manifestarse en contra del proyecto y de sus convicciones. El Partido Nacional se opuso sin fisuras, y uno de sus representantes, Pablo Abdala, expresó la voluntad de convocar un referéndum derogatorio en el caso de que el Senado convierta la iniciativa en ley. Y el Partido Independiente no solo, como ya se señalara, votó dividido, sino que vivió una fuerte tensión interna; el diputado Daniel Radío dijo que la despenalización, por relativa que sea, significa un “retroceso en términos civilizatorios”, y por esas expresiones fue duramente criticado por Iván Posada, quien lo acusó de haberlo “descalificado en público”. En fin, más allá de algunas expresiones fuertes, de la estupidez supina de algún desubicado de los que nunca faltan (Esteban Pérez se llevó la palma con su afirmación de que “aquí los que no quieren legalizar el aborto es porque cuidan su chacrita”) y de incidentes menores, el debate se desarrolló con normalidad y la aprobación parcial del texto se logró. Ahora no estará Tabaré Vázquez para imponer veto alguno, por lo que es de prever que esta vez (la tercera es la vencida) la polémica práctica será legal en este país. ¿Cambiarán mucho las cosas con ello? Personalmente, lo dudo; no solo porque las condiciones que se establecen son muy difíciles de cumplir, sino porque el aborto no es ni dejará nunca de ser lo que es: un mero y vulgar homicidio, realizado con premeditación y alevosía contra la más bella de las esperanzas, la de la vida que apunta. Como tal, seguirá refugiado en los resumideros de la sociedad, amparándose en los recovecos más turbios de lo clandestino y en la cobardía del anonimato.