Iglesia al día

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@Pontifex

La Iglesia en los medios La carroña, los huevos de oro y otros desatinos [Opinión]

ECOS.LA/UY |

Opina Miguel Ángel Campodónico*

Los seres humanos somos los únicos integrantes del reino animal que tenemos la capacidad del habla, una diferencia maravillosa que nos permite comunicarnos con los demás. A partir de ese privilegio estamos en condiciones de convertir el pensamiento en palabras habladas o escritas, de arrancar aplausos con un discurso, de crear un mundo novelístico, de escudriñar misterios filosóficos, de cautivar a los niños con relatos fantásticos o de enamorar a quien nos interesa seducir.

En el Uruguay del siglo XXI la realidad indica que cada día las palabras se vuelven más adocenadas, que se convierten en proyectiles soeces, en misiles impertinentes que intentan hacer polvo al adversario o justificar lo injustificable. Ya no es necesario razonar, simplemente alcanza con apuntar y disparar las palabras salvajes aunque muchas veces las usadas indiquen lo contrario de lo que se quiso expresar.

El senador Leonardo De León en respuesta a las denuncias que había hecho su colega Pablo Mieres lo definió como “un carroñero de la política”. No le alcanzaba con demostrar que las acusaciones eran falsas o que Mieres se había equivocado debía intentar insultarlo con una fórmula verbal con la que pensaba que destrozaría a su adversario político a quien veía como el peor de sus enemigos. Sin embargo, a De León le salió el tiro por la culata. Carroñero es “el animal que consume cadáveres de animales sin haber participado de su caza”, esto es, que come carroña equivalente a “carne corrompida” o “podredumbre”. A partir de un razonamiento elemental se llega a la conclusión de que De León no se dio cuenta de que estaba considerándose a sí mismo como un “cadáver político”.

Y si hubiera empleado el término carroñero en sentido figurado queriendo expresar que Mieres es una persona que “se aprovecha de las desgracias de los demás” la conclusión también hubiera ido en su contra porque querría decir que se veía como un desgraciado. Graves problemas acarrea emplear palabras dejándose llevar por el arrebato sin dominar sus significados. De León se despreció a sí mismo.

.El mes pasado el seleccionado uruguayo de basquetbol por primera vez en la historia de las competencias oficiales le ganó a Argentina como visitante. El partido se jugó en Olavarría en el marco de la clasificación para el Campeonato Mundial que se celebrará en China. El comunicador deportivo Diego Jokas transmitió el partido para la radio y al terminar, ya sin saber cómo subrayar la importancia del triunfo celeste, entre gritos ensordecedores, en pleno paroxismo y encendido por una fiebre verbal abrasadora afirmó que los jugadores uruguayos tenían “huevos de oro”.

Cuatro días después esos mismos jugadores perdieron con el seleccionado de Panamá, sin embargo Jokas en ese momento no explicó qué había pasado con aquel oro, esto es, si los “huevos” uruguayos de pronto habían devenido en despreciables racimos de hojalata. Es conocida la importancia que tienen los medios de comunicación y la influencia que ejercen en la gente. ¿Jokas, un profesional que desarrolla una permanente actividad por la que recibe sueldos apropiados no supo encontrar una expresión más pulida en vez de aullar groseramente como si estuviera sentado a la mesa de un bar rodeado de amigos mientras tomaba vino de la casa? ¿En qué se diferencia de un parroquiano cualquiera que nunca tuvo un micrófono a su frente? Debería consultar por lo menos un diccionario de sinónimos, los hay excelentes, quizás en la radio para la que trabaja tengan uno.

El 8 de marzo se celebró el Día de la Mujer, por lo que en Montevideo hubo una manifestación para recordarlo. Un grupo de manifestantes lanzó piedras y bombas de tinta roja contra la fachada de la histórica Iglesia del Cordón por lo que inmediatamente se conocieron varias declaraciones para condenar el atentado. Sin embargo, nada menos que Cecilia Menéndez, vocera de la Coordinadora de Feminismos, afirmó que se trataba de una forma válida de expresión, a lo que se agregó que las bombas de pintura no son la muerte de nadie. Bien, aceptemos su inconcebible razonamiento y trasladémoslo a otro escenario. Un grupo de católicos ofendidos por el grosero ataque a la iglesia marcha mañana hasta el domicilio de Menéndez y le devuelve el gesto estropeando su fachada con bombas del mismo color. Menéndez no podría protestar porque los católicos estarían ejerciendo una forma válida de expresión y, además, lo harían también con pintura roja símbolo para ellos de la sangre derramada por Cristo en la cruz. Un acto alegórico que Menéndez de acuerdo a su criterio debería aceptar y después llamar a un obrero al que le pagaría para que arreglara la fachada. Tampoco ella pudo medir el alcance de sus palabras. ¿No hay quien recuerde que en boca cerrada no entran moscas?