Iglesia al día

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La Iglesia en los medios Huellas: la comida como excusa para acercarse a los sin techo

ECOS. LA |

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Este proyecto del movimiento salesiano lleva todos los miércoles de frío alimento a unas 40 personas sin hogar. El respeto es la clave.

Miércoles a las 22.00 horas. Asilo y Domingo Ereño, a una cuadra del Hospital Pasteur. Sin nada más que un par mantas y una carpa de nylon para guarecerse del frío, la mujer no aguanta más y llora su desgracia. Que tiene 69 años y no tiene salud, que no tiene un techo sobre la cabeza, que en ninguna pensión le aceptan sus dos perros, que si su madre la viera, que no hay derecho a vivir así.

Hincado frente a ella la escucha José Rodríguez, el “Canario”. Tiene 33 años, de lentes, es bajito, moreno y fornido. Hace diez años que es chofer del Movimiento Tacurú, de los Salesianos, en el barrio Lavalleja. Pero esta noche, como todos los miércoles invernales, es voluntario del proyecto Huellas, para ayudar a gente en situación de calle. El Canario tiene un humor a prueba de balas y una gran facilidad para imitar a El Gucci (“¡Aduken!”), pero ahora está haciendo de psicólogo, confesor o, mejor aún, de oreja; es una persona escuchando a otra que no tiene donde vivir: le dice que no baje los brazos, que qué va a decir su madre viéndola llorar, que hay lugares que aceptan animales, que hay otros lugares donde puede recibir ayuda, que coma algo rico. Y le da una bandeja con un guiso de lentejas y pollo, la excusa de este grupo para acercarse a la gente.

Calor humano en una noche muy fría

“Detrás de un ser humano acostado en el piso hay una historia. Ellos quieren hablar y son agradecidos. Para mí son hermanos de la vida, que por distintas causas quedaron así. Nadie es quién para juzgar. Nadie está salvo de lo que te pueda pasar”, dice el Canario. Su hija Antonella, de nueve años, está con él. Su esposa también estaría, pero se quedó cuidando a la pequeña Joanna, de dos meses y medio. “Y yo te puedo asegurar que el miércoles que viene, esta mujer me va a ver y va a sonreír”.

En esta noche, una más de esta aventura solidaria de todos los miércoles, al Canario también lo acompañan Pablo González (20), de Rivera y debutante en estas lides, Lucas Demarco (18) y Lucas Ferrer (37). Este último es coordinador de Huellas. A las dos camionetas Fiorino, propiedad de Tacurú, en las que están haciendo la recorrida, se comienzan a acercar los sin techo de la zona y algunos de los asentamientos cercanos: una anciana, una mujer joven, un flaco con el brazo enyesado y pinta de ser nuevo en la calle, un abuelo, dos hombres. Un joven, muy delgado, conocido luego de años y años de trabajo, se arrima a ayudar repartiendo las bandejas a aquellos que no pueden acercarse a los vehículos. Se muestra solidario pero, extrañamente, no come nada; o no tan extrañamente…

“Está consumiendo, por eso no siente el hambre…”, comenta por lo bajo Ferrer.

No hay nada parecido al reproche en su voz. En nueve años de funcionamiento de Huellas han escuchado mil historias de adicciones, separaciones, caídas en desgracia, quejas a un Estado que no llega y rechazo a un Estado que sí llega pero no de una forma que les sirva. Ellos, los voluntarios, no juzgan. No están para eso. Se limitan a estar ahí y acercarles comida. Escucharlos y contenerlos; aceptarlos y respetarlos.

Preparativos

La movida de los miércoles empieza a las 19 horas, en Tacurú, en Poncini y Aparicio Saravia. Zona roja, dice la Policía y la prensa. “Habría que ir sacando esa ‘chapa’. Ponen en una misma bolsa a gente que no va, que no vamos…”, dice Ferrer, vecino del lugar como sus compañeros, cortando morrón, cebolla, calabacín y alitas de pollo. Preparan un guiso como para 40 personas y 20 litros de cocoa. Es la segunda salida del año, para la próxima semana, cuando los voluntarios comiencen a arrimarse, seguramente también tengan que usar la camioneta Mitsubishi.

Siempre salen los miércoles y siempre el mismo recorrido, para no superponerse en la tarea con otras organizaciones sociales.

Con el tiempo, aprendieron algunos códigos. “Marroco” es pan y “vaca” es leche (o cocoa). Para acercarse deben hablar el mismo idioma, que incluye términos omipresentes como “ñery” y “rescatarse”. No juzgar, aceptar y respetar les hace entender por qué, según datos del Ministerio de Desarrollo Social (Mides), de las 1.651 personas en situación de calle de acuerdo con el censo de 2016, 556 no querían acercarse a ningún refugio.

“La mayoría (de los refugios) están en el Centro. No les conviene ir para allá a los que trabajan como changadores en el Mercado Modelo”, explica Ferrer. Dejar el puesto de trabajo a las 19.00, cuando abren esos locales, tampoco les sirve a los que trabajan como cuidacoches. Otros temen que los roben, otros no quieren dejar a sus perros (que no son aceptados por los refugios), hay quien no acepta las normas; otros, muchos, simplemente no dan explicaciones.

Recorrida

A las 21 horas comienza la recorrida. Yendo al Cerrito, en Lemos y General Flores avistan la primera carpa. Es un hombre joven, nunca antes visto, cuidacoches en la zona. Los voluntarios se presentan y ofrecen comida. “Ya tengo cuchara, ñery, buena suerte y que Dios los bendiga”, agradece. Se van. No son invasivos en el primer encuentro. Y si la otra persona no quiere dialogar, se la respeta.

“Yo noto cada vez más gente en la calle”, dice Ferrer mientras maneja. En algunos casos, cuenta, han logrado que algunos acepten pasar la noche en un refugio. En otros, los mejores, consiguieron que recuperaran sus lazos familiares, perdidos muchas veces a causa de adicciones. Pero en nueve años de recorridas también han encontrado dos personas muertas por el frío. Emociona y duele a la vez saber que en algunos casos, sobre todo en personas mayores, ellos representan el único vínculo social.

General Flores frente al cuartel de Blandengues. Uno hombre menor a 30 y otro mayor son viejos conocidos de estos miércoles. El más joven, delgadísimo por el consumo de drogas, hurgador, es ligeramente parecido a Manu Chao. “Estaba en la Unión, luego fue al Mercado Modelo y ahora acá”, cuenta el coordinador. En la gente en situación de calle tanto hay sedentarios como nómades que tiran el colchón ahí donde los agarró la noche. El Canario, que tiene una gran capacidad para sacar una sonrisa en cada situación, le pregunta por “la patrona”. La patrona está en la casa, le responde. “Pero mañana vuelve”.

“Por más que la gente no crea, hay quien encuentra el amor y la compañía que busca en estas personas”, explica Lucas Ferrer.

Luego de las cercanías del Pasteur y antes de ir al Mercado Modelo, los voluntarios van a ayudar a Lourdes. Lourdes es una mujer de 54 años de vida y 14 en la calle que supo tener una vida mejor. “Estoy acá por decisión propia”, dice con amabilidad, pero con una firmeza que no invita a la repregunta. Desde hace un tiempo tiene su carpa en un hueco en Felipe Sanguinetti y Asilo, la que comparte con Jesús, su pareja (que no quiere asomar la nariz) y sus tres perros. Sus modos correctos la han ayudado a tener buena consideración de los vecinos, que la asisten con comida, agua y un lugar para higienizarse.

Lourdes –que habla de ella en tercera persona- le pregunta al Canario por su beba. Asegura que todos los vecinos la quieren porque está atenta a toda la gente “rara” que anda por la zona. Le llama la atención “el ruido y la cantidad de milicos que andan en la vuelta” esa noche (en Morelli y Batlle y Ordoñez, a unas cuatro cuadras, una mujer murió carbonizada luego del incendio de una vivienda). Despotrica contra los políticos (todos) y contra el sistema. “Una vez me mandaron a un refugio de mujeres. Y yo pregunté: ¿esta es la cárcel de mujeres?”.

El Canario logra sacarle varias sonrisas. José, el de la edad indefinida, el que asegura que es maratonista, “Josecito” para el resto, es el blanco de la atención de Lourdes. Marcelo, con un carro de supermercado cargando todas sus pocas pertenencias, pasa por el lugar y se gana su guiso. Ya sabe que tendrá que estar por ahí, todos los miércoles, a esa hora.

“Te tiene que gustar hacer esto. Te tiene que venir del corazón”, dice el Canario (“Si me decís José, no te atiendo”). “Al otro día, por más temprano que te tengas que levantar, lo hacés con más ganas, reconfortado”. Su hija Antonella lleva años saliendo con él, ayudándolos con las bandejas. “Para ella es toda una enseñanza”. Termine a la hora que termine, ella estará al firme al otro día, cursando cuarto de escuela.

“Nadie está a salvo de terminar así. ¿Por qué nosotros no? Y… por la familia. Y por uno”, dice Lucas Ferrer, al volante, entre calles oscuras. Él vive en el Marconi, el Canario es del Borro y Lucas Demarco es de Las Sendas, en la Unidad Casavalle. A ninguno le sobra nada. Y todos ellos tendrán que estar arriba a las siete u ocho de la mañana, luego de haber recorrido el Cerrito de la Victoria, la Unión y el Mercado Modelo, buscando calentar estómagos y corazones.