Iglesia al día

" El Tiempo de la Creación es un tiempo para renovar nuestra relación con el Creador y con toda su maravillosa obra, la naturaleza, por medio de la celebración, la conversión y el compromiso. "
Tiempo de la Creación

La Iglesia en los medios La casa de Dios tiene techo [Opinión]

EL OBSERVADOR |

Entro a la catedral de Milán. Il Duomo di Milano. Me siento como hacker en la casa de Dios. Miro hacia lo alto, y no sé si rezar o escribir una oda. O una plegaria sin respetar los endecasílabos. ¡Salve luz venida de una parte que no está en ningún vocabulario! El alma se siente a gusto al encontrar sitio donde sentirse dentro de un idioma sagrado, hecho de piedra y aristas hacia arriba. La vida es una metáfora de sí misma, por aquello de que el hombre ha sido hecho a imagen y semejanza de Dios. Y si la silueta de esta catedral imita a la de Dios, entonces se hace fácil creer en él; la información de los detalles es la de un mundo al que le corresponde la totalidad. Y para ocuparla, se engalana de un espíritu. Es domingo de mañana, como cuando iba a misa con mi abuela y veía lo sagrado en sus pasos lentos haciendo lo imposible para llegar en hora, así lloviera o hiciera un frío horrendo. Supongo que en mis oraciones, arrodillado ahora frente al imponente altar, también me comunico con ella, pues en el oído de Dios caben todos quienes se han ido de esta vida para poder escucharnos en la siguiente. Con una mansedumbre capaz de abrir puertas, incluso en casas que no tienen ninguna, incluso en casas que todavía no han sido construidas, la paz de este espacio es una muestra de lo que muchas veces puede ser posible.

Aquí mis ojos están en una residencia que no es la suya, pero se sienten como si hubieran nacido para estar aquí, a disposición de los recovecos y de una magia que no se cuenta en semanas, ni en lo que aún queda por hacer en esta vida. El alma va conmigo y sin perder de vista la altura se pregunta “¿qué puedo hacer?”, haciendo lo único que puede en estas circunstancias; caminar conmigo, porque al lugar que somos vamos, guiados por formas improbables hechas posibles, y por contenidos que dejan escapar sus respuestas. Siempre me he preguntado dónde aprendieron los pájaros a construir su nido, en qué escuela, no la del hombre, que no es pájaro ni mirlo o gorrión, ni siquiera cuando se pone alas, pues entonces no es ave sino Ícaro. Pero también el hombre hace nidos; los del alma se llaman catedrales. Son enseñanza para las expectativas.

La catedral de Milán, quizá máximo exponente universal de la arquitectura conocida como “gótico internacional” y cuya secuela de estéticas admirables puede encontrarse repartido en varias ciudades europeas, sabe que no tiene comparación. La única a su altura, aunque un poco más alta, es la Basílica de San Pedro, en El Vaticano. ¡Y después dicen que la mayor grandeza de Italia son sus pizzas y pastas! En todo caso, podría decirse que la gastronomía italiana es tan sagrada como sus basílicas y catedrales. En Italia, el Cielo tiene instaladas a sus principales sucursales. La de Milán, benigna hasta cuando está llena de gente (las tres cuartas partes de sus visitantes son turistas, el resto, fieles que llegaron a rezar a pesar del bullicio), parece provenir de un lugar que no queda en parte alguna y que encontró su domicilio constante en esta ciudad tan mágica como algunos partidos que se disputaron en su histórico Estadio San Siro, también conocido como Giuseppe Meazza, catedral con césped y tribunas, en la cual al visitarla sentí una emoción parecida a la que sentí cuando fui por primera vez al Parque Rodó a dar una vuelta en El Tren Fantasma.

Juan Alberto Schiaffino, posiblemente el mejor jugador de la historia del fútbol uruguayo, me dijo una mañana mientras afuera de su casa llovía: “Italia es una cosa, y Milán otra”. Schiaffino, quien aún es ídolo del AC Milán, club fundado por ingleses, vivió años de oro en la ciudad que tanto tiempo después vengo a admirar, como si los míos fueran también los ojos del gran número 10. Cuando estaba vivo y lo veía casi todos los días, debería haberle preguntado más sobre Milán, ciudad como ninguna, en la cual la gente me ha tratado de maravillas y donde una de las estaciones del metro se llama Uruguay (el único país en tener una).

Pero aquí, ciudad de fabulosos museos (en un día visité dos y la felicidad todavía me dura), llena de plazas donde uno se animaría a vivir a la intemperie, de una estación de trenes, Milano Centrale, que parece haber sido inventada por la propia belleza, de bulevares arbolados donde la luz diurna espera que la noche la venga a buscar, de tranvías que transportan el verano hasta la próxima estación, en fin, de todo lo que la vida necesita para sentirse bien, yo he venido a ver la catedral, a escuchar una misa un domingo a mediodía. Es lo que hago; no sé si Dios habla en italiano, como creía mi abuela, pero yo, sin entender del todo el italiano, oigo a Dios hablar en todo lo que me rodea en esta catedral donde la voz de la luz es la que ahora me dice: “oremos”. Y en mi momento favorito de la misa, de esta y la de los demás domingos, la oigo diciéndome: “La paz sea contigo”. Tal vez esto sea para mí la catedral de Milán: un recinto de arquitectura imponente donde la paz, la Paz, solo deja oírse y mirarse de la forma correcta. Impide hablar de todos los ingredientes estéticos y sagrados contenidos dentro de estas paredes, parte del plantel de lo sublime. Los cementerios están llenos del silencio de aquellos que en la vida pudieron hablar. Pero el silencio de esta catedral habla el idioma de la luz que baja por los ventanales del costado, especie de claraboyas que son un puerto libre para las emociones, donde el tiempo vino a escribir su biografía; nada es poco ni todo es demasiado.

Intento descifrar el código de esta luz prodigiosa, pero no paso del primer rayo en colarse. Entre secuencias de claridad venida a más, la iluminación y el resplandor se ponen de acuerdo para hablar al unísono. Con tanta luminosidad, no se puede. ¿Viene de fuera, o desde lo muy hondo de lo invisible? Pienso, me doy cuenta, que la catedral de Milán existe para que Dios pueda ser visto. Solo es cuestión de saber mirar. A continuación, el ojo se llena de climas sin pronosticar, de sentencias cruciales cuando el aura necesita de la ayuda de lo sagrado para dictaminar que hay ratos cuando la vida puede estar más viva que otras veces. ¿Qué revisionismo podría haber para imaginar las cosas que por aquí deben haber pasado?

Ni tan antigua como la Basílica de San Pedro, ni con tantos años detrás como la catedral veneciana de San Marcos, la catedral de Milán, erigida en 1386, está como nueva. Como si recién le hubiera tocado empezar y llenarse de edad. Cada día renueva su envejecimiento. En su tiempo, que no está dentro de una botella como el de la canción de Jim Croce, pero sí repartido en claves inalterables, lo sagrado refiere a un destino universal previo, y que se irá repitiendo pasado mañana, según el cual cada día la catedral comienza en presente, en un nuevo hoy para que haya siempre muchos futuros.

Me voy, pero me quedo. Me llevo la virtud de una belleza construida por el hombre en homenaje a lo mucho que desconoce. Hacia lo alto están las preguntas. Hacia lo alto más profundo se alza la incansable cúpula, cubierta de techos por donde anduve caminando (se puede entrar), como si en la casa de Dios, más bien mansión, el cielo y la tierra existieran para ser recorridos. Del plano fijo al plano secuencia de encuadres perfectos, la catedral es un intento convertido en logro; no hay con que darle. La belleza se siente cómoda sin hacer nada ni tampoco dar explicaciones. Mantiene a la nada alejada. Aunque uno no creyera en Dios, aquí –belleza obliga–, vendría a creer que hay uno y que está en este interior para que le pregunten. Si la luz lo trajo, debe ser así, con todo lo que hace para entrenar su filantropía.

Algo parece hablar entre tanta claridad de luz recíproca. También ella tiene derecho a escuchar y quedarse quieta. Es una inmovilidad ajusticiada, por lo que no sabe permanecer en el mismo sitio. Es una luz que no sufre el mal de altura ni vino a dar lecciones de anatomía; para eso está la luz eterna de Rembrandt. En Milán, en esta catedral convertida en iluminación, la luz viene a resucitar siempre cerca. En este recinto abovedado, por donde pasaron varios infinitos desde la vez que el tiempo fue inaugurado, el cosmos quiere mejorar su reputación. Lleno de fechas sin nacionalidad, de tiempos librados de sus efemérides, aquí el infinito nunca termina y hace incierta cualquier afirmación contraria. Es un infinito lleno de minutos, a los que no les importa saber cuántos son, aunque se toman muy en serio sus datos más a mano, su área de influencia donde nada es precoz.

En su domicilio a prueba de turistas y de lo sucesivo, la catedral de Milán promueve la perplejidad a partir de los más insignificantes detalles, mediante los cuales la inteligencia del hombre ha sido puesta a prueba, solo para demostrar que podía hacerlo. Convertido en apóstol posterior de la maravilla, salgo a la calle sabiendo que he visto lo que me faltaba ver. El mundo podrá estar lleno de cosas para ver, pero en esta, vista recién, me quedo. No estoy solo. Me acompaña el deslumbramiento. l