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" Me alegra que el tema elegido por la familia ecuménica para la celebración del Tiempo de la Creación 2020 sea 'Jubileo de la Tierra', precisamente en el año en el que se cumple el cincuentenario del Día de la Tierra "
Papa Francisco

La Iglesia en los medios La capilla y el café

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Juan Fariña fue un joven meridional que se alistó en las fuerzas de Garibaldi cuando las guerras destrozaron a Italia en las décadas de 1860 y 1870.

—Mire, señor —contó una vez, ya por estos lares—, me salvó San Miguel, el santo al que me encomendé. Fue un milagro. Oía a mis perseguidores y el cuerpo me temblaba en el barro. De pronto sentí que resbalaba en una pendiente y, poco después, oí la marcha de mis enemigos que pasaban sobre mí. ¡Y yo estaba ileso, en el fondo de un pozo!

Tras una cinematográfica peregrinación, Fariña y su mujer, Clara Dighiero, llegaron a Buenos Aires. Él fue organista, frutero y peón de albañil. Logró un pequeño capital y se inició como mercachifle en la Pampa, comerciando con los indios y acrecentando su dinero. De regreso a la capital quiso cumplir un sueño: ofrendarle una capilla a San Miguel; luego de tres años pudo alzarla en la esquina de Boedo y San Juan, en un terreno donado por otro devoto del arcángel. Todo fue satisfacción hasta que Fariña permitió a unas hermanas de la Caridad de San Vicente de Paul que realizaran allí una festividad. Sorprendentemente, las religiosas se negaron luego a abandonar el templo; para inicios del 1900, la Justicia civil devolvió la capilla al italiano, pero incorporando una extraña decisión del arzobispo porteño: no habría más curas ni misas.

Fariña peleó, casi a modo garibaldino: —No quieren que tengamos cura. ¡Perfecto! San Miguel no se quedará sin misa ni función. Tenemos al procurador Calderón, que habla todos los domingos de nuestro santo. Y predica mejor que un cura.

Semejante empeño, que en perspectiva histórica suena ingenuo, aunque es posible mirarlo con simpatía, no prosperó; el tiempo hizo su obra y la edificación quedó al borde de la destrucción total, abandonada.

Pero el tango —porque esta historia tiene que ver con el tango— apareció para darle al sitio otra vida y otro aire. Dos argentinos se hicieron del terreno y sus ruinas y abrieron allí, se dice que a mediados de 1914, un café al que llamaron El Aeroplano, donde actuaban artistas de la música ciudadana más popular y también folcloristas. En 1937 el café fue adquirido por dos empresarios japoneses, los Asato, quienes lo rebautizaron Nippon y trataron de sostener su éxito hasta que las cuentas no les cerraron y lo vendieron, en 1948, a nuevos dueños argentinos, que arribaron con un renovado nombre: Canadian.

Recién en 1981 el café adquirió su nombre actual, verdadero emblema de Buenos Aires: Esquina Homero Manzi, hoy declarado Área de Protección Histórica.

Hay que decir que, antes, fue lugar de encuentro de la Corriente Literaria de Boedo, como se sabe, opuesta entonces, por su filosofía anarquista predominante, a la Corriente de Florida.

Y algo que pocos recuerdan: el gran poeta del tango recién escribió dos de los temas de su llamada Trilogía del barrio —Barrio pobre, 1946, y Romance de barrio, 1947— ante la mirada de los japoneses, ya con ganas de ir a llorar sus pérdidas, y su obra máxima, Sur, precisamente en 1948, a poco de inaugurado el Canadian. Allí se reunió con ritmo cotidiano, hasta poco antes de su temprano final, con colegas de la talla de Osvaldo Pugliese, siempre acompañado por su esposa, Cátulo Castillo, Sebastián Piana, José María Contursi, Aníbal Troilo, Roberto Rufino, Enrique Maciel, Julián Centeya y tantos otros, incluyendo al escritor Isidoro Blastein, que tenía una librería en el subsuelo de la vecina Galería Boedo.

Dicen crónicas de ese año que el sábado 6 de marzo de 1999 fue un día en que el tango lloró, un día en que la tristeza copó Boedo: el café cerró sus puertas.

Por fortuna para todos quienes queremos la música melancólica que creó entre aquellas cuatro paredes ese espíritu onírico que nos hace pensar, en 2001, gracias a la gestión de otro empresario, Eugenio Pérez Ogando, las históricas puertas reabrieron. Fue como si el gran autor de Milonga tristevolviese a vivir.

Hoy, en la ochava y sobre el acceso está su inconfundible rostro, dibujado con amor por Hermenegildo Sábat. La fachada no ha cambiado, condecorada por un fileteado de Luis Zorz. A la mañana o a la tarde, charlas y cafés; por las noches, la magia del tango, ejecutado por diversos intérpretes que siempre, pero siempre, habrán de recordar a Manzi, desde su primera obra, Viejo ciego:

—Con un lazarillo llegás por las noches,/ trayendo las quejas del viejo violín,/ y en medio del humo parece un fantoche/ tu rara silueta de flaco rocín.